
Potrillo se levantó del suelo con
sus patitas tambaleantes aún; no podía sostenerse muy bien, pero ensayó dos
pasitos y cayó con las cuatro patitas desparramadas. La madre, lo ayudó a incorporarse
empujándolo con su nariz, pero en eso se oyó una algarabía, y se presentaron
los hijos del patrón a conocer al recién nacido. La yegua levantó la cabeza
y se puso en atención, Potrillo, tambaleante, fue a esconderse detrás de ella
debajo de su larga cola. Los niños se subieron por las ranuras de la madera
de la cuadra y por la tranca, y extendían sus manecitas para topar al recién
nacido...En eso llegó el capataz y puso orden. Abrió la tranca, se metió dentro
y cargó a Potrillo acercándolo a los niños que le daban besos y lo acariciaban;
la madre relinchaba de satisfacción, estaba orgullosa de su cría, y quiso acercarse
amorosa, pero estaba atada a la cuadra con una soga, para que los peones pudieran
entrar y salir, cuando les atendían.

El capataz, después de mostrar a Potrillo,
lo puso de nuevo en el suelo junto a la madre y volvió a sus quehaceres, recomendando
a los niños buen comportamiento. Después de un rato, éstos perdieron interés
y se fueron corriendo, niños al fin, a ocuparse de otra cosa... Entonces sucedió
la catástrofe. La tranca, que quedó mal cerrada, se fue abriendo poco a poco
con un chirrido, esto llamó la atención al Potrillo, que curioso, se acercó
a la salida y se aventuró fuera. La yegua comenzó a dar bufidos y relinchos
cortos, llamando al hijo, pero éste desobediente siguió adelante explorando
y jugando. Nadie había en ése momento, sólo Buck, el enorme y viejo perro, que
dormitaba echado cerca de la salida de la cuadra. De repente, se despertó asustado
con los bufidos y los golpes de los cascos de la madre, cuando, con sus ojos
medio cegatos vio una sombra tambaleante que se acercaba demasiado a él. Creyendo
que se trataba de algún animal del monte que molestaba a la yegua parida, se
abalanzó feroz sobre la sombra desconocida.
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El tierno cuerpecito de Potrillo
rodó patitas arriba y antes de reconocer el olor, ya Buck le había dado unas
cuantas dentelladas, hiriéndolo gravemente y hasta arrancándole una orejita....
Pero cuando el viejo perro se dio cuenta de lo que había hecho, se quedó un
momento sin aliento, asustado, horrorizado! Más, como todo buen perro de campo,
salió disparado a buscar ayuda. Cuando llegaron los peones Potrillo estaba muriendo...La
madre desesperada, trataba de romper la cuerda que la ataba y el mismo Buck,
al ver que la madre no podía, lamía las heridas, que el mismo hizo, para contener
la sangre. Cuando llegó el médico Veterinario y sus ayudantes, se miraron y
movieron la cabeza consternados; había poco que hacer pero reaccionando, curaron
y vendaron las heridas e insertaron, con muchísimo esfuerzo, la orejita desprendida.
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Mientras tanto, la yegua, observaba los movimientos de los veterinarios con
la ansiedad propia de una madre angustiada...Fue un cuadro triste y enternecedor;
la madre con los ojazos azorados pendientes de la curación de su hijo, Potrillo
moribundo y Buck, echado fuera con sus ojillos miopes llorosos.
Pero al amanecer del otro día, los peones que quedaron de guardia, vieron sonrientes cuando el
potrillo todo vendado, se levantaba a duras penas e iba a chupar las tetas de
la madre que lo lamía con mucho cuidado y mucho amor...Estaba salvado!!! Han
pasado varias semanas, y Potrillo al cual los niños del patrón le llaman ahora
"Orejita Nueva" ya está curado, sano y feliz...Y ahora mismo se le ve trotando
por la pradera detrás de su madre, mientras el pobre, el viejo Buck, va detrás
un poco rezagado; se ha constituido en su cuidador, para reponer su equivocación...Como
ya es tan viejo, "Orejita Nueva", a la hora de dormir, lo deja que se acueste
en su cuadra y los dos duermen juntitos para darse calor...
(Este cuento está basado en una historia real)
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