CORAZÓN DEL CIELO

 

 

Por: Escarlata

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PARTE 1 Antes del ocaso...

 

 

Para Mai la vida no podía ser mejor hasta ese momento, por fin tenía el permiso de la líder de la tribu para iniciar su viaje de entrenamiento. Ya había cumplido la mayoría de edad, según las leyes amazonas, y deseaba suceder a la líder, pues ésta ya estaba bastante avanzada de edad y se necesitaba sangre nueva y joven para el puesto. Pero, para cumplir dicho deseo, tenía que llevar a cabo ciertas proezas y demostrar que estaba física y mentalmente apta para dicha actividad.

 

Las pruebas: recorrer todos y cada uno de los reinos existentes o no, para obtener conocimiento; ganar peleas en otras tribus amazonas y conseguir joyas verdes en prueba de victoria; y, la más importante, apoderarse de un fragmento de la Gran Piedra del centro de la tierra. Con todo eso en mano, estaba en su derecho de reclamar el puesto de líder amazona.

 

La mayoría de edad se cumplía a los veinte años, justas las primaveras que tenía de vida. Era alta, ágil, esbelta, de piel clara, pelo negro rizado, ojos cafés claros y una preciosa sonrisa capaz de hipnotizar a cuanto varón tuviera enfrente. Por otro lado, era de carácter duro, decidido y obstinado; pero linda, amable y bastante amistosa. Tenía todo lo que ser una líder requería, eso era definitivo. Debía demostrarlo, ciertamente, pero iba a lograrlo.

 

                Había amanecido y era hora de partir hacia su viaje. Su madre y hermanas le despidieron en la entrada de la Villa Amazona de Pragnarki. La líder actual le dio consejos y demás cosas necesarias para el largo trayecto que le esperaba.

 

                Era hora de partir.

 

                Miró el sol una última vez desde su hogar, y partió sin volver la vista hacia atrás, pues sentía que las lágrimas escaparían y una amazona no se podía permitir tal gesto de debilidad. Caminó con paso rápido y dejó que el cálido viento del sur se llevara los primeros indicios de aquellas lágrimas; las mismas lágrimas de alguien que cree que no volverá jamás.

 

                Montó su yegua color de miel, Muskin, y galopó a paso ligero y veloz hacia la ciudad capital de Pragnarki.

 

                Sería un viaje bastante largo, seguramente, pero no dudaba que tras cada montaña y árbol encontraría cosas que jamás había visto antes. Aquella emoción inicial que siempre venía acompañada de las cosas nuevas le inundó y le hizo olvidar su tristeza y sus ganas de llorar. Dio unas coses un poco más fuertes a su yegua y el viento le golpeó la cara y alborotó más su cabello negro, que estaba sujetado con una cinta obscura.

 

                A buena distancia era posible ver su ropaje claro y ajustado, su ropa amazona compuesta sólo de dos diminutas piezas de tela que cubrían únicamente lo que había que cubrir. Excelentes atuendos para permitir más libertad de movimiento a la hora de pelear. Calzaba un par de botas de piel clara, justo por debajo de la rodilla. Una cinta, igualmente de piel, rodeaba su frente y colgaba por un lado, dándole un toque travieso y desinhibido a su personalidad. Un par de ajustadas muñequeras evitaban cualquier torcedura en sus manos. Y, como detalle final en su vestimenta, lucía un medallón de plata con el escudo de su tribu grabado; una orgullosa insignia de su familia.

 

                Más feliz no podía estar de su nueva condición de viajera.

 

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                Llegó a la ciudad después de alrededor de una hora de viaje. Pragnarki sí que era un sitio grande. Fuera de la ciudad capital, había decenas de kilómetros de valles, y cientos de pequeñas villas y medianos pueblos en estos. Un enorme río que le rodeaba delimitaba Pragnarki de otros reinos. Sus actividades económicas eran, esencialmente: la minería, la agricultura y la orfebrería. Era un sitio próspero y tranquilo, con un buen rey que muchos otros reinos envidiarían.

 

                Un excelente sitio para vivir.

 

                Lo único que iba a hacer ahí era comprar nuevas herraduras para su yegua. Las otras ya estaban desgastadas y había que cambiarlas, o su querida amiga se torcería una pata... y eso sí que sería terrible. También debía dejar sus armas favoritas: sus dagas. Ya necesitaban filo y una buena enderezada de manos expertas.

 

                Dejó a su yegua y sus cuchillas con el herrero y dio un pequeño paseo por la ciudad... Pronto recordó que tenía que comprar un mapa actualizado de todos los reinos. El que tenía a la mano era más viejo que su abuela, y en los últimos años habían nacido nuevos reinos y descubierto otras extrañas tierras; su mapa estaba caduco y podría perderse con facilidad.

 

                Fue a una armería, la única que había en la ciudad, y pidió todo lo que fuera a necesitar extra para su viaje: una piedra para afilar, veneno artificial (el que fabricaban los magos con ciencias raras y desconocidas), cerbatanas extras (las suyas siempre las rompía por descuidada), su mapa nuevo, una espada corta, una protección metálica para su pecho, y una fuerte cuerda.

 

                Una vez hechas sus compras, fue a comer a una taberna. Sabía que su yegua comería algo donde el herrero, por ella no habría problema. Lo primero era llenar muy bien su estómago, lo cuál era verdaderamente difícil, considerando que comía una quinta parte de su peso corporal en una sola sesión alimenticia; llámese desayuno, comida o cena.

 

                Mientras comía en una de las escasas mesas que encontró libres, escuchó algo de alboroto en una mesa vecina. Asomó medio ojo por encima de su hombro que vio que una chica, más o menos de su edad, era molestada por un grupo de soldados ebrios. La chica tenía pinta de bruja o maga, sus atuendos largos y ajustados la revelaban a primera vista. También era muy bonita, “casi como yo” pensó Mai con una sonrisa. Era de cabellera corta, clara, lacia y por encima del hombro; ligeramente ondulado en las puntas. Ojos claros, alta (quizá más que ella), de piel blanca y, en apariencia, algo delicada.

 

                Escenas como esa no eran raras. Los hombres ebrios solían molestar mucho a las doncellas que llegaban a cruzarse frente a ellos. Mas ninguno llegaba a propasarse con alguna... eso era algo. Pero esa chica parecía más asustada que molesta por el acoso. Mai pudo notar eso de inmediato. Seguramente era de otro reino y no conocía el ánimo que aquellos hombres mostraban con algunos litros de líquido fermentado encima. Como buena amazona, y con el deber casi obligatorio de mostrar hermandad con otras de su género, decidió hacer algo al respecto.

 

                Se levantó de su mesa y caminó directo hacia la maga. La tomó por el hombro y la chica volteó, con un gesto bastante asustado. Mai le sonrió a la chica y le guiñó un ojo.

 

“¡Hola!, ¿cómo has estado?” le preguntó Mai como si se tratara de una amiga suya de toda la vida.

 

                La chica pronto entendió el plan de la amazona y le siguió el juego. Se lanzó a sus brazos, como el que abraza a alguien a quien no ha visto en muchos años. La amazona correspondió el gesto y la soltó casi de inmediato. Se dieron las manos a estrechar y luego otro breve abrazo.

 

“Hace mucho que no te veía” dijo la maga, ya más aliviada, “no has cambiado nada.”

“Tú tampoco” respondió la amazona. “Vamos a mi mesa, te invito a comer algo.”

“Claro, encantada.”

 

                Los hombres de la mesa pronto se olvidaron de la maga para dedicarse a lo suyo: beber y reír hasta alucinar. Para después despertar en la cruda realidad y volver al trabajo.

 

                La rescatada reinició la conversación después de ordenar su comida (que era precisamente a lo que iba) y lanzar un largo y profundo suspiro. Mai sólo sonrió, bastante satisfecha de haber hecho su primera buena obra del día.

 

“No les hagas caso” dijo la amazona con una sonrisa, señalando con su vaso a los borrachines, “no son malos, sólo un poco... alegres.”

“No estoy muy acostumbrada a eso” respondió la chica. “Pero gracias por ayudarme.”

“Olvida eso, no fue nada... ¿eres una hechicera, verdad?” preguntó enseguida, pues no aguantaba la curiosidad de saberlo.

“Sí, lo soy” contestó. “¿Porqué lo preguntas?”

“Nunca había conocido a una hechicera antes. Sólo era curiosidad... ¿Sabes hacer trucos mágicos y hechizos?”

 

                La chica sonrió ampliamente y adoptó una orgullosa pose.

 

“¡Claro que sé hacer eso y mucho más!”

 

                La charla se prolongó por una larga hora. El nombre de la bruja era Gris, proveniente del vecino reino de Beat y de una familia de afamados magos y brujos. Al igual que Mai, Gris estaba en una especie de viaje de entrenamiento y, quién sabe si por casualidad o por el destino, también estaba en busca de un fragmento de la Gran Piedra del centro de la tierra. Llevaba casi una semana de viaje

 

“¿Te gustaría viajar conmigo, Gris?” le propuso Mai a su nueva amiga. “Nos será más fácil encontrar la Gran Piedra si estamos juntas. ¿Qué dices?”

“¿Y porqué no?” fue la graciosa respuesta de la hechicera. “No me había gustado mucho la idea de viajar sola, pero debo pasar mi prueba.”

“Y yo.”

“¿Y cuándo partimos?”

“Mañana. Nos quedaremos aquí ésta noche, ¿vale?”

“Me parece bien.”

 

                Ambas parecieron congeniar desde el principio, pues su plática se extendió toda la tarde y parte de la noche. Se la pasaron riendo y hablando hasta que la Madre Luna salió por detrás de las montañas. Mai le contó a Gris que aspiraba al puesto de líder amazona de su tribu. Gris le dijo, entonces, que su viaje era de entrenamiento y prueba para ganar más conocimientos, pelear contra otros magos y obtener experiencia; y, con el fragmento de la Gran Roca, podrían hacerle un medallón especial que incrementaría sus poderes enormemente.

 

                Tal como lo planeado, pasaron la noche en la posada. Aún acostadas, continuaron su plática.

 

                La Madre Luna escuchaba la charla junto con sus hijas las estrellas, y parecía sonreír por la nueva amistad que había nacido. Sonaban las risas en la obscura habitación y en la amplia bóveda nocturna cubierta de estrellas y luceros.

 

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