Cuando ellas se lanzan primero
Pedro Pablo Mart�nez
Opini�n ninguna gana
pues la que m�s se recata,
si no os admite es ingrata
y si os admite es liviana
(Sor Juana)
Escribo estas l�neas gracias a la iniciativa de una lectora que quiere saber c�mo vemos los hombres a las mujeres que se lanzan abiertamente.
Como siempre, habr� de reducirme a dar no una respuesta �nica (no la hay) sino varias, pues soy un defensor ac�rrimo de la diversidad y esto implica asumir que no todos los hombres (ni todas las mujeres, ni todos los homosexuales, ni todos los viejos, ni todos los ni�os, ni todos los todos) reaccionan igual frente a un mismo est�mulo.
Al pensar durante varios d�as en el dilema en el que me colocaba al intentar contestar esta pregunta, se me ven�an a la mente im�genes y situaciones de toda mi vida. Pero hubo una que regres� recurrentemente con un sentimiento de indignaci�n, as� que comenzar� por ah�.
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Cuando era joven, feliz e indocumentado tuve la fortuna de, por primera vez, hacerme novio con una persona excepcional. Ella era aparentemente t�mida, pero no ten�a el menor empacho en hablarme por tel�fono todos los d�as. A ambos nos parec�a de lo m�s l�gico, pues mis actividades eran un tanto sedentarias y siempre estaba en la casa de mis padres, y las suyas eran un poco m�s peripat�ticas y gran parte del tiempo estaba en la calle. Esto nos hizo creer que lo m�s adecuado era que ella me llamara a m� cuando estaba en su casa.
Pero a mi madre y a mis seis hermanas (ahora pienso, instaladas en el machismo) les parec�a fatal el asunto. Por un lado suced�a que, cuando a ella se le ocurr�a llamar, era seguro que bloquear�amos la l�nea telef�nica por lo menos durante media hora. As� que la consigna represiva fue una guerra de todas ellas contra la novia del hermano (a trav�s del hermano), haciendo comentarios despectivos pues �una mujer que busca a un hombre es una rogona�. Curiosamente mi padre, que en una lectura plana deb�a haber sido el macho castrante, ve�a el asunto con benepl�cito, pues de esa manera la cuenta del tel�fono correr�a a cargo de la familia de ella.
El argumento era simple: �Si todas nosotras esperamos a que nos hablen nuestros novios, para que sus familias no piensen mal de nosotras, por qu� raz�n ella te habla a ti�. El subtexto era: �Justamente cuando nosotras estamos esperando llamada, ustedes ocupan el tel�fono y no tenemos oportunidad de hablar despu�s�. Mi respuesta era muy simple: �Pues no sean tontas y h�blenles cuando el tel�fono est� desocupado y manden a la goma el qu� dir�n�.
En la ret�rica de colegio de monjas de mis hermanas, la manera de aniquilar cualquier posible di�logo era aseverar: �No, porque nosotras no somos unas rogonas�. Y digo que ah� terminaba cualquier posibilidad de comunicaci�n, pues siempre he considerado que la mejor manera de impedir entender al otro es incurrir en injurias e insultos, y a m� me dol�a profundamente que lastimaran con ese adjetivo a la persona que yo amaba.
Yo, el hombre, nunca consider� que por el hecho de buscarme ella fuera una rogona, y nunca he visto mal que una mujer le diga sus sentimientos a un hombre antes de que �l abra cartas. Por cierto, una de las cosas que m�s me indignaba de ese trato despectivo era que yo sab�a que su personalidad no era la de una rogona; sab�a que existen y son arcilla de otra materia.
M�s tarde, el mismo gineceo le puso un apodo a una ex novia de otro hermano que, mucho tiempo despu�s de que hab�an terminado, lo segu�a buscando: la crema de cacahuate, pues por aquellos a�os estaba de moda un chiste de un locutor que anunciaba crema de cacahuate, la misma se le pegaba al paladar y el chiste pod�a prolongarse indefinidamente, dependiendo de la capacidad m�mica del contante, que, al terminar cada parte de la exposici�n, ten�a que decir, balbuceando con una lengua pegajosa: �y la crema de cacahuate�, persiste�.
Creo que desde entonces tom� la firme resoluci�n, indignado por la manera peyorativa con las que las propias mujeres de mi familia trataban a otras mujeres, de ver con total solidaridad a las mujeres que se les pega la gana tener iniciativas de cualquier �ndole. Por otra parte, debo confesar que me resulta c�modo, pues como yo mismo tengo una dificultad cong�nita para llevar la iniciativa y me aterra la incertidumbre del momento del lance; cuando alguna mujer me ha querido empezar a insinuar algo, de inmediato le allano el camino y le hago ver si es posible o no seguir adelante.
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Pero antes de pasar a lo que he observado al respecto en otros hombres, me atrever� a esbozar una met�fora a trav�s de la cual he reflexionado mucho sobre el problema: siempre he considerado que jugar ajedrez es la actividad humana que m�s se parece a estar sentado con una mujer tomando un caf� y estableciendo ese imaginativo, infinito y sorpresivo juego que se llama seducci�n.
As� que explicar� algo t�cnico para que se entienda mejor mi reflexi�n. Cuando el juego inicia, ninguno de los dos sabe cu�les ser�n las acciones y reacciones del otro, pero sabe que tiene un objetivo. Si en el ajedrez se trata de matar al rey del otro y ese es el sentido de la partida, en la amable conversaci�n quiz� nada m�s se trate de llegar hasta su centro de poder, hasta esa parte del otro que decide sus movimientos. Finalmente, quien seduce espera participar en los movimientos del otro y el mejor ejemplo de esto es el m�s er�tico de los juegos humanos: el baile.
Como las posibilidades son infinitas, tanto en el ajedrez como en la relaci�n hombre-mujer (aunque haya reglas y costumbres), la capacidad creativa va m�s all� de cualquier prejuicio. Con esto quiero decir que eso de que los hombres tienen que llevar la iniciativa es tan relativo como la regla de que las blancas llevan la iniciativa por el hecho de hacer la primera jugada.
Y es que hay muchas formas de hacerlo diferente en ambos casos. Com�nmente se dice que, cuando las blancas salen con el pe�n del rey, es que quieren establecer un juego abierto. Ahora que frente a esa propuesta, que las negras pueden aceptar con otro pe�n de rey y realmente estar jugando abierto, tambi�n pueden optar por otras respuestas que se llaman juego semiabierto, es decir, en ese momento las negras hacen uso de su derecho a cambiar la propuesta del contrincante.
Ahora que si las blancas inician por un movimiento m�s pasivo, puede ser que las negras le den un giro al asunto y asuman la iniciativa del juego: �no es acaso lo mismo que nos pasa a los hombres y las mujeres? Si el hombre es franco y claro en sus intenciones y la mujer decide seguirle el juego, r�pidamente bailar�n un foxtrot entre las s�banas.
Pero si el hombre no quiere jugar p�ker abierto, la mujer puede decidir si abre cartas o le sigue el delicioso juego del misterio. Ahora que si de plano los dos se enfrascan en un lenguaje indirecto, pueden, como en el ajedrez, pasarse horas sin moverse de un mismo punto y a lo mejor as� lo gozan m�s.
Cu�l es la conclusi�n: que depende del hombre y de la mujer que se trate, antes de juzgar moralmente su conducta. Por ejemplo, el otro d�a solt� una carcajada cuando escuch� en una entrevista a una escritora que admiro y respeto, Beatriz Escalante, que hablaba de dos personajes femeninos de una novela suya: una chica era del tipo pasivo y reprimido que en cualquier relaci�n con un hombre considera que tiene que haber amor de por medio para que haya sexo, y la otra ve�a el asunto como quien juega el tenis, es decir, si encontraba alguien con quien jugar un rato, pues a la cancha y ah� nos vemos despu�s.
Ese comentario me dio la clave de que la interpretaci�n de la manera de llevar la iniciativa de una mujer puede depender de la lectura de la vida que tengan ella y el hombre que se topa. Esto quiere decir que el riesgo que toma ella es enorme, pues la enorme proporci�n de machos prejuiciosos con los que se topa uno por ah� es tremenda, y el riesgo aumenta si ella no tiene clara su posici�n al respecto.
Una vez, platicando con un amigo al que considero bastante liberal y abierto (de esos que se la pasan jugando al tenis sin broncas culp�genas ni nada por el estilo), me dec�a que ya estaba harto de chavas que, de entrada, parec�an bastante liberales y despu�s le sal�an con que �las hab�a usado�. Su conclusi�n final me mataba de la risa: ��qu� no se hab�a entendido desde el principio que ella(s) tambi�n me estaba(n) usando a m�?�.
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Lo cierto es que la sociedad es un monstruo de muchas cabezas y la mayor�a de la poblaci�n no se ha saneado correctamente al respecto, pues, ya entrados en el asunto de escribir este art�culo, le pregunt� a varios que conozco qu� hab�an pensado en el momento en el que una chava se les hab�a lanzado. Ya por el tono con el que me contestaron, ya por la mirada p�cara que salt� a sus ojos, deduzco que no hay hombre que no sienta una especie de orgullo deportivo cuando le sucede.
Tambi�n le pregunt� a varias mujeres qu� suced�a en ellas en el momento en el que se lanzaban; me contestaron que era una especie de pas�n de adrenalina muy curiosa, porque sab�an que era mucho lo que estaban arriesgando. Y es que ambos, sea quien sea que lleve la iniciativa, saben que antes y despu�s todo cambia, como dice Lupe Pineda.
Veamos, pues, el asunto con cierta distancia. En cierta ocasi�n escuch� no s� d�nde una teor�a extra�a que no dej� de llamarme la atenci�n. La psic�loga o sex�loga que lo dijo, afirmaba que despu�s de la primera mirada entre dos personas que se atraen queda autom�ticamente establecido qui�n tendr� el cetro del poder de la relaci�n: �aquel que aparta primero la mirada de los ojos del otro�. El asunto, con el tiempo analizado en la pr�ctica, result� una mafufada, pues estoy convencido de que esto se va modificando de acuerdo con la historia de la pareja.
El caso es que, si las cosas no salen bien, aquel(la) que se atrevi� a llevar la iniciativa, inmediatamente ser� juzgado. Y si salen bien, con el tiempo el ego de cada uno se encargar� de acomodar a su favor la cr�nica de los acontecimientos. Esto lo corrobor� cuando decid� preguntarles (por separado) a mi madre y a mi padre cuando ya ten�an como 40 a�os de casados, c�mo fue que se conocieron: me contaron dos historias por completo diferentes. Seguramente ninguna de las dos correspond�a con exactitud a la realidad, que debe haber sido m�s hermosa.
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Finalmente hay algo que me atrevo a explicar como �ltima reflexi�n. Creo que cada vez es menos juzgado, tanto por hombres como por mujeres, que una mujer se atreva a lanzar el chon abiertamente; lo que habr�a que revisar es la actitud que uno y otra toman en el proceso; eso es lo que puede darnos una luz sobre las lecturas despectivas que se hacen al respecto.
Como dir�a Patxi Andion, si yo fuera mujer no me reprimir�a al respecto, pero me fijar�a bien a qu� clase de hombre me le podr�a lanzar y a cu�l no. Estar�a consciente de que sienten algo as� como la euforia de haber metido un gol en la cancha, por la educaci�n de su ego (igual que las mujeres), pero tratar�a de distinguir qui�n lo interpretar�a como un gesto de sumisi�n y qui�n lo ver�a como un impulso natural y sabr�a valorarlo.
Y es que conozco un buen de amigos, bien situados al respecto en su lectura de la vida, que frente a las mujeres de arranque se quitan el sombrero y las miran con un cari�o conmovedor, pero tambi�n conozco una cantidad infinita de patanes que de p... no las bajar�an.
Al respecto, creo que revisar la novela europea del siglo XIX, y en especial el ensayo del amor de Stendhal, nos dar�a luces impresionantes pues es cierto que muchas veces no es el acto, sino el momento, lo dif�cil de escoger. La mayor parte de la gente (hombres, mujeres, lesbianas y homosexuales) que conozco, saben que si se acercan a una persona y desean una relaci�n duradera es mejor no irse a la cama en las primeras entradas. Y si nada m�s se trata de una relaci�n f�sica, pues todo consiste en rentar una cancha y despedirse cuando el brazo ya no aguanta la raqueta.
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El manejo del duelo ante la muerte de un ser querido
| Autor: Alejandra Cantu | Fuente: NatalDoc |
La
p�rdida de un ser querido es uno de los sucesos m�s dif�ciles de afrontar en la
vida.
Los seres humanos tratamos de evitar pensar en la muerte. Algunos decimos no
tenerle miedo, pero �qu� pasa cuando fallece un familiar o ser querido? Entonces
muchas veces la muerte se convierte en lo m�s temido, odiado y en la culpable de
todo nuestro malestar.
Y aunque para algunos la muerte es �el paso a una nueva vida� (de hecho en la
mayor�a de las religiones se cree que hay una vida despu�s de la muerte) cuando
perdemos a alguien
que amamos, esta manera �racional y dogm�tica de enfrentarla se esfuma�.
Sentimos dolor, tristeza, miedo; la desesperanza, la soledad, el coraje y
frustraci�n se hacen presentes; y hasta se llega a sentir culpa por no haber
podido vivir con esa persona con mayor intensidad, no haberle dicho cu�nto lo
quer�amos, hecho feliz una vez m�s, haberle acompa�ado cuando nos lo pidi�.
A veces los sentimientos de p�rdida no llegan inmediatamente, ya que caemos en
una especie de choque emocional. El per�odo de duelo puede incluso llegar d�as o
meses despu�s del fallecimiento, cuando se cae en la cuenta de que la persona no
estar� m�s aqu�, cuando se hace necesaria su presencia.
Es normal llorar tras la p�rdida de un ser querido, extra�arlo, sentir su
ausencia. Cada persona vive el duelo de manera diferente, ya que hay quienes
prefieren platicar las an�cdotas que vivieron con la persona fallecida, y hay
quien prefiere orar por el bienestar de su alma, sinti�ndose cuidado o protegido
por la persona que se fue antes, y todas estas son maneras sanas de vivir la
p�rdida.
El dolor aunque no desaparece inmediatamente, cada vez se convierte en algo
menor, m�s llevadero. Poco a poco, la vida vuelve a tomar forma, y aunque la
p�rdida est� ah�, se vive de una manera diferente, con fortaleza, �nimos y
resurge el entusiasmo.
Sin embargo, hay ocasiones en que el duelo se convierte en una situaci�n
enfermiza. Hay quienes que tras la muerte de una persona importante para ellos,
y a�n despu�s de que ha transcurrido el tiempo esperado para elaborar el duelo,
todo el inter�s que ten�an por la vida se desvanece.
Sus pensamientos giran en torno al ser perdido y no parece haber manera de
sacarlos de ese estado que casi parece una agon�a, como una muerte en vida. No
hay nada ni nadie m�s all�. Estas personas viven un duelo que no han resuelto.
�C�MO EXPLICARLE A UN NI�O LA MUERTE?
Cuando los ni�os pierden a uno o ambos padres, a un hermano, un amigo o incluso
a una mascota, es necesario explicarles la muerte y ayudarles a elaborar el
duelo.
El ni�o necesita saber a d�nde se fue la persona que fallece, qu� pasa con su
cuerpo y con su alma. Es necesario quitarle las culpas y hacerle ver que muri�
porque as� es la vida, tiene un principio y un fin, y que todos �alg�n d�a-
moriremos.
Tambi�n hay que explicarle que no es una traici�n, ya que aunque quiz�s se
imagin� que siempre estar�a esa persona a su lado, el que se haya ido antes que
�l no quiere decir que no lo haya querido, que lo haya abandonado o que haya
traicionado la confianza o lealtad que le ten�a.
A veces los ni�os pueden fantasear y pensar que la persona est� de viaje, o que
regresar�, cambiando la realidad por una menos angustiante o dolorosa. Es
importante siempre centrarlos en la realidad, y hacer que se den la oportunidad
de expresar lo que sienten, poni�ndole un nombre a sus sentimientos: enojo,
tristeza, miedo e identificar qu� los hace sentir as�.
Aunque ellos, como cualquier persona, necesitan su espacio. El dejarlos solos en
momentos dif�ciles como estos puede hacer que se encierren en ellos mismos y en
su fantas�a, lo que no es conveniente para su bienestar emocional.
�C�MO VIVIR EL DUELO?
Para vivir un duelo no hay una receta. Cada persona lo vivir� de una manera
diferente, dependiendo de su personalidad y de las circunstancias que llevaron a
su ser querido a la muerte.
Cuando una enfermedad tiene un mal pron�stico, sabemos que no hay remedio y que
la muerte llegar� tarde o temprano, de alguna manera nos preparamos para vivir
el duelo. Sin embargo, el saber que alguien va a morir no hace menos dolorosa la
p�rdida.
Es importante que quien pierde a un ser querido se d� la oportunidad de sentir
dolor y tristeza, pero pensando en que habr� de salir adelante. Que en lugar de
echar tierra al asunto y hacer como si nada hubiera pasado, pueda pensar en su
ser querido, tanto en sus cualidades como en sus defectos, vi�ndolo como una
persona total.
El recordar las cosas malas de un difunto no tiene nada de malo, no se le est�
deshonrando u ofendiendo. Es un proceso importante para sanar heridas. Se
necesita tambi�n perdonar a quien ha muerto y pedirle perd�n (aunque ya no
est�).
La esperanza de que este perd�n se d� aunque la persona ya halla fallecido,
tambi�n sana y ayuda a reconstruir la imagen de esa persona, imagen que quiz�s
est� distorsionada o deteriorada.
Al igual que los ni�os, los adultos necesitan verbalizar sus sentimientos y
entender qu� los hace sentir as�. Tambi�n podemos sentir enojo, miedo, soledad,
tristeza y frustraci�n de perder a un ser amado, adem�s de impotentes de no
poder hacer nada para traerlo de vuelta a la vida.
A veces pensamos que no tenemos derecho de enojarnos, o de renegar de lo que
pasa. Sin embargo, y aunque la p�rdida es dolorosa y quiz�s trataremos de
encontrar un responsable o culpable, la verdad es que nadie lo es.
La muerte es un suceso tr�gico en algunas ocasiones, esperado en otras,
desagradable y lleno de dolor en muchas. No podemos remediarla, y muchas veces
ni siquiera entenderla. Sin embargo, tendremos que lidiar con ella y aprender
que lo �nico que tenemos seguro en esta vida es la muerte.