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La gran flama
sagrada se agitaba con fuerza, blandiendo con orgullo sus tonalidades rojas,
naranjas y amarillas, alumbrando el silencioso cuarto de meditación como si del
mismísimo sol se tratase. Frente a ella
se hallaba su dueña y señora, aquella joven guerrera reencarnada que
tuvo la capacidad y el poder de controlarla. La guerrera del fuego, ella, la protegida
de Marte, la sacerdotisa del templo, la chica cruel y temperamental... Rei...
Estaba
sentada frente al fuego, hipnotizada por su quemante belleza. Sus ojos negros
parecían extraviados en ese rojo universo, su pelo y rostro reflejaban las
llamas que se levantaban, furiosas, al techo.
Eligió ese
lugar en especial para esperar al único elemento capaz de apaciguar al fuego;
el agua. En el quemante universo pudo ver la celeste imagen de la dueña del
agua.
De pronto, la
puerta de la habitación se abrió, dando paso a otra guerrera reencarnada...
“Ami” susurró la dueña del
fuego, mirándole de reojo.
“¿Querías verme?” le preguntó la
celeste chica con una suave sonrisa.
“Sí”
Rei admiró la
esbelta belleza de aquella chica que se transformó de su amiga en amante. Su
blanco rostro parecía quemarse al reflejar las llamas. Se sentó frente a ella y
tomó sus morenas manos.
“Hacía tiempo que no estábamos
juntas” dijo Ami, con ese amable semblante brillando en su rostro.
“Fue por eso que te llamé”
“Fue por eso que no tardé en
venir”
La voz de
aquella chica era el murmullo de un arroyo, sus ojos parecían el fondo de un
lago, y esa sonrisa tan fresca como el agua.
De inmediato
y sin aviso, Rei rodeó con sus ardientes brazos el esbelto cuerpo de su amante.
Ami correspondió el gesto, hundiendo su rostro en el cabello azabache de su
pareja. Se abrazaron con fuerza, como si no se hubieran visto en siglos.
La dama del
fuego comenzó a besar el cuello delgado de la chica acuática. Saboreaba su
blanca y exquisita piel, la palpaba con su lengua y la recorría con los labios.
Ami jadeaba suavemente, permitiendo que Rei hiciera su voluntad. La boca de la
sacerdotisa ascendió hasta el rostro finamente esculpido de su amada. Se separó
un poco y se perdió en esos ojos de lago.
“Eres hermosa” susurró con su
profunda voz.
“Tú también...”
Se besaron
gentilmente en los labios. Ami era suave, apacible; Rei era un poco ruda y
fogosa, pero ante aquella boca se volvía tan cálida como el fuego de una
chimenea. Sus respiraciones parecían agitadas, sus lenguas bailaban una sensual
danza, saboreaban sus paladares y daban la impresión de fundirse en aquel
hambriento beso.
Rei bajó sus
manos hasta la cintura de Ami y atrapó el final de su blusa, liberándola de la
falda y desabrochando los botones desde abajo. A mitad del camino se detuvo,
tomando entre sus palmas los suaves senos de Ami. Los comenzó a acariciar por
encima de la blusa, los apretaba y moldeaba como si de barro se tratase.
Ami sólo se
dejaba llevar por las manos de su amante. El masaje que recibía en sus senos
provocaba pequeñas y placenteras descargas eléctricas en su cerebro. Sabía que
Rei adoraba controlar la situación, así que se permitió manejar por la chica de
fuego.
Rei abandonó
la boca de Ami, descendiendo con su lengua hasta la garganta de su pareja.
Pronto sintió los pezones erectos por encima de la tela. No perdió el tiempo y
los atrapó con sus dedos. Ami soltó un débil gemido cuando ella apretó sus
puntas endurecidas, sin dejar de besar su cuello, por supuesto.
Rei prosiguió
el trabajo de desabrochar la blusa. Una vez que acabó, con ambas manos deslizó
la pieza de tela hacia atrás, dejando el resto del trabajo a la gravedad.
Separándose de ella, desabrochó el sostén y se lo quitó, dejando libres sus
redondos y suaves pechos. Los contempló por un buen rato, como si se tratasen
de un tesoro invaluable, como si fuese la primera vez que los viera.
Con un rápido
movimiento, Rei sentó a Ami sobre sus piernas flexionadas, la tomó por la
cintura y la reclinó hacia atrás. Su tibia lengua se paseó por esa pradera
sabor a durazno, reconociendo milímetro a milímetro cada roncón del trozo de
Ami. La lengua escaló por los blancos senos y, una vez en la cima, jugueteó con
los duros pezones. Los lamía con lenta y sensual calma, los mordisqueaba con
suma delicadeza y los succionaba suavemente.
Por su parte,
Ami jadeaba, presa del placer. Podía sentir el fuego de esa boca penetrar por
sus pechos y dispersarse por cada rincón de su cuerpo. Siempre que podía, se
incorporaba para hundirse en el negro cabello de su amante, le gustaba perderse
en es obscuro universo con aroma a flores e incienso.
Rei se detuvo
lentamente mientras recuperaba el aliento. La intimidad del amor le quitaba más
energía que pelear contra un ejército de demonios. Depositó el frágil cuerpo de
su amada en el piso de madera. Ami aún estaba roja de placer, respiraba
profundamente y acariciaba sus propios pechos con suavidad.
Una vez
recuperado el aliento, Rei despojó a su pareja de esa segunda piel de tela que aún
la cubría. En cuanto la tuvo desnuda ante sus ojos, no pudo evitar el
pensamiento de que Ami era una de las creaciones más perfectas de los dioses.
Se inclinó sobre ella para volver a besarla, pero Ami le retuvo, indicándole
con un tímido gesto que aún faltaba alguien por quitarse la ropa.
Rei sonrió
ampliamente.
Tomó las
manos de Ami y las usó para deslizar la parte superior de su ropa sacerdotal
hacia abajo. La chica genio descubrió, con sorpresa y encanto, que Rei no traía
nada puesto debajo de la primera pieza de tela. Aquel par de volcanes siempre
le causaban asombro. Eran más grandes que los de ella, por lo menos dos tallas,
redondos, firmes y bronceados; bien proporcionados al torso de la sacerdotisa y
extremadamente apetitosos a la vista de cualquiera.
La tentación
pudo más que su paciencia natural, pues tocó con sus dedos aquellos pechos que
se alzaban sobre ella. Rei gimió afectuosamente con el toque, pero se separó un
poco para deshacerse del resto de la ropa.
El fuego
sagrado, las prendas esparcidas en todas direcciones, el piso de madera
caliente y el silencio, fueron testigos del beso de dos pieles bañadas en
sudor. Dos nombres se confundían con jadeos, gemidos y leves gritos de
creciente placer. Los dedos se enredaban en húmedos cabellos y ansiosas pieles,
mientras el par de corazones se sincronizaban melodiosamente.
Ami sintió,
después de quedar embriagada con tantos besos de esos labios en los suyos, que
su amante volvía a la tarea de comer de sus pechos. Ahogó un suspiro y un
sonido gutural articuló el nombre de la sacerdotisa, alegrando mucho a ésta
última.
“Rei...” repitió en un apretón
de dientes al sentir una ligera mordida en su pezón izquierdo.
“Ami... te amo...” respondió,
antes de descender por el blando torso frente a ella.
“Yo también te amo” jadeó.
Con aquellas
palabras, Rei se animó a continuar su camino hacia la intimidad de Ami.
Buscando algo de diversión, le hizo cosquillas en el estómago con sus dedos...
Después de un largo tiempo de relación, y de muchos momentos de privacidad,
conocía a la perfección el cuerpo de Ami, incluidos sus puntos débiles.
Después de
divertirse unos segundos, dejó que su lengua penetrara en el centro de Ami,
haciéndola gritar de placer, La sujetó por los muslos para abrirse paso y
permitió que la lengua lamiera de arriba hacia abajo y de reversa, sus dientes
devoraron lentamente el clítoris de Ami, enloqueciéndola hasta el delirio. Rei
simplemente se dejó llevar y mantuvo su boca ahí un largo rato, provocando más
de dos intensos orgasmos a su pareja.
Dejó que Ami
se recuperara de aquellas fuertes sensaciones. Se recostó bocabajo a su lado y
le miró con esa ardiente intensidad que le caracterizaba.
Después de
unos minutos, Ami le encaró con esa dulce sonrisa que le era propia de su
tranquila personalidad, totalmente opuesta a la altiva y orgullosa mujer que
miraba con tanta dulzura.
“Es tu turno” murmuró una
sonriente Ami.
“Cierto”
“Sólo relájate”
Ami se hizo
hacia delante para besarla, mientras, discretamente, la colocaba de espalda contra
el suelo. Sus movimientos eran tan ligeros y suaves, que Rei apenas si se
percató de su nueva posición. Abrió los ojos entre el beso y ya tenía a Ami
encima, frotando lenta y deliciosamente sus sexos y besándola como sólo ella
sabía hacerlo. Las blancas manos de la chica genio se dedicaban a tocar y
acariciar los pechos de su pareja. Pellizcaba y presionaba los pezones con sus
dedos, sacando gemidos de la garganta de Rei.
Muy pronto,
el frote de sus sexos llevó a Rei al inicio de un esperado orgasmo. Sus manos,
que antes estaban aferradas al piso, tomaron a Ami por la cadera para ayudarla
a moverse más rápido.
Un fuerte
grito de Rei se ahogó en la otra boca.
La chica
había alcanzado su primer clímax de forma increíble, pero en momentos como ese,
donde tenían las horas y el lugar sólo para ellas; solían tener una sesión
larga... Y aquello era el comienzo...
Acostumbraban
salir de ahí después de un par de horas e ir a la sala, sobre los cómodos
sillones; enseguida iban a la cocina a comer algo y por último al cuarto de
Rei, para terminar la jornada.
Hacía más de
un mes que no tenían un momento de privacidad así, pues los exámenes de ingreso
a la universidad las habían mantenido muy entretenidas en esas últimas semanas.
Por otro lado, su relación era secreta para el resto de sus amigas. Era muy
difícil para ellas lograr un momento a solas con Usagi, Makoto y Minako
rondando cerca.
Ese día en
especial, Makoto había a invitado a Minako y a Usagi a su torneo de karate, Ami
tenía unos exámenes en la mañana en uno de sus cursos especiales y no podía
faltar. Rei se quedaría a cargo del templo, pues su abuelo había salido a un
seminario junto con Yuuichiro.
Era el
momento perfecto.
Ami quedó en
ir al templo terminando sus deberes. Y Rei dejó listo el templo en cuanto a
limpieza y mantenimiento para que nada le apurara antes del regreso de su
abuelo.
La tarde era
suya... y la estaban disfrutando al máximo...
Cuando
estaban con sus amigas, Rei solía robarle besos a Ami a escondidas del resto,
haciendo que la peliazul se pusiera nerviosa por el temor de ser descubiertas.
Al parecer, nadie había notado que ellas caminaban de la mano o que siempre
buscaban la manera de hacer las cosas juntas.
Eso era muy
conveniente...
El día
siguiente era sábado... Makoto y el resto regresarían el domingo por la tarde,
al igual que el abuelo de Rei y Yuuichiro, y la doctora Mizuno se encontraba
atareada de trabajo en el hospital... Estarían solas todo el fin de semana.
Tenían planeado ir al cine a mediodía y después al lago, antes de regresar de
nuevo al templo y pasar la tarde y la noche juntas.
Pero... en
esos momentos, ellas se amaban con la intensidad y la ternura que les
caracterizaba.
Después de
varias horas de hacer el amor, terminaron recostadas en la cama de Rei, abrazadas,
desnudas y platicando sobre varias cosas que planeaban hacer en cuanto
amaneciera. Eran las tres de la mañana... Ami estaba a punto de dormirse en
brazos de Rei...
“Ami...”
“¿Uh?”
“¿Ya tienes sueño?”
“Un poco”
“Durmamos... ya es muy tarde”
Se dieron un
beso de buenas noches y por fin decidieron dormirse.
Mañana
tendrían un día muy divertido...
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