El Consorcio de Plata.

Problemas.

 

 

Un extraño palacio derruido en medio del bosque, cuatro figuras en el balcón principal del palacio, silencio sepulcral, hasta que una lo rompe.

- Han pasado más de cinco meses y aún no logras nada, Júpiter, ¿puedes explicarte? – preguntó una chica rubia y en extremo hermosa, a una joven bastante alta de ojos esmeralda.

- Hago lo que puedo, Venus, pero Neptuno no coopera.

- Si sigues tardándote – intervino una tercera persona, una chica de largo pelo negro – tendré que retarte a un duelo.

- Cuando quieras, Marte – sonrió Júpiter.

- Y creó que sí deberá hacerlo – dijo Venus, seria – El que no tengamos un límite de tiempo para hacer esto, no quiere decir que lo tomemos a broma. Júpiter, tienes que convencer a Neptuno para que se una contigo. Sólo así lograremos la revolución del mundo... recuérdalo.

- Ya te entendí y créeme que hago lo que puedo, pero ella es muy necia.

- Si no accede por la buenas, inténtalo por las malas – le sugirió Marte.

- Tal vez no sea tan mala idea.

La cuarta de ellas, una chica más joven de pelo corto y azul, la que no había hablado para nada, se puso de pie, visiblemente molesta, y se dirigió a la salida.

- ¿Adónde crees que vas, Mercurio? – le detuvo Venus – La junta no ha terminado.

- Prefiero ir a contar arboles a seguir escuchándolas – respondió, sin voltear.

- Sabes muy bien que con esas rabietas no vas a cambiar la situación de tu hermana – le dijo Marte – Si tanto te indigna lo que hacemos con ella, entonces gánala en un duelo.

- ¡Ella no es ningún objeto! – exclamó Mercurio, aún sin voltear, pero apretando los puños - ¡Mi hermana no es un premio, ni un objeto!... ¡Es una persona!... ¿Acaso no lo comprenden?

- Lo que no comprendemos – respondió Venus – es que aún no entiendas la magnitud de las cosas. Neptuno es la llave a la revolución del mundo, y sólo una de nosotras puede manejar esa poderosa llave.

- Otra vez su argumento de la dichosa revolución – masculló Mercurio – Ya me tienen harta con tanta palabrería... Explíquenme de qué se trata la famosa revolución.

- Eso es algo que jamás entenderás – fue la escueta respuesta de Venus – Si deseas retirarte, adelante.

Mercurio le tomó la palabra y se fue, azotando la puerta como despedida. Las caras burlonas de las tres pronto se tornaron molestas.

- Hay que hacer algo con esa niña... – dijo Júpiter, golpeando la mesa – Se aprovecha de su posición como hermana menor de la Prometida. Ya me está colmando la paciencia.

- Júpiter tiene razón – continuó Marte – Puede sernos un problema sino la controlamos.

- He estado pensando en eso, pero no le podemos tocar ni un cabello a Mercurio – explicó Venus – Si algo le pasa, la Prometida va a entristecerse... y eso sí sería un problema.

- ¿Entonces?... Te juro que esa chiquilla ya me tiene hasta el copete, si me hace un drama más, voy a cortarle el cuello – advirtió Júpiter, cruzando los brazos.

- Tú tranquila, sólo preocúpate por mantener feliz a tu Prometida – dijo Marte – Mercurio no será tan problemática después de darle un buen susto.

- ¿Qué insinúas, Marte? – le preguntó Venus, un poco sorprendida.

- Claro que no vamos a lastimarla, sólo será un escarmiento. Incluso, podemos hacerlo pasar por un accidente.

La idea pareció agradarle a sus compañeras.

En tanto, del otro lado del palacio, en un pequeño jardín repleto de rosas, Mercurio lloraba de coraje e impotencia. Estaba en el regazo de una hermosa joven de cabellos marinos, que acariciaba tiernamente su espalda. Ella era ni más ni menos que Neptuno, o la Prometida, como le llamaban las demás.

- Perdóname – decía Mercurio entre lágrimas – Si fuera más fuerte, podría sacarte de aquí.

- No llores – le consolaba Neptuno – Júpiter no es tan mala como crees, es muy amable...

- Pero, no me gusta que te traten como a un objeto, no me gusta... no es justo que seas la Prometida...

- Ami... mi pequeña hermana, ya no llores...

- Michiru...

Sólo cuando estaban solas se llamaban por sus verdaderos nombres.

- ...yo... voy a retar a Júpiter a un duelo.

- ¿Qué?... No, Ami, no lo hagas... puede matarte... – exclamó la hermana mayor, alarmada.

- Debo hacerlo... – murmuró, secándose las lágrimas – Marte tiene razón, con mis rabietas no soluciono nada.

Mercurio se puso de pie y se alejó un poco. Neptuno se quedó sentada, mirándola con tristeza. Ami y Michiru se llevaban por dos años, ésta última tenía dieciséis, al igual que las otras tres chicas. Mercurio sacó de entre sus ropas una pequeña cadena plateada, cuyo dije era una anillo de igual tono, pero con un emblema en el centro: el símbolo del planeta Mercurio. Se colgó la cadena en el cuello y se puso alerta cuando vio que Júpiter se acercaba. Cabe decir, que ella era la única que no usaba el anillo en la mano, como las demás, ya que, eso sería como aceptar las ideas del resto del Consorcio de Plata (nombre con el se llamaban). Michiru también tenía un distintivo con el símbolo del planeta Neptuno, sólo que éste no era un anillo, sino una tiara, igualmente plateada.

- Hora de irnos, Neptuno – dijo Júpiter, extendiéndole la mano y tratando de ignorar la presencia de Mercurio.

- Está bien... – le respondió, correspondiendo el gesto.

- Júpiter... – sonó la voz de la chica que les daba la espalda.

- ¿Qué quieres? – le preguntó, malhumorada.

- Yo, Mercurio, te reto a un duelo por la Prometida.

- ¿Me retas y me das la espalda?... ¿Qué clase de cortejo es éste? – volvió a preguntar, ahora burlona.

Mercurio volvió su rostro a Júpiter, mostrando una clara molestia. La chica de ojos esmeralda sonrió.

- Mañana, en la plataforma – completó, mirándola directamente a la cara.

- Acepto. Te veré ahí mañana... – contestó, para luego dirigirse a su Prometida – Vámonos, ya es tarde.

Neptuno le lanzó una fugaz mirada a Ami antes de ser conducida por Júpiter hasta la salida. Marte y Venus habían presenciado todo desde la sombra de un árbol. Ambas sonreían con malicia.

- Como mandado a hacer – murmuró Marte.

- No pensé que Mercurio tuviera tanto valor – dijo Venus – Pero se sobre estima... Júpiter le partirá el cráneo en dos con un solo golpe.

- Será muy divertido ver eso...

- Mejor vámonos, ya es tarde...

- ¿Quieres que te acompañe a tu casa?

- No, gracias.

- O.K. Como quieras... entonces nos vemos mañana para ver el duelo.

- Marte, se supone que los duelos son privados y que la única que puede estar ahí es la prometida, que actúa como arbitro.

- Tonta, obvio que no tienen que descubrirnos... ¿Crees que me perdería esto?

- Es verdad, no tienen por qué descubrirnos...

 

 

CONTINUARÁ...

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