V

 

 

Haruka sabía que algo andaba mal con su vehículo, podía oírlo en el extraño ruido que hacía el motor. ¡Imposible que su Ferrari le fallara!, pero lo estaba haciendo. El cambio de velocidades cada vez era más lento, el acelerador tardaba en responder y los frenos se negaban a cooperar.

 

Cerca de ahí vio un pequeño taller mecánico y no dudó en ir, no le gustaba conducir en esas condiciones. Tenía que admitirlo, a pesar de que era un as al volante, nunca tenía cuidado con el mantenimiento de su auto, y ahora estaba pagando las consecuencias de ello.

 

Como pudo, se estacionó frente al taller, salió del vehículo y entró al lugar, pero no se veía nadie.

 

“Hola”, llamó en voz alta, “¿hay alguien?”

 

De pronto escuchó algo así como un golpe, seguido de un quejido de dolor. En la esquina del taller se encontraba un viejo auto con la tapa del cofre levantada, y detrás de éste apareció una chica sobándose la cabeza.

 

“Lo siento”, se disculpó, apenada por semejante golpe que había provocado.

“No te preocupes”, respondió la chica con una sonrisa, “yo fui la que no se fijó que estabas aquí”

“Oye, ¿se encuentra el dueño?, tengo un pequeño problema con mi auto”

“Salió a atender un compromiso”, explicó la chica, “pero yo puedo ayudarte”

“¿Tú?”, preguntó, incrédula y a punto de estallar en risas. ¿Cómo era que una niña en pantalones cortos llenos de negra grasa se ofrecía a reparar su motor?

 

La chica permaneció seria y de reojo miró el auto amarillo estacionado enfrente. Sin siquiera pedirle permiso se acercó a vehículo y le hizo un chequeo visual en la superficie.

 

“¿Podrías abrir el cofre?”, le pidió la chica, con la seguridad asomándose en su mirada azul, el mismo color de su cabello corto.

“¿Qué piensas hacer?”, le preguntó, sin mover un solo dedo.

“Ver cuál es el problema de tu auto”, respondió, visiblemente ofendida por aquella altanera mirada.

 

Se vieron a los ojos durante segundos que parecieron siglos. Ninguna de las dos cedía a las pupilas azules de la otra. Por fin, y sin dejar de mirarla, la conductora se acercó al auto y abrió en cofre. La chica levantó la tapa y la sujetó con la varilla. Se inclinó sobre el motor y, en cuestión de segundos y a base de observación, encontró la falla ¡sin necesidad de que Haruka le describiese los síntomas!

 

“Se agotó el líquido para frenos, el motor necesita un cambio de aceite y hay que cambiar las bujías”, enumeró sin levantar la cabeza.

 

Haruka arqueó una ceja, tratando de ocultar lo admirada que estaba.

 

“De acuerdo”, musitó con desinterés, “hazlo”

 

La chica frunció el ceño ante el evidente desafío de aquella grave y a la vez suave voz. Sin perder tiempo, se hizo con todo lo necesario y comenzó a trabajar. No tardó ni media hora en terminar con las reparaciones, dejando a una sorprendida Haruka.

 

“Es todo”, suspiró la chica, limpiándose las manos con una franela.

 

Haruka se encogió de hombros, más apenada que cuando la pobre se dio el golpe con la tapa del cofre. Se acercó a la chica y le sonrió.

 

“Gracias”, susurró con su tono galante, aquel que enloquecía a su club de seguidoras, “y disculpa si te ofendí”

“No te preocupes”, dijo la chica, sonriendo.

“Soy Haruka Tenou, mucho gusto”

“Ami Kaiou, el gusto es mío”

 

Se dieron la mano amistosamente, ‘vaya, alguien que no me conoce’, pensaron al mismo tiempo, bastante divertidas.

 

La varonil chica pagó la cuenta, subió a su amado Ferrari y lo encendió, comprobando que ya no se escuchaba aquel molesto ruido. Satisfecha, le dio una propina por tan buen trabajo.

 

“¿Trabajas diario aquí?”, le preguntó.

“No, solo los lunes y los martes, en la tarde”

“Entonces me aseguraré que mi auto se descomponga esos días”

 

Ami sonrió, feliz.

 

“¿Somos amigas?”, le preguntó con dulzura.

“Claro”, respondió, no sin antes notar que ella no la confundió con un hombre, como siempre le solía pasar.

“Regresa cuando quieras”, dijo finalmente y Haruka se fue a gran velocidad.

 

‘He oído ese nombre antes’, pensaron, de nuevo, al mismo tiempo.

 

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VI

 

 

No le fue difícil adaptarse a un travieso grupo de niños de primaria, eran lindos y todos ponían su mayor empeño en aprender, pero no había ninguno que sobresaliera en especial, al menos no hasta que apareció en su clase una pequeña niña de pelo negro y ojos de un extraño tono violeta. Hotaru era su nombre, una preciosa niña con gran talento para el violín y el dibujo. Era seria y de mentalidad madura, pero con la dulzura y la inocencia que le era propia de su edad. No pudo evitar fascinarse con aquella niña, ‘hija’ de la famosa diseñadora de modas Setsuna Meiou.

 

Había leído en un reportaje que Hotaru era adoptada, pero Setsuna le quería como si de verdad hubiese nacido de su vientre.

 

“Srita. Michiru”, le llamó Hotaru con su dulce voz, “Ya practiqué las notas que me dijo”

“Entonces tócalas”, le ordenó Michiru con ternura.

 

El suave sonido emanó del instrumento, inundando el salón por completo, obligando a callar a los traviesos niños, que en lugar de hacer sus deberes, se dedicaban a jugar. Hotaru tocaba el violín con maestría, eso sí, como a todo principiante, se le trababa alguna que otra nota, sus pequeños dedos aún eran algo torpes, pero demostraban que en un futuro serían habilidosos.

 

Michiru sonrió, satisfecha. De hecho pensó hacerla su alumna particular, Hotaru prometía mucho. Tendría que hablar personalmente con la ‘madre’ de la niña, aunque no dudó que ella aceptara, ya que también era una artista.

 

Hotaru terminó la pequeña pieza con tal emoción, que sentía que acababa de dar un concierto ante miles de personas. Michiru le aplaudió y le extendió otra serie de partituras, era una melodía más extensa, pero estaba segura que la aprendería rápido.

 

“Dime, Hotaru, ¿te gustaría que fuera a tu casa a darte clases de violín?”

“¿De verdad?”, sonrió la niña.

“Sí, si tú quieres”

 

Hotaru asintió y se fue practicar aquella nueva melodía.

 

Media hora después, llegaron las madres por los niños, entre ellas se hallaba la famosa Setsuna que, con un par de gafas negras y una larga gabardina, trataba de pasar desapercibida entre la gente.

 

Hotaru corrió a los brazos de la diseñadora, que la recibió con ternura, estrechándola, gentil.

 

Michiru se acercó a Setsuna, descubriendo que su moreno rostro apenas andaba alrededor de los veinte años. Le saludó, educada, y Setsuna correspondió el gesto.

 

“Usted debe ser Setsuna Meiou”, dijo, en voz baja.

“Sí”

“Me encantaría hablar con usted, es sobre Hotaru”

“De acuerdo”, respondió, seria.

“¿Mañana tiene alguna hora libre?”

“Tengo todo el día de mañana libre”, respondió de una forma graciosa.

“Entonces platicaremos en una cafetería, ¿está bien?”

“¿A las tres?”

“Si, yo paso por usted, tengo su dirección en el archivo de Hotaru”

 

Setsuna se despidió cortésmente, al igual que Hotaru.

 

Michiru se disponía a regresar a su casa cuando un familiar auto se detuvo junto a ella.

 

“¿La llevo, señorita?”, preguntó el galante conductor.

“Mamoru”, exclamó, con sorpresa, ”Pensé que saldrías tarde del trabajo”

“Yo también”, sonrió, “Anda, sube”

 

En el camino le notó más contento de lo normal.

 

“¿Acaso te paso algo agradable?”

“¿Por qué lo dices?”

“Estas muy feliz”

 

Mamoru no respondió, Michiru se quedó callada, sabiendo que si ella no le sacaba nada, lo haría Ami.

 

 

 

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