En el aire, jueves 21 de diciembre de 2001.

 

Apreciado señor Eizips:

Escribo estas líneas desde un avión que me lleva de Barcelona a Las Palmas. Hace unos segundos han anunciado por megafonía que iniciamos el descenso. El avión sobrevuela aún la costa del Sahara, y el brazo de mar que separa Fuerteventura del continente es sólo un instante en el recorrido del avión. Cuando acabe estas líneas estaré ya aterrizando en Gran Canaria.

Espero que se acuerde Ud. de mí. En verano del año pasado, y en previsión de un viaje suyo a Barcelona, me escribió para interesarse por el paradero de don ángel Turégano, químico de profesión, a quien había conocido en la planta de Leche Nido de la compañía Nestle situada en Villanueva y al cual había perdido completamente de vista desde 1958. Le conté entonces todo lo que por entonces sabía. Que mi abuelo se llamaba Ángel Turégano, que era de origen barcelonés, aunque afincado en Canarias, y que según mis conocimientos, siendo como era marino difícilmente habría estado nunca en una localidad del interior de la Argentina. Supongo que contactó Ud. conmigo por medio de la guía telefónica, o de algún registro del Ayuntamiento de Barcelona, ya que en esa ciudad están registrados una vivienda y un teléfono a mi nombre. Allí viví y trabajé hasta marzo de este año, en que regresé a Las Palmas. Dado que mi segundo nombre y mi segundo apellido son precisamente Ángel Turégano, pensó ud. acertadamente que era descendiente de él.

Varios periódicos han publicado hoy una foto del cantante brasileño Roberto Carlos visitando la tumba de su esposa en el cementerio de Gethsemaní, en Sao Paolo. Si se fija Ud. bien en esa foto, junto a las orquídeas que adornan la tumba de María Rita Simoes verá el nombre inscrito en la tumba contígua: Ángel Turégano. Vuelvo ahora de Barcelona tras un viaje por motivos de trabajo. Al pasar por mi antigua residencia, mis inquilinas me han dado la correspondencia que habían recibido a mi nombre. Entre un montón de propaganda había una carta proveniente de Sao Paolo, Brasil. En la copia que le adjunto encontrará Ud. la explicación al nombre inscrito en la lápida, así como información sobre la persona por la que Ud. me preguntó el año pasado. Espero haberle ayudado finalmente.

Aunque no sé si en Israel celebrarán Uds. la Navidad, reciba en cualquier caso mis mejores deseos para el próximo año (y milenio).

Atentamente,

Manuel Ángel Santana Turégano.

Sao Paolo, 19 de marzo de 2000.

Apreciado señor:

Mi nombre es Ángel Freire Gómez, y nací en Torrelavega, provincia de Santander, tal día como hoy hace 70 años. Hasta que me jubilé, en 1995, trabajé durante casi tres décadas como químico especialistas en café, entre esta ciudad desde la que le escribo, Sao Paolo, y el Puerto de Santos.

Como quizá Ud. sepa, hace algunos años Telefónica compró la Compañía Nacional de Teléfonos Brasileña, para la que trabaja mi hijo. Atendiendo a un ruego mío, y cometiendo una pequeña irregularidad, ha sido él quien me ha facilitado su dirección. Se preguntará porqué me he tomado tantas molestias para escribir a alguien a quien no conozco. Por su nombre y apellidos, debe ser Ud. descendiente del señor Ángel Turégano, que trabajó como radiotelegrafista a bordo del vapor ciudad de Gijón en la década de los cuarenta. Si es así, y don Ángel aún vive, le agradecería inmensamente que le hiciera llegar esta carta. Si no es así, quisiera que al menos sus descendientes supieran que desde hace 37 años utilizo su identidad.

En 1943 las cosas no eran nada fáciles en España. Siendo el menor de ocho hermanos, decidí responder a la llamada de mi tío paterno, que pedía la ayuda de un familiar para atender su negocio de comestibles en Puerto Montt, Chile. Así que recién cumplidos los trece años me embarqué en el Ciudad de Gijón, donde conocí a D. Ángel Turégano. Durante la larguísima travesía, se portó conmigo como un hermano mayor, me prestó su apoyo y me dio ánimos para la enorme aventura que entonces inicié.

Una vez llegado a Puerto Montt, mi tío me trató como a un hijo, aún trabajando en su tienda pude acabar el bachillerato, y al cabo de unos años, visto mi interés por los estudios, decidió hacer un esfuerzo económico y enviarme a Santiago a estudiar Ingeniería Química. Recién egresado, volví a visitar a mi familia al Sur. Entré en la tienda, que estaba cerrada, y encontré a un encapuchado encañonando a mi tío. Tres minutos después, ya sin capucha, el comisario de Puerto Montt yacía con un disparo en el pecho en el suelo de la tienda. Al día siguiente cambié los datos de mi pasaporte, tomé la identidad de Ángel Turégano, y crucé la cordillera.

En la localidad de Villanueva, provincia de Córdoba, República Argentina, la compañía Nestlé estaba montando una planta de leche Nido, donde empecé a trabajar como químico. Fueron años muy dichosos, en los que hice buenas amistades y empezó mi militancia política. Pero en 1955, Perón fue derrocado. Tres días después me vine a Brasil. Tras trabajar un par de años en la construcción de Brasilia, llegué a Sao Paolo. Dos años después conocí a Adelina, mi mujer, y en 1964 nació mi hijo. A partir de entonces, la idea del retorno se convirtió ya para mí en un mito inalcanzable, y lo que es más importante, no deseado.

Hace ocho años, justamente el mismo día que su abuelo, nació mi nieto. Por pura casualidad, pues no sabía entonces su nombre, lleva el mismo nombre que Ud. Mientras escribo esta carta está jugando en el porche, a miles de kilómetros de alguien que por un extraño capricho del destino lleva su mismo nombre. Dice que de mayor quiere ser médico. Hace ocho años, en el trabajo, sufrí un desvanecimiento. El médico me diagnosticó enfermedad laboral: intoxicación por plaguicidas. Durante las últimas décadas, el café brasileño ha sido tratado con productos químicos, lo cual genera una enfermedad crónica en los trabajadores que, como yo, hemos estado en contacto directo en él. Respirar esos productos me ha causado cáncer de pulmón. Eso es lo que me ha dicho hoy el médico. Cáncer de pulmón. Y que no me quedan más de seis meses de vida. Por eso le he escrito. Para agradecerle a D. Ángel que prestándome su identidad me haya permitido vivir otra vida distinta a la que pude haber vivido. Para expresarle mi agradecimiento por cada instante de mi pequeña e insignificante vida.

Reciba Ud. mis más sinceros deseos de felicidad.

Un saludo,

Ángel Freire Gómez (Ángel Turégano Turégano)

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