LOS MUERTOS
Por Angélica González Gopar
Hace años que vengo reclamando muertos. Tengo parientes muertos en la Argentina de Videla y en el Chile de Pinochet. También tengo un muerto en Israel, producto de la intransigencia y de la confusión: mi hijo Alberto, mi hijo más reciente, el muerto más llorado y el más muerto de todos. Había ido allí a tomar fotos y, en cambio, le tomaron a él la vida, de repente, sin otorgarle el derecho a una última palabra, a un último pensamiento. Le estallaron el cuerpo a despropósito en medio de una de tantas escaramuzas callejeras en las que él no era más que un observador, sin arte ni parte. Es curioso, hay muertes que queremos recordar porque nos impulsan a seguir viviendo y hay muertes que necesitamos olvidar porque nos matan de dolor.
Por eso había querido esconderme, olvidar que yo no vería crecer a ese casi niño muerto, como mi padre me había visto crecer a mí hasta convertirme en un hombre, hasta justo un momento antes de mi propia vejez. Dejé de lado a los otros muertos para no recordar a éste.
Había conseguido mantener poco contacto con la realidad, lo justo para que no me encerraran en un sanatorio mental. Hasta que un día, llega una carta desde Haifa, Israel, y el músculo viejo que tengo a la izquierda del pecho comienza a bombear como loco, y la sangre casi me revienta las sienes. Y entre el miedo y la esperanza, desfilan por mi cerebro todos los desatinos posibles. Y , ¿si se hubiera tratado de un error?, ¿si el muerto no hubiera sido él?. Pero abro la carta y descubro que se trata de un error, de un juego macabro del destino, la broma de un dios sordo. La carta, evidentemente, no iba dirigida a mí. Se trataba del alguien que quería noticias de alguien, que maldita sea lo que me importaba; pero que me había bajado de golpe a la realidad, a mi misión en esta tierra: reclamar muertos.