La batida

Mientras nuestros padres y
abuelos cenaban en el comedor (nosotros lo hacíamos antes en la cocina) la
abuela solía encender la luz del exterior y nos "expulsaba" a jugar en el
cantón.
Se llamaba cantón al cruce de las dos únicas calles del pueblo y en él se
alzaba la casona, unos poyatos (bancos bajos de piedra) adosados a la fachada
junto a la puerta servian para tertulias "a la fresca" de la tarde o para
los juegos de la chiquilleria.
Y por la noche a la luz de aquella solitaria bombilla jugábamos al corro con
canciones que jamás serán trasmitidas por la radio ni vendidas en CD pero
que jamas olvidaremos:
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"Por la carretera
sube,
quien sube, quien suuuuuube Facundo con un farol Facundo con un farol. En busca de los civiles civiles civiiiiiiiiiiiles que en su casa hay un ladrón que en su casa hay un ladrón..." |
¡¡¡Y todos mirábamos a ver si veíamos el farol de Facundo!!!!
O aquella en que prácticamente ibamos bailando un minué cogiéndonos de las
manos de nuestras primas:
"Al jardín de la alegria quiere mi madre que vaya a ver si me sale un novio
lo mas bonito de España
Vamos los dos los dos los dos
Vamos los dos en compañía
Vamos los dos los dos los dos
Al jardín de la alegría....."
Y saltábamos los chicos y volaban las faldas y reian incansables las gargantas
girando vertiginosamente bajo aquella bombilla que encerraba (otra vez) nuestro
mundo en los límites de su luz.
Y cuando el corro nos aburría ¿qué mejor que jugar al escondite?.Los callejones
y recovecos tan familiares durante el dia se habian convertido en la oscuridad
en tenebrosos y amenazadores, unos se escondian en las cuadras, otros en la
panera o en los pajares, yo solía cobijarme al lado de la tapia de la huerta,
un sombrío paredón coronado por trozos de botellas rotas, desde donde no podia
ver la luz de la casa y me fundia con las sombras.
Y en la oscuridad yo miraba al cielo donde el Camino de Santiago bordaba su
línea de plata hacia el lejano mar y me maravillaba como el niño que era de
que aquellos lejanos y titilantes puntitos pudieran "sostenerse en el aire".
Se oian los gritos de los otros, los que habian sido descubiertos " no se
vale, no has contado hasta cien" o los que se ponian a salvo "por mi y por
todos mis compañeros y por mi el primero" y la tenebrosa noche era también
acogedora porque jugaba con nosotros.
Y recuerdo que un dia, de repente, el lejano, escalofriante y clarísimo aullido
de un lobo rasgó la tranquilidad de los juegos.Pareció durar toda la eternidad
paralizándonos en un terror animal, un miedo sagrado que nos recordaba que
a unos metros escasos el bosque y las colinas, las breñas y montañas seguian,
eternas y salvajes, vigilando al pueblecito.

Al cesar aquel aullido corrímos desalados hacia la luz tranquilizadora, chillidos,
llantos de los mas pequeños, tropezones y caidas.Y en la puerta la majestuosa
figura del abuelo (los demas hombres detrás) enfrentándose a la noche, atento
el oido, la vista en la oscura y lejana mole del monte Teleno.Nos arrojamos
literalmente sobre él y todos cupimos en sus brazos, acarició una mejilla,
revolvió una cabellera, tiró de una oreja, secó una lágrima y así a todos
nos tranquilizó.
Acallado nuestro pánico oimos su voz dirigiéndose a sus hijos y a los esposos
de sus hijas:
"Mañana habrá que dar una batida". Y nada mas y todos supimos que al dia siguiente
El alejaria el terror de las fieras de nuestros juegos.
Javier