Por: Escarlata
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El día comenzó con la normalidad y rutina diaria de siempre.
Se encontraba prestando toda la atención posible a su clase. “Historia de la
Escultura”... una de sus materias favoritas. Ciertamente prefería más la
práctica que la teoría, pero nunca estaba de más saber cómo eran los artistas
del pasado... siempre habría algo que seguir de ellos, no sólo sus obras.
Ya casi al
finalizar la clase, el profesor en turno dio un anuncio que ya muchos esperaban
con gran ansia. Pronto sería la temporada de Muestra Pública que se hacía cada
fin de año. Tiempo cuando la escuela abría sus puertas a las familias de los
alumnos y a todo aquel que gustara del buen arte.
Para
muchos, era la oportunidad perfecta de mostrar a sus obras y obtener empleos en
palacios y buenos sitios. Para otros, eran las pocas ocasiones que lograban ver
a sus familias. Para ella, era la ocasión perfecta para ver si el pequeño espía
se presentaba en la Muestra. Sería fácil reconocerle por sus mechones blancos
en el cabello.
Ver a su
familia no era uno de sus más grandes anhelos. Dudaba mucho que ellos también
quisieran verle, pero, dado que siempre buscaban guardar apariencias, era
seguro que estarían ahí y le fingirían sus mejores sonrisas. Realmente no
importaba, ella también sabía actuar. Le emocionaba más la idea de descubrir al
espía. Deseaba que fuera.
La clase terminó y todos salieron a
tomar un breve descanso, antes de que comenzara la parte práctica. La favorita
de todos.
Corrió al comedor, pues los estudiantes se juntaban como
verdaderas hormigas y siempre se acababa lo mejor del menú del día. No pensaba
quedarse con las sobras, así que tomó un atajo por detrás del edificio del
comedor y entró por la cocina. Los que laboraban ahí ya la conocían... esas
personas eran sencillas y no parecía importarles que a ella le gustaran las
chicas. Vivían en un pueblo que era vecino del Campamento guerrero.
“¡Buenos días!” pasó saludando a gran velocidad, pero
nunca escuchaba respuesta, ya que salía antes de que todos reaccionaran.
Los presentes sólo rieron un poco y siguieron su trabajo.
Esa chica era de las pocas personas con corazón humilde en ese enorme lugar. La
gran mayoría de los alumnos tenían una actitud altiva y creída por su status
social, pero ella era muy diferente.
El resto de las clases transcurrieron normalmente... y
ella estaba cada vez más feliz de ver que su obra estaba tomando forma más
definida. Sus profesores le felicitaban por ello, era una chica muy talentosa;
seguramente le iría muy bien en la Muestra Pública.
Era viernes, así que los estudiantes de música tenían
descanso. Sin embargo, nunca faltaban los que deseaban superarse y que, incluso
ese día, iban a la sala de conciertos a ensayar. De manera que nunca faltaba la
música en el sitio. Además, la Muestra sería en unos días y qué mejor que
prepararse bien.
Ella ya tenía una serie de esculturas más pequeñas listas
para mostrarlas. Pero quería terminar aquella escultura para el evento. Ya le
faltaba muy poco, así que optó por escuchar un rato a los que ensayaban y ver
al pequeño espía. Se quedaría poco tiempo y después iría a seguir trabajando en
su escultura.
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Corría
con buena velocidad en dirección a la escuela. Pronto iba a comenzar el ensayo
y no quería perderse el principio. Le era muy relajante escuchar aquella
preciosa música... Lo cierto, era que nadie debía atraparla en alguna de esas
salidas o se metería en verdaderos problemas. Los aprendices tenían prohibido
acercarse a la escuela, pero tal explosión artística era demasiada tentación
para el que buscaba relajarse y pasar un tranquilo rato lejos de las peleas.
Pero
no era necesario entrar a la escuela para disfrutar de las maravillas que había
dentro del sitio. Solía acomodarse en la barda que delimitaba la escuela, su
vista de la sala de conciertos era magnífica y se escuchaba todo con mucha
claridad.
Su
escondite era perfecto, nadie tenía porqué atraparla.
La
música comenzó a sonar en cuanto se acomodó en el lugar de siempre. Había
llegado a tiempo. Se sentó lo más cómodamente posible, aquello era algo que
debía disfrutarse con toda la tranquilidad y serenidad posible.
Sentía
bastante cansancio gracias al entrenamiento, apenas estaba desarrollando un
estilo propio de pelea y sus maestros experimentaban todas las formas posibles,
hasta dar con el estilo más adecuado para cada pupilo en el Campamento. Lo suyo
era la velocidad y las patadas rápidas, su cuerpo, menudo como era, no tenía la
misma resistencia que la de sus otros compañeros. Le estaban enseñando a
mejorar su agilidad y evasión, además de entrenarla para aumentar la fuerza en
sus piernas.
Era
joven aún, pero todos le auguraban un gran futuro en el campo de la pelea.
Karid era su nombre, una pequeñuela de apenas doce años, hija de una difunta
pareja de guerreros y criada por un viejo sacerdote. Además, era la única niña
del campamento... todos los demás eran varones... Sin embargo, por su aspecto,
daba la impresión de ser niño también... cabello corto y café, facciones,
aunque delicadas, rudas en cierto modo; gesto adusto, cuerpo pequeño y delgado,
baja estatura, piel tostada... y, quizá su mejor seña particular: mechones
blancos en su cabello que contrastaban enormemente con su cálido tono café.
Por suerte, sabía a qué hora regresar a casa, de manera
que llegara a tiempo a su entrenamiento y nadie sospechara que estaba en ese
lugar. Desde hacía tiempo que lo hacía... y era algo que le otorgaba mucha
tranquilidad y concentración a la hora de continuar con el entrenamiento
restante del día. Era una vida muy dura aquella... había veces que creía que no
lograría ponerse de pie... pero sus maestros, por la buena o por la mala, le
obligaban a seguir... eso, y el recuerdo de sus valientes padres. Todos decían
que ellos fueron guerreros ejemplares y Karid quería ser igual o mejor que
ellos, por eso ponía todo su empeño y, a manera de mantenerse ecuánime, qué
mejor que relajarse con música.
De pronto abrió los ojos al sentir una mirada sobre
ella... volteó de inmediato al interior de la escuela a la vez que se agazapaba
sobre el grueso muro. Nadie parecía verle... quizá sólo era que estaba
desobedeciendo una orden directa y se sentía culpable de cierta forma. Pronto
se relajó y quedó recostada, siempre era adecuado tener cuidado de más.
Evany poco a poco volteó hacia el escondite del pequeño
espía y apenas si notó que sus cabellos sobresalían... estaba recostado... Era
la primera vez que él sentía su mirada. Apenas vio que él volteaba, tuvo que
girarse de inmediato, tratando de hacer de su movimiento algo natural y poco
sospechoso. El espía no pareció encontrar nada extraño y quizá por eso se quedó
en esa posición.
El asunto se tornaba divertido poco a poco. Aquello cada
vez le emocionaba más y en verdad ansiaba conocerle. Su oportunidad estaba en
la Muestra y sencillamente no podía dejarla pasar. Se puso de pie y se retiró,
era hora de seguir con su obra.
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