CORAZÓN DEL CIELO

 

 

Por: Escarlata

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PARTE 2 Realeza

 

 

Aún no podía creer lo que estaba pasando... Por fin, después de años de rogar, llorar, prácticamente ponerse de rodillas e insistir como nadie; sus padres le habían permitido hacer su viaje de preparación. A pesar de que sus padres querían romper con la tradición de que, aquellos que quisieran suceder el trono, debían tener en mano un trozo de la Gran Piedra del centro de la tierra.

 

                Ella era una chica en verdad activa y, antes de tener que tomar el poder y quedarse en ese castillo de por vida, quería tener la oportunidad de viajar y conocer cuanto pudiera... y qué mejor pretexto que salir a buscar la dichosa piedra. Eso era algo que en verdad deseaba... viajar... Por otro lado, también le gustaba mucho su vida como princesa, cualquiera podía acostumbrarse al lujo y a la comodidad. La otra cara de la moneda, eran los deberes y responsabilidades que significaba estar al frente de una nación, por más pequeña que fuera.

 

                Su pequeño reino, Hinnter era próspero, subsistían gracias a la exportación de distintos tipos de cereales y a su magnífica ubicación geográfica: en medio de un gran valle entre heladas y peligrosas montañas. La nieve y el hielo de las montañas abastecían suficiente agua todo el año. Era uno de los mejores puntos de descanso para guerreros, comerciantes y viajeros en general.

 

                En cuanto a sus relaciones diplomáticas, era un reino con magníficas alianzas, algo muy importante cuando no se contaba con una gran fuerza militar; únicamente la suficiente para mantener un control interno. Abastecía a naciones más grandes con cereales cuando los tiempos eran difíciles. Intentar invadirlo era, sencillamente, una muy mala idea.

 

                Además, uno de los factores más importantes que mantenía al reino en orden, era aquel poder psíquico que poseía de forma innata toda la familia real. Un poder capaz de subyugar hasta al más fiero y poderoso guerrero o hechicero. Simplemente no tenían oponentes. Por otro lado, nunca abusaban de ese poder, eran conscientes de sus límites y el daño que podían causar a otros y a sí mismos. Eran las mujeres quienes tenían más poder que los miembros varones, y quienes solían usarlo con más sabiduría.

 

                Cabe mencionar que la joven princesa de aquel vasto reino tenía unos poderes sorprendentes, gran ventaja por ser la primogénita. Sus hermanas, no más jóvenes que ella, no tenían aquellas habilidades tan desarrolladas aún; cosa que hacía sentirse a Joan más orgullosa e importante.

 

                Y qué mejor para aprender a controlar mejor sus habilidades que con un viaje largo y un trozo de aquella piedra que, según rumores, poseía extrañas propiedades mágicas de las que sólo muy pocos conocían.

 

                Partiría en un par de días completamente sola. La privacidad era un lujo que pocas veces disfrutaba y, aunque tampoco gustaba de estar tan sola, únicamente deseaba probar lo que era la soledad e ir conociendo gente nueva. Relacionarse con diversas personas y aprender sobre las culturas de otros reinos era algo que, seguramente, la enriquecería en un futuro.

 

                No podía esperar a partir.

 

“¿No cree que esas son demasiadas cosas?” reprochó Joan a su madre, quien trataba de meter a presión ropa extra en la compacta maleta sobre la cama. “Se supone que deba ir ligera...” agregó con una risilla bastante divertida, contemplando a su progenitora cómo, literalmente, se sentaba sobre la pequeña maleta. Esperaba que, con ayuda de su peso, las prendas se compactaran más y la maleta pudiera cerrarse.

“Nunca es demasiado, hija...” contestó la reina entre pujidos y curiosos gestos de esfuerzo y molestia al ver que la maleta no cedía. “Será un largo viaje y debes ir preparada con todo...”

“Pero...”

 

                La escena era sencillamente cómica... ver que la gran  y poderosa reina de Hinnter no podía dominar una simple maleta de piel negra era algo que no tenía precio.

 

“Madre... creo que con las ropas sencillas estarán bien... no es necesario poner los vestidos...” musitó Joan con particular acento que denotaba gracia, pena y cierta resignación.

“Pero no faltará la ocasión en que debas ir a algún lugar lujoso, hija, debes estar preparada para todo...” contestó la reina, todavía sin éxito en su intento de cerrar la maleta.

 

                Joan esperaba que su madre desistiera de su intento al ver que esos seis vestidos extra ni de broma entrarían en la pequeña maleta, quizá sólo uno o dos, el resto eran demasiado voluminosos, con capa tras capa de lino, seda y demás telas finas. Las cosas que eran ahorcadas dentro de la maleta eran vestidos y ropa más normal, más de la “plebe” como diría su hermana en son de broma como era su costumbre.

 

“El vestido que quiero llevar es éste, madre” dijo Joan con dulce voz, tocando sólo la orilla de un traje naranja con dorado, adornado con figuras amorfas en tono sangre. Un vestido regalo de sus padres. “Jamás saldría sin él...”

 

                La reina miró con sorprendido gesto la prenda y pronto sonrió con una infinita ternura maternal. Por fin entró en su coronada cabeza que no era necesario cargar de tanto equipaje a su hija.

 

“Sólo lo necesario” se dijo a sí misma la reina con una pequeña sonrisa. Se levantó de su incómoda posición y guardó y acomodó bien sólo aquel vestido.

 

                En las caballerizas reales preparaban al mejor de los corceles para la princesa, un verdadero semental, capaz de correr grandes distancias a inmejorable velocidad. Era el caballo preferido del rey, un noble corcel de color negro azabache, llamado, precisamente, Azabache. El dirigente de aquel reino estaba seguro que Azabache sería una excelente y confiable compañía para Joan.

 

                La joven princesa partiría al día siguiente, poco antes de salir el sol.

 

                Y apenas se dio cuenta, ya un par de sirvientas le anunciaban que el sol pronto iba a salir y que era hora de comenzar su viaje.

 

                Tan pronto como despertó, se dio un el baño más rápido de su vida y se vistió con un atuendo sencillo, cómodo y ligeramente elegante a la vez. Todavía tenía sangre azul y no podía negar que el lujo seguía gustándole, aunque de vez en cuando lo rechazara.

 

                Ya Azabache estaba ensillado y listo para salir, en sus ancas estaba colgada la pequeña maleta que la reina había tratado de sobrellenar el día anterior.

 

                Joan salió aprisa del castillo, sus padres y hermanas estaban ahí, todos listos para despedirle. Abrazó a cada miembro de su familia de afectuosa manera, jurándoles que se cuidaría y que estaría muy pronto de regreso... Y, mientras decía esas palabras, de pronto dudó si en verdad quería dejar la seguridad de su familia y su castillo.

 

                Volvió la mirada ligeramente al horizonte aún obscuro... más allá de ese horizonte, había tantas cosas para ver, que un par de meses de viaje no bastarían para conocer todas esas cosas y maravillas. Tanta gente, tantos lugares, costumbres, paisajes...

 

                Justo entonces, se retomó la idea de que esa era la oportunidad de su vida de conocer todo eso... Como la hija mayor, era normal que ella sucediera a su madre en el reino, mientras que sus hermanas, al casarse, partirían al reino de sus futuros cónyuges. De arrepentirse en ese momento, era seguro que no volvería a tener otra oportunidad.

 

                De todos modos volvería a casa...

 

“Será mejor que me vaya ahora” dijo la joven princesa tras escuchar las advertencias y consejos de sus padres.

“Ten mucho cuidado, hija” le repitió su madre por centésima vez.

“Recuerda que, para buscar la Piedra, debes preguntar” le aconsejó el rey, “pocas personas saben dónde puedes encontrarla, así que debes preguntar a todo mundo, ¿de acuerdo?”

“Sí, padre... haré lo que me has dicho...”

 

                Montó a Azabache e hizo una cortesía a sus padres a manera de despedida, dando suaves coses al caballo para que echara a andar. No quiso volver su mirada atrás... no debía hacerlo, aunque aquel molesto nudo en la garganta que le impedía respirar bien le obligara a hacerlo...

 

                Era hora de comenzar su viaje.

 

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