CAPÍTULO 2 La Fuerza del Amor
Por: Escarlata
Nos encontrábamos en el centro comercial, Mina me había invitado, pero ella estaba distraída, ausente; su mirada se dirigía ningún lado y al parecer no escuchó nada de lo que le dije en las últimas dos horas. Lucía triste y deprimida, algo raro en una chica tan viva e inquieta como ella. Me preocupó bastante el verla así.
- Mina, ¿estas bien?- le pregunté en cuanto tomamos un descanso en la placita del centro comercial.
- Sí... – respondió en un suspiro y con un nada convincente tono alegre.
- No lo creo, algo te pasa y no me quieres decir- le reproché un poco molesta.
Me miró fijamente con sus ojos de cielo, pero una nube de tristeza los cubría... Tontita, no podía engañarme. Le dirigí una suave sonrisa, lo que la obligó a bajar el rostro.
- Tienes razón- murmuró débilmente – Hoy no me siento bien.
Mina no era una chica cerrada, así que me sorprendió el verle en ese estado tan deprimente. No podía permitir que ella estuviera triste. Me puse de pie y me paré frente a ella, tomando su mentón con suavidad.
- Bueno, lo mejor será que te lleve a casa- le dije con dulzura maternal.
- Si. Gracias, Lita.
Salimos del lugar a paso lento, Mina no dejaba de ver el suelo y yo no insistí en que hablara. En verdad debía sentirse mal. Ya casi llegábamos a su casa cuando se detuvo de golpe y por fin dirigió sus ojos hacía mí, aunque en una forma suplicante.
- Mina...
- ¿Puedo quedarme contigo unos días?- me preguntó, casi llorando.
La abracé, adivinando de inmediato lo que tenía, obviamente no podía engañarme.
- ¿Peleaste con tus padres?
Lo único que obtuve como respuesta fue una explosión de lágrimas. Se aferró a mi blusa, escondió su rostro en mi estómago y lloró largo rato. Lo único que pude hacer fue abrazarla con más fuerza para reconfortarla.
Mina discutía seguido con sus padres, pero nunca había sido nada grave. Al parecer, ésta vez debía ser algo serio, muy serio...
- De acuerdo- dije, aún con dulzura y acariciando su cabello – Vamos a casa para que descanses.
Asintió sin dejar de llorar. Caminamos de nuevo, ésta vez en dirección a mi hogar. Mina ya estaba tranquila, pero no se atrevía a mirarme. Mi brazo izquierdo estaba sobre sus hombros y sus manos seguían aferradas a mi blusa.
- ¿Qué quieres de cenar?- le pregunté apenas llegamos.
- Nada, gracias.
- De acuerdo- suspiré – yo tampoco cenaré.
- Pero... – levantó la vista, mostrándome sus ojos rojos e hinchados – no comimos nada en el centro comercial y debes tener hambre.
- Tú también- señalé con una sonrisa – pero si no quieres comer, yo tampoco.
Me lanzó una larga mirada y suspiró.
- Tú ganas... vamos a cenar.
La recosté en el sofá para que descansará y me dirigí de inmediato a la cocina. Si le preparaba su platillo favorito seguramente se levantaría su ánimo. Saqué lo necesario para hacer el guiso. A los pocos minutos, Mina entró a la cocina con una gran sonrisa y su cara lavada, sus ojos aún lucían hinchados, pero parecía de mejor humor.
- Déjame ayudarte- dijo, poniéndose uno de los delantales que estaban colgados de la puerta.
No pude evitar sonreír. Volví mi atención a lo que estaba haciendo.
- Entonces pica las verduras mientras yo preparo la pasta.
Pasaron unos silenciosos segundos, hasta que sentí que Mina me abrazaba por la espalda. Solté lo que tenía en las manos y me giré para corresponder el inesperado gesto.
- Gracias por todo, Lita- murmuró, pegando su rostro en mi estómago.
- Eres mi mejor amiga- susurré con los ojos cerrados- jamás te dejaría sola ni un solo instante.
- Gracias... – su voz semi-quebrada me indicó que volvería a llorar, así que acaricie su rostro con la intención de detener sus lágrimas.
- Me gustan mucho tus ojos- le dije dulcemente- por eso no quiero que llores de nuevo, así se ven feos.
Sentí que sonrió, no necesitaba verla para saberlo, apretó sus párpados para encerrar el llanto y, apenas lo logró, dirigió su mirada hacía mí.
- También me gustan los tuyos- dijo con ternura.
- ¿De verdad?
- Sí, ese verde esmeralda es precioso.
Le sonreí, pues sus palabras me produjeron cierta felicidad. Era la primera vez que alguien halagaba el color de mis ojos. Conmovida, le di un pequeño beso en la frente y la solté, para terminar de hacer la cena.
- ¿Y qué vas a hacer de cenar?- me preguntó, recuperando su gesto animoso.
- Tu platillo favorito.
- ¡Viva!
Comenzó a saltar por toda la cocina. Si bien me alegró su nuevo estado de ánimo, tuve que detenerla o destruiría mi pobre cocina. Verla así me hacía sentir bien. Mina era la familia que no tenía, ella y el resto de mis amigas.
Mientras cenábamos me explicó que ella y sus padres discutieron muy duro. A ellos les molestaba que Mina anduviera todo el día en la calle y que, incluso, se ausentara por mucho tiempo sin siquiera avisar. Mina alegaba que eso se debía a que ellos nunca se encontraban en casa y difícilmente platicaban con ella. A fin de cuentas, Mina se fue, no sin antes azotar la puerta en su camino.
- ¿Habrá algún problema si me quedo a vivir contigo?- me preguntó con tristeza.
- Claro que no. Nada me haría más feliz que eso. Pero primero debes reconciliarte con tus padres. No es bueno que sigan enojados.
- Lita, es que ellos no entienden.
- Inténtalo, por favor.
La miré con dulzura y tomé su mano.
- Prométeme que vas a intentarlo.
- De acuerdo- sonrió y apretó mi mano- lo prometo.
Mina era muy inquieta para dormir, así que siempre tenía una cama extra para ella (o para alguien más) Más bien se trataba de un colchón, pero era cómodo y suave. Apagué la luz. Apenas me acosté...
- Lita, déjame dormir contigo... – rogó con su voz infantil.
- ¡Olvídalo!- protesté con disgusto- la última vez que dormimos juntas me dejaste más golpeada que diez demonios del Negaverso.
- No me moveré, lo prometo.
- ¡Que no!
- Por favor...
Discutimos media hora y a fin de cuentas Mina durmió a mi lado. La tramposa usó un tono de voz dulce e infantil al que siempre recurría para chantajearme. Y yo seguía sin saber como caía en esa trampa suya.
Lo más raro fue que no sentí que se moviera en toda la noche.
Al día siguiente, si bien no me golpeó, amaneció encima de mi. Sus brazos estaban en mis piernas, sus piernas en mi cara y su cara colgando del colchón... Dios mío. Por lo menos no me golpeó.
Eran las diez de la mañana. Me levanté como pude, acomodé a Mina en la cama y me fui a dar un baño. A la luz de la regadera mis pensamientos se volvieron hacía esa chica rubia que hacía mi cabeza un lío... Mina...
¡Rayos!... No podía sacarla de mi mente ni un instante.
Un calendario en la pared de mi alcoba me dijo que las vacaciones ya habían comenzado. Días antes, Serena nos contó por teléfono que saldría de viaje a E. U. a visitar a Darien. Hacía un buen tiempo que no veíamos a Ami y Rei. Haruka y Michiru estaban inlocalizables por el momento. Y Hotaru y Setsuna irían a Inglaterra una temporada... ¡Qué envidia!
Durante el desayuno Mina se notaba visiblemente nerviosa. ¿Y cómo no? en cuanto acabáramos de comer la llevaría directo a casa con sus padres. Yo también estaba preocupada, pero no se comparaba para nada a como ella se sentía.
- ¿Quieres que te espere?- le pregunté en cuanto llegamos a su casa.
- No, gracias. Esto va para largo...
- De acuerdo... adiós.
Me dio un fugaz abrazo y entró a casa, no sin antes suspirar profundamente para darse el valor de abrir la puerta.
Regresé a mi casa, rogando a los dioses que a Mina le estuviera yendo bien con sus padres. Ella era mi mejor amiga y no quería verla sufrir. Su tristeza era la mía...
- Mina...
Ambas congeniábamos a la perfección, no sólo como compañeras de batalla, sino también como personas. Ella era una líder nata, y yo su fiel seguidora. Me gustaba protegerla, saber que mi fuerza era útil. Mina era mi amiga, mi compañera, mi hermana; y seguiríamos siéndolo en el futuro... tal como lo dictó el lejano pasado.
Era de noche y no me atreví a llamar la casa de Mina, presentí que no era el mejor momento.
Ese día me dediqué a hojear un libro de mitología griega que Ami me había regalado en mi cumpleaños. "Venus – Afrodita, diosa del amor, la belleza y la lujuria... capaz de hechizar a los hombres y controlarlos..."
Bueno, Mina cumplía con todos los requisitos, al menos los del principio. Sonreí al imaginarme a Mina con un grupo de hombres en la palma de su mano... pero, después, esa misma visión me causó nauseas...
¡Rayos!... seguramente estaba enferma. Pero imaginar a Mina con un hombre me molestaba. Y esto me pasaba desde hacía un buen tiempo. Cuando ella hablaba sobre algún chico una rabia enorme crecía en mi pecho. Además, últimamente estaba siendo un poco posesiva con ella... ¡Ay, rayos!... ¿por qué?
Sin darme cuenta, me quedé dormida en el sillón...
Imágenes... sonidos... sensaciones... primera vagas, lejanas; después reales, perceptibles... Un palacio, un jardín y cuatro chicas en él. En el cielo, la luna que estaba acostumbrada a ver, era sustituida por un planeta azul que cubría buena parte del firmamento. El sol parecía más lejano de lo normal.
Me encontraba sentada bajo un enorme árbol, disfrutando de aquella reconfortante sombra. Mi cuerpo se sentía cansado, había sido un largo viaje desde Júpiter (¿?).
Acababa de llegar a la Luna, la capital del Milenio de Plata, la reina Serenity (la líder absoluta del sistema solar) nos esperaba a esas tres chicas y a mí. Iban a nombrarnos sailor scouts, guardianas de la princesa Serena y protectoras del reino, en cuanto ésta última sucediera a su madre en el trono. Desde pequeña, me habían sometido a un rudo entrenamiento para tomar el nombre de Sailor Jupiter, al igual que mi madre lo había hecho mucho tiempo atrás.
De reojo me dediqué a observar a mis nuevas compañeras, todas ellas princesas, y todas ellas desconocidas para mí. Sólo sabía que eran de Mercurio, Venus y Marte, aunque no tenía idea de qué planeta era cada una. Esas chicas me ponían nerviosa, así que no les dirigí la palabra por un buen rato.
Una de ellas, una joven de ojos oscuros y larga cabellera negra, nos miraba con cierto desprecio, parecía un volcán a punto de hacer erupción. Se encontraba en una esquina sombreada del jardín, luciendo una mirada crítica y severa. Su vestuario rojo le confería un aspecto misterioso, místico.
Otra de las princesas se hallaba sentada en la fuente del fondo leyendo un enorme libro. Toda ella era azul, sus ojos, su cabello corto, su ropa... Parecía tan frágil como el cristal. No levantaba la mirada, lucía nerviosa... sin duda era una chica tímida.
La última de las tres demostraba ser bastante risueña, pero tampoco se atrevía a entablar conversación con alguien. Tenía una hermosa sonrisa y una larga cabellera rubia. Tomaba los pocos y penetrantes rayos del sol. Contrario a las demás, ella nos buscaba con su mirada.
Dado que la joven de ojos negros le dedicó una cara de pocos amigos y la chica de la fuente parecía sordomuda, la rubia no tuvo más remedio que acercarse a mí. La miré, un poco incómoda, pero su sonrisa bastó para que me relajara.
- Mucho gusto, soy Mina, princesa de Venus- dijo, estirándome su mano.
- Soy Lita, princesa de Júpiter- sonreí, correspondiendo el gesto- Gusto en conocerte también.
- ¿Eres de Júpiter?
- Si.
Me jaló con fuerza, obligándome a ponerme de pie. Entre su frente y la mía había treinta centímetros de diferencia. Me miró, sorprendida, e hizo una extraña reverencia, propia de su planeta según mis conocimientos de cultura. Hice lo mismo con el saludo de Júpiter y nos sonreímos con más confianza. Era una chica hermosa, nadie hubiera dudado que era de Venus.
Las otras princesas seguían en sus mundos...
- Si eres de Júpiter- me dijo- debes ser muy fuerte.
- Más o menos- me lleve una mano a la nuca, apenada.
Se acercó a mí y habló en voz baja.
- Parece que nuestra chica de Marte es muy gruñona.
- ¿De Marte?
- Sí... es la de la esquina... ¿No has visto cómo nos mira?
Vi de reojo a la chica y ésta nos dio la espalda en clara señal de enfado, no sin antes enviarnos una gélida mirada que me provocó escalofríos. Si esa chica era de Marte, entonces la de la fuente era de Mercurio. Ésta vez yo hablé primero, ya con más confianza.
- Creo que para la princesa de Mercurio no existimos- comenté, aún en voz baja.
- Oí que es una chica sumamente inteligente, pero...
Volvimos nuestra mirada hacia la mercuriana, que al parecer era muy perceptiva, pues escondió su rostro en el libro en cuanto sintió el peso de nuestros ojos.
- Por lo que veo, tu y yo nos llevaremos muy bien- me dijo en voz alta para que ellas nos escucharan.
- ¿Pero, qué haces?- murmuré, nerviosa.
Sentí la asesina mirada de la princesa de Marte, al parecer Mina no, y si la sintió, no le dio importancia. La otra chica se fingió sorda.
- Ven, vamos a conocer a nuestras compañeras- exclamó a todo pulmón y me tomó de la mano, dirigiéndome hacia la esquina del jardín.
- Pero... – balbuceé al mirar los encendidos ojos de la princesa del planeta rojo.
Nos paramos frente a ella, que parecía visiblemente incómoda con nuestras presencias. Yo seguía nerviosa... y Mina feliz.
- Hola- sonrió mi nueva amiga- me llamo...
- Mina- se adelantó- Las escuché bien... ella es Lita- dijo esto último mirándome de reojo.
La voz de esa chica era profunda. Sus brazos cruzados y esa mirada de fuego se imponían, provocándome cierto temor, pero Mina parecía muy, muy divertida.
- ¿Y cómo te llamas?- le preguntó, sin abandonar su gesto risueño.
- Rei- respondió, sin abandonar su gesto malhumorado.
Descruzó sus brazos e hizo una reverencia, propia de su planeta. Correspondimos el diplomático saludo y le sonreímos, pero ella a nosotras no; sólo ablandó su gesto y lanzó un largo suspiro. Me sentí menos nerviosa, Rei no podría ser tan mala después de todo.
- Oye- gritó Rei, llamando a la princesa de Mercurio- ven con nosotras.
Mina y yo nos sorprendimos un poco por la reacción de Rei, al menos ya se había roto el hielo. En la fuente, la chica cerró el libro y se acercó, sin alzar la mirada.
- Supongo que ya oíste nuestros nombres- le dije con una sonrisa que pareció tranquilizarla.
- Sí... – su respuesta fue como un susurro- Soy Ami, princesa de Mercurio, es todo un honor conocerlas.
Acto seguido: hizo su reverencia al igual que nosotras. Nos miró, mostrándonos un par de ojos celestes y unas mejillas rojas.
El sol invade una buena parte del cielo... Estoy en un hermoso castillo que parece sacado de un cuento de hadas... Es un paisaje diferente al de Júpiter o La Luna... De un lado se ve el pequeño Mercurio, y por el otro el planeta azul llamado Tierra... Estaba en Venus, el planeta natal de Mina.
Ella y yo nos frecuentábamos bastante, a pesar de la enorme distancia entre Júpiter y Venus (sólo tres planetas y el cinturón de asteroides, sin contar la obligatoria escala en la Luna). Paseábamos por los jardines, jugábamos bromas a los guardias, entrenábamos, platicábamos largas horas acerca del amor, nos confesábamos nuestros temores y alegrías... Nuestra amistad había crecido mucho, nos llevábamos mejor con Ami y Rei, y Serena, la hija de la reina de la Luna, nos adoraba (y nosotras a ella, claro).
Guerra... demonios... un gran reino mítico acabado de caer... una mujer pelirroja de nombre Beryl dirige el ataque... muertos por todos lados... los planetas aliados de la luna destruidos... detrás de Beryl se alza, malvada, la Negafuerza...
Luna y Artemis acababan de avisarnos del repentino ataque, la situación era crítica. Nos transformamos. Mercury y Mars fueron las primeras en salir a encarar al enemigo. Me disponía a seguirlas cuando una mano en mi hombro me detuvo.
- Espera un momento- susurró Mina con su vista baja.
- ¿Qué pasa?- le pregunté, preocupada.
- Muchas gracias por tu amistad- dijo, mirando fijamente mi sorprendido rostro.
- Gracias a ti también- respondí, sonriendo y tomándola por los hombros- Me has brindado momentos maravillosos que jamás olvidaré.
- Digo lo mismo... Será un honor luchar al lado de la princesa de Júpiter.
- Y para mí será un honor aún más grande morir al lado de la princesa de Venus.
Nos dimos la mano, con una sonrisa y un gesto fiero en la cara. Sabíamos de sobra que moriríamos, pero no importaba si lo hacíamos juntas. Nos abrazamos con fuerza y después salimos con Mars y Mercury. Ami calculaba afanosamente en su computadora de bolsillo las lecturas de su visor digital, Rei rezaba una serie de letanías que alejaban a los demonios del palacio. Los gestos de ambas eran fríos, decididos...
- Lo único que podemos hacer es darle algo de tiempo a la reina- dijo Mercury en cuanto sintió que nos paramos detrás de ellas.
- La energía de la Negafuerza nos devorará en cuestión de segundos- advirtió Mars, sombría.
- Es suficiente tiempo para que nuestra reina invoque el poder del Cristal de Plata- dijo Venus con seriedad.
Mars volvió su rostro hacía nosotras y nos miró con una leve sonrisa.
- Eres la líder, Venus... di a qué hora atacamos.
- Mars... – balbuceó Mina, sorprendida.
- Cuando quieras, líder- le siguió Mercury en el mismo tono- Soy la estratega y prometo que no te fallaré.
- Lo mismo digo- exclamé, presa del momento- Que mi fuerza sirva a tus ordenes.
Venus estaba confundida, y no era de más, pues Rei nunca la quiso como líder y Ami detestaba las peleas.
- De acuerdo- sonrió Venus- Si hemos de morir que sea ahora.
- Fue todo un honor ser su amiga- dijo Mercury.
- Fue todo un honor ser su compañera- dijo Mars.
- Será un honor pelear con ustedes- dije.
- Y será un honor morir con ustedes- finalizó Venus y luego exclamó- ¡VAMOS!
- ¡SÍ!
Poco a poco desperté de aquel recuerdo en forma de sueño. Aún seguía en el sofá. No sabía que hora era y, menos por qué una lágrima rodaba por mi mejilla. La sequé. Busqué un reloj y descubrí que eran las once de la mañana. Válgame, jamás me había levantado tan tarde. Me arreglé y salí a dar un pequeño paseo al centro comercial.
Estaba en el mismo lugar de ayer. A quince pasos de mí, una tienda de ropa sorteaba un viaje a Hawai para dos personas, con todos los gastos pagados por una semana. Había mucha gente, pero, al parecer, ningún ganador.
- ¡Lita!- escuché una pícara voz que me llamaba, no me costó trabajo reconocerla.
- Mina- sonreí al ver la radiante figura de mi amiga acercarse.
- ¡Sabía que estarías aquí!- exclamó con alegría.
Se sentó a mi lado, viéndome fijamente con sus ojos de cielo, que brillaban tanto como si el sol se paseara por ellos.
- ¿Sabes?... me reconcilie con mis padres.
- ¡Qué bueno!
- Además, me permitieron mudarme contigo, dijeron que soy una chica madura y autosuficiente.
Me alegré como nunca... ¡Mina viviría conmigo! Era todo un sueño. Ella notó mi felicidad y sonrió ampliamente.
- ¿Quieres que vayamos por tus cosas?
- Si, en la tarde está bien...
El alboroto de la tienda llamó la atención de Mina, leyó los carteles y se puso como loca.
- ¡¿Ya viste?!... ¡Están sorteando un viaje a Hawai!- gritó, jalándome en dirección a la tienda- ¡Vamos!
- No... espera...
Ante el disgusto de muchos, nos colamos al frente del gentío. Mina compró un boleto y me miró.
- Contigo me siento de suerte... Hagámoslo juntas.
- De acuerdo.
Tomamos la manija y le dimos vuelta furiosamente. El ruido de las pelotas llamó la atención de los presentes, obligándolos a callar. Una pelotilla salió por el estrecho orificio... era la premiada...
- ¡Felicidades!
- ¡Ganamos, ganamos!- nos abrazamos y comenzamos a brincar.
Apenas me di cuenta, ya estabamos en el aeropuerto junto con Serena. Ami y Rei no fueron a despedirnos, "¡Sólo es una semana, por el amor de Dios!" fue su argumento. No nos molesto, a fin de cuenta eran vacaciones. Serena fue la primera en abordar su avión a E.U. donde Darien la recibiría.
En tanto, yo temblaba. Desde el accidente aéreo de mis padres, le tenía una horrible fobia a los aviones. Mina lo sabía, así que trataba de calmarme por todos los medios posibles.
- Vamos, tranquila- me decía con dulzura, jalando de mi brazo e intentando conducirme a la puerta donde tomaríamos el vuelo.
- Voy... yo... ya voy... – mi voz temblaba, y mi rígido cuerpo no ayudaba en nada a Mina.
- O.K.- susurró, soltándome- Si esto no funciona, nada lo hará.
De un pequeño salto se colgó de mi cuello y me dio un cálido y fugaz beso en la mejilla.
- Mina... – articulé, confundida y sonrojada.
- ¿Te sientes bien?
- Sí...
Logré subir al avión. Si bien su beso me hizo olvidar mi fobia, también alboroto mi corazón. Nunca me había sentido así. Por su parte, Mina lucía infinitamente satisfecha.
- No te preocupes- sonrió- en un par de horas estaremos en Hawai.
- ¿Por qué lo hiciste?- le pregunté, obvio que me refería al beso.
- Debía hacer algo- se encogió de hombros- y fue lo mejor que se me ocurrió.
- Funcionó... – murmuré, desviando mi vista al frente.
El vuelo duró menos que el drama que arme para no subir al avión. Las paradisíacas islas volcánicas pronto aparecieron en el horizonte, irguiéndose, majestuosas, en el mar.
- Son hermosas- musitó Mina.
"Y tú también" pensé, bastante divertida por la repentina idea que invadió mi mente.
Llegamos al hotel, dónde ya tenían nuestra reservación. Era un lugar lujoso, elegante, y en verdad exótico. Me aterroricé al descubrir que nuestro cuarto era una pieza matrimonial. ¡No, no puede ser!... ¡Tendría que compartir la cama con Mina la rompe huesos!...
- Si llegas a patearme- le advertí mientras desempacábamos- juro que te amarraré a la cama.
- Ay, Lita- reprochó con voz pícara- no sabía que gustaras del bondage. Eres mala.
- No, espera- exclamé, molesta y fuertemente sonrojada- ¡No pienses eso de mí!
- No finjas, Lita- murmuró, acariciando mi mejilla- pero si quieres amarrarme a la cama, no hay problema.
- ¡Oye!- le grité- No me mal interpretes.
- Era broma- me guiñó un ojo, bastante divertida.
- Odio cuando haces eso.
Descansamos un rato y después fuimos a comer. Mina devoraba la comida como si fuera la última de su vida, yo trataba de ignorarla, cosa imposible desde luego. Después de comer salimos a pasear a la playa. Era una hermosa tarde, el sol se derretía al contacto con el horizonte, parecía mantequilla en un sartén caliente. Nos sentamos en la arena para contemplar aquel increíble ocaso
- Me alegra mucho haber venido contigo- murmuró con dulzura mientras tomaba mi mano.
- Yo también estoy contenta- le dije en voz baja, como queriendo que solo ella me escuchara.
En lugar del ocaso, ahora contemplaba los ojos de Mina. Nos miramos un buen rato, hasta que ella reaccionó.
- ¡Nademos un rato!- exclamó, levantándome de un jalón- Casi no hay nadie en ésta parte de la playa.
- Es solo para nosotras- comenté, feliz- Vamos.
Corrimos al mar, jubilosas. Mina aún sostenía mi mano, al parecer no pretendía soltarme... y no lo hizo en todo ese tiempo. Jugamos un largo rato en el mar. Regresamos al hotel cuando se pintaron las primeras estrellas en el firmamento.
Mina veía videos en la televisión mientras yo me bañaba en el elegante cuarto de baño. Tenía una regadera y un jacuzzi enorme en el centro. Yo estaba en la regadera, dejando que el agua caliente corriera por mi cuerpo. Aunque el jacuzzi era tentador... y caí en la tentación. Puse a funcionar la enorme tina y me metí.
- Oye- reprochó Mina, asomándose por la puerta- ¿Te metiste al jacuzzi y no me llamaste?
- Lo siento- me disculpé, llevándome una mano a la cabeza.
Mina entró, cerró la puerta y comenzó a quitarse la ropa. La sangre se me subió al cerebro al ver la inhibida acción de mi amiga. Lo extraño es que no podía apartar mis ojos de cuerpo.
- Oye... – alcancé a balbucear cuando se sentó a mi lado – no era necesario que te desnudaras aquí.
- ¿Y qué tiene de malo? – preguntó con curiosidad – Sólo estamos tu y yo.
- Lo sé, pero...
- Lita – murmuró con malicia – te pusiste roja... ¿qué tanto me mirabas?
- No pienses mal – reproché.
Mina esbozó una rara sonrisa. Sus ojos de cielo me confundían, no sabía si jugaban conmigo o sólo era una broma de mal gusto. Pero Mina era una chica directa que no ocultaba sus sentimientos, últimamente se comportaba así (desde que vencimos a Galaxia seis meses atrás) y no sabía el porqué. Entre tantas reflexiones, apenas si me percaté cuando ella echó su rubio cabello hacía delante, por encima de su hombro.
- Tállame la espalda – su petición terminó de sacarme de trance.
- Sí – tomé una esponja enjabonada y la froté contra su piel de nieve.
- Mm... es agradable – suspiró en voz baja.
Mina a veces era una niña traviesa, otras una chica madura... ¡pero ahora no sabía a qué jugaba! No podía entender su comportamiento.
Terminé de enjabonar su espalda, cuello y hombros, y con una regadera de mano la enjuague. Su piel mojada brillaba a la tenue luz del baño, confiriéndole más palidez de la normal. Daba la impresión de ser suave, así que pasé mis dedos por su hombro... no me equivoqué, era tan suave como la seda. Entonces sentí que la piel se le erizaba.
- Ahora yo te tallaré la espalda – dijo repentinamente, cambiando de posición conmigo.
- De acuerdo – balbuceé, un poco sorprendida.
Sentí la esponja acariciar mi cuello, era relajante. Siguió con mis hombros y mi espalda. En cuanto terminó de lavarme, posó sus dedos en mis hombros. La piel se me erizó por completo, mientras Mina me dibujaba pequeños círculos con sus largos dedos.
- Estas muy tensa – murmuró a mi oído- te daré un masaje.
- Mina... – fue lo único que pude decir.
Su voz era... sensual, provocativa... nunca había escuchado una voz así. Mis mejillas ardían y mi cuerpo temblaba al sentir el cálido aliento de Mina en mi cuello. Mi corazón latía como loco. Estaba paralizada, indefensa ante aquellas blancas manos. ¡Rayos!... ¿por qué? Mina sólo era mi amiga, una chica coqueta y enamoradiza que...
Un momento...
En esos últimos días ni Mina ni yo hablamos de chicos, ni los perseguimos, ni... nos atraían como antes. Aquí nos topamos con decenas de chicos guapos, pero... ¡a ninguno le pusimos atención!... ¡incluso los evitamos!... ¿Qué rayos?
Sentí que Mina enjuagaba mi espalda.
- Vamos a dormir – me susurró de nueva cuenta, antes de salir del cuarto de baño.
Me quedé estática otros cinco minutos tratando de analizar la situación, pero sólo me confundía más.
- Mina, ¿qué me estas haciendo? – le pregunté a la soledad del cuarto, con un nudo en la garganta.
Cuando entré al dormitorio ella ya estaba acostada, cambiando los canales del televisor con desinterés. Me acosté junto a ella, pero no me atreví a mirarla.
- Mañana vamos a esa discoteca que estaba junto al restaurante – me propuso mientras apagaba la tele.
- Esta bien...
Apagué la luz, un poco nerviosa, olvidando, incluso, que compartía la cama con mi peor pesadilla... pero no pasó nada. Apenas amaneció, descubrí que Mina no se había movido de su lugar.
Lo dicho... ¿Qué demonios pasaba aquí?
Los siguientes días, Mina se la pasó provocándome, si no salía con lo del bondage me molestaba con pequeños besos en la mejilla, casi rozando mi boca. Creo que se divertía de lo lindo al verme sonrojar... y sus maldades, sólo alborotaron mi corazón.
Faltaban dos días para regresar a Japón.
Eran las seis de la tarde. Acabábamos de llegar de un curso rápido de surf. Mina dormía en la cama mientras yo contemplaba las primeras estrellas de la noche.
- Mina – pensé - ¿Qué me has hecho?... ¿por qué me obligas a pensar en ti?
Entré al dormitorio y apagué las luces. Me acosté junto a Mina, que seguía durmiendo. Cerré los ojos. Estaba cansada, pero no podía dormir. Sentí que ella se movía; la ignoré, figiendo que ya estaba dormida.
Nuevamente percibí su aliento cerca de mi rostro. Una extraña sensación se revolvió en mi estómago, un escalofrío recorrió mi cuerpo y, en lo más profundo de mi alma, algo luchaba por salir.
- Yo tampoco puedo dormir – susurró a escasos milímetros de mi boca.
Una suave mano se posó en mi mejilla, obligándome a abrir los ojos. Lo primero que vi fue el rostro de Mina frente al mío. Me quedé sin habla en cuanto ella acortó la distancia de nuestras bocas, uniendo sus labios a los míos...
Me estaba besando... me estaba besando...
Estaba paralizada, sorprendida, pero pronto correspondí el gesto con la misma pasión que ella le imprimía. La abracé con fuerza, estrechando su hermoso cuerpo contra el mío. Nuestras lenguas se entrelazaban con cadencia, encendiendo mi ser como nunca antes lo había sentido.
La intensidad del beso poco a poco se apagó, permitiéndonos recuperar el aliento. Mi mente ya no estaba nublada, mis sentimientos se esclarecieron en cuando vi sus ojos de cielo clavados en los míos.
- Lita... yo... te amo...
Por fin, por fin entendía la extraña sensación que me atormentaba. Yo sentía lo mismo por ella, era eso.
- Mina – susurré con dulzura – yo también te amo...
Una sonrisa se dibujo en su rostro, clara señal de su felicidad. Volvimos a besarnos con locura, permitiendo que nuestros cuerpos se mezclaran en un gran abrazo. Las manos de Mina se introdujeron en mi camisa, acariciando mi piel de forma desesperada, yo hice lo mismo en su espalda. Mis manos se llenaron de una fuerza incontrolable y tiré de su ropa, rompiéndola. Mina se sorprendió un poco, deteniendo su boca de golpe y mirándome de forma extraña. Yo me quedé expectante a su reacción.
- Lita... – sonrió de forma malévola, lo que me alegró en cierta forma – continua...
Se recostó a mi lado, dándome a entender que le agradó lo que hice. Me coloqué sobre ella, presa del deseo de poseerla, y sujeté con fuerza los restos de la blusa que aún la cubrían. Un tirón bastó para que el trozo de tela quedara en el aire. Me acerqué a su rostro y la besé de nuevo, deslizando los tirantes de su sostén por sus hombros.
Mina desató mi pelo y, separándose de mis labios, se hundió en él, comenzando a mordisquear mi cuello y mi oreja.
Descubrí uno de sus senos y, con mi pulgar, acaricié su pezón...
- Ah... – oí como suspiraba.
- ¿Te gusta?- le pregunté con una sonrisa.
- No sigas, por favor... ah... no...
Pero el tono de su voz me suplicaba lo contrario... tomé el sostén de entre las copas y lo jalé con fuerza, mandando a volar la estorbosa prenda. Abandone su aliento en mi cuello y posé mi lengua en el pezón que antes ya tenía entre mis dedos. Mina lanzó un largo suspiro y de nuevo me pidió que cesara mi ataque, pero tampoco le hice caso. En tanto, mi mano descendió por su estómago y su vientre, topándose en el camino con su ropa interior. Un "no, por favor" que emergió de su boca en un gemido, me dio la fuerza suficiente para despojarla de esa última prenda.
Dejé en paz su pezón y mi boca se acercó a su oído.
- Ahora sí vas a pagar todo lo que me has hecho sufrir – le susurré.
- Lita... no sigas...
Lamí sus labios con malicia, antes de posar mi lengua en otras áreas de su cuerpo y arrancar de ella suspiros entrecortados. Poco a poco descendí hasta su entrepierna y la tomé por los muslos, ella no opuso ninguna resistencia cuando descubrí su parte virgen. Sus piernas me rodearon en cuanto hundí mi lengua en su intimidad.
- MMMMM... no, Lita, detente...
Su ruego incremento la velocidad de mis actos, sus gemidos me obligaron a tocarla en sus partes más sensibles, y sus manos jalando mi cabello guiaron a mi lengua a penetrarla y degustar su miel. Me sentía en el cielo...
- Ah... ah... Lita... no... – su respiración era confusa, agitada, señal de que pronto alcanzaría el clímax.
Moví mi lengua aún más rápido, ansiosa de que ella explotara en esas sensaciones que apenas comprendía.
- ¡AHHHHHHH!...
A la par de su grito, su cuerpo se sacudió con violencia. Poco a poco mi lengua se retiró, después de regalarle otro par de orgasmos. De nuevo subí a su rostro y la besé, para que ella probara su propio néctar de mis labios. No tardó en recuperar el aliento y sus fuerzas. Separándose de mi boca, me abrazó.
- Eres mala... – reprochó a mi oído.
- ¿Y qué piensas hacer la respecto?
De un empujón me recostó a su lado. Entre besos me quitó la ropa, poniendo especial atención a mis pechos, los cuales estrujó a su antojo, sin ninguna misericordia. Su lengua se paseó por todo mi cuerpo, haciéndome gritar y gemir como nunca lo imaginé. Unos minutos después, ella se sentó sobre me pecho y abrió mis piernas.
- Ahora verás, Lita Kino – me amenazó, antes de posar su lengua en mi intimidad
Lancé un largo gemido, mi cuerpo tembló ante esa desconocida sensación, y mi cerebro pareció bloquearse con tan intensa oleada de placer. Mina seguía, implacable, provocándome agradables espasmos en el vientre. Estaba bañada en sudor y en placer, abrazando con fuerza las caderas de mi amada.
Después de un rato, mi cuerpo se sacudió con violencia, una sensación me invadió por completo, sacando un grito de mi garganta. Mi vientre se tensó, víctima del esperado orgasmo. La sensación y mis fuerzas se desvanecieron por completo. Mina volvió a acostarse junto a mí, cubriéndonos con las cobijas. Se hundió en mi pecho y se dedicó a darme pequeños besos en la piel. La abracé con debilidad, sintiendo como el sudor escurría por su espalda. Enredé mis piernas con las suyas y la pegué a mi cuerpo.
- Fue maravilloso... – susurró desde mi pecho.
- Lo mismo digo...
La volví a besar con recobrada fuerza hasta que nos quedamos dormidas.
Ya estábamos en el avión de regreso a Japón. Mina descansaba sobre mi hombro, pues habíamos hecho el amor antes de ir al aeropuerto. En cuanto llegamos, fuimos a su casa por sus cosas. Una vez que se instaló conmigo, nos dormimos el resto de la tarde. Despertamos en la noche y cenamos algo.
Mis ojos no se despegaban de Mina, y ella parecía feliz de ello.
- ¿Sabes?... hace poco tuve un hermoso sueño.
- ¿Un sueño?
- Bueno... más bien fue un recuerdo del Milenio de Plata.
- ¿De qué se trató?
Mina me escuchaba, totalmente embelesada por lo que yo le relataba. Le conté todo con lujo de detalles: la escena del jardín, el palacio de Venus, la despedida... ella estaba feliz de saber que desde el pasado estábamos juntas.
- Te amo... – dijo por enésima vez durante la cena.
- Y yo a ti... – contesté con dulzura.
- Y lo repetiré hasta que todo mundo lo sepa.
Acto seguido: se levantó de la mesa y asomó medio cuerpo por la ventana que daba a la calle.
- ¡Escuche todos! – gritó - ¡Yo amo a Lita!... ¡La amo!
De inmediato la quité de la ventana, abrazándola por la cintura. Ella siguió gritando, presa de la felicidad. Rodeé su pecho y la estreché con gentileza.
- A mí me basta con que tú sepas que te amo – le dije en voz baja, lo que la calmó.
- Pero yo quiero que todo Tokio se entere – rió con su gesto travieso.
Sonreí y besé su cuello, no tuve que mirarla para saber que ella también sonreía.
- Eres sólo mía... no permitiré que todo Tokio se entrometa.
- ¿Me quieres solo para ti?
- Sí.
- ¿Y si me niego?
- Tendré que... amarrarte a la cama...
Ambas estallamos en risas y nos besamos con locura. Después del largo beso se deshizo de mi abrazo y me miró con su gesto pícaro.
- ¡Seré tuya si me alcanzas! – gritó mientras se echaba a correr.
- ¿Ah, sí?... Ahora verás...
La perseguí por toda la casa hecha un mar de alegría.
La amaba, en verdad la amaba. Ella era todo lo que necesitaba, lo que había buscado por mucho tiempo, lo que deseaba cada que decía: "se parece al chico que me rompió el corazón". Bueno, Mina no se parecía en nada a él, tal vez por eso me enamoré de ella.
Atrapé a mi diosa después de media hora, corría bastante rápido. No dejé que se escapara de nuevo, pues la abracé con fuerza. La besé en el cuello y la llevé cargando a nuestro dormitorio. Ella sólo se dejó llevar, aferrándose a mis hombros y desatando mi cabello.
Hicimos el amor toda la noche, dejando que la luna bañara nuestros cuerpos desnudos.
Al día siguiente no teníamos muchas ganas de levantarnos, pero decidimos ir a visitar a Rei, hacía un buen tiempo que no la veíamos. De ahí buscaríamos a Ami y saldríamos a divertirnos las cuatro.
Preparé el desayuno mientras Mina arreglaba el desastre del dormitorio.
- ¿Cómo crees que la hayan pasado Ami y Rei? – me preguntó.
- No lo sé, desde que Rei estudió para ese examen, nos la he visto.
- ¿Y Serena?
- Debe divertirse de lo lindo con Darien.
- Hotaru y Setsuna aún no han regresado de Inglaterra.
- ¿Haruka y Michiru habrán salido a algún lado?
- Quién sabe...
Terminamos de desayunar y nos arreglamos.
- ¿Cómo crees que tomen las chicas lo de nuestro romance? – le pregunté.
- Bueno... – murmuró, dejando de cepillar su cabello un par de segundos – lo más probable es que se alegren.
Sonreí, yo pensaba lo mismo.
Mina se veía tan hermosa frente a ese espejo que me sonrojé. El pantalón corto daba a lucir sus bronceadas piernas, y la blusa se ceñía a su torso, confiriéndole un divino atractivo. Mina me miró de reojo y sonrió, le agradaba que yo me embobara con su belleza.
Apenas salimos de nuestra casa, Mina me tomó de la mano y clavó sus ojos de cielo en mí.
- Caminemos, es un día hermoso.
Era verdad, el día estaba soleado, no había nubes por ningún lado y el viento acariciaba la ciudad con su frescura. Cerré los ojos y aspire el aire, llenándome con la energía de la mañana.
- De acuerdo...
No llevábamos ni una cuadra cuando vimos a Haruka a lo lejos con un par de bolsas de papel en sus brazos. Seguramente había ido de compras.
- ¡Haruka! – le gritamos.
Ella volteó y nos sonrió, dejando sus bolsas en el asiento trasero de su auto. Nos acercamos y comenzamos a platicar.
- ¿Cómo la pasaron en Hawai? – nos preguntó.
Las dos nos pusimos a hablar al mismo tiempo, describiendo la maravillosa semana que habíamos tenido.
- ¿Adónde van?
- Al templo Hikawa – le respondió Mina - ¿Vienes?
- Tal vez otro día... ¿quieren que las lleve?
- Preferimos caminar, no está tan lejos.
- Muy bien...
De un salto subió a su auto y lo encendió.
- Ellas se alegrarán mucho cuando se enteren – dijo de repente.
- ¿De qué hablas? – le pregunté.
- Ya lo sabrán... – respondió antes de partir.
Mina y yo nos miramos, con un enorme signo de interrogación en la cara. ¿Qué querría decir con eso?
- Te reto a una carrera – dijo Mina, olvidándose del asunto.
- De acuerdo.
- La que pierda, pagará los helados de las cuatro.
Asentí con la cabeza y comenzamos a correr, pero Mina se alejó por otro camino, alegando que era un atajo. Yo estaba feliz, agradeciendo a aquel que puso a Mina en mi camino; llámese Dios, destino o Princesa...
- Gracias...
FIN DEL CAPÍTULO DOS