LA CONTESTACIÓN
Por Vicente Mujica Moreno
... agradeceré infinitamente cualquier dato que me permita establecer contacto con él. Por carta, por teléfono o por internet e-mail. Yo soy argentino, pero estoy viviendo actualmente en Israel,...
- ĦBuen Dios!. Vaya embolado. No sé que hacer: dejar pasar la carta o contestar a este pobre hombre. No me apetece nada; pero nada de nada.
Por otro lado, dejarlo a oscuras ahora que por fin ha conectado con alguien que puede darle noticias de su amigo, me parece una traición. Tendré que darle respuesta. Otra cosa será cómo. Bien, lo mejor, si estoy decidido a hacerlo, será llevarlo a cabo cuanto antes, en caliente, si no, seguro que luego olvidaré el tema, aunque sea de manera inconsciente.
Bueno, vamos a ver: Querido señor Eizips: ... . Querido, ... Ħque querido ni querido, pero si no lo he visto en mi vida!, y ojalá tampoco hubiera visto su carta nunca.
Un momento, ... calma, por favor; que no cunda el pánico.
Calma.
Estimado señor Eizips; no, tampoco es eso, sólo estimado señor, o mejor, más asépticamente, señor Eizips.
Sí, eso es; Sr. Eizips: he recibido su amable carta interesándose por su antiguo amigo el señor Ángel Turégano.
- Por ahora vas bien.
Antes que nada permítame decirle que es una casualidad que la misma pueda obtener respuesta fructuosa de mí, pues yo no soy el hombre que busca, ni mi padre tampoco, aunque él sí tenía relación con Don Ángel Turégano, por el que usted pregunta, y tratándose de un apellido raro en esta zona del país, su casualidad y la de que mi progenitor, en paz descanse, y don Ángel se conocieran, se explican más fácilmente.
- Vale, sigamos por esta senda.
Efectivamente, Don Ángel era químico, y llegó a Barcelona a principios de los sesenta. Estuvo inicialmente trabajando en uno de los muchos laboratorios de la industria farmaceútica que tanto prosperaron entonces, y también ahora prosperan, en Cataluña. Pero fue por poco tiempo. Por aquella época, ya estaba algo cansado o, más correctamente, hastiado del trabajo en las grandes empresas, que finalmente, era siempre monótono y rutinario, poco dado a la aventura intelectual. Por ese motivo, intentó dar un giro a su vida personal y profesional, y se orientó hacia la Universidad. Recaló entonces en la Central de Barcelona, y fue allí donde trabó amistad con Ángel - mi padre - por el hecho casual, -igual que ahora-, de tener su mismo desubicado apellido, y además, curiosamente, de coincidir también en el nombre. Una notificación proveniente de la consulta de un afamado neurólogo barcelonés dirigida a Ángel Turégano, llegó a la mesa de despacho de mi padre, el cual, tras un rápido vistazo al papel, quedó percatado de no ser su destinatario y se interesó por dar con aquel alter ego en su Universidad. Ángel no era químico, sino antomopatólogo, y por entonces estaba absorbido por unas investigaciones que perseguían mejorar la tinción de algunas preparaciones histológicas para su observación al microscopio. La extraordinaria coincidencia de nombres y apellidos, y por otro lado, la necesidad que tenía el anatomopatólogo de un colega químico, hicieron del encuentro entre los dos hombres, la ocasión para iniciar una amistad que sería larga y auténtica.
- Bueno, bueno, bueno ... se acercan los escollos, veamos como los salvo.
Don Ángel, sin embargo, no tenía muy buena salud. De hecho, luego se supo, que sus últimos años, ya presagiaban que algo no funcionaba en su cabeza. La decisión apresurada de dejar Argentina sin tiempo siquiera para despedidas; luego la de cambiar de trabajo en varias ocasiones, y por último, la dificultad que manifestaba cada vez de forma más acusada para desarrollar sus clases y dirigir sus investigaciones, hablaban de alguna patología de tipo neurológico o neuropsiquiátrico que avanzaba acelerándose sin remedio. La carta del neurólogo que había precipitado la amistad de los Turéganos, por un error en la entrega, era la misma que comunicaba a Don Ángel su enfermedad incurable, y que mi padre, con su lectura rápida, no pudo sospechar en lo más mínimo.
El señor Turégano tuvo que dejar la docencia, pero en la Universidad se le estimaba más de lo habitual, pues había sido un gran trabajador, muchas veces desinteresado, y una persona con cualidades muy humanas. Por ello se le siguió dejando que hiciera labores administrativas, y más tarde aún, cuando el mal ya se cebó cruel en su cerebro, que realizara las labores propias de un bedel. Fue terrible para su compañero, que veía como el amigo se convertía poco a poco, pero sin pausa, en un guiñapo.
Antes de llegar a esta situación tan penosa, cuando aún tenía periodos largos de lucidez, pero ya conocedores todos, y él mismo, de su destino, le comunicó a mi padre su deseo de seguir siendo útil a la ciencia después de su final. Así, y ante notario, dejo escrita su última voluntad de legar su cuerpo a la cátedra de Anatomía Patológica que dirigía el profesor Turégano. Si duro fue para él conocer la desdichada enfermedad de su querido Sosías, aún más horrible fue tener que sumergirlo, el mismo día de su muerte, en una bañera de formol.
Lo siento.
Si quiere visitarlo, sus señas son:
Universidad Central de Barcelona
Carretera de Sarriá sin número
Facultad de Medicina
Departamento de Anatomía Patológica - Sala de Preparaciones.
Identificación: A.T.- Argentina.
Atentamente, se despide
Ángel Turégano.
Barcelona, Navidades de 2000.
- Por fin. Misión cumplida.