En el trópico, la blancura se reduce a las aguas de un arroyo o a la luz traslúcida con que impregna el sol de la mañana a todas las cosas, pero Blanca era más blanca que el arroyo y más traslúcida que la luz del sol. Entre la gente del trópico, negras, morenas o criollas, ella era como la luz de la aurora, que asoma tras los picos de la cordillera, centelleante y diáfana. Y su vida fué tan diáfana como el alba y tan recta como la línea del Ecuador.
A los quince años era espigada como una palmera, con los ojos azules, como aquel pedacito de mar que aparece de repente entre dos montañas y que nos sorprende tanto que no sabemos, si es mar o cielo.
Cuando el General Vidal, conoció a su futura esposa, que solo contaba con seis meses de nacida, Pompilia, su madre la mandó a traer a la hermanita, que llegó en sus brazos, envuelta en sabanitas rosas, con una cinta de seda adornando su cabecita, y mirando a la hermana mayor, con la mirada inocente que no cambió nunca y que fué lo último que vimos a la hora de su muerte, ochenta años despues. Blanca alzo la niña y se la mostró al General, mientras su madre la presentaba: _Se llama Adriana, y va a ser su esposa_
A los dos días, cuando ya las tropas de la revolución, habían abandonado el pueblo, Blanca fué a comprar otra cinta de seda para la prometida de seis meses, porque la que llevaba el día de su compromiso, se la llevó el General atada en su muñeca.
En la esquina de la única tienda del lugar, la esperaba Jorge, el médico practicante, que ya cumplida su pasantía, se marchaba hacia la Capital, con su maletín de facultativo y su baulito conteniendo sus libros y su ropa. Fué al encuentro de Blanca y se abrazaron como si se despidieran, en ese momento llegó la güagüa, y entre montar los bultos y pagar el pasaje y el correr de algunos pasajeros retrasados, se confundió la despedida y cuando la güagüa partió, se vieron los rizos rubios y los grandes ojos azules, mirando hacia atrás en el último asiento del vehículo...
Cuando Pompilia, su madre, llegó a la capital buscando a su su hija donde los padres del "médiquito", como comenzó a referirse a él, desde el día en que Blanca desapareció del pueblo, ya los novios estaban casados y con un retoño de ocho semanas nadando en líquido, dentro de la blanca panzita de Blanca. Pompilia regresó al pueblo esa mísma tarde.
Tuvieron dos hijos, con la piel criolla, como su padre, y hermosos como su madre. Pero crecieron sin apenas conocerlo, pues cuando solo tenían dos y un año respectivamente, el médico partió hacia playas extranjeras, con el propósito de buscar mejor vida para su familia, pero al pasar el tiempo, las cartas fueron escaceando y las noticias perdieron el rumbo, quedándose Blanca con sus dos hijos y el recuerdo de su Jorge dentro de un pañuelo de batista que conservaba el olor de su piel, y que ella besó todas las noches con sus labios de ciruela, hasta el fín de sus días.
Nunca volvió a casarse y su excesiva blancura, y su silueta de palmera se fueron desvaneciendo con los años, entre el agotador empeño de criar a sus hijos haciendo las veces de padre y madre, y el árduo trabajo por un salario digno, para que éstos no carecieran de nada, y pudiesen estudiar y llegar a ser una familia, como manda Dios. Tras el muro de su férrea voluntad, vivió muchos años hasta que el cáncer, que persiguirá por siempre a esta familia, se adentró sigiloso en sus pulmones y se instaló allí, con su bochorno abrasador.
Una semana antes de su muerte, llamó a su hijo mayor, y le pidió que colocara bajo su cama una caja de ron, porque así tendría la certeza de que toda la familia, que eran muy dados a las fiestas y a los traguitos, estarian presentes en el momento de su muerte. El hijo, se rió de buena gana, y cumplió los deseos de su madre. El entierro fué muy ameno y concurrido, tal cual ella lo esperó.
|
|
|
|