AMOR A TRES TIEMPOS

 

 

 

 

Por: Escarlata

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Parte 1 En el templo...

 

 

La gran flama sagrada se agitaba con fuerza, blandiendo con orgullo sus tonalidades rojas, naranjas y amarillas, alumbrando el silencioso cuarto de meditación como si del mismísimo sol se tratase. Frente a ella  se hallaba su dueña y señora, aquella joven guerrera reencarnada que tuvo la capacidad y el poder de controlarla. La guerrera del fuego, ella, la protegida de Marte, la sacerdotisa del templo, la chica cruel y temperamental... Rei...

 

Estaba sentada frente al fuego, hipnotizada por su quemante belleza. Sus ojos negros parecían extraviados en ese rojo universo, su pelo y rostro reflejaban las llamas que se levantaban, furiosas, al techo.

 

Eligió ese lugar en especial para esperar al único elemento capaz de apaciguar al fuego; el agua. En el quemante universo pudo ver la celeste imagen de la dueña del agua.

 

De pronto, la puerta de la habitación se abrió, dando paso a otra guerrera reencarnada...

 

                “Ami” susurró la dueña del fuego, mirándole de reojo.

                “¿Querías verme?” le preguntó la celeste chica con una suave sonrisa.

                “Sí”

 

Rei admiró la esbelta belleza de aquella chica que se transformó de su amiga en amante. Su blanco rostro parecía quemarse al reflejar las llamas. Se sentó frente a ella y tomó sus morenas manos.

 

                “Hacía tiempo que no estábamos juntas” dijo Ami, con ese amable semblante brillando en su rostro.

                “Fue por eso que te llamé”

                “Fue por eso que no tardé en venir”

 

La voz de aquella chica era el murmullo de un arroyo, sus ojos parecían el fondo de un lago, y esa sonrisa tan fresca como el agua.

 

De inmediato y sin aviso, Rei rodeó con sus ardientes brazos el esbelto cuerpo de su amante. Ami correspondió el gesto, hundiendo su rostro en el cabello azabache de su pareja. Se abrazaron con fuerza, como si no se hubieran visto en siglos.

 

La dama del fuego comenzó a besar el cuello delgado de la chica acuática. Saboreaba su blanca y exquisita piel, la palpaba con su lengua y la recorría con los labios. Ami jadeaba suavemente, permitiendo que Rei hiciera su voluntad. La boca de la sacerdotisa ascendió hasta el rostro finamente esculpido de su amada. Se separó un poco y se perdió en esos ojos de lago.

 

                “Eres hermosa” susurró con su profunda voz.

                “Tú también...”

 

Se besaron gentilmente en los labios. Ami era suave, apacible; Rei era un poco ruda y fogosa, pero ante aquella boca se volvía tan cálida como el fuego de una chimenea. Sus respiraciones parecían agitadas, sus lenguas bailaban una sensual danza, saboreaban sus paladares y daban la impresión de fundirse en aquel hambriento beso.

 

Rei bajó sus manos hasta la cintura de Ami y atrapó el final de su blusa, liberándola de la falda y desabrochando los botones desde abajo. A mitad del camino se detuvo, tomando entre sus palmas los suaves senos de Ami. Los comenzó a acariciar por encima de la blusa, los apretaba y moldeaba como si de barro se tratase.

 

Ami sólo se dejaba llevar por las manos de su amante. El masaje que recibía en sus senos provocaba pequeñas y placenteras descargas eléctricas en su cerebro. Sabía que Rei adoraba controlar la situación, así que se permitió manejar por la chica de fuego.

 

Rei abandonó la boca de Ami, descendiendo con su lengua hasta la garganta de su pareja. Pronto sintió los pezones erectos por encima de la tela. No perdió el tiempo y los atrapó con sus dedos. Ami soltó un débil gemido cuando ella apretó sus puntas endurecidas, sin dejar de besar su cuello, por supuesto.

 

Rei prosiguió el trabajo de desabrochar la blusa. Una vez que acabó, con ambas manos deslizó la pieza de tela hacia atrás, dejando el resto del trabajo a la gravedad. Separándose de ella, desabrochó el sostén y se lo quitó, dejando libres sus redondos y suaves pechos. Los contempló por un buen rato, como si se tratasen de un tesoro invaluable, como si fuese la primera vez que los viera.

 

Con un rápido movimiento, Rei sentó a Ami sobre sus piernas flexionadas, la tomó por la cintura y la reclinó hacia atrás. Su tibia lengua se paseó por esa pradera sabor a durazno, reconociendo milímetro a milímetro cada roncón del trozo de Ami. La lengua escaló por los blancos senos y, una vez en la cima, jugueteó con los duros pezones. Los lamía con lenta y sensual calma, los mordisqueaba con suma delicadeza y los succionaba suavemente.

 

Por su parte, Ami jadeaba, presa del placer. Podía sentir el fuego de esa boca penetrar por sus pechos y dispersarse por cada rincón de su cuerpo. Siempre que podía, se incorporaba para hundirse en el negro cabello de su amante, le gustaba perderse en es obscuro universo con aroma a flores e incienso.

 

Rei se detuvo lentamente mientras recuperaba el aliento. La intimidad del amor le quitaba más energía que pelear contra un ejército de demonios. Depositó el frágil cuerpo de su amada en el piso de madera. Ami aún estaba roja de placer, respiraba profundamente y acariciaba sus propios pechos con suavidad.

 

Una vez recuperado el aliento, Rei despojó a su pareja de esa segunda piel de tela que aún la cubría. En cuanto la tuvo desnuda ante sus ojos, no pudo evitar el pensamiento de que Ami era una de las creaciones más perfectas de los dioses. Se inclinó sobre ella para volver a besarla, pero Ami le retuvo, indicándole con un tímido gesto que aún faltaba alguien por quitarse la ropa.

 

Rei sonrió ampliamente.

 

Tomó las manos de Ami y las usó para deslizar la parte superior de su ropa sacerdotal hacia abajo. La chica genio descubrió, con sorpresa y encanto, que Rei no traía nada puesto debajo de la primera pieza de tela. Aquel par de volcanes siempre le causaban asombro. Eran más grandes que los de ella, por lo menos dos tallas, redondos, firmes y bronceados; bien proporcionados al torso de la sacerdotisa y extremadamente apetitosos a la vista de cualquiera.

 

La tentación pudo más que su paciencia natural, pues tocó con sus dedos aquellos pechos que se alzaban sobre ella. Rei gimió afectuosamente con el toque, pero se separó un poco para deshacerse del resto de la ropa.

 

El fuego sagrado, las prendas esparcidas en todas direcciones, el piso de madera caliente y el silencio, fueron testigos del beso de dos pieles bañadas en sudor. Dos nombres se confundían con jadeos, gemidos y leves gritos de creciente placer. Los dedos se enredaban en húmedos cabellos y ansiosas pieles, mientras el par de corazones se sincronizaban melodiosamente.

 

Ami sintió, después de quedar embriagada con tantos besos de esos labios en los suyos, que su amante volvía a la tarea de comer de sus pechos. Ahogó un suspiro y un sonido gutural articuló el nombre de la sacerdotisa, alegrando mucho a ésta última.

 

                “Rei...” repitió en un apretón de dientes al sentir una ligera mordida en su pezón izquierdo.

                “Ami... te amo...” respondió, antes de descender por el blando torso frente a ella.

                “Yo también te amo” jadeó.

 

Con aquellas palabras, Rei se animó a continuar su camino hacia la intimidad de Ami. Buscando algo de diversión, le hizo cosquillas en el estómago con sus dedos... Después de un largo tiempo de relación, y de muchos momentos de privacidad, conocía a la perfección el cuerpo de Ami, incluidos sus puntos débiles.

 

Después de divertirse unos segundos, dejó que su lengua penetrara en el centro de Ami, haciéndola gritar de placer, La sujetó por los muslos para abrirse paso y permitió que la lengua lamiera de arriba hacia abajo y de reversa, sus dientes devoraron lentamente el clítoris de Ami, enloqueciéndola hasta el delirio. Rei simplemente se dejó llevar y mantuvo su boca ahí un largo rato, provocando más de dos intensos orgasmos a su pareja.

 

Dejó que Ami se recuperara de aquellas fuertes sensaciones. Se recostó bocabajo a su lado y le miró con esa ardiente intensidad que le caracterizaba.

 

Después de unos minutos, Ami le encaró con esa dulce sonrisa que le era propia de su tranquila personalidad, totalmente opuesta a la altiva y orgullosa mujer que miraba con tanta dulzura.

 

                “Es tu turno” murmuró una sonriente Ami.

                “Cierto”

                “Sólo relájate”

 

Ami se hizo hacia delante para besarla, mientras, discretamente, la colocaba de espalda contra el suelo. Sus movimientos eran tan ligeros y suaves, que Rei apenas si se percató de su nueva posición. Abrió los ojos entre el beso y ya tenía a Ami encima, frotando lenta y deliciosamente sus sexos y besándola como sólo ella sabía hacerlo. Las blancas manos de la chica genio se dedicaban a tocar y acariciar los pechos de su pareja. Pellizcaba y presionaba los pezones con sus dedos, sacando gemidos de la garganta de Rei.

 

Muy pronto, el frote de sus sexos llevó a Rei al inicio de un esperado orgasmo. Sus manos, que antes estaban aferradas al piso, tomaron a Ami por la cadera para ayudarla a moverse más rápido.

 

Un fuerte grito de Rei se ahogó en la otra boca.

 

La chica había alcanzado su primer clímax de forma increíble, pero en momentos como ese, donde tenían las horas y el lugar sólo para ellas; solían tener una sesión larga... Y aquello era el comienzo...

 

Acostumbraban salir de ahí después de un par de horas e ir a la sala, sobre los cómodos sillones; enseguida iban a la cocina a comer algo y por último al cuarto de Rei, para terminar la jornada.

 

Hacía más de un mes que no tenían un momento de privacidad así, pues los exámenes de ingreso a la universidad las habían mantenido muy entretenidas en esas últimas semanas. Por otro lado, su relación era secreta para el resto de sus amigas. Era muy difícil para ellas lograr un momento a solas con Usagi, Makoto y Minako rondando cerca.

 

Ese día en especial, Makoto había a invitado a Minako y a Usagi a su torneo de karate, Ami tenía unos exámenes en la mañana en uno de sus cursos especiales y no podía faltar. Rei se quedaría a cargo del templo, pues su abuelo había salido a un seminario junto con Yuuichiro.

 

Era el momento perfecto.

 

Ami quedó en ir al templo terminando sus deberes. Y Rei dejó listo el templo en cuanto a limpieza y mantenimiento para que nada le apurara antes del regreso de su abuelo.

 

La tarde era suya... y la estaban disfrutando al máximo...

 

Cuando estaban con sus amigas, Rei solía robarle besos a Ami a escondidas del resto, haciendo que la peliazul se pusiera nerviosa por el temor de ser descubiertas. Al parecer, nadie había notado que ellas caminaban de la mano o que siempre buscaban la manera de hacer las cosas juntas.

 

Eso era muy conveniente...

 

El día siguiente era sábado... Makoto y el resto regresarían el domingo por la tarde, al igual que el abuelo de Rei y Yuuichiro, y la doctora Mizuno se encontraba atareada de trabajo en el hospital... Estarían solas todo el fin de semana. Tenían planeado ir al cine a mediodía y después al lago, antes de regresar de nuevo al templo y pasar la tarde y la noche juntas.

 

Pero... en esos momentos, ellas se amaban con la intensidad y la ternura que les caracterizaba.

 

Después de varias horas de hacer el amor, terminaron recostadas en la cama de Rei, abrazadas, desnudas y platicando sobre varias cosas que planeaban hacer en cuanto amaneciera. Eran las tres de la mañana... Ami estaba a punto de dormirse en brazos de Rei...

 

                “Ami...”

                “¿Uh?”

                “¿Ya tienes sueño?”

                “Un poco”

                “Durmamos... ya es muy tarde”

 

Se dieron un beso de buenas noches y por fin decidieron dormirse.

 

Mañana tendrían un día muy divertido...

 

 

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