EL ENCUENTRO
Por Vicente Mujica Moreno
Queridísimo Bernardo:
Amigo, no puedes hacerte idea de la alegría que ha supuesto para mí tu carta. No exagero, y, como entenderás más adelante cuando termines de leer mi respuesta, no te extrañará saber que incluso lloré al leer tu misiva.
Son muchas las cosas que han ocurrido durante todos estos años. Lo sé. Y sé también, lo extraño que debe haber resultado para todos los amigos y familiares que dejé en Buenos Aires, mi partida brusca y silenciosa.
Antes que nada debes saber que este correo electrónico que espero estés leyendo – para mi bien -, no ha sido la labor fácil de cualquiera tecleando al ordenador mientras se toma un café, como ocurre en esos lugares de moda, que tanto proliferan. Lo que ahora te voy a contar puede resultarte extraordinario, y no te equivocarás, además de extraordinario, es angustiante y horrible. Por eso entenderás mejor mi llanto emocionado al tener noticias tuyas. Has sido como un bote salvavidas ante el naúfrago que ya no espera nada.
Mi marcha precipitada de Argentina, no fue caprichosa. Bien sabes que por entonces yo tenía un buen trabajo en la fábrica Nestlé, como químico, o más precisamente como bioquímico, ya que ésta fue mi especialidad tras acabar la licenciatura. Por aquellos años, la investigación en este campo aún era de auténticos exploradores adentrándose en selvas enmarañadas. Se iniciaba el conocimiento del ADN y todavía se estaba lejos de lo que hoy parece el pan nuestro de cada día: seres nuevos a partir de casi nada.
Aún no sé cómo, pero ocurrió. Fue algo que yo no andaba buscando deliberadamente, pero sí rondándolo, girando en torno a ello sin saber bien respecto a qué centro rotaba. Y así, de repente, como suele ocurrir con los grandes descubrimientos, los de salto cualitativo, como el descubrimiento de la penicilina por el negligente Fleming que no tapaba sus preparaciones permitiendo que se infectaran por el hongo sanador, me topé con aquello. Casi me da terror nombrarlo, tiene algo como de maligno. Encontré una molécula que era capaz de reconstituir la materia orgánica a su estado inicial de actividad. Sí, así de simple y así de horroroso, podía reconstituir la materia orgánica de un tejido muerto recientemente y devolverlo a su estado activo; devolverlo a la vida. Claro está que se debían cumplir ciertas condiciones como que el plazo de tiempo de la muerte no fuera excesivamente prolongado, pero podía ser incluso de algunos días. Hablé de ello con un colega, más que nada, porque no creía que estuviera descubriendo lo que estaba descubriendo, sino algo que podía tener la apariencia de poder devolver a la actividad un tejido sin vida, pero que fuera pasajero o incompleto. Pero, desgraciadamente, no era así.
Aquel conjunto molecular verdaderamente tornaba vivo algo muerto. Se trataba de células aisladas e incluso algunos tejidos, no lo había conseguido con un organismo complejo, pero eso sólo era cuestión de tiempo.
Sin que pasaran más de cuarenta y ocho horas tras la conversación con mi amigo, ya se había puesto en contacto conmigo una gran compañía biofarmacéutica que me ofrecía el mundo. Yo me negué al trato: porque pensaba que aquello no era bueno en sí, y además porque creía que algo de esa naturaleza no podía ser controlado simplemente por una compañía. Mi colega, hombre saludable y deportista, apareció muerto en su despacho diagnosticándosele muerte súbita por una arritmia cardiaca no tratada. Yo recogí lo más necesario, compré un pasaje y me embarqué aquella misma noche hacia Canarias.
Estuve en las islas un tiempo, y cuando me sentí seguro me trasladé a Barcelona, donde sería más fácil dedicarme a mi carrera de nuevo. Creía que me habían olvidado. Pero la posibilidad de la resurrección no se olvida así como así. Me encontraron y me obligaron a darles la información que querían. Lo he hecho, pero de forma incompleta, racionándola durante todos estos años. Cada vez me presionan más; otros competidores, en otros laboratorios, están llegando a las mismas conclusiones por otros caminos. Girando, girando, ... acercándose pero sin caer por el atajo - como me ocurrió a mí hace años -, hacia el centro del huracán. Insisto: es sólo cuestión de tiempo, y éstos lo saben y quieren el monopolio.
Toda mi actividad está controlada. Todos mis amigos y colaboradores pueden ser incluso sus propios agentes. No puedo fiarme de nadie, pero de vos sí, Bernardito. El trato del vos me trae recuerdos.
Atiende ahora bien. Este mensaje he podido enviártelo a través de uno de esos móviles que incluyen teclado. Por supuesto, no es mío. Todas mis comunicaciones se filtran. El texto lo he escrito a oscuras, por la noche, a tientas sin encender luces - recordarás que fui buen mecanógrafo ayudándote en tu tesis sobre oleoductos. Lo grabé en un minidisco y de ahí lo transferí al Nokia de uno de los becarios que visitan con frecuencia las instalaciones de la compañía. Al que no lleva uno de estos chismes lo tratan como a un Neanderthal. Tuve que hacerlo rápidamente durante un almuerzo en la cafetería de personal. Le pedí a uno de esos imberbes, con mi gesto de profesor desvalido, que me pidiese un cortado con leche condensada cuando la cola ante el mostrador era lo más larga posible. Así lo introduje en su aparato. No hizo falta conocer su número secreto, pues estos chicos pueden acceder a los laboratorios sólo tras firmar un documento en el que se dice que durante su estancia en las dependencias de la compañía, cualquier tipo de comunicación se hará a través de un número común suministrado diariamente por ella, y ese número es de general conocimiento. En cuanto el estudiante se conectara a su correo electrónico, su ‘ enviar y recibir ‘ haría llegar este mensaje a tu ordenador. Espero que haya sido así.
No hay tiempo para ponerte al día de otras vicisitudes personales. ¡ Ojalá pueda abrazarte y contártelas personalmente!.
Debes hacer lo siguiente. Aplaza tu viaje hasta el 10 de septiembre domingo. El lunes será fiesta en Cataluña. Compra cinco pasajes de avión a mi nombre, de diferentes compañías aéreas con salida desde Mallorca y destino a distintas ciudades europeas, americanas, etc y con distintas fechas, una de ellas que sea para el once de septiembre a las siete de la tarde. Alquila un aerotaxi para ir del Aeroclub de Terrades, en Barcelona, a Mallorca, disponible 24 horas del día. Alquila también un todoterreno para recogerlo en el aeropuerto en cuanto llegues. Prepara un neceser con lo imprescindible y déjalo en el vehículo con todo lo que te he indicado y la cantidad de dinero que puedas conseguir. El lunes a primera hora déjalo aparcado y con las llaves puestas, en la planta baja – lo más cerca posible de la salida -, en el parking de El Corte Inglés de la Vía Layetana. Marca el capó del coche con una cruz de cinta adhesiva bien visible. Ese lunes festivo, abrirá El Corte Inglés, y con la excusa de algunas compras me podré acercar hasta allí sin levantar muchas sospechas. Cuando estén entretenidos me colaré hasta el parking y cogeré el coche. El resto es cosa mía.
No intentes ponerte en contacto conmigo de ninguna forma. El que haya podido recibir tu carta ha sido una suerte sólo reservada a los dioses, pues llegó a mí por la imprudencia del cartero que la deslizó bajo la puerta justo en el momento en que yo estaba sólo en el hall soltando el paraguas tras volver del trabajo.
¡Suerte! No me fallés compañerito.
Ángel.