LA CARTA
por Vicente Mujica Moreno
Vaya día he tenido. Aunque, bueno, la mayoría de ellos se parecen bastante. Lo cierto es que el trabajo casi se convierte en lo más relajante de la jornada.
Yo no pido la felicidad, ni ser feliz. Sólo quiero un día sin un contratiempo, sin un mal gesto, sin alguna de las típicas y pequeñas puñetitas al uso. Como por ejemplo que el cartero me toque al telefonillo todos los días, como si fuera el Robinson del edificio; y no señor, que aquí vive más gente, -al menos eso aparentan. O que la del supermercado se quede con las tres pesetas del redondeo en lugar de ceder en mi favor, o, lo que sería aún mejor, que me devolviera las tres pesetitas, que de momento, siguen siendo la unidad monetaria del país. O que el camarero, al ir a desayunar, dijera simplemente buenos días, y no te mirase como si fueras a especular con su plan de pensiones. Tendrá que ser así, -que diría un campesino segoviano. De ésto, del contenido de la felicidad cotidiana, de la de andar por casa, y no de la tramposa de las películas, hablaba el otro día con un amigo.
<< Oye, dime si recuerdas un solo día, veinticuatro horas seguidas, que hayas pasado sin que algo o alguien te viniera a molestar.>>
No, no recordaba un día glorioso como ése. Hacía memoria y cuando ya tenía localizado uno que parecía iba a cumplir las condiciones precisas, recordaba fatalmente que el conductor del autobús había frenado cuatro veces durante su recorrido al trabajo de manera que el desayuno pudiera visitar la chaqueta de su vecino de viaje; o que aquel fin de semana encarrilado hacia la perfección, se terminó de alegrar cuando, amistosamente, la bombona de butano decidió agotarse en plena cocción del arroz. Mi amigo se percató como yo, de que, posiblemente estábamos planteando las bases de alguna teoría filosófica todavía no desarrollada. La realidad existía no porque pensáramos, como deducía Descartes, sino porque incordiaba en todo momento, o al menos con una unidad mínima de cabronez - en palabras de mi amigo, que ya empezaba a dotar de cuerpo doctrinal a la nueva filosofía -, que se manifestaba cada veinticuatro horas, nevara o hiciera sol. O sea, la prueba definitiva de la existencia, consistía en percibir, sin aviso, estos, por así decirlo, quantum de situaciones desagradables.
Pero por fin llego a casa, al refugio. Y ¿qué me encuentro?: otra prueba irrefutable de mi existencia. El animalito ha vuelto a hacer sus necesidades donde le ha parecido más apropiado. En esta ocasión el lugar apropiado ha sido la cortina. Sí, lo ha hecho en la cortina. Y además de cabrearme, inmediatamente caigo en la cuenta de que nuestro nuevo sistema filosófico le da sentido a todo. El quantum diario está ante mi perpleja mirada. Porque veamos; si yo llego a casa como siempre, suelto las cosas en el sillón, me quito la chaqueta y me tumbo un rato en el sofá para luego cenar, no pasa nada. Pero todo cambia si uno llega, y después de abrir la puerta, ve su cortina cagada. Inmediatamente una corriente eléctrica recorre tu cuerpo hasta llegar al cerebro que se activa como tras un electroshock, y entonces es cuando te enteras de que existes, o al menos de que en ese instante, sin duda, estás existiendo.
En el mundo exterior hay sitio suficiente para que el señorito campe a sus anchas. Pero no, su empeño es meterse en casa. Y no para. Al salón, a la cocina, ... ahora me meto en el baño -que sé que se está afeitando-, y así. Ha sido imposible enseñarle algo, no he podido conseguir que se esté sujeto en algún sitio. Siempre inquieto, danzando de un lado a otro, frotándose continuamente con las patas. Llega a resultar cansino.
A veces, aunque sé que no me entiende, le hablo amigablemente, para que capte al menos el tono relajado de mi discurso, por ver si así se vuelve razonable. Pero es inútil. Por unos instantes parece que va a cambiar de actitud, pero se trata de algo efímero. En breve vuelve a su tarea, rascándose insistente la cabecilla. Dicen que no hay que castigarles, que basta con mostrar enfado y reprobar sus acciones con aire de censura para que capten lo incorrecto de su comportamiento, y, como mucho, agitar un periódico enrollado ante ellos para que noten cierto signo de autoridad o inminente castigo. Pero este bicho, debe tener pocas, escasísimas neuronas en su rudimentario cerebro; y yo estoy muy harto. Creo que la "unidad mínima de cabronez" del día de hoy está ya muy superada y no pienso aguantar ni siquiera otro segundo. Y además - que es sabio el refranero -, mejor sólo que mal acompañado.
Voy a coger esa carta, que viene en sobre rígido desde Israel y se la voy a estampar en la testa. Me da ni se qué, porque aún no la he leído, pero es lo único que tengo ahora a mano y sé que si me muevo, luego no tendré la misma oportunidad para hacerlo.
Ya está.
Se ha quedado pegada con la sangraza que ha soltado. Me da un poco de asco. Dejaré que la mosca se seque y ya leeré mañana la carta. Tal vez porte en ella mi quantum diario de percepción existencial.