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La primera novia a los dieciseis. Trenzas morenas y figurita de sílfide. Me esperaba esa tarde
para la visita en su casa. Mi madre, muy horonda, me acompañó hasta la puerta para verme partir,
alisándome el pelo y separándose un poco para contemplarme mejor.... En verdad que estaba
buenmozo; con mi camisa fina y blanca de mangas largas, y mi pantalón café claro, que
ejecutaba una caída suave y perfecta sobre mis zapatos marrones, limpios y brillantes y mis
espejuelos de sol, marca Ray Band, muy de moda para ese tiempo.
En la esquina abordé el autobús que me acercaría a la casa de la noviecita, y por última vez
miré a mi madre que me envió un beso como una mariposa, mientras con la otra mano, dibujaba
círculos de un adios glorioso!
Al bajarme del autobús, caminé por la calle hacia mi destino, mirando aquí y allá a la gente
que menudeaba por las aceras y los parques, los balcones y los portales. "mucha gente a esta
hora" pensé y comencé a ponerme nervioso; sentía que todos me miraban cuando tomé la recta final.
Mis ojos sólo veían la puerta al fondo, cerrada y oscura, aunque el sol alumbrara radiante.
Caminaba despacio, anhelante; oía mis pisadas resonar en el pavimento y las voces de la gente
como un murmullo confuso en mi cabeza...Unos pocos pasos y yá; estaba ahí, si extendía el brazo,
podía tocar la puerta...
Cuando... uno de los cordones de mis zapatos se había desatado y ¡mala suerte! en mi
nerviosismo lo pisé y...¡¡PLAF!! caí cuan largo era frente a la puerta de la novia!!!!
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Una película cruel de mis dos anteriores caídas, pasó velozmente por mi cabeza; me ví cayendo
estrepitosamente con silla y todo en una misa; y la risa de las niñas aumentada a inverosímiles
decibeles; me ví rodar de bruces frente a un Altar, entre campanitas de vinajeras rotas y
¡TAN TAN TAN! de plata; sentí los cuchillos de la mirada del cura clavándose en mi rostro y la
mirada asombrada y triste de mi madre...Todo eso pasó por mi mente cuando caía por tercera
vez....
Me levanté rápidamente; sacudí mis ropas, erguí con dignidad el pecho y miré a mi alrededor,
para ver: miles y miles de rostros clavados en mí, sonrientes, burlones o malévolos y unas
cuantas risas matizando el cuadro... pero compromisario con mi destino, di tres toquidos en
la puerta que se abrió rápidamente, para dar paso a mi novia que sonriente y tierna, me tomó
de las manos y me llevó al interior, cerrando la puerta como un telón que felizmente nos
separó del trágico escenario.
Me habría visto la novia? Han pasado muchos años; aún no tengo la respuesta, pero sí, un
rollito de película polvoriento (al que he titulado, mi ViaCrucis en tres caídas), escondido
en el cajón de los recuerdos de mi adolescencia....
Margarita
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