En el oeste.

Un nuevo hogar... Corazón...

 

 

¿Una hora?... Sí cómo no... Le llevó toda la santa mañana llegar al puerto. Se tomó un descanso en la fuente pública, donde varias mujeres, que iban a recoger agua, le lanzaban malintencionadas miradas. Haruka sólo trataba de contener la carcajada, incluso, se atrevió a coquetearles para aumentar su diversión.

En cuanto recupero aire, y aprovechando el acoso de las jóvenes, preguntó por la posada a la que la anciana le había mandado. Según ellas, la posada estaba entre el límite del pueblo y la entrada del puerto. Sí que era un lugar estratégico para el negocio. Se dio cuenta que, a diferencia del otro pueblo, éste parecía más peligroso, quizá por la presencia del puerto espacial; pero entre más se acercaba a éste último, más pesadez se respiraba en el aire. Se las arregló para no meterse en líos con la gente de ahí, que parecía ser más precavida y cuidadosa que otras personas. Conforme caminaba, encontraba a habitantes de otros planetas regateando precios y consiguiendo ofertas con los comerciantes. Era un verdadero hormiguero, incluso se mareó un poco por tanta gente.

No tardó en llegar a la posada, que era parte restaurante, parte prostíbulo, parte bar y otro poco de tienda. Preguntó a una mesera por el dueño y ésta le señaló a un hombre rechoncho que jugaba cartas en una mesa del rincón; entre maleantes, mujeres, botellas y más botellas. ¿Cómo podía una dulce anciana conocer a semejante arremedo de hombre?

Se acercó a la mesa e intentó establecer una civilizada conversación con el dueño, cosa difícil, pues él reaccionó un tanto... agresivo.

- ¿QUÉ DEMONIOS QUIERES CONMIGO? – preguntó el hombre a media lengua y amenazándola con un cuchillo oxidado.

- Eh, tranquilo... me ha mandado Marta, del pueblo vecino – respondió tratando de calmarlo.

- ¿Marta?... – rió el hombre – Haberlo dicho antes... sígueme... hablaremos allá, en el comedor.

Tambaleante, el hombre llevó a Haruka a una mesa más grande, pidió algo de comer y comenzaron a platicar.

- ¿Y porqué te ha mandado mi esposa para acá?

- ¿Esposa?

Vaya... una dulce mujer casada con un perfecto borracho mujeriego... Ahora sí que lo había visto todo...

- Me dijo que usted podía venderme un terreno en el bosque.

- ¿En el bosque?... ¡Claro que puedo!... ¿qué tan grande lo quieres?

- Uno pequeño, es todo lo que pido.

- Tengo uno con casa incluida. Está a un lado del lago. Es pequeño, pero es lo más atractivo que tengo... Claro, no es muy barato...

- Por el dinero no hay problema, pagaré lo que me pida.

- ¿Qué tal cinco mil monedas?

- Me parece justo... pero ahora solo puedo pagarle la mitad, ¿puedo darle el resto en cuanto me entregue el terreno?

- Por supuesto, muchacho, y, si quieres, también puedo conseguirte trabajo.

- Por ahora me conformo con la casa, gracias.

- Ah, ésta comida la invito yo... ¡Es más, puedes tomar a una de mis niñas antes de irte!

- No, gracias... no creo que...

Se puso nerviosa cuando el hombre le llevó a una joven como de dieciséis años. Ésta le sonrió, tímida. El hombre prácticamente la arrastró hasta un pequeño cuarto. Una vez solos, la joven comenzó a quitarse la blusa, pero Haruka le detuvo suavemente.

- No es necesario que lo hagas, pequeña – le dijo con dulzura, mientras le acomodaba su ropa.

- Pero...

- Tranquila... Dime, ¿te tratan bien?

- El amo nos cuida mucho, no deja que los hombres nos maltraten, ni que nos obliguen a hacer lo que no queramos... Es muy bueno...

- Ya veo... me alegra...

Sacó unas monedas de entre sus ropas y se las dio.

- Cómprate algo bonito... Anda, vete...

- Gracias.

La joven salió corriendo del cuarto, pero inmediatamente después entró el hombre, quién le sonrió a Haruka con calidez paternal, cosa que le recordó mucho a Marta. Le palmeó la espalda antes de sentarse en una silla vieja al lado de la cama.

- Ahora he visto tu buen corazón... por eso te mandó mi esposa, eres único...

Haruka se limitó a sonreír. Le pagó lo acordado y regresó al otro pueblo, donde la anciana la esperaba. Por supuesto que no olvidó reprocharle la larga caminata que le había obligado a hacer. Para sorpresa suya, la mujer ya tenía listas las cosas de Haruka en una pequeña nave de transporte.

- Vete con cuidado...

- No se preocupe.

- Con esta nave sí llegaras en una hora, lo prometo.

Como sincero agradecimiento, Haruka besó la mano blanca de la anciana, ésta la encomendó a los dioses y, por fin, se dirigió a su nueva casa. En verdad era un lugar hermoso. La cabaña, aunque de madera, se veía cálida y acogedora. Había varios arboles frutales alrededor y, según le dijo el hombre, en el lago la pesca era abundante. Terminó de instalarse en la pequeña cabaña, donde sólo entraban una cama, una chimenea, un ropero, una mesa, una estufa, un baño un tanto amplio y una bodega para la leña. ¡Vaya diferencia entre esa cabaña y las grandes casas de los comerciantes!... Pero prefería una pequeña cabaña cálida a una mansión fría y sin sentimientos.

Lo que no podía negar de la Luna, es que nadie era pobre, nadie se moría de hambre. Recordó a la joven prostituta y se dio cuenta de que su vida sólo era una forma de vivir. Nadie miraba mal a esas mujeres, como en otros planetas. En cierta forma, se alegró de haber ido a la Luna.

Se recostó en la cama y trató de dormir, más no pudo. La imagen del ser de luz se paseaba en su mente y le obligaba a recordar su juramento. Pero no sabía por donde comenzar, aún no encontraba la señal, ni siquiera un punto de partida. Le reprochó mentalmente el que no le hablara ni siquiera en sueños. Cerró los ojos y suspiró, prometiéndose a sí misma que cumpliría su juramento, ya que, si no lo hacía, de qué le había servido vivir por tanto tiempo...

- No seas mala, por lo menos dime donde comenzar – dijo, antes de conciliar el sueño.

Entre sueños siguió llamándola, le pedía como mínimo una señal. Entonces, le pareció escuchar una dulce voz que le decía: "Música... música..."

 

CONTINUARÁ...

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