Por: Escarlata
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El gran día había llegado, el ambiente festivo era tangible
hasta en el aire. Todos estaban vestidos con sus mejores galas, mostrando con
gran entusiasmo y orgullo sus mejores obras. Los músicos preparaban sus
instrumentos y recitales, los escultores y pintores sacaban a relucir sus
mejores obras, los cantantes afinaban voces, los actores se preparaban
mentalmente y los escritores seleccionaban las mejores partes de sus discursos
literarios a fin de recitarlos al público.
Evany Lanz
no era la excepción al caso y pulía con gran cuidado y dedicación cinco de sus
mejores obras: el busto desnudo de una mujer al más puro estilo grecorromano,
un ángel muy bien detallado, un bajorrelieve representando a mujeres en un
campo de trigo, un altorrelieve con hombres en batalla y, por último, un
caballo en miniatura en pleno galope que daba la impresión de salir de una
pared, pues sólo estaba medio cuerpo del equino. Algo que muchos le envidiaban
a la joven, era que podía trabajar muy bien, pese a su edad, con un material
tan caro y fino como el mármol. Apenas sus manos tomaban el martillo y el
cincel, era seguro que algo hermoso resultaría del más tosco trozo de mármol.
También sabía trabajar con otros materiales como concreto, metales, barro, roca
de granito, incluso rocas normales; pero siendo el fino mármol su favorito.
Pronto vio
entre el gentío a sus padres, no muy entusiasmados en buscarle, por lo que
podía adivinar en sus gestos. Sonrió de forma extraña encontrar su mirada miel
con las de ellos y esperó pacientemente a que se acercaran. Debido a que ya
había muchos espectadores rodeando a Evany elogiándole por su gran talento, el matrimonio
Lanz llegó haciendo gran escándalo y fingiendo rostros de felicidad. La mujer,
mostrando claramente que, de ella, Evany había heredado aquella belleza de
deidad griega; abrazó a su hija de manera efusiva. El hombre, palmeó la espalda
de la joven y hablaba a grandes voces lo orgulloso que estaba de ella.
Evany
siguió el juego, pese a no resultarle tan divertida la actuación, prefería
cooperar con ellos y demostrar su madurez, a comportarse como niña despechada.
Tenía que ser inteligente si es que quería mantener su salud mental intacta.
Afortunadamente, ninguno de sus hermanos asistió, pues a ellos sí se les notaba
la falsa actuación o, de plano, no podían fingir. Edecanes comenzaron a correr
la voz de que el concierto y las obras de teatro darían comienzo en diez
minutos, que los que quisieran presenciar el acto, tenían que asistir de
inmediato al anfiteatro. El matrimonio Lanz encontró una buena oportunidad para
escapar y se disculpó ante los espectadores de la joven, con el pretexto de
asistir al próximo evento.
Con un
suspiro de alivio, la joven artista vio cómo el área comenzaba a vaciarse,
todos querían ir al concierto y a la obra de teatro... Evany también se
encaminó al sitio... sabía que ahí vería a esa personita que tanta curiosidad
de ocasionaba.
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El lugar era mucho más hermoso por
dentro a como se lo había imaginado... era la primera vez que entraba de forma
legal al recinto de estudios y simplemente estaba maravillada. Sin embargo, su
gesto adusto y ausente daba a entender todo lo contrario a lo que pensaba.
Caminaba de la mano de su padre adoptivo, el viejo sacerdote Guroko. Ambos iban
formalmente vestidos para la ocasión, el viejo con unas ropas sacerdotales en
tonos claros, y la niña con el uniforme negro guerrero de gala... pero, habría
que hacer la aclaración de que el uniforme era de varón, pues a la pequeña le
era repulsiva la ropa propia de su sexo.
Por
supuesto que ellos no eran la única presencia de la aldea guerrera, todos
estaban ahí, menos los más pequeños, que no aguantarían toda la velada. Karid
por poco y no iba, de no ser porque rogó a su maestro que le dejase ir con la
promesa de que se portaría bien y no daría ninguna mala impresión a la gente.
Hasta el
momento ella había cumplido su palabra y su maestro estaba muy contento por
eso, tanto, que le dejó ir a donde gustara. Karid corrió al concierto, eso era
lo que había estado esperando por mucho tiempo, ver bien un concierto, y no un
ensayo a escondidas.
Al doblar
por un pasillo, chocó con alguien y cayó de sentón. Aturdida por unos segundos,
se quedó en el suelo mientras balbuceaba una disculpa. Alzó la vista y lo
primero que vio fue un par de ojos miel... que le miraban con inmensa sorpresa
y encanto.
Evany no
podía creerlo... por fin tenía enfrente a la persona que había estado esperando
por mucho tiempo. Le miró de manera curiosa al ver sus facciones muy suaves y
redondeadas, perfectas para la edad que aparentaba, pero había algo más en
aquella carita... Pronto abrió los ojos muy grandes al percatarse de que esa
personita era una niña y no un niño como lo sospechó al principio. Notó que la
pequeña bajaba la mirada con un extraño dejo de disgusto.
“Ah, lo siento... ¿estás bien?... ¿no te lastimaste?”
preguntó Evany de inmediato. Le alegró ver que la pequeña levantaba la mirada
para verle, por lo menos de reojo. Ahora tenía un gracioso sonrojo en las
mejillas que no lograba ocultar.
“Estoy bien...” contestó con volumen bajo. En todo el rato
que la joven permaneció callada logró observarle lo suficiente como para darse
cuenta de que era una joven muy hermosa. Sus ojos miel, su cabello tan negro
como la noche, su cuerpo definido y un dulce y elegante aroma emanando de cada
poro de su piel clara... Ver a mujeres así era algo que le causaba mucha
impresión a la pequeña Karid. Desde que llegó al sitio había visto a verdaderas
bellezas, pero ninguna se comparaba en lo absoluto con aquella chica. “Disculpe
mi torpeza, no me di cuenta por donde andaba...” dijo de manera solemne
mientras se inclinaba.
La joven
artista ahora sonrió con inmenso contento, aquella vocecilla era muy suave,
aterciopelada... de no haberse fijado bien, podría haber jurado que esa voz era
de un niño, porque también era un poco ronca. La pequeña pareció desconcertada
de verle sonreír así y dio un paso atrás, amenazando con retirarse.
“No te preocupes, estoy bien, discúlpame tú a mi, venía
distraída...” respondió con dulce tono. Enseguida le estiró la mano. “Soy Evany
Lanz, mucho gusto...”
Karid miró
la blanca mano por unos instantes, algo vacilante. Miró a los ojos de la joven
y ésta los tenía cerrados, lo más visible era su amplia sonrisa. Seguía
confundida con lo que pasaba, pero así tomó aquella mano. Iba a parecer muy
descortés sino le respondía el saludo a la joven.
“Soy Karid, el gusto es mío...”
“¿Y a dónde ibas con tanta prisa, Karid?”
“Eh...” la pregunta le extrañó más, sin contar que ella aún
no soltaba su mano. “Al concierto...”
“Yo también voy hacia allá” le interrumpió, sonriente,
“vamos juntas...”
Ni siquiera
le dio tiempo de decir nada, pues le jaló gentilmente de la mano, guiándole a
través de laberínticos y lujosos pasillos. Estaba muy feliz de conocerla y no
tenía la más mínima intención de dejarla escapar. Karid, por su lado, no podía
oponer resistencia... por un momento pensó en detenerse, disculparse con ella e
irse... pero no pudo, no logró decir nada. Le pareció raro, pues sus compañeros
no podían convencerle, ni por la fuerza, de hacer algo que no quisiera. Sólo a
sus maestros y padre adoptivo les tomaba la palabra como ley y sin chistar,
pero... esa joven... no pudo oponer ninguna resistencia a su mano.
Sin darse
cuenta se había sonrojado y ya caminaba a la par de aquella joven artista.
Evany
estaba muy feliz, sólo esperaba la oportunidad de decirle que ya antes le había
visto...
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