PARTE DOS

 

 

 

“Ben, quiero mi dinero...” repitió lentamente la joven asesina con aparente calma. “Hice el trabajo, el maldito está en un ataúd... cumplí mi parte... y más vale que cumplas la tuya.” Ben Star lucía demasiado confiado pese a estar consciente de lo peligrosa que podía ser la chica frente a él. “Tranquila, Ignis, tendrás tu dinero como lo prometí” contestó con un suspiro relajado. “Pues es lo que estoy esperando... págame para poder largarme de éste sitio” alegó, bastante incómoda de estar en el edificio corporativo, pero Ben seguía con una extraña mirada que Ignis aún no lograba descifrar. “Ignis...” murmuró Ben, mostrándole un maletín lleno de dinero y tomando por un hombro a la chica, “Voy a pagarte, soy un hombre de palabra... solo quería saber si... tú y yo...” no fue necesario terminar la frase, ya adivinaba por dónde iba el comentario. Su sospecha se confirmó cuando el empresario le tomó el otro hombro y le presionó toscamente en torpe caricia. “¿Ya alguien te había dicho lo linda que eres?” preguntó él cerca del oído de Ignis. “Sí... ya muchos me lo han dicho...” contestó con una mueca torcida, “y todos los que lo hicieron han terminado igual...” agregó con sensual susurro. Con movimientos dignos de un gato, Ignis se libró del agarre de Ben, sin darle tiempo a éste de reaccionar. Enseguida, golpeó al empresario en la nuca con ambos puños. Tan fuerte fue el impacto, que Ben quedó en el suelo sin sentido. “¿Quieres divertirte?... Bien, vamos a divertirnos” musitó con una daga en la mano.

 

Ya era hora de comer y qué mejor, pensó Malu, que visitar el restaurante que estaba cerca de su departamento. No era la comida tan natural al igual que en otros lados, pero al menos tenía buen sabor y era seguro que no se enfermaría del estómago. De doctores y enfermeras había escuchado maravillas de ese restaurante y no quería ser la única en no haber ido aún. Afortunadamente, el sitio no era tan lujoso ni tan caro, así que no habría problema por el dinero. Tampoco gastaba tanto, tenía todo lo básico y no era del tipo de persona que comprara cosas que en realidad no necesitaba. Quizá, en lo más que gastaba, era en libros, instrumentos para sus prácticas y programas para su computadora. Lo demás era puro lujo innecesario, según su forma de pensar. El punto era, ciertamente, que tenía bastante dinero ahorrado para cualquier emergencia. También pensaba comprarse un auto, pero era para cuando dejara esa ciudad, dentro de ésta, si había algo sofocante, era ser atrapado por el tráfico sin distinguir hora. Ya instalada en una mesa de la esquina, se contentó con ver la televisión de la barra de bebidas. Había una película, muy mala, por cierto, pero los meseros y comensales estaban más interesados en las curvas de las protagonistas que en su actuación. Para qué mentir, ella también quedó embobada un par de minutos por una rubia actriz. Interrumpimos éste programa para informar que el presidente de TRON SYSTEMS ha sido encontrado muerto en su oficina...

 

Ignis andaba sobre su motocicleta, bastante contenta de tener ya su dinero y de haber librado a pobres secretarias y a la infeliz señora Star de ese maldito pervertido. Su última intención al llegar ahí fue matarlo, pues le prometía sencillos y millonarios trabajos. Anteriormente, notaba lo malhablado que era con su mujer al llamarle por teléfono, o la inquisidora y a la vez lasciva mirada que enviaba a las chicas del edificio. Por lo que pudo adivinar, a ninguna le agrada en lo absoluto ese “bastardo”, como solían llamarle en los baños de mujeres. Darle su merecido a un tipejo como él nunca fue tan sencillo. El mismo Ben le citó en secreto, desconectó las cámaras y micrófonos de seguridad con la idea de que nadie descubriera a Ignis, y le facilitó la entrada y salida por una de las rutas de emergencia. Fue un verdadero torpe, en el momento en que Ignis le cortaba la lengua, seguramente, deseó que los guardias le vieran por los monitores y le auxiliaran. Luchó por omitir una carcajada al recordar que Ben rogaba porque dejara de torturarle, a lo que la joven asesina sencillamente contestó que si él hacía caso a esa misma petición cuando se divertía con las mujeres a las que lograba atrapar. Eso también lo sabía de buena fuente, que Ben era un maldito sádico pervertido pese a su galante rostro de actor. Sabía que, por culpa de él, mujeres de bien y simples prostitutas eran encontradas muertas en hoteles de tercera. Pronto se olvidó de ese infeliz y optó por ir a comer algo.

 

... según informes preliminares, el cadáver de Ben Star muestra marcas de tortura, fue mutilado de varias partes del cuerpo y le dieron el tiro de gracia con una pistola Mágnum de la que aún no determinan el calibre. Según los peritos, éste crimen podría ser obra del criminal conocido como “Asesino de asesinos”... “¿Asesino de asesinos?” se preguntó Malu en voz baja mientras un mesero le llevaba un guisado de carne con ensalada. “¿Usted es nueva por aquí, verdad?” preguntó el mesero de repente, Malu le miró y asintió con la cabeza, “el Asesino de asesinos mata, mejor dicho, masacra, a otros delincuentes... narcotraficantes, secuestradores, políticos... Para muchos es un criminal muy peligroso, para otros, es un héroe...” “Ah, vaya... ¿y ese Ben Star era peligroso o algo así?” “Todos sospechan que él fue el que ordenó el asesinato del antiguo presidente de la compañía...” La joven estudiante quedó pensativa ante eso. Se dedicó a su comida después de intercambiar algunas palabras más con el mesero. No imaginó que pudiese existir semejante personaje en un sitio como ese, aunque, bueno, era de esperarse que alguien, harto de la situación, había decidido tomar la justicia en sus manos. Ella era la menos indicada de enjuiciar esas cosas, no pertenecía a ese sitio y en un par de años se iría de ahí, no tenía porqué acoplarse del todo, sólo lo suficiente para sobrevivir el tiempo que le restaba. Pronto, el flash informativo terminó y la mala película con chicas lindas siguió transmitiéndose.

 

Tenía suficiente comida en casa, pero quería gastar algo del dinero de su paga y no encontraba nada que le convenciera. Las hamburguesas le provocaban náuseas, las salchichas de los hot dogs tenían un sabor muy raro y las pizzas nunca le gustaron. Optó por un poco de pan y dejó estacionada la motocicleta frente a una concurrida panadería del centro. Por lo menos eso sabía mejor, además de que, para variar, tomaría algo de delicioso y relajante café de grano extranjero que tanto le gustaba. A mitad de la acera, una pequeña que corría chocó de frente con Ignis, dándose un buen golpe y cayendo de sentón; accidente que le hizo soltar un globo rojo que tenía en su mano. La joven asesina, con su flemático gesto, atrapó el globo y se lo dio a la pequeña una vez que se levantó. “¡Ah, muchas gracias!” exclamó la niña, Ignis sencillamente asintió con la cabeza y miró de reojo a la pareja que, supuso, eran sus padres; y estos también le agradecieron el gesto. Sin hacer nada más entró a la panadería y se dedicó a sus compras. Agradeció que la niña no haya chocado más fuerte o se hubiera roto la nariz con la gabardina. Estaba hecha de un material sintético que reflejaba los rayos láser, debajo, tenía placas de cerámica cubiertas de una aleación metálica que impedía el paso de las balas y, encima de todo, una malla que se burlaba de los detectores en las entradas. Una prenda bastante pesada. Y, mientras compraba su pan, un par de calles más adelante, un motociclista secuestraba a la pequeña del globo.

 

Por lo que podía ver, ya nada sorprendía a la gente, tal vez, sólo ese “Asesino de asesinos” que se encargaba de matar a los verdaderos criminales. Al principio, notó que todos parecieron  molestos cuando la película fue interrumpida, y después, al escuchar al que podría ser el culpable, parecieron un poco más interesados. “Vaya héroe...” musitó al salir del restaurante. Realmente no sabía qué pensar, así que mejor optó por regresar a casa y repasar algunos libros y apuntes. Ocupar su mente en los estudios le ayudaba a olvidarse en qué sitio estaba viviendo. Apresuró el paso a fin de llegar rápido, no le gustaba del todo quedarse fuera hasta tarde si no era tan necesario, además, ya no tenía nada más interesante qué hacer, seguía sin amistades formales y, hasta el momento, las relaciones con sus compañeros de clase eran meramente protocolo escolar. No lograba encajar en ningún grupo, ni siquiera con los verdaderos intelectuales del instituto. Dejó de lado aquella lucha por la aceptación y se dedicó a lo suyo, descubriendo que era más cómodo hacer las cosas por su cuenta que esperar a los que se dedicaban a holgazanear. Por esa misma razón seguía sin pareja. Pese a ser una chica linda y amable, su aspecto simple y poco llamativo le hacía pasar desapercibida y parecer poco interesante.  “No tengo tiempo para eso...” murmuró con una mano en la sien. Alzó la vista para ver el contaminado cielo y notó, entre un par de edificios cancerosos, un pequeño punto rojo, un globo, que se alejaba con el aire.

 

Ignis ya estaba en casa, tal cual lo planeado, comiendo el pan dulce y bebiendo un poco de café negro. Escuchaba uno de sus discos a volumen no muy alto, a fin de poder escuchar también lo que ocurría en la calle. No era muy fanática de la radio, y menos de la televisión, realmente no había nada en los medios que valiera la pena ver o escuchar, ni siquiera las noticias. Los periódicos realmente no se quedaban atrás. Afuera sonó la sirena de una patrulla, estaba muy cerca, Ignis se asomó por la ventana, no tan preocupada, lo único que la policía sabía de ella era de su oficio de caza recompensas... al igual que decenas de personas más en la ciudad. La distancia entre la joven asesina y la policía estaba bien demarcada, la primera jamás se metía en el camino de estos últimos, al menos no abiertamente. Incluso, la policía le pedía ayuda cuando los criminales estaban muy bien escondidos o cuando se trataban de personas “intocables” ya fuera por su puesto o condición social. Al menos podía presumir de conocer a unos cuantos policías con buenas intenciones, los otros se vendían al mejor postor. Por suerte, nadie conocía su otra identidad: la Asesina de asesinos. En esos casos no actuaba mas que por propia convicción, el hecho de deshacerse de aquellos que en realidad merecían morir de la misma forma en que mataban. Hacer eso le causaba una increíble sensación de satisfacción. “Ya se fueron...” murmuró, cerrando la cortina de la ventana, por lo que dedujo, sólo patrullaban.

 

Era de noche de nueva cuenta y Malu ya estaba en el hospital, atendía a un viejo mendigo que había sido encontrado con una sobredosis de droga. Pequeños hospitales habían rechazado al viejo, pero, al llegar al Central, uno de los pocos doctores con buenas intenciones acogió al hombre y le pidió a Malu que le hiciera un chequeo, una limpia general y le suministrara suero. Por supuesto que estuvo muy contenta de hacer esa labor, era mejor que atender a señoras de dinero que iban al doctor hasta por un simple dolor de cabeza y que eran muy groseras y altaneras. Malu trataba a todos con amabilidad, pero no le gustaba tratar a ese tipo de personas, mucho menos, a los malcriados hijos de esas señoras. “Es muy amable, señorita” le dijo el viejo con una débil sonrisa. “Si sabe que eso le hace daño, ¿porqué consume esas drogas?” “No puedo conseguir comida, señorita, tengo muy poco dinero y las drogas son muy baratas y me quitan el hambre y la sed...” explicó. Malu no supo qué responder ante eso. “Pero creo que hoy me vendieron una muy fuerte...” “No se preocupe, estará bien en poco tiempo, descanse e intente dejar esas drogas, mejor trate de trabajar en algo sencillo y que le deje un poco más de dinero.” El viejo soltó una débil risa, “Usted es la primera persona en decirme algo así... sólo por eso, voy a hacer lo que me dice...” Ahora fue Malu la que sonrió. Terminó el chequeo y dejó dormir al hombre. Suspiró de manera callada al salir de la habitación.

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