Plataforma.
Un duelo difícil.
- No puedo hacer lo que me pides, lo siento, Neptuno – dijo Júpiter, dándole la espalda a su Prometida.
- Por favor, te lo ruego... no la mates – sollozaba la joven, sujetándole de la ropa.
- Es imposible que te complazca, ella me pidió un duelo, y el duelo termina cuando uno se da por vencido o muere... Tú lo sabes muy bien.
- Sé que odias a mi hermana, sé que no perderás la oportunidad de matarla... pero, por favor, no lo hagas.
- A ti sí que es difícil entenderte, primero me ignoras y ahora me ruegas.
Júpiter volteó a verla a los ojos, que no parecían sino dos trozos de mar, la sujetó del mentón y la atrajo hacía ella lentamente. Grandes lágrimas corrieron por las mejillas de la Prometida, quién sólo cerró los ojos, sin hacer el más mínimo esfuerzo por resistirse, como había hecho en otras ocasiones; pensando que, tal vez eso, ablandaría el corazón de su dueña. A escasos milímetros de los labios de Neptuno, Júpiter se detuvo y la soltó. La chica le miró, confundida, al ver que se marchaba a su habitación.
- Ya te he dicho que no podré complacerte ésta vez, lo siento... Mercurio se lo buscó y, ahora, va a pagar las consecuencias de su osadía – dijo, antes de encerrarse en su dormitorio.
Neptuno cayó de rodillas en el suelo y lloró silenciosamente.
En tanto, en el palacio, la hermana de la Prometida estaba sentada en una fuente seca. Miraba el anillo en su cadena y se negaba a ponérselo. Sabía que el anillo liberaba el verdadero poder de su dueño, en el caso de Júpiter, era su enorme fuerza física y su control sobre los arboles y los rayos; con Marte, era su dominio sobre el fuego y esas extrañas habilidades mentales; con Venus, era su talento de líder (claro, ella era líder del Consorcio de Plata) y el poder de leer los corazones de sus adversarios, lo cual, era una excelente arma psicológica. En su caso, no sabía lo que podía hacer, pero tampoco quería saberlo, tenía miedo de volverse como las demás.
- Debo vencer a Júpiter... – se decía a sí misma para darse confianza – Debo salvar a mi hermana...
La mañana pronto llegó. Mercurio se había quedado a dormir en el palacio, cosa que aprovechó para prepararse físicamente para la pelea. Sabía, de sobra, que su fuerza no se comparaba en lo más mínimo con la de Júpiter, pero debía intentarlo. Se dirigió a la plataforma, la cual no era otra cosa más que un viejo anfiteatro. Dos pares de ojos, unos azules y otros negros, la observaban desde un palco.
Júpiter no tardó en aparecer, con Neptuno a su lado. La alta chica se mostraba seria.
- ¿Estas lista, Mercurio? – le preguntó con voz amenazadora.
- Sí.
- Entonces, comencemos.
Ambas se pararon en el centro del escenario, Neptuno se colocó en medio y, con un hilo de voz, dio comienzo al duelo.
Júpiter se lanzó sobre la joven con los puños por delante. Varios fueron los golpes que le mandó, los mismos que Mercurio esquivó con gran agilidad. Eso era lo que tenía ella, velocidad y agilidad. Los siguientes golpes fueron acompañados de patadas y vertiginosos giros y saltos. Ésta vez, varios de los ataques casi rozaron el cuerpo de Mercurio, cosa que la preocupó; la velocidad de Júpiter aumentaba conforme se prolongaba la batalla.
- Te he subestimado, Mercurio – sonrió Júpiter – Prepárate, por que voy a pelear de verdad.
¿De verdad?... La joven ahora sí se asustó. Los puños de su adversaria cada vez eran más rápidos. Entonces, el primero logró impactarse en el rostro de Mercurio. El golpe fue tremendo, pues la sangre brotaba de su nariz y de su boca a chorros. Al verla atontada, aprovechó para golpearla repetidas veces en todo el cuerpo. Sintió como los huesos de su víctima cedían ante sus puños y se quebraban como ramas secas. Un golpe en su estómago bastó para mandarla a volar por los aires.
Ami tenía dolor hasta en el alma, los golpes tronaban en su cabeza y sentía como su sangre corría como el agua de un río por sus heridas. Un mareo le impedía siquiera pensar. Su consciencia y sus fuerzas se iban con la sangre.
Mercurio estaba inmóvil, en el suelo. Júpiter se le acercó de nuevo y se agachó para ahorcarla.
- ¡Ríndete! – le ordenó, apretando el nudo en su cuello.
La chica escuchó la voz de su rival un tanto lejana, y negó, trabajosamente, con un movimiento de cabeza. Júpiter apretó aún más el nudo. Mercurio ya no podía más, sus ojos estaban desorbitados por la presión. Neptuno, que hasta entonces no se atrevió a decir nada, se decidió a intervenir, era obvio que Júpiter iba a matar a su hermana de un momento a otro.
- ¡No, por favor, ya basta! – exclamó la Prometida, abrazando a Júpiter por la cintura.
- ¡No intervengas! – le gritó la chica de los ojos esmeralda.
- Basta, detente... ya la venciste... – lloró, recargando su cabeza en la fuerte espalda – Detente... no la mates...
Júpiter miró a su Prometida con dureza y, por fin, accedió a su petición. Soltó a Mercurio y se puso de pie, tomando a Neptuno de la mano.
- Vámonos... – ordenó, jalándola – Y confórmate con que la haya dejado... de ella depende levantarse de nuevo...
Neptuno miró, entre lágrimas, el cuerpo de su hermana sobre una cama de sangre, sin moverse, bañado en heridas y contusiones. Pero Júpiter le impidió asistirla y temía que Ami muriera por hemorragia. Se dejó llevar por su poderosa dueña y, ambas, abandonaron el anfiteatro a gran velocidad.
En tanto, en el palco, Marte y Venus miraban el masacrado cuerpo de Mercurio, sintiendo, en su interior, cierta pena por ella. Sin embargo, sólo comentaron lo contentas que estaban de que Mercurio al fin recibiera una lección. La contemplaron un buen rato, con una sádica sonrisa en sus rostros. Después de eso, seguramente no las volvería a molestar, incluso se preguntaron si sobreviviría a semejante golpiza. No tardaron mucho en retirarse, también.
La mañana pasó rápido, cediéndole su lugar a la tarde, que soplaba, fría.
Mercurio abrió los ojos, con un impresionante dolor en todo el cuerpo. Seguía mareada y no podía moverse. Triste, supo que había fallado... ya no podría hacer nada por Michiru, sentía que la vida se le iba con cada respiración. El viento helado solo le escaldaba las heridas, haciéndola sufrir más.
La tarde olía lluvia.
Sintió como si algo caminara por su pecho... era el anillo, que le rozó la piel. Tomó el anillo entre sus manos y lo apretó con la poca fuerza que tenía.
Unas gotas frías cayeron en su rostro ensangrentado. La lluvia bañó todo el bosque y lavó la sangre que cubría a Mercurio, más las heridas le drenaban rápidamente las energías. Sintió un extraño calor en sus manos, era de nuevo el anillo, que brillaba con una luz azul. Sorprendida, vio como la luz le cubría y sanaba todo el cuerpo. En cuestión de minutos, el dolor la abandonó completamente.
Mercurio se puso de pie, cansada, y regresó a su casa, la cuál estaba detrás de una cascada. No podía creer que el anillo le había salvado la vida... Empero, siguió con su decisión de no ponérselo.
- Ya deja de llorar – le dijo Júpiter a su Prometida, sujetándola del brazo y obligándola a mirarla.
- Déjame ir a verla, por favor...
- No saldrás de aquí.
- Pero...
- Yo iré por ella para que la atiendas... espérame aquí.
La chica salió de la casa, que se encontraba en un claro del bosque, bastante cerca del palacio y de los hogares de Marte y Venus. No tardó en llegar al anfiteatro, pero ya no encontró a Mercurio, sólo quedaba un charco de sangre revuelto con el agua de la lluvia.
- Te dije que no era necesario ir – le reprochó al regresar – Mercurio ya se fue, no te preocupes...
Neptuno bajó la cabeza y se retiró a su dormitorio, después de que Júpiter le prometiera llevarla, al día siguiente, al salón de música del pueblo para se entretuviera un rato tocando el violín.
- Debo mantenerla feliz – se decía Júpiter una y otra vez – Sólo así lograremos la revolución del mundo.
CONTINUARÁ...