El viernes por la noche, 28 de mayo de 1993, me encontré a Fernando Toledo, cuando hacía su ronda, seguramente habitual, entre la Cendra, un local de la zona de Abastos donde había visto actuar a un travestí, y Mediterráneo, otro local de la zona de Juan Lloréns. Cuando nos despedimos, se dio la vuelta y dijo: "Tengo nuevos relatos. Mañana te los pasaré."

Al día siguiente habíamos quedado por la noche con Jorge e Inma. Él llego algo tarde. Habíamos acordado que me pasaría el relato y yo me lo subiría a casa, para no llevarlo todo el tiempo por ahí. Pero no lo hizo. Estuvimos un par de horas los cuatro; yo incluso saqué a colación los relatos que me tenía que pasar, y él dijo que ya me los pasaría. Supuse que se los había olvidado.

De vuelta hacia la zona, Jorge e Inma se quedaron cerca de su casa. Cuando yo me iba a despedir de Fernando, metió la mano en el bolsillo, sacó un folio doblado y me lo entregó. "Toma. Los relatos." "Pero, ¿por qué no los has sacado antes? ¿No quieres que lo lea esta gente?" Fernando hizo un gesto de desagrado y añadió un poco comprensible "¡No voy a ir yo enseñando por ahí...!"

Es evidente que Fernando desea permanecer, de momento, en el anonimato de los grandes poetas. Sólo yo tengo el privilegio de disfrutar de su obra para comentarla. Bien. Sea. He aquí su obra con mis notas.

NARRACIONES URBANAS

LA PLAZA de las agujas

En un barrio miserable de Valencia, hay una plaza desnuda, oscura, maloliente. Yo diría que podrida.

Una plaza donde no hay nada que ofrecer al transeúnte; pero donde se mueven unos personajes curiosos.

Yonkis, prostitutas, negros, magrebíes y un sinfín de animales extraños.

Animales urbanos que van de un lugar para otro, bestias orondas sin lugar en que cobijarse, ratas de la ciudad que salen por la noche a merodear.

Personajes auténticos de un determinado lugar; que se pudren en el infierno del asfalto; en las calles frías y duras de la ciudad.

Sólo les queda la plaza de las agujas para refugiarse de las miradas ajenas. (1)

LA AVENIDA de la luz

Estaba sentado detrás del coche (2), mirando por los cristales de la ventana, doblamos por una esquina y nos metimos por una larga avenida.

Una avenida llena de palmeras datileras, unas palmeras del Magreb (3), unas palmeras mediterráneas.

Acompañadas por una larga fila de farolas que alumbran la larga avenida.

Una luz artificial que hace resplandecer las calles de la ciudad.

Nos adentramos en un mar de luces que nos hacen sentir en un universo único de la ciudad.

Un universo contemporáneo, antropológico, futurista, donde los humanos nos vemos y nos sentimos protegidos bajo un cielo de luz artificial. (4)

NOCHES DE LA CIUDAD

Largas son las noches, las noches son oscuras.

Las noches de Valencia son infinitas.

Bajo la luz de la luna nos encontramos

en el vértice de su resplandor.

Noches suaves, noches salvajes,

noches alegres, noches tristes

bajo el manto de la melancolía

las noches de Valencia son eternas. (5)

Un Mar de adoquines

Cada día que caminamos por la gran ciudad, vamos navegando por un mar de adoquines.

Sin barcos, sin remos, sin rumbo todos deprisa para llegar a buen puerto.

Es un mar muy duro para atravesarlo, puede incluso romperse en mil pedazos.

Puede ser un mar violento o tranquilo según la marea humana.

Todos buceamos en ella, chapoteamos, nadamos, incluso jugamos con ella. Es un mar que nos puede destruir en cualquier momento, pero tenemos unos diques para salvaguardarnos de ella. (6)

El rey Voltaire

Cada día que vengo del trabajo por la noche me encuentro con mi amigo Voltaire.

Es un hombre bastante maduro, tranquilo y sereno, sin ningún tipo de trauma.

Un tipo único de su especie.

Cuando habla, lo hace de la manera más serena de lo imaginable, él piensa luego existe. (7)

Es una persona dubitativa sin ningún tipo de complejo, charlamos minutos y minutos, segundo a segundo, centésima a centésima.

Hasta llegar a la parada,en donde nuestro rey Voltaire continua su camino donde se pierde en la lejanía de nuestros ojos. (8)

Luces de Neón

Un lugar pequeño donde nadie te molesta, con unas luces muy alegres, donde hay una barra muy larga.

Donde hay unas estupendas señoritas con las piernas cruzadas esperándote, con sus boquitas pintadas, sus cigarrillos consumiéndose entre sus dedos.

Es un mundo alegre donde las tristezas se arrinconan, donde confluyen como dos ríos las grandezas y miserias del ser humano.

Donde nos esperan una cama confortable para el sexo nocturno, un sexo a oscuras, en la máxima intimidad.

Donde nadie te molesta olvidándote de las hipocresías de la sociedad, un lugar en el que puedes encontrar tus paraísos perdidos. (9)

* * *

En resumen, nos encontramos ante una obra más en la evolución de Fernando Toledo, a nuestro entender mucho más lograda que sus últimas creaciones, en las que, acaso por hallarse en una fase de transición, se le advertía hasta cierto punto despreocupado por los aspectos formales del poema, tan importantes en general y tantas veces descuidados a lo largo de su carrera. Definitivamente, el autor ya ha abandonado su etapa en la que gustaba de sorprendernos con frases chocantes, apenas racionales, situadas al final de sus poemas y que significaban un cambio brusco en relación con lo tratado hasta entonces. Lo lamentamos sinceramente, por una parte; pero por otra advertimos que la búsqueda de nuevos temas y el cultivo de un estilo más convencional puede conllevar un progreso en la poesía tolediana. Lo perdido en innovación formal, con la desaparición de las frases chocantes, acaso se vea compensado con un tratamiento más asumible de los temas por el gran público. En general, creemos que, lentamente, el autor abandona sus círculos minoritarios, sus temas exclusivamente personales, para asomarse a un mundo, digámoslo, más convencional.

Permanecemos a la espera de nuevas etapas en la evolución de Fernando Toledo, no dudando de que a partir de ahora hallará temas de su gusto y plasmará sus vivencias en nuevos relatos y poemas. Los esperamos.

Benjamín Alberola

NOTAS

1 Fernando Toledo sigue con su preocupación social, ya evidente en anteriores etapas, añadiendo ahora a los inmigrantes magrebíes, el tema de actualidad en las calles españolas.

2 Si Toledo se identifica con el narrador, no me lo creo y que me perdone. Jamás he visto a Fernando sentarse en la parte de atrás de un coche.

3 Fernando insiste en el tema a la menor oportunidad. En cuanto puede hace una referencia al Magreb.

4 Resulta interesante. En la narración anterior prevalecía una sensación de asco y oscuridad, mientras que en ésta, como por contraste, el autor nos transporta a un mundo totalmente diferente. No se trata de una plaza, sino de una avenida; y la oscuridad ha dado paso a la luz. Pero, entendámonos, se trata de una luz artificial, producto de una ilusión. No es la verdadera luz.

5 Cambio de tercio. Volvemos a la noche, que implica falta de luz; pero nos queda la luz de la luna, que implica melancolía. De esta forma no hay en ningún momento ausencia de luz. En el poema anterior hemos visto que nos encontrábamos con una luz artificial, que nos hacía sentirnos protegidos, siquiera fuese en apariencia. Aquí la luz vuelve a ser natural.

6 De lo mejorcito que ha escrito Fernando. Acaso formalmente sea un relato mejorable, pero la idea de fondo no es menester afanarse en pulirla más. La comparación de la ciudad con un "mar", un mar de adoquines, merece una reflexión profunda.

7 Esto debe ser un error. No fue Voltaire quien formuló la famosa teoría "Pienso, luego existo", sino Renato Descartes. Por muy franceses de la Edad Moderna que fuesen, no son la misma persona, ni siquiera contemporáneos.

8 Una reflexión cotidiana, lejos de cualquier preciosismo formal, pero a esto último ya nos tiene acostumbrados el autor. Nuevamente sea acaso posible mejorar la concepción formal del relato, sin alterar en modo alguno el tema de fondo. En esta ocasión vemos que las reflexiones del autor, que en anteriores relatos de esta serie se expandía por diferentes grupos -yonkis, magrebíes, etc.-, o bien en fenómenos o situaciones determinadas -la noche, una avenida-, se detiene aquí en una persona concreta.

9 El ambiente que describe el autor no parece serle desconocido en absoluto. Llamativa es, en cambio, el punto de vista que adopta Fernando. Recordemos que, en otros relatos de la serie, Fernando, fiel a su tradicional sentido social (recordemos los "Versos Revolucionarios", no nos olvidemos de alguno de sus poemas, por ejemplo "Nicaragua libre"), se detiene en la descripción de los marginados. Si no, repasemos la "Plaza de las agujas".

Aquí no. Aquí adopta Fernando el punto de vista del "usuario", del cliente, que no deja de ser un explotador, por mucho que nos empeñemos en negarlo. Lo lógico hubiera sido, a la vista de su trayectoria, un manifiesto reclamando la independencia de las prostitutas de bajo jaez; hubiéramos esperado al menos un atisbo de compasión de tan desgraciadas mujeres. Ni por asomo. Según el relato, cualquiera diría que las prostitutas lo son de buen grado, como por vocación, y que están ansiosas de la llegada de un nuevo cliente para ejercer. Me permito dudar que esto sea así.

La maestría de Toledo al exponer un punto de vista tan egoísta, creo que estaremos de acuerdo en llamarlo así, es admirable. Parece totalmente natural, en ningún momento encontramos ninguna expresión forzada.

 

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