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BOTELLA AL MAR DE UNA TRISTE PATRIA
Por: Guillermo Silva, poeta y escritor argentino.
17
Noviembre, 2002
Hermanos del mundo, esta es una carta de los argentinos –quizá nos hayan
visto alguna vez por sus aldeas o puertos. Somos aquellos coqueto
engreídos que disimulaban su renquera haciéndose los presumidos,
haciéndose los románticos, fanfarroneando a pura buena voluntad o
diciendo piropos. Somos como nuestro tango. Así de buenos, así de malos.
Hermanos de de
otros países, mandamos esta carta para despedirnos del mundo.
Nos han
botado de él. Claro, claro. Dirán ustedes: “Otra vez los argentinos
endilgándose la culpa otros”. Algo de razón tienen; siempre todos
tenemos algo de razón, inclusive los argentinos. Pero esta vez es
bastante distinto. Hubo gentes de otras partes abriéndonos las venas,
internacionales fondos, mundiales bancos, migratorios capitalistas… y
sobre todo gente nacida en este sur.
Algunos aun
figuran en las tapas de las revistas del jet set; son aquellos
retratados junto a poderosos residentes (el mentón altivo, la mirada un
poco furtiva, los bolsillos henchidos). Delincuentes comunes,
estafadores o genocidas a los ojos del mundo, que aquí en el último sur
decían llamarse políticos. Y muchos de nosotros aceptábamos llamarnos
así. En Argentina similar concienzudamente ante una cámara de televisión
el tiempo suficiente solía alcanzar para encarnar como verdad la patraña
más grotesca.
Créannos,
era así. Pero los que mandamos esta carta somos los otros, los que no
nos robamos entre sí, ni a ustedes, ni a nadie. Somos los que intentamos
la dignidad de vivir día a día en nuestras casas, con la mujer amada,
con el hombre amado. Tal vez no nos hayan visto nunca. Probablemente no
nos verán jamás por sus aldeas y sus puertos. Porque esta carta es para
despedirnos, sin habernos conocido. Sin embargo, para darles una
semblanza que somos idénticos a ustedes. Nacimos de hombre y mujer
amándose, tenemos apellidos parecidos, sajones, gallegos, napolitanos,
judíos, polacos o japoneses.
Cuando
acariciamos nuestras raíces tocamos la calle de Alcalá, el agua antigua
de un canal veneciano, los metales de Silesia o Cracovia y una porción
de torta negra galesa. Esta carta va para todos ustedes y tiene un
apartado especial para aquellos hermanos extranjeros que tienen alguna
cuenta en bancos internacionales. Boston, City, Bilbao-Vizcaya,
Santander, Banca Nazionale del Laboro, HSBC, Scotian Bank
y otros. Quédense tranquilos; no vamos a pedirles dinero. Eso lo hacían
otros argentinos. Nosotros no.
Simplemente
queremos recordarles que cuando esos bancos publiquen en sus ciudades
carteles satinados a todo color tentándolos con obsequios deslumbrantes,
como tasas de interés, viajes, cuentas especiales, video-grabadoras,
seguros de retiro, complacientes financiaciones para recorrer el globo
terrestre, relojes y lapiceras que honren a vuestra confianza puesta en
ellos, juguetes para nuestros niños, o sencillamente ofertando sonrisas
destellantes de prolijísimos gerentes… sepan con qué se ha pagado buena
parte de esos beneficios.
Sépanlo,
aunque por supuesto, no sea culpa vuestra. Para dicha gloria fue
necesario que nuestro país careciera de industria. Así perdimos nuestros
empleos. Parea dicha gloria hacía falta descuartizar el concepto de
Estado y de pueblo libe.
Así
perdimos las escuelas y las universidades. Por dicha gloria se nos
mueren en nuestra tierra 12,500 niños anualmente por enfermedades que
ustedes curarían sin siquiera sufrir inquietud (¡Dios les bendiga
siempre con esa misma misericordiosa gloria!). Cada beneficio que estos
bancos les otorguen estará sustentado en ladrillos de muerte y miseria
de nuestro pueblo.
Por esta
razón, además nuestra carta es de despedida. Podría firmarla al pie
otros muchos hermanos de Paraguay, Bolivia, Nicaragua, Ecuador, Nigeria,
Tailandia, Costa de Marfil. Podrían firmarla los esclavos negros
hacinados en bodegas llenas de ratas que cruzaron el Atlántico dos
siglos atrás. Y nuestros incas y nuestros aztecas y nuestras Pampas y
nuestros guaranís y nuestros Mayas, que asesinados y saqueados
originaron los barcos repletos de oro, que en devenir de los tiempos
dieron origen a la Banca que hoy nos saquea y asesina.
Hermanos del
mundo, por favor, no queremos soñarles “lejanos” o extraños. Somos
ustedes, lo fuimos hasta ayer: leíamos a Camus, llorábamos con Vittorio
De Sica, cantábamos con Nirvana y comíamos los mismos espaguetis (aunque
los escribiéramos distinto). Descorchábamos nuestro vino de pre-cordillera
para festejar la caída del Muro, extendimos nuestras cucharaditas llena
de cereal cuando el hambre nublaba la vida de nuestros abuelos, nos
dejábamos llevar por Lola Flores, Brassens, Paul Eluard, Luigi Tenco o
Pavarotti. Escuchamos El Silencio de Bergman, hicimos nuestros los
estribillos de la Guerra Civil Española y nos preguntábamos con ustedes
“¿Qué culpa tiene el tomate que está solito en la huerta?” Amamos a
andaluzas o romanas. Y ellas nos amaron. Redescubrimos la bondad Humana
con Kurosawa y garrapateamos en nuestros muros las consignas de un
lejano mayo de París.
Hoy no
tenemos presente. Mañana no tendremos futuro. No habrá aquí trabajo ni
se sabrá leer. Cualquier bacteria nos matará. Pronto vendrá la guerra
por un pan que no encontramos, aun derrotado nuestro enemigo –que no
será otro vecino. Hemos sido expulsados de aquel poema vuestro, La
Declaración de los Derechos del Hombre. ¿Alcanzará con decir: “Ustedes
votaron a esos criminales para que los gobernaran e iniciaran el
saqueo”? Detrás de cada político siempre estuvo el mismo poder. Sépanlo.
. La otra opción era una casta militar fascista. No supimos o no
pudimos hacer nada, porque esos mismos poderes asesinaron sumariamente a
10,000 mujeres y hombres que abrigaban un sueño. Cuando convino
usufructuar de nosotros, lo hicieron. Hoy, en el nuevo siglo ya no
servimos para nada ni para nadie. O tal vez sí. Servimos para nuestros
hijos. Pero ello no será razón suficiente: nuestros hijos no sirven para
nada. Teníamos nuestros mismos ideales, sudamos como sudan allá, hacemos
el amor como ustedes lo hacen.
Nos
alimentaría lo mismo que los alimenta a ustedes y nos matan las mismas
cosas. Y sin embargo somos menos humanos. Dicen que por razones
político-económicas. Las razones del dinero son lo primero, aquí en el
último sur, que la dignidad humana. No les reclamamos nada, hermanos. No
queremos dar lástima. Sí queremos decirles nuestras últimas palabras.
Mientras podamos No fuimos tan perversos ni tan tontos. O dicho de otro
modo si fuimos tontos, no fuimos perversos. No éramos mejores que
ustedes.
Pero
tampoco el deshecho orgánico del liberalismo a ultranza que ahora somos.
Mientras los seres humanos tengan bajo el sol el visto bueno de Dios,
ustedes y nosotros, nos merecemos otra oportunidad. Si un humano la
merece, todos la merecen. Lucharemos hasta el final por esto. Y de
sucumbir lo haremos tan dignamente como lo harían ustedes. Porque somos
sus iguales ante el reino de la vida. No nos olviden. Semejante olvido
dañaría vuestras almas. Y es necesario que queden hermanos vivos que
defiendan la justicia en el mundo que sigue.
EL PODER UNILATERAL
Escribe: Paul Kennedy, historiador estadounidense
20
Noviembre, 2002
En
el mundo y el EE.UU. existe preocupación por la política exterior de la
administración Bush. EE.UU. logró una concentración de poder militar y
económico inédita en la historia. Este modelo ya es llamado la era del
hiper-unilateralismo. Cuáles son sus consecuencias.
“En virtud de
qué derecho”, preguntó un ambientalista enojado en una conferencia
reciente a la que concurrí”, “¿Los estadounidenses estampan una huella
tan pesada sobre la Tierra de Dios?” Ay. Esa dolió, porque en buena
medida es la verdad.
Representamos poco menos del 5 por ciento de la población mundial; pero
absorbemos el 27 por ciento de la producción mundial anual de petróleo,
creamos y consumimos casi el 30 por ciento del Producto Bruto Mundial y
efectuamos el 40 por ciento de todos los gastos de defensa del mundo.
Según mis cálculos, el presupuesto del Pentágono, en la actualidad, es
aproximadamente igual a los gastos de defensa de los nueve o diez países
con mayores gastos de defensa –cosa que nunca antes había ocurrido en la
historia-. Esa es en verdad una pesada huella. ¿Cómo se la explicamos a
los otros y a nosotros mismo? ¿Y qué deberíamos hacer al respecto, si de
ello se trata?
Planteo
estas preguntas porque mis últimas experiencias de viaje –al Golfo
Pérsico, Europa, Corea, México- Más una avalancha de cartas y de
mensajes electrónicos de todo el mundo indican que esta democracia
nuestra no es admirada y apreciada como a menudo suponemos. La compasión
de otros países por los horrores del 11 de setiembre fue auténtica, pero
fue compasión por la pérdida de seres inocentes y queridos: trabajadores
del World Trade Center, policías, bomberos.
Hubo también
ese sentimiento de lástima que nace del temor a que algo parecido
pudiera ocurrir, en Sydney, u Oslo, o Nueva Delhi. Pero esto no implica
amor y apoyo incondicional al Tío Sam.
Por el
contrario, los que escuchan pueden detectar un mar de fondo de críticas
internacionales, de referencias sarcásticas a las políticas del gobierno
estadounidense, y de quejas por nuestra pesada “huella” sobre la Tierra
de Dios. Mientras escribo este artículo, me llega un nuevo email
de un ex alumno (y ferviente anglófilo) que ahora está en Cambridge,
Inglaterra, donde habla de la dificultad de lidiar con sentimientos
antiamericanos ampliamente difundidos. ¡Y esto en la tierra de Tony
Blair! Tiene suerte de no estar estudiando en Atenas, Beirut, o Calcuta.
A muchos
lectores estadounidenses de esta columna quizá no les importen las
crecientes críticas y preocupaciones expresadas por voces externas. Para
ellos, la realidad es que Estados Unidos es el número uno indiscutido, y
todos los demás –Europa, Rusia, China, el mundo árabe- tienen que
aceptar este hecho evidente. Actuar como si las cosas no fueran así es
un gesto inútil, como silbar contra el viento.
Pero a
otros estadounidenses a los que escucho –ex miembros del Cuerpo de Paz,
padres con hijos que estudian en el extranjero (como ellos mismos lo
hicieron antes), hombres de negocios con fuertes contactos con otros
países, hombres y mujeres religiosos, ambientalistas –realmente les
preocupa nuestra “huella” terrena y los murmullos que llegan de lejos.
Les preocupa que estemos hablando de la mayor parte de los desafíos
graves de la sociedad global, y que, cada vez más, nuestra política
exterior se limite al ataque con peso militar aplastante para destruir
demonios como los talibán, para después retirarnos nuevamente a nuestras
bases aéreas y campos de entrenamiento. Comprenden, mejor que algunos de
sus vecinos, que el mismo Estados Unidos ha sido en buena medida
responsable de crear un mundo cada vez más integrado –por medio de
nuestras inversiones financieras, nuestras adquisiciones en otros
países, nuestra revolución de las comunicaciones, nuestra cultura de MTV
y CNN, nuestros intercambios turísticos y estudiantiles, nuestra presión
sobre sociedades extranjeras –para que se adhieran a acuerdos referidos
al comercio, los flujos de capitales, la propiedad intelectual, las
leyes sobre medio ambiente y condiciones de trabajo.
En
consecuencia, reconocen que no podemos escapar o retroceder a una era al
estilo Norman Rockwell de inocencia y aislacionismo, y temen que estemos
perdiendo a una parte de un mundo al que ahora estamos firme e
inexorablemente unidos. Después de mis últimos viajes, este punto de
vista tiene cada vez más sentido.
¿Qué
debemos hacer entonces? Una forma de llegar a un pensamiento más claro
es dividir las opiniones externas en tres categorías: las de los que
aman a los Estados Unidos, las de los que odian los Estados Unidos y las
de los que están preocupados por los Estados Unidos. El primer grupo se
reconoce fácilmente.
Comprende a
figuras políticas extranjeras como Lady Margaret Thatcher y Mikhail
Gorbachev; hombres de negocios que admiran la economía estadounidense
del laissez-faire; adolescentes extranjeros devotos de las estrellas de
Hollywood, la música pop y los blue jeans, y las sociedades liberadas de
la opresión por las políticas estadounidenses contrarias a los regímenes
inmorales.
El segundo
grupo también se destaca. El antiamericanismo no es sólo el sello
distintivo de los fundamentalistas musulmanes, la mayoría de los
regímenes no democráticos, los activistas radicales de América Latina,
los nacionalistas japoneses y los detractores del capitalismo de todo el
mundo. También se les puede hallar en los salones intelectuales de
Europa, quizá especialmente en Francia, donde la cultura estadounidense
se considera tosca, simplista, de mal gusto, y demasiado exitosa.
Como es
poco lo que puede hacerse por modificar las convicciones de cualquiera
de estos grupos, nuestra atención debería centrarse en el tercero y el
más importante, el de aquellos que son intrínsicamente amigos de Estados
Unidos y que admiran el papel que desempeña en la promoción de las
libertades democráticas, pero que ahora están preocupados por el rumbo
que ha tomado la República. Esto es irónico, pero también es alentador.
Sus críticas se dirigen no a quienes somos sino al hecho de que Estados
Unidos no ha estado a la altura de los ideales que nosotros mismos
siempre hemos proclamado: democracia, justicia, franqueza, respeto por
los derechos humanos, compromiso con el afianzamiento de “las cuatro
libertades” de Roosvelt.
Es
interesante reflexionar sobre el hecho de que, en el siglo pasado, tres
veces la mayor parte del mundo volvió los ojos con esperanza y anhelo
hacia los Estados Unidos en u líder que defendía valores humanos
fundamentales: porque Woodrow Wilson, Franklin D. Roosvelt y John F.
Kennedy inflamaron los corazones extranjeros cuando rechazamos los
sentimientos mezquinos del “Primero Estados Unidos” y hablaron de las
necesidades de toda la humanidad.
Es un
retorno a este Estados Unidos tolerante y decidido lo que quieren ver
tantos amigos extranjeros preocupados y desilusionados. Las políticas
unilaterales de Estado Unidos sobre las minas terrestres, un tribunal
internacional y los protocolos de Kyoto sobre el medio ambiente no están
en absoluto a la altura de esas expectativas. Retacear fondos a las
Naciones Unidas es a la vez poco inteligente y contrario a compromisos
solemnes.
En estos
momentos hay en los demás países un profundo anhelo de que Estados
Unidos muestre un verdadero liderazgo. No lo que alguna vez el senador
William J. Fulbirght denominó “la arrogancia del poder” sino el tipo de
liderazgo cuyo mejor ejemplo quizá sea Roosvelt. Sería un liderazgo que
hablaría de los desfavorecidos y los débiles de todo el mundo y que
comprometería Estados Unidos a unirse a otras naciones favorecidas y
fuertes en un esfuerzo común por apoyar a los que apenas pueden
ayudarse. Sobre todo, sería un liderazgo que daría la cara al pueblo
estadounidense y explicaría una y otra vez, por qué el más profundo de
los intereses nacionales estriba en tomar en serio el destino de nuestro
planeta e invertir generosamente en su futuro.
Si ello
ocurriera haríamos realidad la promesa de los Estados Unidos –y
probablemente recibiríamos una sorpresa al ver lo populares que en
verdad somos.
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