
EL
PADRE JOVINE
Era una calurosa mañana de agosto y el pequeño muelle de la ciudad
de Santo Domingo de Guzman se hallaba atestado por una nutrida cantidad
de todo tipo de personas. Había arrivado procedente de Roma, el vapor
Italia, cargado de finas mercancias destinadas a algunos comerciantes
acaudalados, también algunos inmigrantes Romanos, Lombardos, Napolitanos
y de otros puntos de la enorme peninsula, que pululaban por el muelle
hablando a gritos y con la habitual euforia italiana, buscaban su equipaje,
ya esto, ya aquello, extraviado quizas, en la larga travesia. Entre
todo este bullcioso tumulto se distinguía la figura ecuánime y de hermoso
continente de un sacerdote de la Orden de los-------, que miraba y escuchaba
todo aquel alboroto con aire divertido y paciente. Esperaba por a quellas
personas que debian venir a recogerle y depositarle en su nueva Parroquia,
a la cual habia sido destinado por el Santo Padre de Roma, a fín de
salvar almas y elevar espíritus en esta recóndita y olvidada islita
caribeña y enseñar a estos aborígenes el amor a Dios sobre todas las
cosas y encaminarles en la Fé católica e instruir a estas indias desorientadas
en los preceptos morales y encaminarlas hacia la vida beatífica y solemne
de los austeros conventos, donde se prodigaba la pureza, susurraba la
oración en cada pasillo y perfumaba el incienso...
Lo que no sospecharon ni por asomo el Santo Padre de Roma, ni su enviado
el padre Jovine, era que estas aguas que rodean esta pequeña islita
eran las aguas del turbulento, misterioso y sirénico mar Caribe que
envuelve la mente entre su agitado oleaje, cambia la vida mas ordenada
y sobria, torna las ideas y gira todo en una inquieta y erótica danza,
salvajemente dulce, salvajemente brava y peligrosa...
Para comenzar su magnifica obra se le designó a una pequeñita Parroquia
de un pequeñito pueblo: la Parroquia de Santa Lucia de Las Matas de
Farfan, que precisamente estaba celebrando con toda la gala que se requeria
los festejos dedicados a su Patrona.
Se había organizado la procesión en la cual se llevaban los Ojitos
de la Virgen en un pequeño pedestal acojinado en satén y brocado. Lo
portaban las mas bellas y virtuosas jovencitas de la sociedad Matense,
todas vestidas de blanco con guirnaldas de azucenas frescas entrelazadas
en sus perfumados bucles y una cinta de satén blanca como la pureza
de sus almas, cruzaba sus virginales pechos, se ataba a sus finas cinturas
y caía en un enorme lazo hasta el borde de la falda... Las seguían los
niños de la escuela con sus uniformes impecables y la bandera dominicana
ondeando al viento. Al lado la maestra, joven, delgaducha y tímida,
con sombrero azul como el cielo, cinta negra y falda y crenolina de
encajes blancos.
Detrás marchaban los hombres ilustres y las exuberantes matronas, el
Gobernador, el jefe de Policía, el médico, el Senador por la província
y los hacendados ricos con sus ricas esposas. Luego el panadero, el
tendero, el barbero, todos vestidos con su típico traje de blé de fuerte
azul, con claveles rojos en las solapas y la frente baja en señal de
respeto. Cerrando el cortejo las beatas vestidas de promesa, de listado
y descalzas, rosario en mano y cantando junto al resto del pueblo, voces
que ahogaban las trompetas y redoblantes de la Banda Municipal.
El Padre Jovine esperaba en la puerta de su parroquia con dos monaguillos,
con el agua bendita y otro con la Biblia en alto, entre borbotones de
incienso que esparcía un tercero, meciendo un enorme pebetero de bronce
que lo hacía inclinarse hacía ambos lados.
Su alta estatura le obligaba a bajar la cabeza para que no topara con
el marco superior de la puerta, lo cual hacía que cayera un poco sobre
su frente un mechón de pelo rubio oscuro, aunque se lo había acicalado
con bastante vaselina. Tenía los ojos azules como el agua de un arroyo,
puros y mansos, una perfilada nariz y unas finas, blancas y grandes
manos donde destacaba el anillo de la Orden en alabastro y acerina.
La impecable sotana bien negra y recien planchada, dejaba ver bajo
los faldones los pantalones blancos de hilo y botas de charol abrocahadas
a ambos lados. En verdad que era un hombre bien plantado y además
poseía una perfecta voz de barítono, que llenó todo el ámbito
de la parroquia cuando comenzó a cantar la misa.
Dominus Vobiscum.....

Las jovencitas abanderadas comenzaron
a cuchichear y a emitir risitas tenues y a dar codazos a sus vecinas,
mientras se arrodillaban juntando sus manos y dando miraditas a hurtadillas
hacía la figura que de espaldas subía los brazos hacía el Altar. Silencio
absoluto. Pero unos ojos negros, rasgados, destacaron desde un rostro
ovalado de color de aceituna, una boca de labios rectos, fuertes y nariz
imponente, enmarcado todo por un pelo lacio, macho, negro como noche
de tempestad y largo hasta la cintura atado a la nuca con un broche
de plata. Pompilia, principal en el grupo de las abanderadas de la Virgen
había levantado lentamente aquel hermoso rostro de criolla, para mirar
a su sabor la abigarrada figura del padre que en ese instante inclinaba
sus anchas espaldas ante el Altar.
-oOo-
Pompilia subió diestramente sobre su yegüa media sangre a la cual llamaba
Llama y hacía honor a su nombre, roja como una llama y viva como tal,
que cuando notó el peso de la joven sobre su lomo comenzó a "caracolear"
nerviosa, pero un fuerte tirón de las bridas hizo que se calmara. Pompilia
arregló su ancha falda amarilla, para que colgara sobre un costado del
animal, luego alisó sus cabellos, sus ojos negros se entrecerraron un
poco mientras su mano se movía en señal de despedida. El hombre quedó
parado ahí debajo del árbol, entre el matorral, con las manos pendiendo
a cada lado de su cuerpo, la camisa desabrochada y el pelo en desorden.
La arisca yegüa había partido a todo galope y ya se perdía por el camino
que conducía al pueblo, llevando su carga de voluptuoso pecado en forma
de mujer...

El padre Jovine se dedicó a poner
sus pensamientos en órden, no podía comprender cómo él, todo amor a
Dios, todo fé, todo órden y virtud, mansedumbre y obediencia, llegado
de tan lejos, de un país tan adelantado como Italia, tan grande, tan
rico, populoso y moderno, había caído en este desacato, cómo había sucumbido
por el amor de esta joven, cómo su fé y su virtud se quebraron ante
una sola frase pronunciada por esos labios irresolutos, cómo todo se
había disuelto por un solo abrazo de esos brazos mórbidos de india criolla,
de un villorio pobre y desconocido, en una isla, más pobre y más desconocida
aún.
El día en que esos ojos negros se posaron en las mansas aguas azules
de sus ojos, se levantaron las olas, hirvió el fondo del arroyo y sus
orillas se anegaron de tanta pasión y cuando esa boca de labios fuertes
y rojos como cerezas dijo firmemente en el confesionario:
Padre, me confieso ante usted del pecado de amar.
Amar no es pecado hija mía...
Este sí, yo lo amo a usted!
Ese día lloró ante el Altar arrodillado
toda la noche, porque el perdón que había otorgado fue un beso apasionado
en aquellos labios de obsesión y ahora no sabía como iba a mirar a
la Santa del Altar, si en su mente solo estaba ella, en su boca solo
estaba su sabor.
Comenzó a caminar despacio hacía el pueblo, la sotana le quemaba y
en más de un paisano que encontró en el camino creyó notar una sonrisita
burlona...
Llegó a su parroquia, entró en su modesto dormitorio, se sentó en su
silla de guano ante la mesa que hacía las veces de escritorio, tomó
una hoja de papel, una pluma y un tintero y escribió:
Santo Padre................
Ciudad del Vaticano, Roma, Italia.
Att. Obispo de Santo Domingo.
Excelencia Su Santidad:
Con terribles remordimientos de conciencia
y pena en mi pobre y pecadora alma...... etc, etc,
....... Y terminó así:.... y por lo tanto he decidido ahorcar los hábitos.
Perdóneme Padre.
Solo entonces, dió gracias a Dios por haber puesto esos ojos en su
camino y esa boca en sus noches y esos brazos alrededor de su cuello
y ese pelo negro que le cubría la cara cuando sentía remordimientos.
Nunca llegó el ansiado perdón(¡pero sí once hijos como once
bendiciones!), y quedó excomulgado por los siglos de los siglos.
Itte misa est.