Ese día el
sol se había levantado muy temprano, según su versión, y por haberse levantado
con él, aún el sueño le pesaba en los párpados. Un largo bostezo salió de su
boca sin pena alguna de mostrar su desgano. Estiró sus pequeños miembros en
ambas direcciones a fin de despertar también a sus músculos.
Una mirada,
clara por naturaleza y nublada por los años, observaba con resignación aquella
misma rutina de despereza. Su pequeña Karid era muy holgazana, ni el más
poderoso hechizo o encantamiento le quitaría esa pereza con la que había
nacido. Todo el día parecía tener sueño, en sus descansos normalmente dormía en
algún sitio escondido... y esas horas de sueño extra no parecían satisfacerle.
No jugaba con sus compañeros de entrenamiento... y cuando lo hacía, bostezaba
cada diez minutos.
Mandarla a
bañar era otro drama... la pequeña también tenía una gran imaginación, daba una
interminable lista de razones para no bañarse, cada una más original que la
anterior: ¿Qué tal si me encojo, Maestro?, ha de querer que desaparezca... Aún
no es Sábado de Gloria... Diocito se va a enojar si me acabo el agua... Me voy
a ir por el agujero del desagüe... No es bueno bañarse en luna llena...
La razón de
ese día fue: Si me mojo me van a salir raíces y ya no podré salir del baño.
Pese a las
bien trabajadas excusas, una seña suya bastaba para que Karid fuera a asearse.
Sonreía al pensar que aquello sólo era una manera suya de divertirse... en
verdad que era ingeniosa.
El viejo
Guroko fue a preparar el desayuno mientras Karid se bañaba... proceso que
duraba media hora por lo menos... A eso se debía que la levantara temprano,
para que hiciera todas sus actividades matutinas con buen tiempo y no empezar
tarde su entrenamiento.
Pronto, llegó
la hora de empezar la sesión diaria de ejercicios de calentamiento: una larga
carrera alrededor del pueblo (con peso agregado para que entrenara aún más sus
músculos), ejercicios de estiramiento, aeróbicos (para ayudarle a controlar su
respiración) y una breve práctica con un palo para aprender a manejar la
espada. Después de eso, comían y Karid descansaba una hora para enseguida ir con Hilgamesh, un fuerte y viejo guerrero
que enseñaba a los pequeños el combate cuerpo a cuerpo. Enseguida, todos iban
con Kaiten, quien les enseñaba a pelear con espadas reales, pero sin filo.
El día acabó,
Karid regresó a casa a cenar y volvió a bañarse... Guroko sabía que una niña
debía tener mucho cuidado en su aseo personal, en comparación con un niño...
Cuando Karid
iba a dormir, Guroko solía leerle libros, siendo el principal la Biblia... Pero
esa noche fue la escepción...
"Maestro..."
"Dime,
hija"
"¿Hoy sí
me contará sobre mis papás?" preguntó Karid. "La última vez me dijo
que lo haría cuando ya fuera grande"
"¿Y ya
eres grande?" le cuestionó el viejo con dulzura.
"Sí,
hace poco cumplí doce años... Ya soy grande"
"Je, je,
je... supongo que ya" rió. "Está bien, te contaré"
Karid sonrió
ampliamente, acomodándose entre sus cálidas cobijas. Guroko le hizo a un lado
los cabellos aún húmedos que le cubrían los ojos, tomó asiento a un lado de su
cama y dejó el cuarto a media luz, permitiendo un ambiente confidente y
nostálgico.
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- ¡Guerreros,
al ataque! - gritó a todo pulmón un iracundo guerrero que hacía las veces de
líder de escuadrón - ¡Todos al frente, muévanse!
Docenas de
gargantas se unieron a coro en un grito fiero y se lanzaron contra los soldados
de Tarnis con sus espadas en el aire. Todos eran arrojados, valientes y sin
miedo de ser atravezados por lanzas enemigas. A espaldas y también al frente de
esos nobles valientes, muchos sacerdotes alzaban sus voces en entonados rezos
que protegían a los guerreros con poderosos campos de energía. Algunos eran los
que se encargaban de curar tanto a soldados como a civiles que se encontraban
en fuego cruzado.
Tarnis era
más numeroso y atacaba con furia, pero la defensa de Kisar era impenetrable
gracias a aquellos guerreros y sacerdotes. Muchos enemigos comenzaron a
retirarse, era casi imposible hacer daño a los guerreros, pero los pocos que
quedaron, pensaron que atacar a los sacerdotes era mejor para debilitar a los
guerreros. Fue así que comenzaron a matar sacerdotes, que, irónicamente, eran
los más desprotegidos de la defensa de Kisar.
Los guerreros
ahora se dedicaron a proteger a los sacerdotes, pero siendo estos un poco más
numerosos, no podían protegerlos a todos y muchos cayeron atravesados por
espadas, lanzas y flechas.
Uno de los
sacerdotes, Guroko, estaba acorralado por varios soldados de Tarnis, que
querían descuartizarlo con sus ensangrentadas espadas. Guroko estaba débil, ya
había gastado toda su magia y no podía huir ya. Se resignó a morir, cerró los
ojos y comenzó a rezar un Padre Nuestro.
De pronto, su
rezo se vio interrumpido por un salvaje ataque invocado por dos voces que acabó
con aquellos soldados. Guroko abrió los ojos y se sorprendió de ver a una
pareja, hombre y mujer, que a pesar de estar heridos, agotaron sus últimas
fuerzas en protegerlo. La mujer cayó primero, el hombre terminó de rodillas.
Guroko conocía a esa pareja de vista, eran personas muy amigables y hacía poco
habían tenido una pequeña bebé.
- ¿Porqué me
han salvado? - preguntó Guroko entre pesar y lágrimas - Pudieron haber huído...
su hija los necesita...
- Desde hace
rato ya estábamos destinados a morir - explicó el hombre - Ellos nos acabaron a
espazados cuando el escudo de energía cayó. Por eso preferimos morir
defendiéndolos a ustedes a ver cómo ellos nos contemplan desangrarnos.
- Sabemos que
nuestra pequeña estará en buenas manos - dijo la mujer con lágrimas - Usted
tiene que sobrevivir, Padre, a usted se la encomendamos. Se llama Karidbis...
- Cuide de
Karid, haga de ella una persona de bien... Y dígale que debe estar orgullosa de
sus padres... Que ella también tiene que
proteger a las personas como usted... justo como lo hemos hecho
nosotros.
Guroko
grababa aquellas palabras en su mente con sangre y lágrimas. A su alrededor,
pese al golpe inesperado, eran los guerreros de Kisar los que ganaban de nuevo
terreno... ésta vez con más pérdidas de las esperadas.
- Pero... -
murmuró la mujer después de lanzar una bocanada de sangre - Queremos estar
cerca de ella... Protegerla... Ayudarla a pelear... Usted díganos cómo podemos
hacer eso, Padre.
Guroko
recostó a la pareja lado a lado, les dio los Santos Oleos y con un rezo
especial los ayudó a bien morir. En cuanto la pareja expiró, Guroko recogió su
último aliento con un hechizo y con eso y su sangre formó una espada...
Los
sobrevivientes y heridos regresaron al campamento. Guroko fue directo a las habitaciones
de los seminaristas, que habían sido llevados a la batalla pese a no estar
preparados aún. Ahí era donde la bebé se encontraba resguardada. Escuchó que la
pequeña sólo se dedicaba a comer y dormir, y las pocas veces que estaba
despierta, se quedaba callada y tranquila, sólo mirando a los jóvenes que se
paseaban y le hacían gracias para que ella riera.
La encontró
dormida en una improvisada cuna.
- Este no es
lugar para tenerte, pequeña - le dijo el sacerdote al oído - Prometí a tus
padres cuidar de ti, pero mejor será hacerlo en otra parte.
Al día
siguiente, Guroko ya estaba camino a Kivaah, sitio mejor conocido como "el
lugar de donde vienen los guerreros"; en su espalda llevaba a Karid, que
parecía tan tranquila como siempre.
- Sólo deseo
- le dijo el sacerdote a la bebé - que nno me odies cuando sepas todo esto,
Karid.
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Guroko
lloraba, Karid estaba dormida, abrazada de la fuerte mano del viejo... Hacía
algunos momentos, ella por fin le respondió aquella petición que le hiciera
cuando bebé...
"No,
Maestro, no lo odio... al contrario, los quiero mucho a mis papás y a
usted..." le había dicho "Seré muy fuerte y me ganaré esa espada para
protegerlo a usted y a muchos otros sacerdotes..."
Quitó su mano
con sumo cuidado, a fin de no despertarla, la arropó y obscureció la
habitación. Salió en silencio. Ya en la sala, sacó de un viejo cofre aquella
brillante espada que parecía despedir vida propia.
"Pronto
podrán protegerla..." le dijo a la espada y volvió a guardarla.
También se
retiró a dormir, listo para enfrentarse a una nueva excusa cuando el sol
saliera...
<FIN>