Por la noche
Sentí su cálido aliento estremeciéndome el cuello y, aunque sus labios no tocaban mi cuello, me provocaron un placentero escalofrío en todo el cuerpo cuando los rozó con mi piel. Las palabras brotaban, dulces, de su boca, y penetraban en mis oídos como el murmullo del agua al correr por el arroyo, suaves. Me decía cosas tiernas, promesas de un futuro juntas, palabras cariñosas que demostraban todo el amor que sentía por mí. Su voz asemejaba un ronroneo, el susurro solitario del viento soplando entre los arboles, una melodía capaz de bloquear los sentidos y extraviar a la mente en el divino lago de su corazón.
Una pequeña risa se le escapó, divertida, al darse cuenta que ya casi amanecía y que la noche y la luna, en lugar de dormidas, nos vieron enredar nuestros cuerpos entre besos, abrazos y caricias. Un leve sonrojo y una linda sonrisa adornaron su rostro cuando besé su mejilla por sorpresa.
Me abrazó un poco más fuerte, como si no quisiera dejarme escapar. Hundió su rostro en mi cuello y murmuró un "te amo" apenas audible.
Hacía horas que las dos habíamos alcanzado el clímax que el placer de la carne da, pero el amor no lo terminamos de hacer sino hasta después de un largo rato. El resto del tiempo la pasamos platicando, al menos hasta que ella se quedó dormida sin que yo me diera cuenta.
Como pude, alcancé el cobertor y cubrí nuestros cansados cuerpos para no perder el calor. Cerré los ojos y por fin pude conciliar el sueño, con la felicidad durmiendo entre mis brazos...