El humo del
cigarro dibujaba curiosas figuras en el aire, sencillamente se contentaba con
ver esos dibujos desvanecerse y crear más para que compartieran la misma suerte
que sus antecesoras. Un trago a su cerveza, ya algo tibia por el tiempo de
espera, le quitó el sabor del tabaco y quién sabe cuántos químicos más de la
lengua. Consultó su reloj de nueva cuenta y supo que ya estaba a pocos minutos
de desvanecer la existencia de alguien más, como lo hacían las figuras de humo
frente a ella. Con una última inhalación, privó de vida al cigarro y, con un
último trago, vació el tarro de cristal mal aseado por el cantinero. Dejó con
gesto indiferente algunos billetes en la barra y se levantó del asiento con
cierta prisa. Varias fueron las miradas que le siguieron al salir. Pese a no
ser temporada, afuera llovía con intensidad, gotas pequeñas y afiladas le
hirieron el rostro una vez que abandonó la relativa seguridad del bar. Consultó
su reloj una vez más y no habían pasado más que unos cuantos segundos desde el
último chequeo. Se llevó ambas manos a los bolsillos de su gabardina mientras
caminaba, todavía con prisa, por la calle. Mentalmente repasaba el plan a
seguir, a pesar de que eran maniobras demasiado rutinarias y sencillas para
ella. Le tomó un par de minutos llegar al lugar desde donde tenía pensado poner
su plan en marcha. Enseguida se escondió entre las sombras que le otorgaba un
callejón tan solitario como sus alrededores.
No parecía
olvidar nada: documentos, un discreto bolso, su bata y algo de comida... Seguía
enfermándose del estómago por culpa de la comida del hospital y prefería llevar
sus propios alimentos. No sabía si su estómago era el delicado o era la comida
tan mala como lo alegaban los pacientes. Nunca había pisado la cocina del hospital
y tenía planeado hacerlo uno de esos días. Sospechaba que, en verdad, los
alimentos no eran buenos. Sin embargo, ya no se podía encontrar nada fresco y
saludable en esos días, al menos no en esa ciudad. Ya era mínimo el oxígeno que
se respiraba ahí, todo era procesado, la gente sufría de obesidad y
desnutrición, además de una especie de histeria colectiva. La razón por la que
no se iban, era por esa vida engañosa de lujos que dejaba un trabajo en
cualquier empresa de ahí. Constantemente pensaba que estaba en el sitio
equivocado, su vocación era la medicina, pero hasta los doctores de ahí estaban
corrompidos por el dinero y las influencias de unos pocos. Unos cuantos
billetes eran la diferencia entre un buen trato y la negligencia de los
doctores. Ella no quería ser así, su deseo era ayudar a las personas con el
corazón y sus conocimientos, no con el dinero como estímulo. Pronto se vio
caminando por las vacías calles que separaban su departamento del hospital.
Quizá, lo único que agradecía en ese momento, era vivir cerca de su trabajo...
el peligro de la calle disminuía considerablemente gracias a la cercanía. Sin
embargo, caminar a paso veloz siempre era buena idea.
Un disparo hizo
hueco eco una vez que abandonó su lugar de reposo, impactándose en la desprevenida
frente de un hombre en el asiento trasero de una limusina negra. El vehículo
frenó de golpe y dos enormes guardaespaldas salieron de éste con sus armas en
mano, buscando con su mirada tras cristales negros al culpable. Pero, no vieron
a nadie en los alrededores, un francotirador seguramente. Era raro que alguien
usara balas en esos tiempos, donde pistolas láser eran las predilectas de
cualquier maleante de la ciudad. Aunque aquello tenía bastante sentido, ya que los vidrios solamente podían detener
un arma láser y no se pensaba en la solidez y precisión de un arma de fuego...
cosa aparentemente inservible en esos días. La culpable del homicidio ya estaba
de regreso en la entrada del bar, titiritando un poco por el frío que se había
impregnado en la lluvia. Justo frente al establecimiento estaba estacionada su
motocicleta, que se hallaba perfectamente protegida por una lona plástica que
le cubría hasta las llantas. A los pocos minutos, el ronroneo eterno de un
motor rompía la quietud de la noche, apocando ligeramente el caer de las frías
gotas. Iría a cobrar pago, mejor dicho, la mitad que aún se le debía; en cuanto
amaneciera. A manera de alivio, el arma recién disparada le otorgaba un poco de
calor bajo la gabardina. Pronto llegó a un edificio derruido por el smog y que,
sin embargo, era de lo mejor que se podía encontrar en la periferia de la
ciudad. Vivir en el centro la dejaría expuesta a venganzas y ajustes de
cuentas.
El repentino
alboroto en la sala de emergencias llamó la atención de Malu, que en ese
momento acababa de llegar al hospital y no había dado más que cinco o seis
pasos. Corrió hasta la camilla que era empujada por paramédicos y enfermeras y
la escena no le sorprendió del todo: uno de los empresarios más importantes de
la ciudad, cuyo nombre no pudo recordar en ese momento, dueño de una compañía
de programas de software; tenía un tremendo boquete en la frente, un perfecto y
centrado tiro había terminado con su existencia. Daba la impresión de haber
tenido el arma a sólo unos cuantos centímetros de su rostro pero, de haber sido
así, el orificio hubiera sido más grande. Sospechaba que algún francotirador,
con demasiada puntería, le había matado desde lejos sin mayor problema. El
empresario murió al instante y nadie tenía la más mínima idea de quién podría
ser el culpable. Poco a poco se acostumbraba a oír relatos tétricos sobre
traiciones por poder, era probable que alguna compañía de la competencia le
había mandado a matar, y también existía la posibilidad de que alguno de la
misma compañía del occiso fuera responsable. Sin embargo, aún le calaba en el
corazón saber que muchas personas eran capaces de matar por poder y por dinero,
de caer en vicios y seguir el camino fácil hacia la cima. Quizá era esa
mentalidad suya la que le impedía acoplarse al nuevo sitio. No tenía más que un
par de meses de haberse mudado ahí y ya había presenciado muchas de las bajezas
que alguien era capaz de hacer... y sospechaba que aún le faltaba mucho por
descubrir. No estaba muy segura de querer conocer ese universo. El pasillo
pronto quedó en calma nuevamente, permitiéndole ir con el director en turno
para que le asignara el trabajo de esa noche.
Su arma no
era la única reliquia que ella usaba de manera activa. Tenía un antiguo pero
cuidado tornamesa que combinaba con los llamados acetatos, enorme y gruesos
discos negros que cuidaba como a su vida. Gustaba de poner un poco de Rock
& Roll de antaño al llegar de trabajar... nada comparado con la basura que
se escuchaba actualmente... Y esa noche no fue la excepción al caso. Quizá, lo
único de vanguardia en su pequeño mundo eran algunas cosas de su equipo de
trabajo, que incluía una pequeña arma láser de gran valor sentimental; sin
contar que estaba totalmente personalizada, un arma que únicamente ella podía usar.
Fuera de eso, le era de agrado lo de antaño, o “lo clásico” como ella
usualmente prefería decir. Todos estaban protegidos contra lo más moderno,
olvidándose de las bases y raíces de la tecnología y, por lo tanto, descuidando
esos flancos. Fácilmente fabricaba bombas en su propia cocina, sin preocuparse
de los detectores a la entrada de cada
lugar de la ciudad. Y, mientras una canción inundaba el cuarto, la asesina se
contentaba con cenar algo enlatado de sabor aceptable acompañada de una cerveza
fría. Su departamento era cálido y cómodamente elegante: una cama amplia donde
dormía a sus anchas, una mesa antigua e invaluable que servía por igual de
comedor y de cómoda, una pequeña estufa de dos flamas, una alacena, un pequeño
refrigerador, un escritorio con sus instrumentos de trabajo y una pequeña
computadora, su tornamesa (también conocido como tocadiscos) en una esquina con
las bocinas estratégicamente colocadas, un mueble junto a su cama, un modesto
guardarropa del otro lado y un baño con regadera y el retrete. Sin embargo,
todo podía parecer muy poco, tomando en cuenta lo que iba a cobrar en cuanto
saliera el sol.
Por fin podía
regresar a casa... había terminado su turno, que tan sólo era de algunas horas.
Todavía tenía que levantarse para ir a clases en la Universidad de Medicina,
que era propiedad del mismo hospital y que, corrupto o no, tenía uno de los
programas de estudio más reconocidos en el ámbito mundial, además de novedosos
métodos de cirugía con láser. En cuanto a farmacéutica, tenían medicinas que
eran literalmente milagrosas, desde detener un simple dolor de cabeza, hasta
calmar los malestares ocasionado después de alguna operación. Ciertamente, no
todo era tan bueno como los panfletos lo dibujaban, lo supo al llegar ahí
después de que la Universidad de Medicina le otorgara una beca por su gran
desempeño académico. Sin embargo, no podía abandonar la oportunidad de estudiar
en esa escuela, iba a aprender tantas cosas, en ese momento estaba
aprendiéndolas, que no quería renunciar. Algún día tenía que conocer un mundo
como ese, y daba igual que fuera en ese momento o en un futuro cercano o
lejano. Abrió la puerta de su pequeño departamento y entró arrastrando los
pasos. Estaba cansada y necesitaba dormir bien antes de ir a clases.
Afortunadamente, ella podía descansar bien durmiendo solamente cuatro o cinco
horas, su sueño era tan profundo que ni las continuas explosiones en los
barrios cercanos podían despertarla. Además, salía de clases alrededor de las
tres de la tarde y podía descansar otro rato mientras estudiaba o hacía tareas.
Dejó sus cosas tiradas al pie de su cama y se dejó caer sobre el suave colchón,
que era lo único que le daba una cómoda bienvenida al llegar del trabajo. Era
de esperarse que su vida social fuera casi inexistente, pero eran gajes del
oficio, como ella solía llamarles.
El sol, bien
que mal, salió y dio un poco de luz sobre la gran ciudad, siendo el astro rey
el único que lograba penetrar a la guarida de la asesina sin que ésta se
molestase. Un tragaluz en el techo daba la sensación de luz celestial
alumbrándole en su cama pero, ciertamente, nada de celestial tenía el cuadro
conociendo a esa chica, y sabiendo que bajo la almohada tenía su arma láser,
lista para evitar a otros intrusos que no fuera el sol como en ese momento.
Sintió la luz sobre los párpados y, desganadamente, se levantó... por estar
escuchando música hasta altas horas de la madrugada, no pudo dormir muy bien.
Se frotó los ojos con ambas manos y se puso de pie, estirándose para terminar
de desperezarse. “Ay, Ignis, sólo a ti se te ocurre desvelarte así...” se dijo
así misma entre un sonoro bostezo, “ya no lo vuelvo a hacer...” Otro bostezo y
pronto se puso de pie, desnudándose casi al instante para darse un regaderazo
rápido. Camino al baño, encendió una pequeña radio con despertador para
escuchar las noticias... según guardaespaldas del presidente de “TRON
SYSTEMS”, no vieron a nadie cerca de la zona, por lo que todos sospechan que el
asesino fue un francotirador. Las autoridades dicen que van a investigar hasta
dar con la identidad del asesino y descubrir para quién trabaja... En otras
noticias, el vicepresidente de TRON SYSTEMS, Ben Star, acaba de asumir el cargo
principal de la compañía, prometiendo seguir con el buen trabajo de su
antecesor y descubrir a los culpables de tan horrible crimen... “Eres un
maldito desgraciado, Ben... mira que decir esa sarta de estupideces...” dijo la
joven asesina al escuchar las noticias. “Pero... en fin... mientras me pagues
lo acordado, je...”
Apenas salía
de clases y, gracias a que no tenía ninguna tarea por ese día, se sentía
bastante relajada y contenta. Ya necesitaba darse un pequeño descanso
vespertino, por lo menos paseando por las concurridas calles de la zona
comercial de la ciudad. Había cosas muy diversas y curiosas para ver, desde los
vestidos más ridículos que había visto en su vida, hasta artículos importados
desde los más lejanos y exóticos países. Buscaba algo bonito para comprarse,
cualquier cosa, siempre y cuando no fuera algo demasiado tentador para los criminales...
se conformaba con algo sencillo, incluso poco costoso... Por esa razón, se puso
a explorar todas las tiendas de curiosidades en busca del primer objeto que
llamara su atención. Mientras caminaba, trataba de ignorar el aire pesado y las
libidinosas miradas de algunos viejos bien vestidos. Ella sabía que todas las
cosas tenían al menos un lado bueno, hermoso... no todo podía ser tan malo, ni
tampoco demasiado bueno, ciertamente; pero algo de bueno debía encontrar en tan
engañoso sitio, además de la alta tecnología que hacía la vida más sencilla de
cualquier persona. Pronto vio algo que le impidió apartar la vista a otro
lugar... algo en un aparador de una pequeña tienda de joyería y curiosidades...
Era un dije de madera con dos cadenas de hilo grueso color café... fue el dije
el que más le gustó, pues tenía la forma de un corazón partido por la mitad,
pero aún unido por las partes alta y baja, y cada mitad tenía un hilo. Dos
dijes en uno. Entró a la tienda y preguntó por el artículo en cuestión. “Por
fin me desharé de él” le dijo el tendero con una retorcida sonrisa, “Sólo por
eso se lo daré a mitad de precio, señorita. Se supone que debe darle la mitad
de ese corazón a su pareja con una foto suya y viceversa.” “Oh... entiendo”
Malu pareció maravillada, “me lo llevo.”