Y como hablar de mi abuelo sin hablar de mi abuela.

Do�a Luisa tuvo doce hijos de los que sobrevivieron nueve, mantuvo unida la familia en los
terribles d�as de la Guerra Civil y gobern� con mano de hierro tanto la casa de Madrid como
la vieja casona del pueblo hasta que muri�.
La recuerdo siempre vestida de negro, delgada y bajita sin embargo cuando ella estaba en una
habitaci�n era el centro.Todo giraba a su alrededor, todo se hacia o dejaba de hacer seg�n su
voluntad.
En sus manos (o colgando de su citura) siempre aquel manojo de llaves que cerraban los tesoros
de la casona.Llaves enormes, renegridas por generaciones de uso, de hierro fundido que cerraban
y abrian despensas y alacenas, bodegas y galerias, arcones y armarios.
Elle impon�a las normas, ella era quien marcaba hasta donde est�bamos autorizados a explorar
aquella casa tan llena de misterios y habitaciones cerradas.
Pero su reino indiscutible era la enorme cocina, con su hogar siempre encendido, con la gran
cocina de hierro y bronce, las estanterias y alacenas repletas de cobre y porcelana.
Alrededor de aquellos fuegos la familia comia (el comedor solo se abria en las grandes
ocasiones), hablaba, viviamos alrededor de la lumbre.
De vez en cuando necesitaba algo y llamaba a alg�n nieto que acudia corriendo. Le entregaba una
llave y las instrucciones precisas y el privilegiado se encaminaba hacia alguna de aquellas
puertas cerradas enarbolando la llave como una bandera mientras, envidiosos, los demas le
segu�amos en fila india.
Solo el elegido estaba autorizado a penetrar en aquellas despensas que ol�an a ahumados,
a pan, a especias de tierras misteriosas y lejanas, alumbradas por una sola bombilla que dejaba
en atemorizadoras penumbras los rincones mas lejanos.O la soleada galeria en cuyo extremo los
c�ntaros repletos de miel se alineaban con la oscura miel de brezo y romero en su interior.
Y cuando habia que "bajar" a Astorga ella era la que comandaba la expedici�n. Decid�a quien iba,
que coches irian quien los conduciria y para ello tenia a sus hijos y yernos tan obedientes a
su voluntad como sus nietos.
Y la expedici�n se ponia en marcha, bulliciosa y alegre en aquellas doradas tardes de la
infancia.
Hasta que aparec�an en el horizonte las viejas murallas romanas y, sobre ellas, la austera
Catedral y el palacio encantado que Gaud� construy� para un obispo amigo suyo.
La caravana enfilaba la plaza mayor y, uno tras otro, los coches "atracaban" literalmente entre
los viejos edificios.
Los hombres se iban al Casino y la chiquiller�a qued�bamos al cuidado de las mujeres,
gobernadas por la abuela.

La tienda de "Ultramarinos" a donde nos conducia era oscura y ten�a en su interior todos los
olores del universo, columnas de hierro sosten�an el techo de madera oscura y mostradores
pulidos por el roce de miles de manos separaban las mercancias de los clientes.Todo estaba all�,
cartuchos o cananas para el abuelo, ca�as de pescar, arreos para caballerias, hachas y palas,
sartenes y sacos inmensos de legumbres o jamones colgando lustrosos de los ganchos.
Los saludos se suced�an, uno tras otro eramos presentados al due�o (pariente lejano) en un
ritual que se repet�a cada a�o, pero no ten�amos nombre, eramos "el peque�o de tal" o "la
mediana de cual".
Despu�s se intercambiaban noticias de la capital , de los pueblos y de la ciudad episcopal,
eternamente dormida entre iglesias y cuarteles.
Y solo al final, como algo molesto pero que debe ser hecho, con la solemnidad con que anta�o
los reyes acordaban tratados y bodas se compraban las mercader�as necesarias, sacos y bultos
iban llenando los maleteros de los coches (los hombres, comandados por el abuelo, ya habian
vuelto) hasta que rebosaban.
Por �ltimo una visita a la Catedral y al Ayuntamiento donde, mientras el abuelo trataba
misteriosos asuntos en el interior y la abuela y sus "ch�feres" arreglaban la mercanc�a, los
chiquillos esper�bamos embobados ver como los dos aut�matas de su balconada tocaban las horas
con unos martillos que nos parec�an gigantescos.
Doonnggg, Doonngg.... ca�an las campanadas, graves y solemnes, en las piedras doradas.
A la vuelta la anochecida ca�a ya sobre los campos, al pasar por un punto donde los bosques
se acercaban a la caretera por ambos lados la abuela contaba a los que ibamos con ella historias
pavorosas de manadas de lobos que en aquel mismo paraje atacaban a tratantes y viajeros.
Y cuando, recortada la torre de la Iglesia sobre el sol poniente, lleg�bamos al pueblo
corr�amos todos a refugiarnos tras los gruesos muros de piedra de la casona antes de que la
noche, llena de terrores, nos alcanzara.
Javier