| |
V I C T O R I A

Era una mujer tremendamente bella. Alta, esbelta, elegante; De una blancura transparente que
contrastaba súbita, con una cabellera roja, de incendio, espesa y larga.
Unos ojos verdes como las esmeraldas, de mirada liquida, terrible, rebelde.
De niña gozaba con las mas insólitas maldades.
Acechaba a sus hermanas, y cuando éstas olvidaban sus juguetes en el jardín,
emergía de su escondite y los despedazaba. Decapitaba las muñecas, y cortaba en trocitos
sus extremidades de porcelana, despues arrojaba la paja de sus cuerpos al aire,
cual serpentinas de un carnaval infame, y desaparecia soltando su risa demencial de aluvíon
de rio... El esconderse por horas y horas de nada le servía, porque su madre, criolla brava,
la esperaba pacientemente con el varejón en la mano, hasta que el hambre o el sueño
la obligaban a aparecer. Entonces le propinaba una paliza soberana, que no dejaban
ninguna huella en su ánimo de encantadora perversa de catorce años...
Se sabia bella, enfáticamente adorada por familiares y amigos, a los que a cambio,
obsequiaba arañas, cacatas y alacranes, primorosamente envueltos en papel de seda,
como una Circe, y que los desencajaba de terror al abrirlos. En eso paso su niñez
y su adolescencia. Entre maldades curiosamente elaboradas por esa imaginación de espanto,
y las golpizas de la madre. Nunca se enamoró. Le llovían los pretendientes,
que rimaban versos a las llamaradas de su pelo, a su blancura transparente,
a su cuerpo de Venus. De noche, subían a su alcoba melodías de serenatas,
preludios de bandoneón y acordes de guitarra. Las serenatas ya no podían esperar los sábados,
y comenzaron a escucharse entre semanas; Era un escándalo musical que trastornaba a los vecinos,
pero que curiosamente agradaban a su padre, italiano romantico, que las alentaba y se dormía
arrullado por un poema de amor o una criolla lánguida y leve... Pero al pasar el tiempo,
estos enamorados sufrían desengaños, y comenzaron a escacear las serenatas,
se perdían hacia otras ventanas, hacia otros balcones...
-"Piccolina, debes casarte!- Suplicaba su padre con su fuerte acento Siciliano.-
Qui espettas. Caprichiosa?
-"Ay déjame papá, tengo otras cosas que hacer... Asi pasó el tiempo. Paso mucho tiempo.
Su cuerpo había madurado. Ahora peinaba sus cabellos rojos, con un rojo moño apretado en la nuca.
Sus ojos más verdes, y más ansiosos, y su piel más blanca. Parecía una vestal.
Cuando iba por la calle despertaba la admiración de todos. Pero ya todos,
perdidas las esperanzas se limitaban a contemplar ese monumento de mujer inalcanzable.
Una tarde, un desconocido, un tipito de la capital, que acababa de llegar al pueblo nombrado
por el gobierno como notario público, descubrió a esa preciosidad que pasó arrollando,
cerca del bar en donde se tomaba unos tragos, con dos o tres de sus nuevos amigos.
Se levantó corriendo para verla mejor:
-"Y...Que fue eso, señores?"
-"Eso, es Victoria,-Le dijeron- Pero ni lo intentes, porque aquí todos la hemos pretendido
y ninguno ha logrado nada. Y ademas hombres buenos mozos, ricos...
Mateo, que así se llamaba el tipito capitalino, cerró la boca. Él no era buenmozo.
Era lo que llamamos "Un morenito viejo", esto deja comprender que además de su color,
era bajito, flaquito y lo que es peor: no tenía en que caerse muerto! Solo contaba con
el sueldito del gobierno, que no le daba más que para vivir en un oscuro cuarto de pensión
de pueblo. Pero Mateo si tenia algo; era ambicioso, persuasivo, e insistente
hasta la saciedad...Y empleo su táctica!

No tuvo que luchar mucho tiempo, porque ante la sorpresa de todos, y aún más, de la familia
de Victoria, a los pocos dias, ésta se habia convertido en novia de Mateo, que la paseaba
orondo por el pueblo como el gran trofeo conquistado. Y, era grande el trofeo, si,
porque Mateo apenas le alcanzaba los hombros. Era una pareja dispareja que despertaba
admiración en todos los sentidos.
La familia objetaba: -"Tu tan bella, tan alta, tan blanca, del brazo de ese maniquisito,
tan negro y tan feo...!"
-"Si, es negro, flaco, chiquito y feo....Pero me gusta! Y abrazada a esa lógica tan ilógica,
siguió con sus amores, los únicos de su vida, hasta que inevitablemente llegaron al matrimonio.
Mateo, de la noche a la mañana lo adquirió todo: Mujer bonita, buena casa, comida excelente,
prestigio social, dinero para gastar... Y muy sabiamente fue haciendose de sus "cositas",
a hurtadillas: Que dos o tres vaquitas, un caballito, una tierrita con su ranchito...
Por esos tiempos, la familia de Victoria había decidido mudarse a la capital, y allí quedó
ella con su flamante marido, que cuando se sintió sin la presión de la familia y por demás
a cargo de los bienes, comenzó a cambiar de carácter. Se volvía ingrato, infiel, la abandonaba.
Cuando eso pasaba Victoria se desesperaba, se arrastraba humillada o dando gritos coléricos,
arremetía contra él a bofetadas. Los celos la descomponían, la herían, y como él aumentara
sus desafueros amorosos, optó un día, por una solución acorde a sus instintos impetuosos.
Una noche, se tomó un veneno. Mateo llegó, la encontró tirada en la alcoba,
cual Desdémona despechada por un Otelo caricaturesco, al borde de la muerte.
La tomó en sus brazos, clamó por ayuda y socorro, corrieron los vecinos, la trasladaron
al Dispensario Médico y un efectivo lavado de estómago, frustró el romántico atentado.
Cuando Victoria se repuso, observó que Mateo había cambiado; que se mostraba amoroso y tierno,
que no iba a sus bebentinas nocturnas, que no había vuelto a serle infiel, que le decia:
-"Pelirrojita mia, no vuelvas a hacerme eso, que por poco me matas del susto!"- Y escondia,
en aquel regazo de blancura de nieve, su fea cabecita de mestizo consumido por un raquitismo
ancestral, y mezclaba sus "moñitos malos", con aquella imponente cascada de cabellos rojos,
importados especialmente para él desde Sicilia...
Pero como todo con el tiempo, pasa y se olvida, Mateo se olvido del susto.
"La blanca" estaba tranquila, amorosa, era suya para siempre... Y poco a poco,
volvió a sus andanzas, a los desvíos amorosos, a sus bebentinas en el ranchito del campo,
regresando a casa en las mañanas, borracho y pendenciero...
Cuando Victoria no pudo aguantar más, apeló a aquel recurso que le habia dado tan
buenos resultados: Volvio a tomar veneno!. Se sucedieron los mismos ajetreos,
el eficaz lavado de estómago, la mansedumbre del marido... Pero esta vez duró menos
el estado de arrepentimiento, a lo sumo un mes y ya estaba Mateo de vuelta a sus andanzas.
Nuevo veneno, iguales trajines, lavado de estómago, vuelta del esposo al hogar.
Se habia perdido el romanticismo del recurso Borgia.
Las últimas tomas, se trataron antes de llegar Mateo a casa. Entonces él, perdió el interés
y la costumbre de estar presente. Una o dos veces mas, y solo llamaba al Dispensario pidiendo
al médico que fueran a buscar a la envenenada, y no se aparecía por muchos días...
Victoria estaba agobiada, desarmada, sucumbía de rabia y pasión. Sus verdes ojos chispeaban,
el rojizo pelo se levantaba en llamaradas de fuego. Su transparente blancura,
se tornaba cenicienta....La exuberante imaginación se había agotado, estaba obnubilada:
VENENO! Sus esquemas mentales indicaban: VENENO! Y corrió a tomar veneno y esta vez tomó
más de lo usual.
Cuando la encontraron derribada en su habitación (Julieta agonizante) llamaron a Mateo.
-"Mateo que su esposa se enveneno otra vez."- El muchacho que atendía el Bar,
secaba un vaso con toda parsimonia.
-"Ah, bueno"- Y llamó a un muchachito que se entretenía por ahí cazando pájaros con un
tirapiedras.
-"Ehhh tú, muchacho, vé al Dispensario y dile al médico que Victoria se envenenó,
que él ya sabe! _Y pidió otra cerveza bien fría....
El muchachito se encaminó al Dispensario, mirando hacia las copas de los árboles,
listo para disparar su tirapiedras...Se detenía miraba, se olvidaba del mandado...
Cuando el médico la encontró en su alcoba, ni siquiera pudo practicarle el consabido
lavado de estómago...

Y Mateo se enteró como a los tres días, cuando regresó de su parranda...
- FIN -
|