CORAZÓN DEL CIELO
Por: Escarlata
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PARTE 3 Encuentro
casual
Hechicera y
amazona ya llevaban varios días de viajes, ambas montadas sobre la yegua de
ésta última, aunque con paso moderado, a manera de no perder nada de vista.
Ambas habían recibido las mismas palabras de advertencia: encontrar la Piedra
del Centro de la tierra no eran nada sencillo, tenían que preguntar e insistir
a los que posiblemente podían saber sobre ella.
El siguiente reino estaba a tan
sólo mediodía y en verdad era un sitio grande y concurrido, era seguro que ahí
encontrarían alguna información y, además, podrían abastecerse de víveres. Su
problema de comida era básicamente el gran apetito de la amazona... jamás
parecía llenarse... y, por si fuera poco, estaba tan delgada como una vara. El
verbo “engordar” no existía para ella. Por otro lado, la hechicera cuidaba
demasiado su dieta y solía despreciar la comida que no le parecía del todo
“saludable”...
La rubia hechicera pronto dio a
conocer su particular carácter: refinado, con poco interés a las cosas
“vulgares”, y una delicadeza que diría a cualquiera que ella pertenecía a la
realeza y no a un respetable linaje de hechiceros. Mai, por lo contrario,
gustaba de experimentar de todo, aunque algunas cosas no le agradasen a final
de cuentas, comía todo lo que parecía comestible y, lo que no lo parecía, algún
sabor le encontraba. Pese a eso, y a la marcada diferencia entre ambas personalidades,
pronto encontraron ciertas coincidencias que les ayudó a tolerarse y agradarse.
“Gris... ya
tengo hambre...” lloriqueó la amazona, totalmente tirada sobre el fuerte cuello
de su yegua.
“Desayunamos
hace tres horas, Mai... ¿cómo puedes decir eso?” contestó la malhumorada
hechicera, que usaba la espalda de la amazona como si de un escritorio se
tratase, para poder leer un libro de conjuros mágicos que había llevado
consigo. “Te vas a poner gorda y fea...”
“¡No me
importa!... ¡Vamos a comer algo, por favor!” gritó sin cambiar su posición y
mostrando un gesto de sufrimiento.
“¡Ay, mendiga
amazona, a éste paso jamás vamos a llegar!” le riñó Gris, cerrando su libro con
desagrado y guardándolo en su bolso.
“¡Pues no
tengo prisa!” contestó, molesta.
“¡Uy, si no
consigo mi piedra voy a transformarte en sapo!”
“¡Sapo lo
serás tú, a mi no me transformas en nada!”
Ciertamente,
se llevaban muy, pero muy bien. Todo era mero juego y jamás parecían molestarse
de verdad... les gustaba discutir, era todo. También le gustaba mucho
enfrentarse entre sí. Mai era ágil, fuerte y bastante veloz, pero la hechicera
era capaz de inmovilizar a la amazona con hechizos, o poner un escudo a fin de
evitar sus innumerables armas escondidas.
Ambas
habían hecho un radical cambio de vestimentas, y todo por lucir mejor después
de que un par de aldeanas que pasaron a su lado, dijeron que esas ropas no les
sentaban bien. Ambas, con finos oídos, escucharon aquello y cambiaron
vestimentas. Mai optó por sus ropas oscuras con rojo. Un pequeño vestido en
capaz, un top, protecciones color rojo en sus antebrazos, botas negro con rojo,
y una capa color gris y una especie de peto rojo y redondo que le protegía sólo
la parte alta de su pecho y los hombros y que sostenía la capa. Gris, por su lado,
prefirió unas vestimentas en tono azul cielo; un pantalón acampanado, zapatos
de tacón también en azul, una blusa larga con mangas igualmente acampanadas y
con un delgado cinto en su cintura; y una diadema que hacía juego al conjunto.
Ahora sí, ambas llamaban la atención, justo como les gustaba hacerlo.
Lo mejor de todo... es que...
ambas eran muy modestas...
“Vamos a
comer”
“No”
“Vamos a
comer”
“No”
“Vamos a
comer”
“¡Que no!”
A fin de cuentas acabaron
comiendo al pie de un árbol frutal...
“¿No que no
tenías hambre, Gris?” preguntó burlonamente la amazona.
“Cállate”
contestó la aludida, mordiendo con desinterés una fruta.
“¿Cuánto
crees que tardemos en llegar al siguiente pueblo?”
“Quizá...
cuando se meta el sol...”
“Para ese
entonces tendré hambre de nuevo...”
“Tú
siempre...”
Terminaron
de comer y siguieron el camino planeado, sabían que iban bien, pues varias
carretas con diversos productos se habían topado con ellas en sentido
contrario, todos con destino a otros pueblos para vender su mercancía. También
había otros que iban hacia el mismo lugar que ellas, pero llevaban más prisa y
les llevaban una buena distancia de ventaja.
Según los viajeros, pronto
llegarían a una intersección que llevaba a otros tres pueblos: Hinnter, Xahit
(su destino) y Carpus. En Xahit, según Gris, estaba una famosa escuela de
hechiceros donde planeaba ponerse a prueba. Pero en Carpus, al norte, estaba
una villa amazona que Mai debía visitar para retar a una de las amazonas.
Después de un cerrado “piedra, papel y tijeras”, Mai perdió y tenía que
conformarse con ver la pelea de Gris en Xahit, para después poder ir a Carpus.
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Joan cabalgaba a veloz trote
hacia la intersección, para decidir cuál era el mejor camino a seguir en ese
momento. No sabía si ir a Xahit a preguntar a los hechiceros, o ir a Carpus a
consultar a las poderosas amazonas. Lo dejaría al azar, de todos modos era
buena idea preguntar en ambos sitios, pues tenía conocimiento que las líderes
amazonas y los grandes maestros hechiceros tenían en su poder un fragmento de
la piedra que estaba buscando, pese a mantener eso en hermético secreto.
Pronto vio los viejos letreros
de madera de la intersección y se dibujó en sus labios carmín una alegre
sonrisa. Hasta ese momento, había visto los más maravillosos paisajes nevados
que escondía su ciudad, nunca había tenido oportunidad de verlos, y estar en
esa planicie cabalgando con el viento en contra era una deliciosa sensación de
libertad que siempre había querido experimentar. Con suaves coses hizo que
Azabache acelerara el paso, a fin de llegar cuanto antes pese a no tener prisa.
De pronto, sintió la presencia
de pesadas auras a su alrededor... eran bandidos... Detuvo lentamente el galope
de su corcel a medida que llegaba a la intersección. Por ningún momento pensó
en huir... en verdad odiaba a ese tipo de gente... Sabía que había gente que
robaba para sobrevivir, pero esos sujetos lo hacían sin ninguna necesidad, más
que satisfacer sus placeres y caprichos.
Pronto una banda completa de
bandidos le rodearon... algunos a pie y otros a caballo, armados hasta los
dientes como si Joan fuera una peligrosa amenaza.
“Hola,
preciosa, ¿quieres acompañarnos?” preguntó uno, el que parecía el jefe del
grupo, mientras recorría lascivamente el cuerpo de la princesa con la mirada.
“No,
gracias... es mejor estar sola que mal acompañada” contestó Joan con una
confiada sonrisa. “Pero si es para escoltarlos hasta el infierno, será un
placer, señores.”
“¡No te hagas
la graciosa!” contestó con molestia el jefe. “Usas ropas muy finas, eso quiere
decir que tienes mucho dinero... ¡Así que vendrás con nosotros!”
“Inténtelo,
malditos mal vivientes buenos para nada...” les retó Joan con una mueca de
burla.
“¡Maldita
mujerzuela, nadie nos habla así!”
“¡Mujerzuela
tu madre, maldito!” le contestó, ahora con molestia... Nadie la insultaba de
esa manera... jamás se lo iba a perdonar. “¡Vengan aquí si se creen muy
valientes!... ¡Sólo se pueden hacer los fuertes con mujeres, malditos
cobardes!”
No muy lejos de ahí, Mai y Gris
escucharon como si una enorme roca hubiese caído desde una gran altura... fue
un estruendo que hizo que Muskin relinchara y se levantara en sus patas
traseras de pronto, casi tirando a Gris, que tuvo que sujetarse con fuerza de
la cintura de Mai.
“¡¿Qué fue
eso!?” preguntó una alterada Gris. “¡Siento un poder enorme más adelante!”
“¡Vamos,
alguien puede estar en peligro!” exclamó Mai con repentina valentía, tomando
con fuerza las riendas de su yegua. “¡Arre!”
Grande fue su sorpresa al llegar
y ver que unos bandidos tenían rodeada a una joven de vestiduras finas... pero
eran los bandidos los que se veían en problemas... Tres de ellos flotaban en el
aire, controlados por un extraño poder proveniente de la chica sobre el corcel
negro. Mai y Gris se sorprendieron al ver que la chica hizo chocar a los bandidos contra una enorme
roca... pero el golpe fue tal, que eso fue lo que las asustó instantes antes.
La chica notó la presencia de la
hechicera y la amazona y volteó ligeramente a verles, pero casi enseguida
volvió su atención a los asustados bandidos.
“¿No que muy
valientes?” preguntó de forma burlona.
“¡Te vamos a
matar!” gritó uno de ellos por inercia, lanzando un hacha hacia la princesa,
pero Joan detuvo el hacha con sus poderes y se la regresó... Apenas si el
bandido pudo esquivar su propia arma.
“¡Eres mía!”
gritó otro, que se disponía a atacarle por la espalda, aprovechando que Joan
estaba con su compañero.
Joan
no esperaba eso... por un momento se distrajo y estuvo a punto de ser
atacada...
“¡¿Qué tu
mamá no te enseñó buenos modales?!” gritó una voz femenina, Mai, que veloz como
nadie soltó una patada al bandido y le quitó su espada. “¡No se ataca por la
espalda!”
Joan
se sorprendió de ver a la amazona... y casi enseguida, una bola de fuego pasó
por delante de ella y dio a dos bandidos que pretendían huir.
“Ahora mismo
van a aprender a respetar a las mujeres...” dijo Gris con malicia, preparando
otra bola de fuego.
“Me agrada la
idea...” dijo Joan con una amplia sonrisa, mirando a Gris con cierto contento.
La
hechicera correspondió la sonrisa y pronto, entre las tres, terminaron con esa
pelea. Joan parecía contenta de haberse encontrado con ellas... y Mai y Gris
seguían sorprendidas de los grandes poderes mentales de la chica. Las tres se reunieron
bajo la sombra de un árbol una vez que todo se volvió calma.
“¡Son muy
fuertes!” exclamó Joan de pronto, esbozando una alegre sonrisa. “Muchas gracias
por ayudarme” continuó y, de forma inconsciente, hizo una pequeña inclinación
de agradecimiento... Gris conocía ese tipo de gestos refinados... ella era...
“¡¿Eres de la
familia real de Hinnter?!” preguntó de pronto la hechicera.
Joan pareció sorprendida y
asintió con la cabeza. Mai sólo quedó con la quijada colgando por la sorpresa.
“Sí, lo soy...
¿porqué?”
“¡Lo sabía...
tus poderes se deben a eso!... ¡Mucho gusto, soy Gris!”
“Un placer
conocerte...” contestó la princesa, más relajada.
“Yo soy Mai,
mucho gusto...”
“Igualmente”
Las tres se miraron de forma
confidente, pero, pronto, Joan hizo una última reverencia y dio media vuelta.
La amazona y la hechicera le miraron con extrañeza.
“¿Adónde van,
chicas?” preguntó la princesa de pronto.
“A Xahit... a
la escuela de hechiceros...” contestó Gris.
“Oh...
entiendo...” pronto les miró de lleno con una sonrisa. “¿Les importa si las
acompaño?... También voy a ese lugar y... es más divertido acabar bandidos si
somos más... ¿no lo creen?”
Mai y Gris se miraron... y
pronto llegaron a un acuerdo...
“¡Vamos!”
exclamó Mai, montando su yegua y galopando enseguida.
“Pedazo de
tonta, espérame!” le gritó Gris.
Joan sólo rió.
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