José Smith—Historia
SELECCIONES DE LA HISTORIA DE JOSÉ SMITH EL PROFETA
History of the Church, Tomo 1, Capítulos 1–5.
José Smith habla de sus ascendientes, de los miembros de su familia y de
los lugares donde habían vivido anteriormente-En la parte occidental de
Nueva York, predomina una agitación extraordinaria en cuanto a religión-Resuelve
buscar sabiduría como lo aconseja Santiago-El Padre y el Hijo se aparecen
a José Smith y éste es llamado a su ministerio profético.
(Versículos 1–20.)
1 DEBIDO a las muchas noticias que personas mal dispuestas e insidiosas han hecho
circular acerca del origen y progreso de La Iglesia de Jesucristo de los Santos
de los Últimos Días, con las cuales sus autores han intentado combatir
su reputación como Iglesia y su progreso en el mundo, se me ha persuadido
a escribir esta historia para sacar del error a la opinión pública
y presentar a los que buscan la verdad los hechos tal como han sucedido, tanto
en lo concerniente a mí, así como a la Iglesia, y lo hago hasta
donde el conocimiento de estos hechos me lo permite.
2 En este relato presentaré con verdad y justicia los varios sucesos que
con esta Iglesia se relacionan, tal como han sucedido, o como en la actualidad
existen, siendo ocho, con éste [1838], los años que han transcurrido
desde la organización de dicha Iglesia.
3 Nací en el año de nuestro Señor mil ochocientos cinco,
el día veintitrés de diciembre, en el pueblo de Sharon, Condado
de Windsor, Estado de Vermont. Tendría yo unos diez años de edad,
cuando mi padre, que también se llamaba José [Joseph] Smith, salió
del Estado de Vermont y se trasladó a Palmyra, Condado de Ontario (hoy
Wayne), Estado de Nueva York. Como a los cuatro años de la llegada de mi
padre a Palmyra, se mudó con su familia a Manchester, en el mismo Condado
de Ontario.
4 Once personas integraban su familia, a saber, mi padre Joseph Smith; mi madre,
Lucy Smith (cuyo apellido de soltera era Mack, hija de Solomon Mack); mis hermanos
Alvin (fallecido el 19 de noviembre de 1823, a los veinticinco años de
edad), Hyrum, yo, Samuel Harrison, William, Don Carlos, y mis hermanas Sophronia,
Catherine y Lucy.
5 Durante el segundo año de nuestra residencia en Manchester, surgió
en la región donde vivíamos una agitación extraordinaria
sobre el tema de la religión. Empezó entre los metodistas, pero
pronto se generalizó entre todas las sectas de la comarca. En verdad, parecía
repercutir en toda la región, y grandes multitudes se unían a los
diferentes partidos religiosos, ocasionando no poca agitación y división
entre la gente; pues unos gritaban: "¡He aquí!"; y otros:
"¡He allí!" Unos contendían a favor de la fe metodista,
otros a favor de la presbiteriana y otros a favor de la bautista.
6 Porque a pesar del gran amor expresado por los conversos de estas distintas
creencias en el momento de su conversión, y del gran celo manifestado por
los clérigos respectivos, que activamente suscitaban y fomentaban este
cuadro singular de sentimientos religiosos —a fin de lograr convertir a
todos, como se complacían en decir, pese a la secta que fuere— sin
embargo, cuando los conversos empezaron a dividirse, unos con este partido y otros
con aquél, se vio que los supuestos buenos sentimientos, tanto de los sacerdotes
como de los conversos, eran más fingidos que verdaderos; porque siguió
una escena de gran confusión y malos sentimientos —sacerdote contendiendo
con sacerdote, y converso con converso— de modo que toda esa buena voluntad
del uno para con el otro, si es que alguna vez la abrigaron, se había perdido
completamente en una lucha de palabras y contienda de opiniones.
7 Por esa época tenía yo catorce años de edad. La familia
de mi padre se convirtió a la fe presbiteriana; y cuatro de ellos ingresaron
a esa iglesia, a saber, mi madre Lucy, mis hermanos Hyrum y Samuel Harrison, y
mi hermana Sophronia.
8 Durante estos días de tanta agitación, invadieron mi mente una
seria reflexión y gran inquietud; pero no obstante la intensidad de mis
sentimientos, que a menudo eran punzantes, me conservé apartado de todos
estos grupos, aunque concurría a sus respectivas reuniones cada vez que
la ocasión me lo permitía. Con el transcurso del tiempo llegué
a inclinarme un tanto a la secta metodista, y sentí cierto deseo de unirme
a ella, pero eran tan grandes la confusión y la contención entre
las diferentes denominaciones, que era imposible que una persona tan joven como
yo, y sin ninguna experiencia en cuanto a los hombres y las cosas, llegase a una
determinación precisa sobre quién tenía razón y quién
no.
9 Tan grande e incesante eran el clamor y el alboroto, que a veces mi mente se
agitaba en extremo. Los presbiterianos estaban decididamente en contra de los
bautistas y de los metodistas, y se valían de toda la fuerza del razonamiento,
así como de la sofistería, para demostrar los errores de aquéllos,
o por lo menos, hacer creer a la gente que estaban en error. Por otra parte los
bautistas y los metodistas, a su vez, se afanaban con el mismo celo para establecer
sus propias doctrinas y refutar las demás.
10 En medio de esta guerra de palabras y tumulto de opiniones, a menudo me decía
a mí mismo: ¿Qué se puede hacer? ¿Cuál de todos
estos grupos tiene razón; o están todos en error? Si uno de ellos
es verdadero, ¿cuál es, y cómo podré saberlo?
11 Agobiado bajo el peso de las graves dificultades que provocaban las contiendas
de estos grupos religiosos, un día estaba leyendo la Epístola de
Santiago, primer capítulo y quinto versículo, que dice: Y si alguno
de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da
a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.
12 Ningún pasaje de las Escrituras jamás penetró el corazón
de un hombre con más fuerza que éste en esta ocasión, el
mío. Pareció introducirse con inmenso poder en cada fibra de mi
corazón. Lo medité repetidas veces, sabiendo que si alguien necesitaba
sabiduría de Dios, esa persona era yo; porque no sabía qué
hacer, y a menos que obtuviera mayor conocimiento del que hasta entonces tenía,
jamás llegaría a saber; porque los maestros religiosos de las diferentes
sectas entendían los mismos pasajes de las Escrituras de un modo tan distinto,
que destruían toda esperanza de resolver el problema recurriendo a la Biblia.
13 Finalmente llegué a la conclusión de que tendría que permanecer
en tinieblas y confusión, o de lo contrario, hacer lo que Santiago aconsejaba,
esto es, recurrir a Dios. Al fin tomé la determinación de "pedir
a Dios", habiendo decidido que si él daba sabiduría a quienes
carecían de ella, y la impartía abundantemente y sin reprochar,
yo podría intentarlo.
14 Por consiguiente, de acuerdo con esta resolución mía de recurrir
a Dios, me retiré al bosque para hacer la prueba. Fue por la mañana
de un día hermoso y despejado, a principios de la primavera de 1820. Era
la primera vez en mi vida que hacía tal intento, porque en medio de toda
mi ansiedad, hasta ahora no había procurado orar vocalmente.
15 Después de apartarme al lugar que previamente había designado,
mirando a mi derredor y encontrándome solo, me arrodillé y empecé
a elevar a Dios el deseo de mi corazón. Apenas lo hube hecho, cuando súbitamente
se apoderó de mí una fuerza que me dominó por completo, y
surtió tan asombrosa influencia en mí, que se me trabó la
lengua, de modo que no pude hablar. Una densa obscuridad se formó alrededor
de mí, y por un momento me pareció que estaba destinado a una destrucción
repentina.
16 Mas esforzándome con todo mi aliento por pedirle a Dios que me librara
del poder de este enemigo que se había apoderado de mí, y en el
momento en que estaba para hundirme en la desesperación y entregarme a
la destrucción —no a una ruina imaginaria, sino al poder de un ser
efectivo del mundo invisible que ejercía una fuerza tan asombrosa como
yo nunca había sentido en ningún otro ser— precisamente en
este momento de tan grande alarma vi una columna de luz, más brillante
que el sol, directamente arriba de mi cabeza; y esta luz gradualmente descendió
hasta descansar sobre mí.
17 No bien se apareció, me sentí libre del enemigo que me había
sujetado. Al reposar sobre mí la luz, vi en el aire arriba de mí
a dos Personajes, cuyo fulgor y gloria no admiten descripción. Uno de ellos
me habló, llamándome por mi nombre, y dijo, señalando al
otro: Éste es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!
18 Había sido mi objeto recurrir al Señor para saber cuál
de todas las sectas era la verdadera, a fin de saber a cuál unirme. Por
tanto, luego que me hube recobrado lo suficiente para poder hablar, pregunté
a los Personajes que estaban en la luz arriba de mí, cuál de todas
las sectas era la verdadera (porque hasta ese momento nunca se me había
ocurrido pensar que todas estuvieran en error), y a cuál debía unirme.
19 Se me contestó que no debía unirme a ninguna, porque todas estaban
en error; y el Personaje que me habló dijo que todos sus credos eran una
abominación a su vista; que todos aquellos profesores se habían
pervertido; que "con sus labios me honran, pero su corazón lejos está
de mí; enseñan como doctrinas los mandamientos de los hombres, teniendo
apariencia de piedad, mas negando la eficacia de ella".
20 De nuevo me mandó que no me uniera a ninguna de ellas; y muchas otras
cosas me dijo que no puedo escribir en esta ocasión. Cuando otra vez volví
en mí, me encontré de espaldas mirando hacia el cielo. Al retirarse
la luz, me quedé sin fuerzas, pero poco después, habiéndome
recobrado hasta cierto punto, volví a casa. Al apoyarme sobre la mesilla
de la chimenea, mi madre me preguntó si algo me pasaba. Yo le contesté:
"Pierda cuidado, todo está bien; me siento bastante bien". Entonces
le dije: "He sabido a satisfacción mía que el presbiterianismo
no es verdadero". Parece que desde los años más tiernos de
mi vida el adversario sabía que yo estaba destinado a perturbar y molestar
su reino; de lo contrario, ¿por qué habían de combinarse
en mi contra los poderes de las tinieblas? ¿Cuál era el motivo de
la oposición y persecución que se desató contra mí
casi desde mi infancia?
Algunos predicadores y otros profesores de religión rechazan el relato
de la Primera Visión—Se desata la persecución contra José
Smith—Él testifica de la realidad de la visión. (Versículos
21–26.)
21 A los pocos días de haber visto esta visión, me encontré
por casualidad en compañía de uno de los ministros metodistas, uno
muy activo en la ya mencionada agitación religiosa; y hablando con él
de asuntos religiosos, aproveché la oportunidad para relatarle la visión
que yo había visto. Su conducta me sorprendió grandemente; no sólo
trató mi narración livianamente, sino con mucho desprecio, diciendo
que todo aquello era del diablo; que no había tales cosas como visiones
ni revelaciones en estos días; que todo eso había cesado con los
apóstoles, y que no volvería a haber más.
22 Sin embargo, no tardé en descubrir que mi relato había despertado
mucho prejuicio en contra de mí entre los profesores de religión,
y fue la causa de una fuerte persecución, cada vez mayor; y aunque no era
yo sino un muchacho desconocido, apenas entre los catorce y quince años
de edad, y tal mi posición en la vida que no era un joven de importancia
alguna en el mundo, sin embargo, los hombres de elevada posición se fijaban
en mí lo suficiente para agitar el sentimiento público en mi contra
y provocar con ello una encarnizada persecución; y esto fue general entre
todas las sectas: todas se unieron para perseguirme.
23 En aquel tiempo me fue motivo de seria reflexión, y frecuentemente lo
ha sido desde entonces, cuán extraño que un muchacho desconocido
de poco más de catorce años, y además, uno que estaba bajo
la necesidad de ganarse un escaso sostén con su trabajo diario, fuese considerado
persona de importancia suficiente para llamar la atención de los grandes
personajes de las sectas más populares del día; y a tal grado, que
suscitaba en ellos un espíritu de la más rencorosa persecución
y vilipendio. Pero, extraño o no, así aconteció; y a menudo
fue motivo de mucha tristeza para mí.
24 Sin embargo, no por esto dejaba de ser un hecho el que yo hubiera visto una
visión. He pensado desde entonces que me sentía igual que Pablo,
cuando presentó su defensa ante el rey Agripa y refirió la visión,
en la cual vio una luz y oyó una voz. Mas con todo, fueron pocos los que
le creyeron; unos dijeron que estaba mintiendo; otros, que estaba loco; y se burlaron
de él y lo vituperaron. Pero nada de esto destruyó la realidad de
su visión. Había visto una visión, y él lo sabía,
y toda la persecución debajo del cielo no iba a cambiar ese hecho; y aunque
lo persiguieran hasta la muerte, aún así sabía, y sabría
hasta su último aliento, que había visto una luz así como
oído una voz que le habló; y el mundo entero no pudo hacerlo pensar
ni creer lo contrario.
25 Así era conmigo. Yo efectivamente había visto una luz, y en medio
de la luz vi a dos Personajes, los cuales en realidad me hablaron; y aunque se
me odiaba y perseguía por decir que había visto una visión,
no obstante, era cierto; y mientras me perseguían, y me vilipendiaban,
y decían falsamente toda clase de mal en contra de mí por afirmarlo,
yo pensaba en mi corazón: ¿Por qué me persiguen por decir
la verdad? En realidad he visto una visión, y ¿quién soy
yo para oponerme a Dios?, o ¿por qué piensa el mundo hacerme negar
lo que realmente he visto? Porque había visto una visión; yo lo
sabía, y sabía que Dios lo sabía; y no podía negarlo,
ni osaría hacerlo; por lo menos, sabía que haciéndolo, ofendería
a Dios y caería bajo condenación.
26 Mi mente ya estaba satisfecha en lo que concernía al mundo sectario:
que mi deber era no unirme a ninguno de ellos, sino permanecer como estaba hasta
que se me dieran más instrucciones. Había descubierto que el testimonio
de Santiago era cierto: que si el hombre carece de sabiduría, puede pedirla
a Dios y obtenerla sin reproche.
Moroni se aparece a José Smith-El nombre de José se tomará
para bien y para mal entre todas las naciones-Moroni le habla del Libro de Mormón,
de los juicios venideros del Señor y cita muchos pasajes de las Escrituras-Se
le revela el lugar donde estaban escondidas las planchas de oro-Moroni continúa
instruyendo al Profeta. (Versículos 27–54.)
27 Seguí con mis ocupaciones comunes de la vida hasta el veintiuno de septiembre
de mil ochocientos veintitrés, sufriendo continuamente severa persecución
de toda clase de individuos, tanto religiosos como irreligiosos, por motivo de
que yo seguía afirmando que había visto una visión.
28 Durante el tiempo que transcurrió entre la ocasión en que vi
la visión y el año mil ochocientos veintitrés —habiéndoseme
prohibido unirme a las sectas religiosas del día, cualquiera que fuese,
teniendo pocos años, y perseguido por aquellos que debieron haber sido
mis amigos y haberme tratado con bondad; y que si me creían engañado,
debieron haber procurado de una manera apropiada y cariñosa rescatarme—
me vi sujeto a toda especie de tentaciones; y, juntándome con toda clase
de personas, frecuentemente cometía muchas imprudencias y manifestaba las
debilidades de la juventud y las flaquezas de la naturaleza humana, lo cual, me
da pena decirlo, me condujo a diversas tentaciones, ofensivas a la vista de Dios.
Esta confesión no es motivo para que se me juzgue culpable de cometer pecados
graves o malos, porque jamás hubo en mi naturaleza la disposición
para hacer tal cosa. Pero sí fui culpable de levedad, y en ocasiones me
asociaba con compañeros joviales, etc., cosa que no correspondía
con la conducta que había de guardar uno que había sido llamado
por Dios como yo. Mas esto no le parecerá muy extraño a cualquiera
que se acuerde de mi juventud y conozca mi jovial temperamento natural.
29 Como consecuencia de estas cosas, solía sentirme censurado a causa de
mis debilidades e imperfecciones. De modo que, por la noche del ya mencionado
día veintiuno de septiembre, después de haberme retirado a la cama,
me puse a orar, pidiéndole a Dios Todopoderoso perdón de todos mis
pecados e imprudencias; y también una manifestación para saber de
mi condición y posición ante él; porque tenía la más
absoluta confianza de obtener una manifestación divina, como previamente
la había tenido.
30 Encontrándome así, en el acto de suplicar a Dios, vi que se aparecía
una luz en mi cuarto, y que siguió aumentando hasta que la habitación
quedó más iluminada que al mediodía; cuando repentinamente
se apareció un personaje al lado de mi cama, de pie en el aire, porque
sus pies no tocaban el suelo.
31 Llevaba puesta una túnica suelta de una blancura exquisita. Era una
blancura que excedía a cuanta cosa terrenal jamás había visto
yo; y no creo que exista objeto alguno en el mundo que pueda presentar tan extraordinario
brillo y blancura. Sus manos estaban desnudas, y también sus brazos, un
poco más arriba de las muñecas; y de igual manera sus pies, así
como sus piernas, poco más arriba de los tobillos. También tenía
descubiertos la cabeza y el cuello, y pude darme cuenta de que no llevaba puesta
más ropa que esta túnica, porque estaba abierta de tal manera que
podía verle el pecho.
32 No sólo tenía su túnica esta blancura singular, sino que
toda su persona brillaba más de lo que se puede describir, y su faz era
como un vivo relámpago. El cuarto estaba sumamente iluminado, pero no con
la brillantez que había en torno de su persona. Cuando lo vi por primera
vez, tuve miedo; mas el temor pronto se apartó de mí.
33 Me llamó por mi nombre, y me dijo que era un mensajero enviado de la
presencia de Dios, y que se llamaba Moroni; que Dios tenía una obra para
mí, y que entre todas las naciones, tribus y lenguas se tomaría
mi nombre para bien y para mal, o sea, que se iba a hablar bien y mal de mí
entre todo pueblo.
34 Dijo que se hallaba depositado un libro, escrito sobre planchas de oro, el
cual daba una relación de los antiguos habitantes de este continente, así
como del origen de su procedencia. También declaró que en él
se encerraba la plenitud del evangelio eterno cual el Salvador lo había
comunicado a los antiguos habitantes.
35 Asimismo, que junto con las planchas estaban depositadas dos piedras, en aros
de plata, las cuales, aseguradas a un pectoral, formaban lo que se llamaba el
Urim y Tumim; que la posesión y uso de estas piedras era lo que constituía
a los "videntes" en los días antiguos, o anteriores, y que Dios
las había preparado para la traducción del libro.
36 Después de decirme estas cosas, empezó a citar las profecías
del Antiguo Testamento. Primero citó parte del tercer capítulo de
Malaquías, y también el cuarto y último capítulo de
la misma profecía, aunque variando un poco de la forma en que se halla
en nuestra Biblia. En lugar de citar el primer versículo cual se halla
en nuestros libros, lo hizo de esta manera:
37 Porque, he aquí, viene el día que arderá como un horno,
y todos los soberbios, sí, todos los que obran inicuamente, arderán
como rastrojo; porque los que vienen los quemarán, dice el Señor
de los Ejércitos, de modo que no les dejará ni raíz ni rama.
38 Entonces citó el quinto versículo en esta forma: He aquí,
yo os revelaré el sacerdocio por medio de Elías el profeta, antes
de la venida del grande y terrible día del Señor.
39 También expresó el siguiente versículo de otro modo: Y
él plantará en el corazón de los hijos las promesas hechas
a los padres, y el corazón de los hijos se volverá a sus padres.
De no ser así, toda la tierra sería totalmente asolada a su venida.
40 Aparte de éstos, citó el undécimo capítulo de Isaías,
diciendo que estaba por cumplirse; y también los versículos veintidós
y veintitrés del tercer capítulo de los Hechos, tal como se hallan
en nuestro Nuevo Testamento. Declaró que ese profeta era Cristo, pero que
aún no había llegado el día en que "toda alma que no
oiga a aquel profeta, será desarraigada del pueblo", sino que pronto
llegaría.
41 Citó, además, desde el versículo veintiocho hasta el último,
del segundo capítulo de Joel. También indicó que todavía
no se cumplía, pero que se realizaría en breve; y declaró,
además, que pronto entraría la plenitud de los gentiles. Citó
muchos otros pasajes de las Escrituras y expuso muchas explicaciones que no pueden
mencionarse aquí.
42 Por otra parte, me manifestó que cuando yo recibiera las planchas de
que él había hablado —porque aún no había llegado
el tiempo para obtenerlas— no habría de enseñarlas a nadie,
ni el pectoral con el Urim y Tumim, sino únicamente a aquellos a quienes
se me mandase que las enseñara; si lo hacía, sería destruido.
Mientras hablaba conmigo acerca de las planchas, se manifestó a mi mente
la visión de tal modo que pude ver el lugar donde estaban depositadas;
y con tanta claridad y distinción, que reconocí el lugar cuando
lo visité.
43 Después de esta comunicación, vi que la luz en el cuarto empezaba
a juntarse en derredor del personaje que me había estado hablando, y así
continuó hasta que el cuarto una vez más quedó a obscuras,
exceptuando alrededor de su persona inmediata, cuando repentinamente vi abrirse
algo como un conducto que iba directamente hasta el cielo, y él ascendió
hasta desaparecer por completo, y el cuarto quedó tal como había
estado antes de aparecerse esta luz celestial.
44 Me quedé reflexionando sobre la singularidad de la escena, y maravillándome
grandemente de lo que me había dicho este mensajero extraordinario, cuando
en medio de mi meditación, de pronto descubrí que mi cuarto empezaba
a iluminarse de nuevo, y, en lo que me pareció un instante, el mismo mensajero
celestial apareció una vez más al lado de mi cama.
45 Empezó, y otra vez me dijo las mismísimas cosas que me había
relatado en su primera visita, sin la menor variación; después de
lo cual me informó de grandes juicios que vendrían sobre la tierra,
con gran desolación causada por el hambre, la espada y las pestilencias;
y que esos penosos juicios vendrían sobre la tierra en esta generación.
Habiéndome referido estas cosas, de nuevo ascendió como lo había
hecho anteriormente.
46 Ya para entonces eran tan profundas las impresiones que se me habían
grabado en la mente, que el sueño había huido de mis ojos, y yacía
dominado por el asombro de lo que había visto y oído. Pero cual
no sería mi sorpresa al ver de nuevo al mismo mensajero al lado de mi cama,
y oírlo repasar y repetir las mismas cosas que antes; y añadió
una advertencia, diciéndome que Satanás procuraría tentarme
(a causa de la situación indigente de la familia de mi padre) a que obtuviera
las planchas con el fin de hacerme rico. Esto él me lo prohibió,
y dijo que, al obtener las planchas, no debía tener presente más
objeto que el de glorificar a Dios; y que ningún otro motivo había
de influir en mí sino el de edificar su reino; de lo contrario, no podría
obtenerlas.
47 Después de esta tercera visita, de nuevo ascendió al cielo como
antes, y otra vez me quedé meditando en lo extraño de lo que acababa
de experimentar; cuando casi inmediatamente después que el mensajero celestial
hubo ascendido la tercera vez, cantó el gallo, y vi que estaba amaneciendo;
de modo que nuestras conversaciones deben de haber durado toda aquella noche.
48 Poco después me levanté de mi cama y, como de costumbre, fui
a desempeñar las faenas necesarias del día; pero al querer trabajar
como en otras ocasiones, hallé que se me habían agotado a tal grado
las fuerzas, que me sentía completamente incapacitado. Mi padre, que estaba
trabajando cerca de mí, vio que algo me sucedía y me dijo que me
fuera a casa. Partí de allí con la intención de volver a
casa, pero al querer cruzar el cerco para salir del campo en que estábamos,
se me acabaron completamente las fuerzas, caí inerte al suelo y por un
tiempo no estuve consciente de nada.
49 Lo primero que pude recordar fue una voz que me hablaba, llamándome
por mi nombre. Alcé la vista y, a la altura de mi cabeza, vi al mismo mensajero,
rodeado de luz como antes. Entonces me relató otra vez todo lo que me había
referido la noche anterior, y me mandó ir a mi padre y hablarle acerca
de la visión y los mandamientos que había recibido.
50 Obedecí; regresé a donde estaba mi padre en el campo, y le declaré
todo el asunto. Me respondió que era de Dios, y me dijo que fuera e hiciera
lo que el mensajero me había mandado. Salí del campo y fui al lugar
donde el mensajero me había dicho que estaban depositadas las planchas;
y debido a la claridad de la visión que había visto tocante al lugar,
en cuanto llegué allí, lo reconocí.
51 Cerca de la aldea de Manchester, Condado de Ontario, Estado de Nueva York,
se levanta una colina de tamaño regular, y la más elevada de todas
las de la comarca. Por el costado occidental del cerro, no lejos de la cima, debajo
de una piedra de buen tamaño, yacían las planchas, depositadas en
una caja de piedra. En el centro, y por la parte superior, esta piedra era gruesa
y redonda, pero más delgada hacia los extremos; de manera que se podía
ver la parte céntrica sobre la superficie del suelo, mientras que alrededor
de la orilla estaba cubierta de tierra.
52 Habiendo quitado la tierra, conseguí una palanca que logré introducir
debajo de la orilla de la piedra, y con un ligero esfuerzo la levanté.
Miré dentro de la caja, y efectivamente vi allí las planchas, el
Urim y Tumim y el pectoral, como lo había dicho el mensajero. La caja en
que se hallaban estaba hecha de piedras, colocadas en una especie de cemento.
En el fondo de la caja había dos piedras puestas transversalmente, y sobre
éstas descansaban las planchas y los otros objetos que las acompañaban.
53 Intenté sacarlas, pero me lo prohibió el mensajero; y de nuevo
se me informó que aún no había llegado la hora de sacarlas,
ni llegaría sino hasta después de cuatro años, a partir de
esa fecha; pero me dijo que fuera a ese lugar precisamente un año después,
y que él me esperaría allí; y que siguiera haciéndolo
así hasta que llegara el momento de obtener las planchas.
54 De acuerdo con lo que se me había mandado, acudía al fin de cada
año, y en cada ocasión encontraba allí al mismo mensajero,
y en cada una de nuestras entrevistas recibía de él instrucciones
e inteligencia concernientes a lo que el Señor iba a hacer, y cómo
y de qué manera se conduciría su reino en los últimos días.
José Smith contrae matrimonio con Emma Hale—Recibe de Moroni las
planchas de oro y traduce algunos de los caracteres—Martin Harris muestra
los caracteres y la traducción al profesor Anthon, el cual dice: "No
puedo leer un libro sellado". (Versículos 55–65.)
55 Debido a que las condiciones económicas de mi padre se hallaban sumamente
limitadas, nos veíamos obligados a trabajar manualmente, a jornal y de
otras maneras, según se presentaba la oportunidad. A veces estábamos
en casa, a veces fuera de casa; y trabajando continuamente podíamos ganarnos
un sostén más o menos cómodo.
56 En el año 1823 sobrevino a la familia de mi padre una aflicción
muy grande con la muerte de mi hermano Alvin, el mayor de la familia. En el mes
de octubre de 1825 me empleó un señor de edad llamado Josiah Stoal,
del Condado de Chenango, Estado de Nueva York. Él había oído
algo acerca de una mina de plata que los españoles habían explotado
en Harmony, Condado de Susquehanna, Estado de Pensilvania; y antes de ocuparme
ya había hecho algunas excavaciones para ver si le era posible descubrir
la mina. Después que fui a vivir a la casa de él, me llevó
con el resto de sus trabajadores a excavar en busca de la mina de plata, en lo
cual estuve trabajando cerca de un mes sin lograr el éxito en nuestra empresa;
y por fin convencí al anciano señor que dejase de excavar. Así
fue como se originó el tan común rumor de que yo había sido
buscador de dinero.
57 Durante el tiempo que estuve en ese trabajo, me hospedé con el señor
Isaac Hale, de ese lugar. Fue allí donde por primera vez vi a mi esposa
(su hija), Emma Hale. Nos casamos el 18 de enero de 1827 mientras yo todavía
estaba al servicio del señor Stoal.
58 Por motivo de que continuaba afirmando que había visto una visión,
la persecución me seguía acechando, y la familia del padre de mi
esposa se opuso muchísimo a que nos casáramos. Por tanto, me vi
obligado a llevarla a otra parte, de modo que nos fuimos y nos casamos en la casa
del señor Tarbill, en South Bainbridge, Condado de Chenango, en Nueva York.
Inmediatamente después de mi matrimonio dejé el trabajo del señor
Stoal, me trasladé a la casa de mi padre y con él labré la
tierra esa temporada.
59 Por fin llegó el momento de obtener las planchas, el Urim y Tumim y
el pectoral. El día veintidós de septiembre de mil ochocientos veintisiete,
habiendo ido al fin de otro año, como de costumbre, al lugar donde estaban
depositados, el mismo mensajero celestial me los entregó, con esta advertencia:
que yo sería responsable de ellos; que si permitía que se extraviaran
por algún descuido o negligencia mía, sería desarraigado;
pero que si me esforzaba con todo mi empeño por preservarlos hasta que
él (el mensajero) viniera por ellos, entonces serían protegidos.
60 Pronto supe por qué había recibido tan estrictos mandatos de
guardarlos, y por qué me había dicho el mensajero que cuando yo
terminara lo que se requería de mí, él vendría por
ellos. Porque no bien se supo que yo los tenía, comenzaron a hacerse los
más tenaces esfuerzos por privarme de ellos. Se recurrió a cuanta
estratagema se pudo inventar para realizar ese propósito. La persecución
llegó a ser más severa y enconada que antes, y grandes números
de personas andaban continuamente al acecho para quitármelos, de ser posible.
Pero mediante la sabiduría de Dios permanecieron seguros en mis manos hasta
que cumplí con ellos lo que se requirió de mí. Cuando el
mensajero, de conformidad con el acuerdo, llegó por ellos, se los entregué;
y él los tiene a su cargo hasta el día de hoy, dos de mayo de mil
ochocientos treinta y ocho.
61 Sin embargo, la agitación continuaba, y el rumor con sus mil lenguas
no cesaba de hacer circular calumnias acerca de la familia de mi padre y de mí.
Si me pusiera a contar la milésima parte de ellas, llenaría varios
tomos. Sin embargo, la persecución llegó a ser tan intolerable que
me vi obligado a salir de Manchester y partir con mi esposa al Condado de Susquehanna,
Estado de Pensilvania. Mientras nos preparábamos para salir —siendo
muy pobres, y agobiándonos de tal manera la persecución que no había
probabilidad de que se mejorase nuestra situación— en medio de nuestras
aflicciones hallamos a un amigo en la persona de un caballero llamado Martin Harris,
que vino a nosotros y me dio cincuenta dólares para ayudarnos a hacer nuestro
viaje. El señor Harris era vecino del municipio de Palmyra, Condado de
Wayne, en el Estado de Nueva York, y un agricultor respetable.
62 Mediante esta ayuda tan oportuna, pude llegar a mi destino en Pensilvania,
e inmediatamente después de llegar allí, comencé a copiar
los caracteres de las planchas. Copié un número considerable de
ellos, y traduje algunos por medio del Urim y Tumim, obra que efectué entre
los meses de diciembre —fecha en que llegué a la casa del padre de
mi esposa— y febrero del año siguiente.
63 En este mismo mes de febrero, el antedicho señor Martin Harris vino
a nuestra casa, tomó los caracteres que yo había copiado de las
planchas, y con ellos partió rumbo a la ciudad de Nueva York. En cuanto
a lo que aconteció, respecto de él y los caracteres, deseo referirme
a su propio relato de las circunstancias, cual él me lo comunicó
a su regreso, y que es el siguiente:
64 "Fui a la ciudad de Nueva York y presenté los caracteres que habían
sido traducidos, así como su traducción, al profesor Charles Anthon,
célebre caballero por motivo de sus conocimientos literarios. El profesor
Anthon manifestó que la traducción era correcta y más exacta
que cualquiera otra que hasta entonces había visto del idioma egipcio.
Luego le enseñé los que aún no estaban traducidos, y me dijo
que eran egipcios, caldeos, asirios y árabes, y que eran caracteres genuinos.
Me dio un certificado en el cual hacía constar a los ciudadanos de Palmyra
que eran auténticos, y que la traducción de los que se habían
traducido también era exacta. Tomé el certificado, me lo eché
en el bolsillo, y estaba para salir de la casa cuando el Sr. Anthon me llamó,
y me preguntó cómo llegó a saber el joven que había
planchas de oro en el lugar donde las encontró. Yo le contesté que
un ángel de Dios se lo había revelado.
65 "Él entonces me dijo: 'Permítame ver el certificado'. De
acuerdo con la indicación, lo saqué del bolsillo y se lo entregué;
y él, tomándolo, lo hizo pedazos, diciendo que ya no había
tales cosas como la ministración de ángeles, y que si yo le llevaba
las planchas, él las traduciría. Yo le informé que parte
de las planchas estaban selladas, y que me era prohibido llevarlas. Entonces me
respondió: 'No puedo leer un libro sellado'. Salí de allí,
y fui a ver al Dr. Mitchell, el cual confirmó todo lo que el profesor Anthon
había dicho, respecto de los caracteres, así como de la traducción."
° ° ° ° ° °
Oliver Cowdery sirve de escribiente en la traducción del Libro de Mormón—José
y Oliver reciben el Sacerdocio Aarónico de manos de Juan el Bautista—Son
bautizados y ordenados, y reciben el espíritu de profecía. (Versículos
66–75.)
66 El día 5 de abril de 1829, vino a mi casa Oliver Cowdery, a quien yo
jamás había visto hasta entonces. Me dijo que había estado
enseñando en una escuela que se hallaba cerca de donde vivía mi
padre y, siendo éste uno de los que tenían niños en la escuela,
había ido a hospedarse por un tiempo en su casa; y que mientras estuvo
allí, la familia le comunicó el hecho de que yo había recibido
las planchas y, por consiguiente, había venido para interrogarme.
67 Dos días después de la llegada del señor Cowdery (siendo
el día 7 de abril), empecé a traducir el Libro de Mormón,
y él comenzó a escribir por mí.
° ° ° ° ° °
68 El mes siguiente (mayo de 1829), encontrándonos todavía realizando
el trabajo de la traducción, nos retiramos al bosque un cierto día
para orar y preguntar al Señor acerca del bautismo para la remisión
de los pecados, del cual vimos que se hablaba en la traducción de las planchas.
Mientras en esto nos hallábamos, orando e implorando al Señor, descendió
un mensajero del cielo en una nube de luz y, habiendo puesto sus manos sobre nosotros,
nos ordenó, diciendo:
69 Sobre vosotros, mis consiervos, en el nombre del Mesías, confiero el
Sacerdocio de Aarón, el cual tiene las llaves del ministerio de ángeles,
y del evangelio de arrepentimiento, y del bautismo por inmersión para la
remisión de pecados; y este sacerdocio nunca más será quitado
de la tierra, hasta que los hijos de Leví de nuevo ofrezcan al Señor
un sacrificio en rectitud.
70 Declaró que este Sacerdocio Aarónico no tenía el poder
de imponer las manos para comunicar el don del Espíritu Santo, pero que
se nos conferiría más adelante; y nos mandó bautizarnos,
indicándonos que yo bautizara a Oliver Cowdery, y que después me
bautizara él a mí.
71 Por consiguiente, fuimos y nos bautizamos. Yo lo bauticé primero, y
luego me bautizó él a mí —después de lo cual
puse mis manos sobre su cabeza y lo ordené al Sacerdocio de Aarón,
y luego él puso sus manos sobre mí y me ordenó al mismo sacerdocio—
porque así se nos había mandado.*
72 El mensajero que en esta ocasión nos visitó y nos confirió
este sacerdocio dijo que se llamaba Juan, el mismo que es conocido como Juan el
Bautista en el Nuevo Testamento, y que obraba bajo la dirección de Pedro,
Santiago y Juan, quienes poseían las llaves del Sacerdocio de Melquisedec,
sacerdocio que nos sería conferido, dijo él, en el momento oportuno;
y que yo sería llamado el primer Élder de la Iglesia, y él
(Oliver Cowdery) el segundo. Fue el día quince de mayo de 1829 cuando este
mensajero nos ordenó, y nos bautizamos.
73 Inmediatamente después de salir del agua, tras haber sido bautizados,
sentimos grandes y gloriosas bendiciones de nuestro Padre Celestial. No bien hube
bautizado a Oliver Cowdery, cuando el Espíritu Santo descendió sobre
él, y se puso de pie y profetizó muchas cosas que habían
de acontecer en breve. Igualmente, en cuanto él me hubo bautizado, recibí
también el espíritu de profecía y, poniéndome de pie,
profeticé concerniente al desarrollo de esta Iglesia, y muchas otras cosas
que se relacionaban con ella y con esta generación de los hijos de los
hombres. Fuimos llenos del Espíritu Santo, y nos regocijamos en el Dios
de nuestra salvación.
74 Encontrándose ahora iluminadas nuestras mentes, empezamos a comprender
las Escrituras, y nos fue revelado el verdadero significado e intención
de sus pasajes más misteriosos de una manera que hasta entonces no habíamos
logrado, ni siquiera pensado. Mientras tanto, nos vimos obligados a guardar en
secreto las circunstancias relativas al haber recibido el sacerdocio y el habernos
bautizado, por motivo del espíritu de persecución que ya se había
manifestado en la región.
75 De cuando en cuando habían amenazado golpearnos, y esto por parte de
los profesores de religión; y lo único que contrarrestó sus
intenciones de atropellarnos fue la influencia de los familiares de mi esposa
(mediante la divina Providencia), los cuales se habían vuelto muy amigables
conmigo, y se oponían a los populachos, y deseaban que se me permitiera
continuar sin interrupción la obra de la traducción. Por consiguiente,
nos ofrecieron y prometieron protección, hasta donde les fuera posible,
de cualquier acto ilícito.
1 * Oliver Cowdery describe estos acontecimientos de la siguiente manera: "Estos
fueron días inolvidables: ¡Estar sentado oyendo el son de una voz
dictada por la inspiración del cielo despertó la más profunda
gratitud en este pecho! Día tras día yo continuaba escribiendo las
palabras de su boca, sin interrupción, según él traducía
con el Urim y Tumim o 'Intérpretes', como los nefitas habrían dicho,
la historia o relato llamado 'El Libro de Mormón'.
2 "Mencionar, aun cuando brevemente, el interesante relato hecho por Mormón
y su fiel hijo Moroni acerca de un pueblo que en un tiempo fue amado y favorecido
del cielo, sería desviarme de mi presente intención. Dejaré,
por tanto, este asunto para un tiempo futuro y, como ya he dicho en la introducción,
pasaré más directamente a un corto número de sucesos que
se relacionan íntimamente con la fundación de esta Iglesia, los
cuales serán de interés para los miles que, en medio de la desaprobación
de fanáticos y las calumnias de hipócritas, se han adelantado para
abrazar el evangelio de Cristo.
3 "Ningún hombre, en su estado natural, podría traducir y escribir
las instrucciones que de los labios del Salvador recibieron los nefitas, referentes
a la forma precisa en que los hombres deberían edificar su Iglesia —y
particularmente cuando la corrupción había cubierto de incertidumbre
todas las formas y sistemas que se practicaban entre los hombres— sin anhelar
el privilegio de mostrar la disposición de su corazón mediante la
inmersión en la sepultura líquida 'como la aspiración de
una buena conciencia hacia Dios por la resurrección de Jesucristo'.
4 "Después de escribir el relato del ministerio del Salvador entre
el resto de la posteridad de Jacob sobre este continente, fue fácil ver,
tal como el profeta dijo que sucedería, que las tinieblas cubrieron la
tierra, y densa obscuridad la mente de los pueblos. Reflexionando un poco más,
fue igualmente fácil ver que en la gran contienda y clamor en cuanto a
religión, ninguno tenía la autoridad de Dios para administrar las
ordenanzas del evangelio. Pues se podría preguntar: ¿Tienen los
hombres que niegan las revelaciones la autoridad para obrar en el nombre de Cristo,
dado que el testimonio de Jesús no es ni más ni menos que el espíritu
de la profecía, y que su religión está basada en revelaciones
directas, y por ellas es edificada y sostenida en cualquier época del mundo
en que ha tenido un pueblo sobre la tierra? Si se escondieron estas cosas y cuidadosamente
las ocultaron hombres cuyos artificios habrían estado en peligro si se
hubiera permitido que estos hechos alumbrasen la faz de los hombres, para nosotros
ya no lo estaban; y solamente esperábamos que se diera el mandamiento:
'Levantaos y bautizaos'.
5 "No tardó mucho este deseo en realizarse. El Señor, grande
en misericordia, y siempre dispuesto a contestar la oración constante de
los humildes, condescendió a manifestarnos su bondad, después que
lo hubimos invocado fervientemente, apartados de las habitaciones de los hombres.
Repentinamente, cual si hubiera salido desde el centro de la eternidad, la voz
del Redentor nos habló paz, y se partió el velo y un ángel
de Dios descendió, revestido de gloria, y dejó el anhelado mensaje
y las llaves del evangelio de arrepentimiento. ¡Qué gozo! ¡Qué
admiración! ¡Qué asombro! Mientras el mundo se hacía
pedazos confundido; mientras millones buscaban palpando la pared como ciegos,
y mientras todos los hombres se basaban en la incertidumbre, como masa general,
nuestros ojos vieron, nuestros oídos oyeron, como en el fulgor del día;
sí, más aún, ¡mayor que el resplandor del sol de mayo
que en esos momentos bañaba con su brillo la faz de la naturaleza! ¡Entonces
su voz, aunque apacible, penetró hasta el centro, y sus palabras, 'Soy
vuestro consiervo', desvaneció todo temor. ¡Escuchamos! ¡Contemplamos!
¡Admiramos! ¡Era la voz de un ángel de la gloria, un mensaje
del Altísimo! ¡Y al oír nos llenamos de gozo mientras su amor
encendía nuestras almas, y fuimos envueltos en la visión del Omnipotente!
¿Qué lugar había para dudas? Ninguno; ¡la incertidumbre
había desaparecido; la duda se había sumergido para no levantarse
jamás, mientras que la ficción y el engaño se habían
desvanecido para siempre!
6 "Pero, querido hermano, piensa, piensa un poco más en el gozo que
llenó nuestros corazones, y en el asombro con que nos habremos arrodillado
(porque ¿quién no se habría arrodillado para recibir tal
bendición?) cuando recibimos de sus manos el Santo Sacerdocio, al decirnos:
'Sobre vosotros, mis consiervos, en el nombre del Mesías confiero este
sacerdocio y esta autoridad, que permanecerán sobre la tierra, a fin de
que los hijos de Leví todavía puedan hacer una ofrenda al Señor
en rectitud'.
7 "No procuraré describirte los sentimientos de este corazón,
ni la majestuosa belleza y gloria que nos rodeó en esta ocasión;
pero sí me has de creer cuando te digo que ni la tierra, ni los hombres,
con la elocuencia del tiempo, pueden siquiera empezar a adornar el lenguaje de
tan interesante y sublime manera como este santo personaje. ¡No! ¡Ni
tiene esta tierra el poder para comunicar el gozo, conferir la paz o comprender
la sabiduría contenida en cada frase declarada por el poder del Espíritu
Santo! Los hombres podrán engañar a sus semejantes, las decepciones
podrán venir una tras otra, y los hijos del inicuo podrán tener
el poder para seducir a los incautos e ignorantes al grado de que las multitudes
sólo vivan de la ficción, y el fruto de la falsedad arrastre en
su corriente a los frívolos hasta la tumba; pero un toque del dedo de su
amor, sí, un rayo de gloria del mundo celestial o una palabra de la boca
del Salvador, desde el seno de la eternidad, lo reduce todo a una insignificancia
y lo borra para siempre de la mente. La seguridad de que nos hallábamos
en presencia de un ángel, la certeza de que oímos la voz de Jesús
y la verdad inmaculada que emanaba de un personaje puro, dictada por la voluntad
de Dios, es para mí indescriptible y para siempre estimaré esta
expresión de la bondad del Salvador con asombro y gratitud mientras se
me permita permanecer sobre esta tierra; y en esas mansiones donde la perfección
mora y el pecado nunca llega, espero adorar en aquel día que jamás
cesará."—Messenger and Advocate, tomo I (octubre de 1834), págs.
14–16.