Blandía su corta y recién pulida espada como si de un juguete se tratase, el viento de la mañana sólo alborotaba más su ya desordenado cabello y, en su espalda, su pequeño morral se bamboleaba rítmicamente de un lado a otro con cada paso que daba. Disfrutaba mucho caminar así con el viento contra su cara.
Hacía un par de días que había salido de su pequeño pueblo natal, ubicado en la región norte de Kisar, un sitio frío llamado Kivaah que estaba a la orilla del mar del norte. Su maestro le había enviado a buscar algunas raíces y plantas raras para prepararle medicina para su próximo viaje.
Ella era mejor conocida como ‘Karid’, diminutivo de Karidbis, una joven guerrera que apenas había terminado su entrenamiento y que, en cuestión de algunos días, partiría hacia la frontera.
Cruzaba una zona repleta de piedras, grandes rocas y árboles muertos, cuando vio a una persona que estaba recargada contra una roca. No pudo ver sus ojos, sólo una boca inexpresiva y su larga túnica negra con capucha; que era lo que le impedía ver su rostro con claridad. Pensó que tal vez sería algún viajero cansado o herido.
“¿Puedo ayudarle en algo, señor?” preguntó Karid con algo de precaución, su maestro siempre le había dicho que nunca confiara en algún extraño. Pero sonrió en sus adentros cuando, poco después, el sacerdote le advirtió que había que temer más a los conocidos que a los desconocidos... y que las Sagradas Escrituras mandaban hacer el papel del buen samaritano si la situación lo requería. Por supuesto, en caso de ser algún criminal, podría hacer uso de sus habilidades de guerrera.
Aquel encapuchado no parecía tener alguna intención de responder, por lo que Karid desistió de repetir su pregunta y dio media vuelta para continuar su camino.
“Belberg...” escuchó la voz del encapuchado. Fue una voz con eco, como proveniente de lo más recóndito de una caverna. No podía decir que le asustó, pero sí le causó bastante impresión escucharle. En cuanto pudo voltear, el encapuchado dijo unas últimas palabras, mientras le mostraba un libro con apariencia de viejo:
“busca éste libro... ”
... y la voz se alejó con una brisa fría que nunca había sentido en su vida... Un pestañeo bastó para que aquel extraño de capucha desapareciera de escena.
Tanta fue su impresión que se quedó de pie varios minutos, tratando de entender lo que acababa de pasar.
“¿Qué busque ese libro?” murmuró el voz baja. ¿Y quién era ese sujeto?... Quizá aquello había sido producto de su imaginación... o sólo era un loco... quién sabe...
Demasiadas preguntas, y quién mejor para respondérselas que su amo... claro, cuando regresara con él. Corrió a toda velocidad por entre los grandes obstáculos, tenía hambre y había escuchado un río cerca de ahí. Logró pescar algo y se preparó un delicioso pescado asado.
Mientras comía, recordó que aquel extraño había mencionado algo sobre Belberg, curiosamente, ella se dirigía a ese lugar. No conocía Belberg, pero su maestro le había dado un mapa detallado del camino a seguir, sabía por él que era un centro de ceremonias donde los sacerdotes suelen incrementar sus poderes por medio de rezos y largos ayunos.
Ahí mismo, entre otras cosas, debía encontrar una ortiga muy especial, cuyas espinas tenían forma de cruz. Con eso podía hacerse un té muy poderoso contra el dolor.
Terminó de comer, estaba a algunas horas más de Belberg y quería apurarse para regresar más rápido a Kivaah y de ahí partir a la frontera.
No lo sabía, pero la figura encapuchada observaba muy de cerca su camino y sonreía con una extraña mueca.
No le costó mucho llegar al centro de ceremonias, descubriendo que no era más que una enorme iglesia un poco descuidada y sin techo. Antes de penetrar por la gran puerta de madera, quedó sorprendida cuando vio ahí el libro que aquel tipo le había mencionado, frente a la puerta. Estaba abierto a pocas hojas del inicio.
Se agachó para recogerlo, pero una extraña fuerza le obligó a leer el libro desde esa posición en cuclillas. Un pequeño rayo de luz igualmente extraño alumbraba la página a leer...
Engaño vil de la mente humana, parte de un invento del hombre: el tiempo. Presente, parte del concepto inventado por el ser humano. Simple afán de querer controlar todo, creyendo que por medio de días y años puede controlar el paso del sol y la luna. Sin días y años, sin momentos o recuerdos, sin sueños o esperanzas, el sol y la luna, los mares y los vientos se siguen y seguirán moviendo.
El texto le pareció casi revelador, nunca se le hubiera ocurrido semejante concepto acerca del tiempo... del presente...
Sudó frío y sintió un extraño miedo, y una luz dorada que salió del libro le respondió... absorbiéndola al interior del mismo...
El encapuchado salió de entre las sombras y recogió el viejo libro del suelo...
El Kivaah, Guroko rezaba por su pequeña sin siquiera imaginar lo que acababa de pasarle...
Fin de la historia de Karid.