RESPUESTA
Por Gladys Fuentes.
Bernardo Eizips, ya entrado en años, tiene que hacer inmensos esfuerzos para conservar un poco de paciencia y explicar al funcionario de aduana - en un árabe argentinado -, la legitimidad de sus documentos, buena intención que se estrella impotente ante la desidia del uniformado. Sus palabras gauchas formaban sin proponérselo una muralla entre el funcionario y él, una muralla que iba creciendo ante la impaciencia de Bernardo, logrando sofocarle el rostro, mientras su cuerpo empezaba a convulsionar, era tal su desesperación que llegó al punto de sentir que la vida se le escapaba por un agujero negro, abierto en la mitad de su pecho.
El funcionario, ahora de verdad asustad,o decide socorrerlo, llama a la Cruz Roja Internacional. Negro profundo. Al cabo de unas horas despierta Bernardo en un hospital, con una vaga nostalgia por la paz experimentada mientras recorría el túnel hacia la luz, sólo recuerda una voz cálida llamándole y obligándole a darse la vuelta. Sí, esa voz, muy parecida a la alegre voz de su amigo Ángel Turégano, lo conectó con su cuerpo y su cuerpo lo devolvió a una camilla de hospital donde un hombrecito de verde, con la cara cubierta y las sienes invadidas de sudor jadeaba mientras le oprimía el pecho.- Lo tenemos -gritó aliviado el médico.- ¿Qué me tienen?, ¿quién me tiene?, ¿dónde me tie...? Bernardo cayó de nuevo en un sueño liviano. Cuando despertó habían pasado dos días desde el incidente en el aeropuerto de Haifa, una enfermera manipulaba sobre su cuerpo como si estuviera limpiando el polvo de un mueble viejo, lo hacía con tal dedicación, que en un arranque de soledad, decidieron, de tácito acuerdo, contarse sus cuitas sin ningún pudor. Bernardo le contó de su vida en Barcelona y de la falta que le hacían sus escasos amigos, sobre todo Ángel, quien en el umbral de la muerte le llamó y a quien había perdido de vista hace más de treinta años; de su amistad sólo le quedaba el recuerdo de una carta en la que le contaba que trabajaba en la Nestlé, vendiendo Leche Nido en la provincia de Mendoza. Entonces, fue ella quien le animó a escribirle a su amigo barcelonés, quien sabe, le dijo con voz neutral, a lo mejor lo encuentra, la vida es así.
Hay, de vuelta a su pequeño cuarto, no sabe qué hacer con tantas horas libres; la ventana semiabierta por la que se cuela una ligera brisa, que a esa hora era de agradecer, parece tener la intención de ponerle punto final a su solitaria existencia. Sus párpados pesados apenas le permiten el placer de la observación a través de una pequeña rendija, por ella contempla extasiado la maravillosa luz amarilla, que como una revelación ilumina la estancia. Poco a poco sus ojos le ganaron la batalla a la piel dolorida, recorrió lo que fuera durante tantos años su refugio, su cueva tibia y protectora...tendría que abandonarla para siempre...-pensaba- ¿Cómo será ahora esa extraña llamada Barcelona?. ¿Por qué todo había cambiado tan bruscamente?. ¿Por qué se habían separado?. Ángel...sería posible, como dijo la enfermera, que lo encontrara...La imagen de la rambla ocupó ahora todo su cerebro, por un momento volvió a oler el aroma de los cafés, sintió de nuevo el frío del otoño, la estación que más le gustaba del año, porque daba a la ciudad un halo de irrealidad, que tanta falta le hace a las ciudades europeas...Su atención volvió de nuevo al cuarto, se sentó con cautela apoyando la espalda en la cabecera de la cama, descubrió sus maletas hechas, la habitación vacía, todo estaba listo para partir... y él partiría, de eso no cabía duda. Abandonó el lecho y se dirigió a la ventana, sacó medio cuerpo, aspiró el aire caliente de la ciudad, al darse la vuelta para mirar de nuevo a la cama, lo vio junto al piso, como esperando que él se dignara verlo, se trataba de un pequeño paquete postal. Bernardo se abalanzó sobre éste, lo rasgó mientras el corazón le latía a la velocidad de la luz. En dos segundos tuvo sobre sus rodillas el objeto de su curiosidad: un tarro de 500 grs. de Leche Nido.
FIN