Se sintió ligeramente aburrida
un rato después de hacerle mantenimiento a sus pistolas. Eran las seis de la
tarde y decidió salir un rato a uno de sus sitios predilectos. Tomó sus armas,
decenas de balas y la gabardina de siempre. Podía acceder a su pequeño garaje
por una puerta lateral de su casa. La moto, recién aseada y afinada, parecía
esperar con impaciencia a su jinete. Ignis pronto abandonó la seguridad de su
guarida y se dirigió al basurero de la ciudad, hogar de ratas de cuatro y dos patas,
a practicar tiros con latas y máquinas viejas. En ocasiones llegaba a encontrar
curiosidades como circuitos, accesorios de computadoras e, incluso, acetatos.
Esperaba encontrar algo mientras gastaba algunas balas. Al pasar por una larga
avenida llena de hoteles y bares de mala muerte, entre un desfile de
prostitutas, sonrió por dentro al ver un rostro conocido. Se detuvo al lado de
una de esas mujeres y ésta pareció reconocerle y alegrarse por verle. “Ignis,
cariño, ¿vas al basurero?” “¿Tú qué crees, linda?” contestó la voz detrás del
visor negro. “Diviértete” sonrió la mujer. “¿Y cómo vas?” preguntó ahora la
motociclista. “Está floja la tarde, no he tenido clientes...” “Si no has tenido
para cuando regrese, puedes venir a casa conmigo, lo sabes...” “Lo sé...” “¿Has
escuchado algo nuevo?” “Mmm... ahora que lo dices, me contaron sobre un nuevo
grupo que se dedica a secuestrar niños...” “¿Y para qué?” la voz de la asesina
no había cambiado de tono en lo absoluto. “No tengo idea, y ese grupo es
nuevo... bueno, eso dijo Francis” “¿La rubia de ojos verdes?” “Esa misma, nos
contó a las chicas y a mí que tuvo como cliente a un miembro de esa banda...”
“Um... sería buena idea darles una visita... Gracias, linda, debo irme...”
“Anda, con cuidado...” Aceleró su vehículo y salió a gran velocidad,
despidiéndose con un sencillo gesto de la chica.
“Malu, hay una pareja en
recepción y no sé qué quieran, ve a atenderlos, por favor” le ordenó la jefa de
enfermeras, una robusta mujer digna de personificar a una valkiria. “Enseguida”
contestó Malu, corriendo a la orden hasta la recepción del hospital. Era una
pareja joven y se le veía muy consternada. “Buenas noches... ¿puedo ayudarles
en algo?” “Señorita... es que...” el hombre estaba muy nervioso, “buscamos a
nuestra hija, fue secuestrada y, queremos saber si, por casualidad, no ha
terminado en éste hospital. Ya hablamos a la policía y dijeron que buscáramos
en los hospitales mientras ellos investigaban en otros lados.” Malu sintió que
el corazón se le encogía de pena. “Revisaré la base de datos... ¿cuándo
secuestraron a su pequeña?” “Ayer por la tarde.” “Trate de tranquilizarse,
revisaré las entradas de las últimas veinticuatro horas y, si encuentro algo,
les avisaré... Tomen asiento, por favor.” La pareja obedeció y Malu se acercó a
la recepcionista. “Daniela, permíteme revisar la base, por favor...” “Haz lo
que quieras, iré por un café por mientras...” fue la desinteresada respuesta de
su colega. Cabía mencionar que tampoco tenía amistades en el hospital. Sus
dedos se movieron con velocidad sobre el teclado, pero, pasados algunos
minutos, con triste semblante no encontró nada relevante en la lista. Fue a dar
la noticia a la pareja y estos parecieron desfallecer. “Déjenme su número
telefónico y, si su hija llega aquí, les daré aviso de inmediato” propuso Malu
a manera de consuelo. Tanto los datos pedidos como una descripción de la niña
le fueron entregados y la pareja se retiró entre sollozos de la mujer. Malu
sólo tuvo algunos segundos para observarlos, pues la ruda voz de la jefa de
enfermeras le llamo desde la sala de espera.
Una lata terminó con un
perfecto agujero en la parte media de su cuerpo, mientras la bala culpable
siguió su camino hasta una pila de desperdicios donde terminó sepultada. La
joven asesina tenía una puntería única y una vista prodigiosa, ya que aquella
no tan inocente lata de cerveza la tenía a poco más de setenta metros de
distancia. Igual suerte sufrieron una televisión desvencijada, un reloj de
pared y una caja de cartón. El único blanco al que no le daba era al vidrio de
una lavadora con la puerta al frente. Hasta el momento sólo daba en la orilla,
pero no había podido darle al vidrio de la puertecilla. La lavadora estaba a
casi cien metros de distancia, por encima de una pila de desperdicios y chatarra.
Disparó a su inalcanzable blanco y de nuevo no logró darle, pues quedó a una
cuarta de distancia de la puertecilla. Y mientras practicaba con otros blancos,
por su mente pasaba lo que le contaron en la “Avenida alegre”. No era que el
asunto le concerniera, pero no toleraba que nuevos grupos llegaran a la ciudad
a hacer su voluntad, suficiente tenía con soportar a las bandas locales como
para permitir que unos novatos llegaran de pronto. Era probable que la mafia
local tampoco los aceptara; todas las pandillas, hasta los más ínfimos
vendedores de droga, estaban bien que mal controladas por los más poderosos.
Todos odiaban la competencia foránea, Ignis incluida. Terminada su sesión de
practica, fue al centro por más pan, algo de azúcar e información de aquella
nueva banda. Un viejo limosnero estaba a varios pasos de la entrada de la
panadería, casi escondido en un callejón, pidiendo pan y monedas. Ignis se
acercó al viejo. “Hey...” “Ah, eres tú... ¿le darás algo de pan a éste pobre
mendigo?” “Tal vez...” “Ah, muchacha ingrata, ni al amigo de Albert, que en paz
descanse, le tienes consideración...” “Calla, viejo, él era un holgazán igual
que tú... ponte a trabajar...” “Hago mi trabajo...” “Si quieres pan, entonces
dime lo que quiero saber...” Ambos se sonrieron con cierta malicia.
Llegó a casa más temprano de lo
habitual, argumentado al supervisor en turno que se sentía un poco mal de
estómago. Llegando, tiró sus cosas en la cama y encendió su computadora. Una
vez conectada a la red, comenzó a entrar, de manera no muy legal, a las bases
de datos de los hospitales de la ciudad. Si había algo que Malu tenía, es que
era un as de la computación, podía evadir cualquier sistema de seguridad sin
problemas. Esa habilidad fue producto de incontables noches que se desvelaba
frente al monitor mientras vivía con sus padres y aún después de
independizarse. Pasaba más tiempo, en ese entonces, estudiando y explotando las
capacidades de su ordenador que afuera tratando de socializar con los demás
jóvenes de su edad. Una vez creó un virus y lo mandó a las computadoras de unas
chicas que siempre se la pasaban molestándola durante el último año de
preparatoria. Después de eso, antes de entrar a la universidad de su antigua
ciudad, entró a la base de datos de la misma institución, después de que le
llegara el rumor de que un profesor intentaba alterar sus calificaciones. Todo
eso después de que Malu se negó a ceder a sus perversiones. Era ya un juego de
niños penetrar a esas bases de datos y, triste, descubrió que la niña aún no
ingresaba ni viva ni muerta a alguno de los demás hospitales. Por otro lado,
sorprendida, vio que en los últimos dos días habían ingresado a varios
hospitales los restos de cuatro niños sin sus órganos internos. Rápidamente
adivinó lo que sucedía y sintió una inmensa tristeza en su pecho. Hubiese sido
mejor no descubrir aquello. De la misma manera, vio que se habían llevado a
cabo una serie de trasplantes de órganos en esos mismos hospitales, hechos a
hijos de poderosos empresarios. Lamentablemente, nada podía hacer.
“... luna sobre Matanzas...
majestuosa princesa, es tu paso inquietante...” El viejo mendigo tarareaba esa
canción mientras Ignis le entregaba algunos panes y un cartón de leche en sus
manos. “Deja de cantar y habla...” “Bien, pero vamos a otro lado, niña
impaciente, que hay muchos pájaros en el tendedero.” Ambos penetraron al
pequeño callejón. La noche ya era inminente y ya casi no había nadie en los
alrededores. Era una buena ventaja que Ignis fuera cliente frecuente en la
panadería, así que no tenía inconveniente al llegar ahí a altas horas de la
noche. “Habla...” fue la escueta orden, “dime qué sabes sobre esa nueva banda
que llegó...” “¿La que secuestra niños?” “Esa misma...” “Llegaron hace una
semana, han secuestrado cuatro o cinco niños y, según sé, les quitan sus
órganos y los venden en los hospitales con papeles falsificados de donantes.”
Ignis mantuvo silencio, siendo indescifrable su gesto. El mendigo conservó un
semblante indiferente y algo burlón. “¿Dónde los encuentro?” “No lo sé. Por eso
no te preocupes, la banda de los Zorros está tras ellos... los estúpidos
secuestraron al primogénito del líder de la banda... Deja que ellos se
encarguen, aunque... si llegas a encontrarlos... has lo que quieras...” “No
necesito que me lo digas...” “Niña, sabes que aquí nadie trabaja sin permiso...
hasta tú... cuida por dónde andas...” “Tampoco necesito que me digas eso...”
finalizó y le aventó unos billetes, “y ten consideración del prójimo y ya
báñate, holgazán.” Ignis salió del callejón y, mientras se colocaba el casco y
los guantes, pensó en lo que el viejo Miguel le había dicho, quizá lo mejor era
dejar que los Zorros se encargaran de los nuevos. Decidió regresar a casa, ya
era muy noche como para estar afuera. La panadería permanecía abierta hasta
medianoche y estaba segura gracias a que pertenecía a uno de los rufianes más
respetados del bajo mundo, ningún ladrón se atrevía a poner su mirada ahí.
Aún perturbada por lo que
acababa de descubrir, optó por hacer su tarea, aprovechando que estaba en
línea. Tenía que investigar un par de cosas y, quizá, buscar alguna curiosidad
más. Comenzó a teclear de manera algo pausada, sin lograr olvidarse del todo de
lo recién descubierto. Alguien tenía qué hacer algo, pero, aunque lo intentase,
estaba por demás segura que nadie le creería con meras especulaciones y
casualidades y sin pruebas contundentes. Se prometió a si misma no volver a
hacer eso, mejor se dedicaría a estudiar y trabajar, tratando de dejar
sentimentalismos de lado, al menos mientras estuviera ahí. Optó por preparar un
té para terminar de tranquilizarse. Cuando por fin se sacó todo lo ocurrido de
sus pensamientos, pudo hacer mejor la tarea. Encendió la radio, le gustaba
escuchar música mientras estudiaba, además, ya estaba algo aburrida de la música
que tenía en su ordenador... decidió escuchar otra cosa para variar. Apenas
sonaba una pegajosa, aunque mala canción, cuando ésta fue interrumpida por el
noticiero... Este es el noticiero de la medianoche con lo último en
información. En finanzas: el ámbito de las inversiones privadas ha... Malu
puso un gesto aburrido y por el momento no puso atención a la radio. Pronto,
sus dedos teclearon con la velocidad habitual y su concentración estaba al cien
por ciento en su tarea, memorizando con increíble facilidad las palabras que se
dibujaban ante ella. Nos acaba de llegar un boletín de último minuto: han
robado a otro niño cuando éste y sus padres salían de una fiesta familiar. Los
padres alegaron ver una camioneta negra sin placas... Malu detuvo por completo
lo que hacía para escuchar aquello. La policía sospecha que se trate de la
misma banda y ya está investigando el paradero de la camioneta implicada en el
caso... Negó varias veces con la cabeza y apagó la radio.
Era de madrugada cuando
escuchó, extrañada, el pasar veloz de un auto grande. Aún estaba despierta y se
asomó discretamente por su ventana, viendo que fue una camioneta negra que
pronto se perdió de vista. Tenía prisa... tal vez demasiada. Al instante, vio a
motociclistas persiguiendo aquella camioneta. Abrió los ojos con sorpresa al
descubrir la insignia de los Zorros en aquellas motos. Ya habían dado con
aquellos novatos. Sonrió para sus adentros y regresó a la seguridad de su casa,
esperaba que los Zorros rápido atraparan a esos sujetos y les dieran una buena
lección. Estaba por acostarse cuando, frunciendo el entrecejo, volvió a
escuchar el ruido de la camioneta. Con pistola en mano ésta vez, volvió a la
ventana y vio que la camioneta se estacionaba a media calle de ahí. Vio a tres
sujetos salir y uno de ellos cargaba un sospechoso bulto envuelto en cobijas.
Notó que conversaban y, ni tarda ni perezosa, abrió un poco la ventana y asomó
la boca de la pistola láser... Tres rayos salieron sin hacer ruido y los tres
sujetos cayeron uno tras otro. Ya estaban muertos, así que, ya sin apuros, se
puso encima la gabardina y salió a verlos. Tal como lo imaginó, el pequeño
bulto era un niño, estaba sedado y profundamente dormido. Se asomó a la
camioneta y, sonriente, vio varias cosas que bien podrían servirle. No tardó en
escuchar el sonido de las motocicletas. “Ah, Ignis” le llamó uno de ellos,
sorprendido y visiblemente contento, “los atrapaste, bien...” “¿Y qué hay del
niño?” “Dejemos que la policía se encargue, llegará pronto, sólo queríamos
deshacernos de ellos...” Ignis no dijo nada. “Aún faltan tres sujetos...”
agregó otro que, al quitarse el casco, se descubrió como el líder de la banda.
“Qué sorpresa, Von...” “Oye, chica... ¿quieres un trabajo sencillo?” “Habla...”
“Tengo a los malditos Brutos encima y también a la policía... termina con los
que faltan y encuentra a mi hijo, te pagaré bien...” “De acuerdo...”
Amaneció con un poco de dolor
de cabeza, pero de todos modos fue a clases. No tuvo tarea, por suerte, y
decidió regresar a dormir el resto de la tarde hasta que tuviese que ir a
trabajar. Apenas y comió cosa alguna, demasiado alterada aún y sin muchos
deseos de saber algo más del asunto. Sin embargo, estaba segura que ya toda la
ciudad sabía de eso y que todo mundo estaría comentando el caso, no tenía
escapatoria, lo único que podría tranquilizarla era saber a esos sujetos tras
las rejas como lo merecían. Matarlos no era lo adecuado, tenían que pagar todos
sus crímenes. Como futura doctora, su último deseo era que alguien muriera,
todos tenían derecho de vivir, todos merecían otra oportunidad... y todos
debían pagar en vida los daños hechos. Al menos eso pensaba ella. La noche
llegó demasiado rápido, tanto, que se quedó dormida de más y tuvo que correr
para no llegar tarde. “Malu, anda, hay mucho trabajo, tienes que ayudar en la
morgue hoy...” le apuró el supervisor en turno. Malu suspiró desganadamente...
“Fantástico” pensó, dirigiéndose a la morgue del hospital. Tenía que llenar
formularios y hacer algunas revisiones. “En la mañana llegaron estos tres... y
apenas hace una hora otros tres... comienza a revisarlos, enseguida regreso...”
le dijo el forense. Malu volvió a suspirar sin ánimo alguno y se dedicó a
trabajar. Los primeros cuerpos, tenían una certera herida de arma láser en
puntos clave de la cabeza. “Bendita puntería la que los mató...” pensó Malu con
asombro. Al encontrar un reporte de la policía, grande fue su sorpresa al ver
que esos tres eran de la banda que secuestraba menores. El trabajo fue de un
arma láser. Rápidamente revisó a los otros tres y estos también tenían herida
de arma láser y eran de la misma banda... pero, pronto, descubrió por pequeños
rasgos que se trataba del mismo tirador. “Vaya...” fue lo único que pudo decir.
Al comenzar con un chequeo general con el último de los cadáveres, encontró
algo que la dejó boquiabierta, “sigue vivo...”