Temores.
Miedos.
Era la primera vez que entraba en la casa de Marte, que más bien era un templo, aunque más pequeño que los que se encontraban en otros lados. Tenía cinco cuartos: dos dormitorios, un baño, una cocina y, el más grande, un cuarto de meditación con una enorme pira en el centro y un altar a los dioses. Era una casa hermosa, para que negarlo.
Con esa, era la tercera vez que se mudaba. Primero, fue con Venus; después con Júpiter y ahora con Marte. En el caso de Venus, los primeros días se la pasó llorando sin entender lo que pasaba, cada que quería huir, una extraña fuerza le retenía; también Venus había intentado besarla, pero pasó lo mismo que con Júpiter; de repente se detenía. Vivió cuatro meses con Venus, hasta que Júpiter la venció en duelo. Recordaba que desde entonces, su hermana había alegado el trato que le daban, pero no lograba nada ante el trío.
Se encontraba en su nuevo dormitorio, apenas había acabado de desempacar sus cosas. Estaba sentada sobre la cama, respirando esa extraña paz que flotaba en el templo; algo raro si se pensaba que era el hogar de Marte. El calor de la casa era abrazador, pero no tardó en acostumbrarse. Marte había salido a una junta con el resto del Consorcio y la había dejado. Era la primera vez que una de sus dueñas no la llevaba a las juntas. Aparte, seguía preocupada por su hermana menor, pero confiaba en que, como le dijeron, se recuperaría de nuevo... Incluso ella misma se sorprendió al verla tan sana como siempre.
También recordó a la persona que había conocido en el bar: Haruka... simplemente no podía olvidarla. ¿Porqué?... No estuvo con ella más de una hora, tampoco se dijeron gran cosa... Sólo conocía su nombre. O, tal vez, se debía a que era la primera sonrisa sincera que veía en mucho tiempo; la primera mirada preocupada aparte de la de su hermana, una mano cálida y unas pupilas capaces de arrancarla del mundo real.
- Haruka...
Venus les miraba de una forma extraña, tanta, que ni siquiera se podía adivinar lo que pasaba por su mente; no había ningún gesto en su blanco rostro y eso las confundía aún más. Ni Marte ni Júpiter se habían atrevido a hablar después de que le contaron lo del duelo.
- Déjenme ver si entendí bien – dijo Venus, después de largo rato de caminar en círculos por el balcón, dirigiéndose a Júpiter – Venías del pueblo con Neptuno, cuando Mercurio se apareció de la nada, en perfecto estado de salud, para retarte a duelo. La estabas venciendo, ya casi la matabas, cuando apareció Marte a mitad de la pelea para también retarte... Mandaste a volar a Mercurio, Marte te venció en un ataque y te quitó a la Prometida... ¿Estoy en lo correcto?...
Ambas asintieron, conscientes de que Venus no estaba enfadada.
- ¿Dónde quedó Mercurio? – preguntó enseguida.
- La dejamos ahí mismo – respondió Júpiter – Aunque no entiendo cómo se curó tan rápido.
- Yo tampoco lo entiendo – dijo Venus - ¿Y la Prometida?
- Esta tranquila – contestó Marte – Pensé que se pondría rebelde, pero no... Puedo ver que Júpiter la volvió muy sumisa...
- Espero que tú si logres algo... sino, no sé que vamos a hacer – comentó Júpiter.
- Sino – intervino Venus, dirigiéndose a Marte – creo que deberás dejarte vencer por Mercurio.
- Graciosa...
Marte se puso de pie y se encaminó a la salida.
- Debo irme, dejé sola a mi Prometida.
- Está bien, nosotras nos quedaremos otro rato – dijo Júpiter.
- Adiós.
Venus y Júpiter se quedaron solas.
- ¿Te pasó lo mismo que a mí? – le preguntó a la alta chica después de unos segundos de silencio, ésta de inmediato supo a que se refería su líder y asintió.
- Lo intenté varias veces, pero jamás pude tocarla... Dijiste que sólo alguien fuerte podía besar a la Prometida.
- Mi fuerza está en el carácter y la tuya en el cuerpo, quizá la fuerza a la que se refiere la leyenda sea la del espíritu... Marte tiene posibilidades si así fuera.
- ¿Y si no fuera la fuerza del espíritu?...
- Entonces, no se qué haremos.
- ¿Crees que Mercurio podría...?
- No, ella no es fuerte, sigue siendo la misma niña débil de siempre... además, no me la imagino besando a su hermana.
- Buen punto. Pero, ¿crees que el lazo de sangre cuente como una fuerza?
- No, y si así fuera, no funcionaría... ellas no son hermanas de sangre.
- ¿Qué?
Júpiter casi se cae de la silla. ¿Cómo que no eran hermanas?. Si se parecían mucho físicamente.
- La única que sabe eso es la Prometida, Mercurio ni siquiera está enterada – explicó – Neptuno me lo contó una vez y me pidió que no se lo dijera a ella. Me dijo que, durante un viaje que hizo con sus padres al planeta Mercurio, cuando tenía dos años, se encontraron un bebé abandonado a mitad de la nada. Adoptaron al bebé y se la llevaron a Neptuno con ellos, donde vivió por más de diez años. Después, sus padres tuvieron malentendidos y se separaron, el padre se fue con la más pequeña a Mercurio y la madre se quedó en Neptuno con la mayor. Lo único que ella sabe, es que su ‘madre’ le dio a luz en Mercurio.
- Vaya... entonces Mercurio no puede unirse a Neptuno...
- No. Lo más seguro es que Marte sea la única que pueda hacerlo.
Ambas se quedaron en silencio por unos segundos. Venus notó algo extraño en su compañera y no tardó en preguntarle qué tenía.
- Te ves molesta... y no es precisamente por que Marte te haya vencido en duelo... ¿Qué te pasa?... La única que podría ponerte de ese humor es Mercurio.
- Pero no se trata de ella. Lo que pasa, es que en el pueblo, Neptuno conoció a un forastero.
- ¿Qué? – preguntó, alarmada.
- La dejé sola en el bar y cuando regresé estaba platicando con un sujeto.
- Bueno, no creo que Neptuno haya hablado, es muy precavida.
- Eso mismo me dijo ella... pero ese tipo me dio muy mala espina.
- No te preocupes por eso, si le advertimos a Marte que alguien conoce a su Prometida, no volverá a sacarla al pueblo, o por lo menos, no la dejará sola.
- Eso espero...
- Oye...
- ¿Sí?
- ¿Puedo ir a cenar a tu casa?... Me imagino que te sentirás sola.
- Claro, vamos.
El par salió del palacio a la casa de Júpiter.
CONTINUARÁ...