PARTE UNO

 

 

 

El humo del cigarro dibujaba curiosas figuras en el aire, sencillamente se contentaba con ver esos dibujos desvanecerse y crear más para que compartieran la misma suerte que sus antecesoras. Un trago a su cerveza, ya algo tibia por el tiempo de espera, le quitó el sabor del tabaco y quién sabe cuántos químicos más de la lengua. Consultó su reloj de nueva cuenta y supo que ya estaba a pocos minutos de desvanecer la existencia de alguien más, como lo hacían las figuras de humo frente a ella. Con una última inhalación, privó de vida al cigarro y, con un último trago, vació el tarro de cristal mal aseado por el cantinero. Dejó con gesto indiferente algunos billetes en la barra y se levantó del asiento con cierta prisa. Varias fueron las miradas que le siguieron al salir. Pese a no ser temporada, afuera llovía con intensidad, gotas pequeñas y afiladas le hirieron el rostro una vez que abandonó la relativa seguridad del bar. Consultó su reloj una vez más y no habían pasado más que unos cuantos segundos desde el último chequeo. Se llevó ambas manos a los bolsillos de su gabardina mientras caminaba, todavía con prisa, por la calle. Mentalmente repasaba el plan a seguir, a pesar de que eran maniobras demasiado rutinarias y sencillas para ella. Le tomó un par de minutos llegar al lugar desde donde tenía pensado poner su plan en marcha. Enseguida se escondió entre las sombras que le otorgaba un callejón tan solitario como sus alrededores.

 

No parecía olvidar nada: documentos, un discreto bolso, su bata y algo de comida... Seguía enfermándose del estómago por culpa de la comida del hospital y prefería llevar sus propios alimentos. No sabía si su estómago era el delicado o era la comida tan mala como lo alegaban los pacientes. Nunca había pisado la cocina del hospital y tenía planeado hacerlo uno de esos días. Sospechaba que, en verdad, los alimentos no eran buenos. Sin embargo, ya no se podía encontrar nada fresco y saludable en esos días, al menos no en esa ciudad. Ya era mínimo el oxígeno que se respiraba ahí, todo era procesado, la gente sufría de obesidad y desnutrición, además de una especie de histeria colectiva. La razón por la que no se iban, era por esa vida engañosa de lujos que dejaba un trabajo en cualquier empresa de ahí. Constantemente pensaba que estaba en el sitio equivocado, su vocación era la medicina, pero hasta los doctores de ahí estaban corrompidos por el dinero y las influencias de unos pocos. Unos cuantos billetes eran la diferencia entre un buen trato y la negligencia de los doctores. Ella no quería ser así, su deseo era ayudar a las personas con el corazón y sus conocimientos, no con el dinero como estímulo. Pronto se vio caminando por las vacías calles que separaban su departamento del hospital. Quizá, lo único que agradecía en ese momento, era vivir cerca de su trabajo... el peligro de la calle disminuía considerablemente gracias a la cercanía. Sin embargo, caminar a paso veloz siempre era buena idea.

 

Un disparo hizo hueco eco una vez que abandonó su lugar de reposo, impactándose en la desprevenida frente de un hombre en el asiento trasero de una limusina negra. El vehículo frenó de golpe y dos enormes guardaespaldas salieron de éste con sus armas en mano, buscando con su mirada tras cristales negros al culpable. Pero, no vieron a nadie en los alrededores, un francotirador seguramente. Era raro que alguien usara balas en esos tiempos, donde pistolas láser eran las predilectas de cualquier maleante de la ciudad. Aunque aquello tenía bastante sentido,  ya que los vidrios solamente podían detener un arma láser y no se pensaba en la solidez y precisión de un arma de fuego... cosa aparentemente inservible en esos días. La culpable del homicidio ya estaba de regreso en la entrada del bar, titiritando un poco por el frío que se había impregnado en la lluvia. Justo frente al establecimiento estaba estacionada su motocicleta, que se hallaba perfectamente protegida por una lona plástica que le cubría hasta las llantas. A los pocos minutos, el ronroneo eterno de un motor rompía la quietud de la noche, apocando ligeramente el caer de las frías gotas. Iría a cobrar pago, mejor dicho, la mitad que aún se le debía; en cuanto amaneciera. A manera de alivio, el arma recién disparada le otorgaba un poco de calor bajo la gabardina. Pronto llegó a un edificio derruido por el smog y que, sin embargo, era de lo mejor que se podía encontrar en la periferia de la ciudad. Vivir en el centro la dejaría expuesta a venganzas y ajustes de cuentas.

 

El repentino alboroto en la sala de emergencias llamó la atención de Malu, que en ese momento acababa de llegar al hospital y no había dado más que cinco o seis pasos. Corrió hasta la camilla que era empujada por paramédicos y enfermeras y la escena no le sorprendió del todo: uno de los empresarios más importantes de la ciudad, cuyo nombre no pudo recordar en ese momento, dueño de una compañía de programas de software; tenía un tremendo boquete en la frente, un perfecto y centrado tiro había terminado con su existencia. Daba la impresión de haber tenido el arma a sólo unos cuantos centímetros de su rostro pero, de haber sido así, el orificio hubiera sido más grande. Sospechaba que algún francotirador, con demasiada puntería, le había matado desde lejos sin mayor problema. El empresario murió al instante y nadie tenía la más mínima idea de quién podría ser el culpable. Poco a poco se acostumbraba a oír relatos tétricos sobre traiciones por poder, era probable que alguna compañía de la competencia le había mandado a matar, y también existía la posibilidad de que alguno de la misma compañía del occiso fuera responsable. Sin embargo, aún le calaba en el corazón saber que muchas personas eran capaces de matar por poder y por dinero, de caer en vicios y seguir el camino fácil hacia la cima. Quizá era esa mentalidad suya la que le impedía acoplarse al nuevo sitio. No tenía más que un par de meses de haberse mudado ahí y ya había presenciado muchas de las bajezas que alguien era capaz de hacer... y sospechaba que aún le faltaba mucho por descubrir. No estaba muy segura de querer conocer ese universo. El pasillo pronto quedó en calma nuevamente, permitiéndole ir con el director en turno para que le asignara el trabajo de esa noche.

 

Su arma no era la única reliquia que ella usaba de manera activa. Tenía un antiguo pero cuidado tornamesa que combinaba con los llamados acetatos, enorme y gruesos discos negros que cuidaba como a su vida. Gustaba de poner un poco de Rock & Roll de antaño al llegar de trabajar... nada comparado con la basura que se escuchaba actualmente... Y esa noche no fue la excepción al caso. Quizá, lo único de vanguardia en su pequeño mundo eran algunas cosas de su equipo de trabajo, que incluía una pequeña arma láser de gran valor sentimental; sin contar que estaba totalmente personalizada, un arma que únicamente ella podía usar. Fuera de eso, le era de agrado lo de antaño, o “lo clásico” como ella usualmente prefería decir. Todos estaban protegidos contra lo más moderno, olvidándose de las bases y raíces de la tecnología y, por lo tanto, descuidando esos flancos. Fácilmente fabricaba bombas en su propia cocina, sin preocuparse de los detectores  a la entrada de cada lugar de la ciudad. Y, mientras una canción inundaba el cuarto, la asesina se contentaba con cenar algo enlatado de sabor aceptable acompañada de una cerveza fría. Su departamento era cálido y cómodamente elegante: una cama amplia donde dormía a sus anchas, una mesa antigua e invaluable que servía por igual de comedor y de cómoda, una pequeña estufa de dos flamas, una alacena, un pequeño refrigerador, un escritorio con sus instrumentos de trabajo y una pequeña computadora, su tornamesa (también conocido como tocadiscos) en una esquina con las bocinas estratégicamente colocadas, un mueble junto a su cama, un modesto guardarropa del otro lado y un baño con regadera y el retrete. Sin embargo, todo podía parecer muy poco, tomando en cuenta lo que iba a cobrar en cuanto saliera el sol.

 

Por fin podía regresar a casa... había terminado su turno, que tan sólo era de algunas horas. Todavía tenía que levantarse para ir a clases en la Universidad de Medicina, que era propiedad del mismo hospital y que, corrupto o no, tenía uno de los programas de estudio más reconocidos en el ámbito mundial, además de novedosos métodos de cirugía con láser. En cuanto a farmacéutica, tenían medicinas que eran literalmente milagrosas, desde detener un simple dolor de cabeza, hasta calmar los malestares ocasionado después de alguna operación. Ciertamente, no todo era tan bueno como los panfletos lo dibujaban, lo supo al llegar ahí después de que la Universidad de Medicina le otorgara una beca por su gran desempeño académico. Sin embargo, no podía abandonar la oportunidad de estudiar en esa escuela, iba a aprender tantas cosas, en ese momento estaba aprendiéndolas, que no quería renunciar. Algún día tenía que conocer un mundo como ese, y daba igual que fuera en ese momento o en un futuro cercano o lejano. Abrió la puerta de su pequeño departamento y entró arrastrando los pasos. Estaba cansada y necesitaba dormir bien antes de ir a clases. Afortunadamente, ella podía descansar bien durmiendo solamente cuatro o cinco horas, su sueño era tan profundo que ni las continuas explosiones en los barrios cercanos podían despertarla. Además, salía de clases alrededor de las tres de la tarde y podía descansar otro rato mientras estudiaba o hacía tareas. Dejó sus cosas tiradas al pie de su cama y se dejó caer sobre el suave colchón, que era lo único que le daba una cómoda bienvenida al llegar del trabajo. Era de esperarse que su vida social fuera casi inexistente, pero eran gajes del oficio, como ella solía llamarles.

 

El sol, bien que mal, salió y dio un poco de luz sobre la gran ciudad, siendo el astro rey el único que lograba penetrar a la guarida de la asesina sin que ésta se molestase. Un tragaluz en el techo daba la sensación de luz celestial alumbrándole en su cama pero, ciertamente, nada de celestial tenía el cuadro conociendo a esa chica, y sabiendo que bajo la almohada tenía su arma láser, lista para evitar a otros intrusos que no fuera el sol como en ese momento. Sintió la luz sobre los párpados y, desganadamente, se levantó... por estar escuchando música hasta altas horas de la madrugada, no pudo dormir muy bien. Se frotó los ojos con ambas manos y se puso de pie, estirándose para terminar de desperezarse. “Ay, Ignis, sólo a ti se te ocurre desvelarte así...” se dijo así misma entre un sonoro bostezo, “ya no lo vuelvo a hacer...” Otro bostezo y pronto se puso de pie, desnudándose casi al instante para darse un regaderazo rápido. Camino al baño, encendió una pequeña radio con despertador para escuchar las noticias... según guardaespaldas del presidente de “TRON SYSTEMS”, no vieron a nadie cerca de la zona, por lo que todos sospechan que el asesino fue un francotirador. Las autoridades dicen que van a investigar hasta dar con la identidad del asesino y descubrir para quién trabaja... En otras noticias, el vicepresidente de TRON SYSTEMS, Ben Star, acaba de asumir el cargo principal de la compañía, prometiendo seguir con el buen trabajo de su antecesor y descubrir a los culpables de tan horrible crimen... “Eres un maldito desgraciado, Ben... mira que decir esa sarta de estupideces...” dijo la joven asesina al escuchar las noticias. “Pero... en fin... mientras me pagues lo acordado, je...”

 

Apenas salía de clases y, gracias a que no tenía ninguna tarea por ese día, se sentía bastante relajada y contenta. Ya necesitaba darse un pequeño descanso vespertino, por lo menos paseando por las concurridas calles de la zona comercial de la ciudad. Había cosas muy diversas y curiosas para ver, desde los vestidos más ridículos que había visto en su vida, hasta artículos importados desde los más lejanos y exóticos países. Buscaba algo bonito para comprarse, cualquier cosa, siempre y cuando no fuera algo demasiado tentador para los criminales... se conformaba con algo sencillo, incluso poco costoso... Por esa razón, se puso a explorar todas las tiendas de curiosidades en busca del primer objeto que llamara su atención. Mientras caminaba, trataba de ignorar el aire pesado y las libidinosas miradas de algunos viejos bien vestidos. Ella sabía que todas las cosas tenían al menos un lado bueno, hermoso... no todo podía ser tan malo, ni tampoco demasiado bueno, ciertamente; pero algo de bueno debía encontrar en tan engañoso sitio, además de la alta tecnología que hacía la vida más sencilla de cualquier persona. Pronto vio algo que le impidió apartar la vista a otro lugar... algo en un aparador de una pequeña tienda de joyería y curiosidades... Era un dije de madera con dos cadenas de hilo grueso color café... fue el dije el que más le gustó, pues tenía la forma de un corazón partido por la mitad, pero aún unido por las partes alta y baja, y cada mitad tenía un hilo. Dos dijes en uno. Entró a la tienda y preguntó por el artículo en cuestión. “Por fin me desharé de él” le dijo el tendero con una retorcida sonrisa, “Sólo por eso se lo daré a mitad de precio, señorita. Se supone que debe darle la mitad de ese corazón a su pareja con una foto suya y viceversa.” “Oh... entiendo” Malu pareció maravillada, “me lo llevo.”

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