“Ben, quiero mi dinero...”
repitió lentamente la joven asesina con aparente calma. “Hice el trabajo, el
maldito está en un ataúd... cumplí mi parte... y más vale que cumplas la tuya.”
Ben Star lucía demasiado confiado pese a estar consciente de lo peligrosa que
podía ser la chica frente a él. “Tranquila, Ignis, tendrás tu dinero como lo
prometí” contestó con un suspiro relajado. “Pues es lo que estoy esperando...
págame para poder largarme de éste sitio” alegó, bastante incómoda de estar en
el edificio corporativo, pero Ben seguía con una extraña mirada que Ignis aún
no lograba descifrar. “Ignis...” murmuró Ben, mostrándole un maletín lleno de
dinero y tomando por un hombro a la chica, “Voy a pagarte, soy un hombre de
palabra... solo quería saber si... tú y yo...” no fue necesario terminar la
frase, ya adivinaba por dónde iba el comentario. Su sospecha se confirmó cuando
el empresario le tomó el otro hombro y le presionó toscamente en torpe caricia.
“¿Ya alguien te había dicho lo linda que eres?” preguntó él cerca del oído de
Ignis. “Sí... ya muchos me lo han dicho...” contestó con una mueca torcida, “y
todos los que lo hicieron han terminado igual...” agregó con sensual susurro.
Con movimientos dignos de un gato, Ignis se libró del agarre de Ben, sin darle
tiempo a éste de reaccionar. Enseguida, golpeó al empresario en la nuca con
ambos puños. Tan fuerte fue el impacto, que Ben quedó en el suelo sin sentido.
“¿Quieres divertirte?... Bien, vamos a divertirnos” musitó con una daga en la
mano.
Ya era hora de comer y qué
mejor, pensó Malu, que visitar el restaurante que estaba cerca de su
departamento. No era la comida tan natural al igual que en otros lados, pero al
menos tenía buen sabor y era seguro que no se enfermaría del estómago. De
doctores y enfermeras había escuchado maravillas de ese restaurante y no quería
ser la única en no haber ido aún. Afortunadamente, el sitio no era tan lujoso
ni tan caro, así que no habría problema por el dinero. Tampoco gastaba tanto,
tenía todo lo básico y no era del tipo de persona que comprara cosas que en
realidad no necesitaba. Quizá, en lo más que gastaba, era en libros,
instrumentos para sus prácticas y programas para su computadora. Lo demás era
puro lujo innecesario, según su forma de pensar. El punto era, ciertamente, que
tenía bastante dinero ahorrado para cualquier emergencia. También pensaba
comprarse un auto, pero era para cuando dejara esa ciudad, dentro de ésta, si
había algo sofocante, era ser atrapado por el tráfico sin distinguir hora. Ya
instalada en una mesa de la esquina, se contentó con ver la televisión de la
barra de bebidas. Había una película, muy mala, por cierto, pero los meseros y
comensales estaban más interesados en las curvas de las protagonistas que en su
actuación. Para qué mentir, ella también quedó embobada un par de minutos por
una rubia actriz. Interrumpimos éste programa para informar que el
presidente de TRON SYSTEMS ha sido encontrado muerto en su oficina...
Ignis andaba sobre su
motocicleta, bastante contenta de tener ya su dinero y de haber librado a
pobres secretarias y a la infeliz señora Star de ese maldito pervertido. Su
última intención al llegar ahí fue matarlo, pues le prometía sencillos y
millonarios trabajos. Anteriormente, notaba lo malhablado que era con su mujer al
llamarle por teléfono, o la inquisidora y a la vez lasciva mirada que enviaba a
las chicas del edificio. Por lo que pudo adivinar, a ninguna le agrada en lo
absoluto ese “bastardo”, como solían llamarle en los baños de mujeres. Darle su
merecido a un tipejo como él nunca fue tan sencillo. El mismo Ben le citó en
secreto, desconectó las cámaras y micrófonos de seguridad con la idea de que
nadie descubriera a Ignis, y le facilitó la entrada y salida por una de las
rutas de emergencia. Fue un verdadero torpe, en el momento en que Ignis le
cortaba la lengua, seguramente, deseó que los guardias le vieran por los
monitores y le auxiliaran. Luchó por omitir una carcajada al recordar que Ben
rogaba porque dejara de torturarle, a lo que la joven asesina sencillamente
contestó que si él hacía caso a esa misma petición cuando se divertía con las
mujeres a las que lograba atrapar. Eso también lo sabía de buena fuente, que
Ben era un maldito sádico pervertido pese a su galante rostro de actor. Sabía
que, por culpa de él, mujeres de bien y simples prostitutas eran encontradas
muertas en hoteles de tercera. Pronto se olvidó de ese infeliz y optó por ir a
comer algo.
... según informes
preliminares, el cadáver de Ben Star muestra marcas de tortura, fue mutilado de
varias partes del cuerpo y le dieron el tiro de gracia con una pistola Mágnum
de la que aún no determinan el calibre. Según los peritos, éste crimen podría
ser obra del criminal conocido como “Asesino de asesinos”... “¿Asesino de
asesinos?” se preguntó Malu en voz baja mientras un mesero le llevaba un
guisado de carne con ensalada. “¿Usted es nueva por aquí, verdad?” preguntó el
mesero de repente, Malu le miró y asintió con la cabeza, “el Asesino de
asesinos mata, mejor dicho, masacra, a otros delincuentes... narcotraficantes,
secuestradores, políticos... Para muchos es un criminal muy peligroso, para
otros, es un héroe...” “Ah, vaya... ¿y ese Ben Star era peligroso o algo así?”
“Todos sospechan que él fue el que ordenó el asesinato del antiguo presidente
de la compañía...” La joven estudiante quedó pensativa ante eso. Se dedicó a su
comida después de intercambiar algunas palabras más con el mesero. No imaginó
que pudiese existir semejante personaje en un sitio como ese, aunque, bueno,
era de esperarse que alguien, harto de la situación, había decidido tomar la
justicia en sus manos. Ella era la menos indicada de enjuiciar esas cosas, no
pertenecía a ese sitio y en un par de años se iría de ahí, no tenía porqué
acoplarse del todo, sólo lo suficiente para sobrevivir el tiempo que le
restaba. Pronto, el flash informativo terminó y la mala película con chicas
lindas siguió transmitiéndose.
Tenía suficiente comida en
casa, pero quería gastar algo del dinero de su paga y no encontraba nada que le
convenciera. Las hamburguesas le provocaban náuseas, las salchichas de los hot
dogs tenían un sabor muy raro y las pizzas nunca le gustaron. Optó por un
poco de pan y dejó estacionada la motocicleta frente a una concurrida panadería
del centro. Por lo menos eso sabía mejor, además de que, para variar, tomaría
algo de delicioso y relajante café de grano extranjero que tanto le gustaba. A
mitad de la acera, una pequeña que corría chocó de frente con Ignis, dándose un
buen golpe y cayendo de sentón; accidente que le hizo soltar un globo rojo que
tenía en su mano. La joven asesina, con su flemático gesto, atrapó el globo y
se lo dio a la pequeña una vez que se levantó. “¡Ah, muchas gracias!” exclamó
la niña, Ignis sencillamente asintió con la cabeza y miró de reojo a la pareja
que, supuso, eran sus padres; y estos también le agradecieron el gesto. Sin
hacer nada más entró a la panadería y se dedicó a sus compras. Agradeció que la
niña no haya chocado más fuerte o se hubiera roto la nariz con la gabardina.
Estaba hecha de un material sintético que reflejaba los rayos láser, debajo,
tenía placas de cerámica cubiertas de una aleación metálica que impedía el paso
de las balas y, encima de todo, una malla que se burlaba de los detectores en
las entradas. Una prenda bastante pesada. Y, mientras compraba su pan, un par
de calles más adelante, un motociclista secuestraba a la pequeña del globo.
Por lo que podía ver, ya
nada sorprendía a la gente, tal vez, sólo ese “Asesino de asesinos” que se
encargaba de matar a los verdaderos criminales. Al principio, notó que todos
parecieron molestos cuando la película
fue interrumpida, y después, al escuchar al que podría ser el culpable,
parecieron un poco más interesados. “Vaya héroe...” musitó al salir del
restaurante. Realmente no sabía qué pensar, así que mejor optó por regresar a
casa y repasar algunos libros y apuntes. Ocupar su mente en los estudios le
ayudaba a olvidarse en qué sitio estaba viviendo. Apresuró el paso a fin de
llegar rápido, no le gustaba del todo quedarse fuera hasta tarde si no era tan
necesario, además, ya no tenía nada más interesante qué hacer, seguía sin
amistades formales y, hasta el momento, las relaciones con sus compañeros de
clase eran meramente protocolo escolar. No lograba encajar en ningún grupo, ni
siquiera con los verdaderos intelectuales del instituto. Dejó de lado aquella
lucha por la aceptación y se dedicó a lo suyo, descubriendo que era más cómodo
hacer las cosas por su cuenta que esperar a los que se dedicaban a holgazanear.
Por esa misma razón seguía sin pareja. Pese a ser una chica linda y amable, su
aspecto simple y poco llamativo le hacía pasar desapercibida y parecer poco
interesante. “No tengo tiempo para
eso...” murmuró con una mano en la sien. Alzó la vista para ver el contaminado
cielo y notó, entre un par de edificios cancerosos, un pequeño punto rojo, un
globo, que se alejaba con el aire.
Ignis ya estaba en casa, tal
cual lo planeado, comiendo el pan dulce y bebiendo un poco de café negro.
Escuchaba uno de sus discos a volumen no muy alto, a fin de poder escuchar
también lo que ocurría en la calle. No era muy fanática de la radio, y menos de
la televisión, realmente no había nada en los medios que valiera la pena ver o
escuchar, ni siquiera las noticias. Los periódicos realmente no se quedaban
atrás. Afuera sonó la sirena de una patrulla, estaba muy cerca, Ignis se asomó
por la ventana, no tan preocupada, lo único que la policía sabía de ella era de
su oficio de caza recompensas... al igual que decenas de personas más en la
ciudad. La distancia entre la joven asesina y la policía estaba bien demarcada,
la primera jamás se metía en el camino de estos últimos, al menos no
abiertamente. Incluso, la policía le pedía ayuda cuando los criminales estaban
muy bien escondidos o cuando se trataban de personas “intocables” ya fuera por
su puesto o condición social. Al menos podía presumir de conocer a unos cuantos
policías con buenas intenciones, los otros se vendían al mejor postor. Por
suerte, nadie conocía su otra identidad: la Asesina de asesinos. En esos casos
no actuaba mas que por propia convicción, el hecho de deshacerse de aquellos
que en realidad merecían morir de la misma forma en que mataban. Hacer eso le
causaba una increíble sensación de satisfacción. “Ya se fueron...” murmuró,
cerrando la cortina de la ventana, por lo que dedujo, sólo patrullaban.
Era de noche de nueva cuenta
y Malu ya estaba en el hospital, atendía a un viejo mendigo que había sido
encontrado con una sobredosis de droga. Pequeños hospitales habían rechazado al
viejo, pero, al llegar al Central, uno de los pocos doctores con buenas
intenciones acogió al hombre y le pidió a Malu que le hiciera un chequeo, una
limpia general y le suministrara suero. Por supuesto que estuvo muy contenta de
hacer esa labor, era mejor que atender a señoras de dinero que iban al doctor
hasta por un simple dolor de cabeza y que eran muy groseras y altaneras. Malu
trataba a todos con amabilidad, pero no le gustaba tratar a ese tipo de
personas, mucho menos, a los malcriados hijos de esas señoras. “Es muy amable,
señorita” le dijo el viejo con una débil sonrisa. “Si sabe que eso le hace
daño, ¿porqué consume esas drogas?” “No puedo conseguir comida, señorita, tengo
muy poco dinero y las drogas son muy baratas y me quitan el hambre y la sed...”
explicó. Malu no supo qué responder ante eso. “Pero creo que hoy me vendieron
una muy fuerte...” “No se preocupe, estará bien en poco tiempo, descanse e
intente dejar esas drogas, mejor trate de trabajar en algo sencillo y que le
deje un poco más de dinero.” El viejo soltó una débil risa, “Usted es la
primera persona en decirme algo así... sólo por eso, voy a hacer lo que me
dice...” Ahora fue Malu la que sonrió. Terminó el chequeo y dejó dormir al
hombre. Suspiró de manera callada al salir de la habitación.