El camino de Santiago



Hoy en día está de moda recorrer el Camino de Santiago, pero en aquel entonces eran muy pocos los peregrinos que afrontaban las soledades y los peligros del Camino que, desde el medievo, lleva a los hombres al Confín del Mundo.

Pero de vez en cuando, al caer la tarde, una figura con el bordón del que colgaba una calabaza vinatera por cantimplora y la vieira como insignia aparecía por detrás de la espadaña de la Iglesia y se dirigía hacia la casa de mi abuelo.

En silencio la chiquillería le iba, poco a poco, rodeando y llegaba a las puertas pintadas de verde como si encabezara una procesión en la que los fieles, a respetuosa distancia, discutían de donde procedia el Peregrino. -Seguro que es extranjero, porque es rubio.

Mi prima Angelines, que despuntaba ya en una bella mujercita, soñaba con príncipes de paises lejanos, altos y rubios pero todos le llevábamos la contraria.

-Tonta, tonta, los extranjeros son protestantes y no van a Santiago -Los hay católicos -Que va a haber, son todos luteranos.

Tonta, tonta.¡¡Angelines está enamorada!!!¡¡Está enamorada!! Y Angelines se ponía muy colorada, se enfadaba y amenazaba con chivarse a la abuela. ¿Nos oia el Peregrino?.


Quizás si y sonreia bajo el ala del sombrero o quizás era, en efecto, extranjero y no entendía nuestras pullas infantiles.

Y el Peregrino entraba por el portalón siempre abierto y se encaminaba, como si conociera la casa, a la cocina donde mi abuela y sus hijas y nueras se afanaban ,eternamente, en torno a los fogones.

Los mastines de mi abuelo que no toleraban ninguna intrusión permanecían, misteriosamente, en silencio a su paso.

-Paz a esta casa. Y mi abuela se volvía, reconociendo la contraseña consagrada por los siglos, y respondia culminando el rito.

-Paz al Peregrino.Pase y descanse.

Y el Peregrino colgaba el sombrero detrás de la puerta, apoyaba el bordón en la pared y se sentaba en una silla que nadie mas ocupaba nunca, pegada a la pared al lado de la alacena del rincón.

-¿A Santiago?
-Si Dios quiere
-¿Promesa o penitencia?
-Promesa.
-Dios le ayude.
-Él les guarde.



Comía algo en silencio, sin hacer caso de los ojos infantiles para los que encarnaba el misterio de lo lejano, y al final partía con queso, cecina y una hogaza de pán en el zurrón y la calabaza rellena del vino rojo de la tierra. -Dios se lo pague.

-Que Él le acompañe.

Y se marchaba siguiendo el camino del sol hacia Poniente.

Javier

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