28 DE SEPTIEMBRE DEL 2004Principios
Principios
¿Líder religioso o jefe de una nación sojuzgada? La diplomacia del régimen del Presidente Fox llega a una nueva encrucijada. Pragmatismo o doctrina, defensa a cualquier costo de los derechos humanos o silencios selectivos. La historia es larga. Siddharta Gautama, Buda, predicó su doctrina hace más de 25 siglos. El ser humano visto en una cadena, en una eterna búsqueda de equilibrio interno y externo, de paz. El deseo y sus consecuencias son parte central de este pensamiento religioso. El canon del mítico personaje se escribió en el primer siglo de nuestra era. Unos 500 monjes se encargaron de su diseminación. Su persecución comenzó en la India. Es apenas el comienzo.
Las divisiones entre los monjes originales fueron múltiples como diversas fueron las versiones que llegaron a Sri Lanka, Birmania, Siam, Kampuchea, allí con predominio de los monjes theravada. Los bodhisattvas que fueron a China, Corea, Japón, Mongolia y el Tibet asentaron parte de su doctrina en el culto a los encargados de la misión. Centrado en la igualdad de todos los hombres y en la liberación de los sufrimientos, el budismo se convirtió en el punto de encuentro de diferentes movimientos nacionalistas. Fue esa persecución la que dio vida al Tibet. Acosados por los hunos, los musulmanes y los mongoles entre otros, un pequeño grupo de monjes encontró refugio en una de las zonas más aisladas y bellas del planeta: una planicie altísima, más de 4 mil 500 metros, rodeada de fantásticas cadenas montañosas. El aislamiento geográfico, sumado al ánimo de ensimismamiento, de recogimiento, dieron vida a una expresión humana única -¿todas lo son?-: una nación unificada por medio del budismo, de gran homogeneidad étnica, lingüística y religiosa, que situó a la espiritualidad al centro mismo de su jerarquía de valores. Así nace Tibet alrededor del siglo III de nuestra era.
Shangri-La es la expresión usada para referirse al lugar mítico, casi celestial, de encuentro con la paz. Muchos lo han ubicado precisamente en el Tibet. De allí construyó James Hilton su celebre novela Horizontes Perdidos. Asentado en el "techo de Asia" al Tibet se le ha mirado como capital espiritual, zona sagrada de millones. No todo era el edén en el Tibet. Una división feudal en castas situaba a 80 por ciento como campesinos debajo de un 20 por ciento de nobles religiosos. El clero budista era el dueño de las grandes extensiones de tierra. La libertad religiosa no existía. Así, aislados, injustos, teocráticos, premodernos pero espirituales se conservaron como nación independiente hasta 1950. Fue entonces cuando Mao Tse Tung, habiendo vencido a los nacionalistas, decidió invadir militarmente. Dos concepciones del mundo se enfrentaron. Los comunistas no concibieron otra opción que arrasar con esa sociedad desigual e injusta. Desde entonces se desató una de las más atroces historias de violaciones a los derechos humanos: desapariciones forzadas, prohibiciones religiosas, persecuciones. La censura total llegó al grado de que simplemente leer doctrina o discursos de su guía espiritual es motivo de persecución. Tibet se convirtió en el terrible ejemplo del ateísmo implantado por un régimen dictatorial, en este caso comunista. La Unión Soviética tuvo sus propias historias. Todo eso simboliza ese puñado de seres humanos.
La zona ha sido vetada a la visita de observadores de los derechos humanos, salvo excepciones, por lo cual la información de las atrocidades, como la destrucción de templos y encarcelamiento de cientos de monjes, ha sido siempre una parcialidad de lo que ocurre. Sobra decir que las acciones de los gobernantes chinos invocando la unidad amenazada incluyeron una repoblación forzada del área que ha minado la unión ancestral al grado de convertir a los tibetanos en minoría (alrededor de 40 por ciento de la población total ya con predominio chino). La estrategia del "ateísmo civilizador" ha sido el escudo formal para una persecución sin tregua de miles de disidentes. A la par, las siempre misteriosas riquezas de la zona, petróleo, gas y minerales, son hoy ya botín chino.
Medio siglo de atrocidades se concentran en la figura del Dalai Lama. Su peregrinación, en parte religiosa, en parte política, ha provocado los odios del Gobierno chino que por cualquier medio quiere reducirlo a su mínima expresión. ¿Por qué? De acuerdo con Todd Johnson, el budismo en el mundo representa alrededor del 5.7 por ciento del total de creyentes declarados (ESTE PAIS, # 134, mayo 2002). La tendencia declina suavemente. Pero el budismo está muy dividido. El Dalai Lama no representa la cabeza de una gran religión. Se calcula que en el propio Tibet sólo alrededor de 6 millones siguen la doctrina. El Dalai Lama podría ser mirado entonces como una estrella en descenso. Pero ese individuo y el trato que a él se dé representan un termómetro de hasta dónde están los países dispuestos a ir en la defensa de una convicción.
Los tiempos han cambiado, la correlación internacional de fuerzas reales también. Era fácil y vistoso defender la causa del Tibet cuando China vivía cerrada al mundo. Hoy se trata de una creciente potencia económica con la cual todo mundo quiere comerciar y de la cual todos quieren defenderse. Esa situación de fortaleza hace de la prueba de ahora algo aún más valioso. Si China va a ser en pocos años una de las grandes potencias económicas, si su presencia se transforma cotidianamente en preeminencia, si es y será en todo caso un miembro permanente del Consejo de Seguridad, si por número de efectivos y armamento China es ya sin duda una gran fuerza militar, a todos conviene que las definiciones básicas de ese Estado nación se ciñan a los cánones de respeto a la libertad de creencia y a las minorías étnicas y culturales.
Para variar el Gobierno mexicano presenta posturas encontradas. La Presidencia ha declarado que al Mandatario mexicano le será "imposible" recibir al Dalai Lama. Por su parte, Gobernación y la señora Fox promueven un encuentro con el líder religioso. Desean sólo los beneficios: la bendición religiosa sin tratar con el representante político de una nación perseguida. Es una actitud éticamente acomodaticia. El Dalai Lama representa ambos mundos. Hay una tradición que cumplir que viene de la ruptura con el régimen de Franco y las relaciones con la República en el exilio, que pasa por el caso Pinochet y llega a Cuba, entre otros. Salinas lo recibió. Si México está de verdad comprometido con la causa de los derechos humanos debe escuchar a los disidentes, sean de dónde sean, sin hacer cálculos, ni concesiones. Cómo nos hubiera ido con el vecino del norte. A la par, cualquiera debe poder visitar a los disidentes mexicanos, el EZ por ejemplo. Permitir que el gigante amenace con el comercio para poder seguir pisoteando, es un precedente que todos podemos pagar caro. Hoy por ti mañana por mí. La congruencia tiene sus costos, pero también paga. Allí esta Iraq. Algo queda claro, sin principios nunca llegaremos a Shangri-La.
REGRESAR AL ÌNDICE DE ARTÍCULOS DE SEPTIEMBRE21 DE SEPTIEMBRE DEL 2004 Prisioneros
Prisioneros
" A nada teme más el ser humano, que a ir de una costumbre a otra".
Proust
La tensión no es nueva. Lo popular tiende a ser conservador. La búsqueda de lo nuevo rompe costumbres, es por naturaleza incómoda. Se trata de un tránsito sin estación última, porque todo nuevo estadio que se alcanza será transitorio. Además cuando la nueva fórmula se vuelva popular echará raíces y se opondrá al cambio. Lo popular puede entonces convertirse en un terrible anclaje que impide a las naciones moverse y montarse en la historia. Es nuestro caso. "Este es un libro acerca de unos campesinos que no querían cambiar, y que, por eso mismo, hicieron una revolución", es la primera línea del célebre libro de John Womack Jr. sobre Zapata. Quien quiera mover a este país tendrá que enfrentarse con las costumbres, con ese lastre de lo popular.
Además el cortejo de lo popular da votos. En contraste tratar de imponer cierta modernidad puede costar votos. El obstáculo es salvable. Así es en todo el mundo y sin embargo las naciones se mueven. Sobra decir que lo popular puede ser contrario a la prosperidad y fuente de terrible injusticia. Es el caso mexicano. Veamos. Si todos lo mexicanos que deben pagar impuestos los pagaran, la recaudación se incrementaría en alrededor de 50 por ciento, unos 6 puntos del PIB. Ese simple hecho nos haría una nación más fuerte, más viable y más justa. Lo popular, que uno de cada dos causantes potenciales no pague, es en parte la explicación de las decenas de millones de miserables de México. Lo popular es no gravar alimentos y medicinas por ello, en parte, tenemos estranguladas a las empresas con un ISR demasiado alto. Lo popular provoca desempleo.
No hay nación rica con un agro pobre. En México sólo alrededor de un 12 a 14 por ciento del territorio nacional tiene vocación agrícola. De esas tierras dependen más de 5 millones de familias, unos 30 millones de mexicanos. Sobra decir que son los más pobres, los más desnutridos, los de menor esperanza de vida, los menos educados. Repartir tierras fue muy popular, no importaba que no tuvieran vocación agrícola. La fórmula se convirtió en una fábrica de pobres. Una profunda reforma agraria que resguardara los derechos ejidales y comunitarios para quien quiera conservarlos y diera en propiedad tierras y bienes a quien optara por ello es obligación histórica. Sería impopular hacerlo, a la larga liberaría a millones de seres humanos.
La legalidad no es popular. Con frecuencia se piensa que ser tolerantes con la ilegalidad es una forma de hacer justicia. Así nos ido. Hernando de Soto, el brillante economista peruano, ha calculado que los ahorros de mexicanos que se encuentran fuera del mercado, construcciones en ejidos y comunidades, o en la ilegalidad -camionetas "chuecas", sin papeles- alcanzan la asombrosa cifra de unos 315 millones de dólares. Los pobres en México ahorran a diario y mucho, pero lo popular ha sido mantener un discurso agrario justiciero. ¡Cómo poner en duda las bondades de las formas revolucionarias de posesión de la tierra! Amenazados por el fetiche de que la propiedad genera ricos odiosos, hemos legalizado una esterilización sistemática de los ahorros de los pobres. Lo popular es no tocar el tema, el epíteto de reaccionario es la amenaza.
Lo popular es una cultura del no pago que en parte explica la debilidad del crédito en el país, causa de bajo crecimiento. No ahorrar, ni siquiera previniendo la vejez o la enfermedad es muy popular. De allí la debilidad de nuestras instituciones de atención social y, lo peor de todo, el terrible desamparo de enfermos y mayores. Lo popular es el gasto indebido en festejos religiosos vinculados al alcohol, sobre todo en comunidades muy pobres, aisladas y de fuerte presencia indígena. De allí el éxito de algunas Iglesias de nueva denominación. Pero, hay de aquel que se atreva a cuestionar nuestras "sagradas costumbres populares". Lo popular en México es fomentar lo esotérico frente a la cultura científica. Ello a pesar de que el mandato del Artículo Tercero constitucional es clarísimo. De allí que muchos mexicanos sigan esclavos de la ignorancia.
Lo popular está reñido con la ciencia, sobre todo para gobernar. Esa riña en México tiene una larga historia: desde la crítica a los llamados "científicos" en el porfiriato, la satanización de Limantour, hasta el pleito en el PRI contra los "tecnócratas". ¿Dónde estaría México hoy si no hubiera reducido el tamaño del Estado, sus propiedades, si no hubiera abierto su economía, si no hubiera firmado el TLC? Es una pregunta. Es evidente que lo popular no ha llevado al poder a los más capaces. Peor aún, hay una crítica muy popular en contra de quienes esgrimen criterios técnicos o científicos. México hoy es esclavo de lo popular. Fox llegó por esa puerta y, paradojas de la vida, cuando como gobernante ha tratado de enfrentar lastres estructurales, en parte resultado de una popularidad irracional pero envalentonada, ha fracasado. La reforma fiscal, el caso más evidente. Quizá la excepción sean las reformas del IMSS.
El futuro se mira gris en parte porque a ninguno de los tres partidos políticos nacionales, ni sus precandidatos más visibles, se les ven ni las convicciones ni las agallas para impulsar la modernidad y enfrentar al monstruo de mil cabezas de lo popular. Una de las pocas ventajas del PRI como partido hegemónico es que el Presidente en turno, a sabiendas de que no se iba a reelegir, tomaba medidas impopulares. Seguros de que su partido ganaría las elecciones convirtieron a la Presidencia en un fuerte motor de modernización. El caso más reciente quizá sea Salinas de Gortari. Pero igual podría uno nombrar a Avila Camacho, el tildado de conservador, como un Presidente profundamente modernizador. Basta con ver las instituciones que creó.
Pero modernizar, luchar contra los atavismos de lo popular, no necesariamente es caminar a la hoguera. Por el contrario, quien se arriesga a modernizar y consigue sus efectos benéficos, después recibe un gran reconocimiento popular. Salinas y Zedillo con 72 por ciento de aprobación final son un ejemplo de ello. Democracia y modernidad son compatibles. El problema es tener la visión y correr el riesgo. El PRD fue un importante impulso modernizador de lo político. Pero no se encamina a ser una izquierda moderna. Peor aún, en lo económico pareciera un partido restaurador. ¿Y entonces? Sólo de una alianza abierta del PRI con el PAN pueden surgir los impopulares impulsos modernizadores que México requiere. Si alguno de los dos partidos llega al poder en el 2006, tendrá una alianza básica de gobierno. Si el PRD conquistara la Presidencia, PRI y PAN tendrán que unirse para evitar la degradación al populismo. No pueden evadirse. Son los responsables de sacar a México de esta prisión de lo popular.
REGRESAR AL ÌNDICE DE ARTÍCULOS DE SEPTIEMBRE14 DE SEPTIEMBRE DEL 2004 Miedo
Miedo
Miedo es la palabra. Todo comenzó como una mera especulación temerosa: te imaginas si AMLO llegara a la Presidencia. Pero claro, el asunto era remoto. Faltaban varios años. Aunque en las encuestas AMLO aparecía puntero, la diana del blanco estaba todavía muy distante. Pero aquel temor inicial, sobre todo en círculos empresariales, fue en mucho una reacción ideológica, como un acto reflejo de la derecha para quien un hombre de izquierda siempre será un peligro potencial. No había mucho más. Incluso en ese ámbito AMLO tenía simpatizantes. Quizá precisamente lo que el País requiere, decían, sea una persona que no pueda ser acusada de vendepatrias o de neoliberal y que encare la debilidad fiscal del País, la necesidad de capitalizar la industria eléctrica y la petrolera, alguien que afronte con realismo el financiamiento de las pensiones. La decepción foxista y Lula merodeaban. Hoy quedan ya muy pocos convencidos de esa alternativa. El miedo también ya los tocó.
Pero el resquemor inicial a un hombre de izquierda tiene muy poco que ver con lo que hoy se expresa. Que sea de izquierda es lo de menos. López Obrador provoca miedo porque ven en él a alguien que siempre tiene la habilidad para situarse por encima de la ley. No es que vaya a resucitar viejas ideas estatistas o socializantes, los mercados ejercerían su conocido castigo. El miedo a AMLO es político: parecería que su habilidad es tal que escapa a cualquier amarre legal que se le interponga. ¿Cómo se creó un ser así? Hay muchos responsables. López Obrador, recuerdan, tuvo múltiples denuncias por actos violentos en Tabasco. Y sin embargo fue el gobierno priista el que desmontó todas las acciones jurídicas que se enfilaban en su contra. Cuentan algunos testigos que fue el propio Cuauhtémoc Cárdenas el que se lo solicitó a Ernesto Zedillo. Mal para la legalidad. Viene después el cuestionamiento sobre su residencia para ser candidato en el Distrito Federal y, de nuevo, con argucias legales bastante poco claras, se le permitió allanar ese escollo. AMLO sale victorioso y la ley pisoteada. Huelga decir que en ambos casos corrió la amenaza de que si se apresaba a AMLO, por el asunto de Tabasco, o si se bloqueaba su candidatura el País ardería. Que nadie se llame a engaño, lo que hoy estamos viviendo, la amenaza de inestabilidad, es un arma que ya usó. Se doblegó al Estado y se dio una victoria perversa.
Como jefe de Gobierno los incidentes de confrontación legal de AMLO continuaron. Baste recordar el burdo manejo de la Asamblea Legislativa en asuntos como las instituciones de asistencia privada o la ley local de transparencia para demostrar que, como el mejor dictador, AMLO ha hecho con las leyes lo que ha querido. Llega después el macroescándalo de los videos y de la corrupción dentro de su equipo. AMLO se refugia en la teoría de la conjura, del complot, de su total desconocimiento y, de nuevo, queda intocado. ¿Cómo le hizo? Es, sin duda, un prestidigitador fantástico. Pasan las semanas, los meses y a pesar del terrible espectáculo de corrupción, ¡AMLO recupera popularidad! Su versión entró a pesar de la curiosa justicia que fue aplicada. El Secretario de Finanzas, al que se le comprobaron los desvíos, pieza clave en la investigación, simplemente se les fue de las manos. El que dio el dinero, por cierto muy su dinero, Ahumada, preso. Los que recibieron los dineros, libres y, en el caso de Bejarano, actuante ostentoso en la política perredista local. Y, lo mejor de todo, AMLO en plena campaña como víctima de una conjura del "innombrable". La manipulación operó.
En ésas estamos cuando se viene el asunto del desafuero. El discurso polarizante entre pobres y ricos que AMLO ha sembrado en todas partes es el marco de referencia. De nuevo la tesis es la conjura y la idea de que los ricos y poderosos quieren impedir que un proyecto "alternativo de nación" llegue al poder. Suena bien, pero en los hechos ocurre que ni AMLO ni sus espadachines interpusieron a tiempo los recursos que tuvieron a la mano. Dejaron pasar el tiempo, seguramente convencidos de que, como en el pasado, la ley no los tocaría. AMLO, en lugar de renunciar o pedir licencia y abocarse a su defensa jurídica en los 15 meses que le quedan, organiza una marcha para presentar los 20 puntos con los cuales dice gobernaría al país. El escapista, en una de sus mejores actuaciones, ha sido capaz de plantear un abierto chantaje nada menos que a la República misma. Si me impiden ser candidato más vale que se preparen. Por miedo muchos dicen, mejor que se arreglen porque va a arder la pradera.
El miedo hacia AMLO hoy proviene de su capacidad para sortear la ley con apoyo: unos lo apoyan por simpatía y manipulación, otros por miedo. Allí el círculo perverso: entre más se amenaza, más se cede. Sabemos cuándo y cómo llegaría al poder, dicen, pero no cuándo lo dejaría. Muchos se preguntan si ciudadanía e instituciones están preparadas para un escapista de esta calidad. No es un dictador en potencia, afirman, sino en ejercicio. ¡Lo peor de todo es que el asunto lo presentan como un avance de la democracia!
Eso es lo que en estos días se juega la República. Si AMLO se sale una vez más con la suya y las ofensas al Poder Judicial no tienen consecuencias, se estará sentando un precedente nefasto: popularidad mata ley; amenazas matan ley. Por ese "caminito" podríamos imaginar los riesgos de un Presidente que utilice su gran poder, un discurso maniqueo de pobres contra ricos a través de los medios, por ejemplo, para ir saltando los obstáculos que la ley le presente. La reelección por ejemplo. Allí está el miedo a AMLO y es justificado.
Si por cálculos políticos del priismo, si por miedo a las movilizaciones como arma del chantaje en contra de la República, no se procede a agotar todo el proceso que la ley establece para estas situaciones, quedará la duda de una nueva y turbia transacción. Si AMLO quiere ser candidato debe llegar sin mácula, respetando a la ley y a las instituciones. El más reciente episodio de su desprecio al orden jurídico ocurrió hace apenas unos días cuando el jefe de Gobierno se burló nada menos que de la Suprema Corte por haberse pronunciado en contra de la impugnación de asambleístas del PRD: "eso no tiene que ver con el Estado de derecho sino con el Estado de chueco". Se mofó de la máxima instancia de administración de justicia. ¿Qué es esto? ¿Qué esperar? ¿Qué decir de un país en el cual el escapismo es aceptado por ciudadanos amedrentados? No será que, por posponer un conflicto, estamos inyectando a la sociedad mexicana un veneno -la ilegalidad triunfante- que difícilmente vamos a poder controlar. Ese es el origen del miedo alrededor de AMLO, su ambición y afán de poder no aceptan límites, ni siquiera el de la Suprema Corte. Ese ánimo sí corresponde al de un dictador.
REGRESAR AL ÌNDICE DE ARTÍCULOS DE SEPTIEMBRE7 DE SEPTIEMBRE DEL 2004 Inmolación
¿Inmolación?
Desazón, enojo, coraje, resquemor, incluso miedo. Todo eso dejó en su estela el IV Informe. Responsables son todos los participantes. La crisis política de México está en la cortedad de miras de sus gobernantes. Hace 16 años que ese ritual está en apuros. Desde hace 16 años que se lanzan propuestas que permitan respeto al Ejecutivo, mayor participación real del Legislativo y la transmisión de un mensaje nacional que sea útil. Legislaturas van y vienen y nada. Acaso no perciben el deplorable espectáculo que como país ofrecemos. Se argumenta que gritos y protestas los hay incluso en las democracias más consolidadas, es cierto. También lo es que en ellas hay un punto de inflexión en el acuerdo institucional básico que se impone. Allí reclaman airadamente al Primer Ministro, quien sea, pero no serruchan el piso de su propio Parlamento. Qué es esto, se preguntan muchos mexicanos, sin entender el sainete de destrucción y autodestrucción.
A cada quien su parte. El Informe del Presidente estaba mal escrito, deshilvanado, sin ninguna gracia y con algunas cifras verdaderamente insostenibles: Nacional Financiera pasó de 15 mil a 450 mil créditos. Por lo menos hacen falta explicaciones, así desnudo el dato parece magia. Los nuevos yacimientos de hidrocarburos anunciados así, en bloque, sin distinción entre lo potencial, lo probable y lo probado y sus costos, es una irresponsabilidad. Pero también en el Informe hay logros evidentes: lucha contra el narcotráfico, disminución de la pobreza, incremento en la captación fiscal, IFAI y transparencia, vivienda, seguro popular, turismo, becas, "Oportunidades", "Procede", "Hábitat" y varios más. ¿Por qué no convencen? Al haber negado durante cuatro años los méritos de Administraciones anteriores, al no reconocer que en algunos casos ha sido la continuidad la que ha procurado el éxito, al quererse colgar sin más todas las medallas, el discurso presidencial se vuelve una negación de nuestra historia, contrapunto insostenible. Por ejemplo, presentar el incremento en las muy prometedoras exportaciones agropecuarias sin mencionar siquiera la existencia del TLC convierte al asunto en una falsedad: el hecho no es sólo producto de esta gestión. Como tampoco lo es la estabilidad financiera, el incremento en los salarios reales, toda la reducción en pobreza extrema y en el riesgo-país. La mezquindad siempre se cobra sus facturas.
¿Cuáles son los logros verdaderos de Fox y cuáles son producto de una sana continuidad? Por quererse apropiar de todo se está quedando sin nada. El Presidente Fox del 2004 tiene en su haber méritos que por supuesto fueron engullidos por el triste espectáculo. Mérito el afrontar la situación de pensiones en el IMSS y enfilarse hacia los trabajadores del Estado. De ir a fondo esa simple reforma pasará a la historia. Mérito el acuerdo con el IPAB, la banca y Hacienda que reduce la carga en 10 mil millones de dólares. Nada hay que agregar. Mérito el haber incrementado la base gravable e incrementar la captación de un punto del PIB. Simplemente siguiendo esa estrategia durante todo el sexenio hubieran recaudado quizá el doble de la mentada reforma fiscal. Mérito el inicio de una cultura de transparencia, IFAI -Ley de acceso- que aunque todavía limitada, seguramente trascenderá. Entrar entre gritos de trabajadores sindicalizados y aledaños cuya miopía les impide ver que se está salvando a la institución en que trabajan, habla de un Presidente dispuesto a afrontar la impopularidad, eso sí es novedad y alienta. Y sin embargo nunca antes se había agredido al titular del Ejecutivo con tanta saña. ¿Por qué?
De entrada porque han sido cuatro años en que el régimen no ha sabido tejer un ambiente político de concordia, entendimiento y respeto. La prudencia debió salir de ellos. No estuvo allí, fueron parte muy activa en las inútiles provocaciones. No entender al PRI como su gran aliado para gobernar ha sido un error de costos inimaginables. Pero además Vicente Fox, en su ánimo populachero no sólo acabó con la inútil solemnidad, fue más allá y dañó el respeto básico a la institución presidencial, destruyó la necesaria majestad. Desde el primer minuto de su gestión, al referirse primero a sus hijos que a la nación, Fox mostró una nula comprensión de la gran responsabilidad de encarnar la investidura y hacer que se le respete. Por ganar rating expuso indebidamente a la Presidencia a un desfile de incongruencias, de chabacanerías, de ramplonadas. Así, por más que el Presidente mantenga una aprobación muy aceptable, sus compañeros de viaje, los señores legisladores, no lo respetan y de pasada hieren a la institución. Esa será parte de la herencia de Fox.
Pero, ¿y los legisladores? ¿Qué quieren los diputados del PRD? Hace 16 años querían acabar con el autoritarismo. Era válido. No encontraron otra fórmula que quebrar el ritual presidencialista. L legó Salinas, la elección del 88 pesaba sobre él. La apertura tardó en llegar. Siguieron con la fórmula. Pero a Zedillo no se le podía reclamar la misma mácula original y sin embargo no pararon. Durante ese periodo se construyeron instituciones democráticas, al final decidieron no participar. Llega Fox y se logra la alternancia en el Ejecutivo, no con la persona que ellos deseaban pero alternancia al fin. En el 2004 resulta que el probable desafuero de su principal candidato es motivo para avasallar al Presidente. El hecho es que nunca han dejado de aportar una cuota muy seria de destrucción institucional. Querían destruir el pasado régimen, pero parece que también quieren la destrucción del actual. Los cauces de participación están abiertos, hoy gobiernan a uno de cada cinco mexicanos, pero no pueden aceptar ser parte del Estado.
¿Y los priistas, a qué le juegan? El discurso del diputado Beltrones destacó por tener una visión de Estado, pero el comportamiento de sus colegas dándole la espalda al Presidente habla de una inmadurez total. ¿No acaso quieren presentarse como la opción responsable para el 2006? ¿Y qué decir del PAN? Para todo fin práctico dejaron solo a su Presidente. Quieren el mejor de los mundos: estar en el Gobierno y ser Oposición. ¡Qué fácil!
Una historia olvidada. La generación que hoy gobierna, a pesar del severo déficit de democracia, creció en un país de instituciones. Los intereses particulares, partidarios, se subsumían a ciertos principios: unión básica frente al exterior, paz social y respeto a las instituciones como anclajes del pacto social. Hoy, lo que a muchos mexicanos aterra es haber roto esos principios sin construir otros por una apertura irresponsable. Frente a los ojos del mundo zaherimos a la nación sin miramientos. ¿Cuántos millones de dólares costó este último espectáculo? Hoy una fuerza política nacional, el PRD, amenaza con romper la paz social. ¿Se vale? Y, finalmente, el respeto a la Presidencia es socavado de afuera y también de adentro. ¿Democracia o inmolación? No queda claro.
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