La Luna.

Cumpliendo promesas.

 

 

Por fin había llegado a la Luna, el pequeño satélite del planeta llamado Tierra. El viaje desde Urano fue muy largo y agotador, así que buscó una posada decente donde pasar la noche, antes de dedicarse a conocer el poblado. La Luna no era muy diferente de otros lugares que había visitado antes, pero, lo que tenía la Luna, es que era el principal centro de comercio del sistema solar, su tecnología no era tan avanzada como la de Mercurio, más, por ahí, era donde los mercaderes de ese pequeño planeta iban a exportar su tecnología. La Luna era un lugar sobre poblado, pero todavía era fácil encontrar un pedazo de tierra en las afueras del centro; el trabajo abundaba bastante, se podía trabajar como ayudante de mercader, como tripulante o cargador de alguna nave, o en unas de las numerosas posadas y bares que crecían en el centro como hierba. Tal vez dejar su planeta natal, Urano, no había sido tan mala idea después de todo.

Se encaminó a una posada con pinta decente, era atendida por una linda mujer ya entrada en los sesenta o setenta años, bastante agradable, y con ese aire maternal que sólo las ancianas tienen. Le dio una cálida bienvenida y le dejó un cuarto con vista a la Tierra. Era un planeta hermoso, pero nunca había estado ahí, se decía que los terrestres eran unos seres incivilizados y salvajes, que aún vivían en cuevas y comían la carne cruda; ni siquiera manejaban un lenguaje, así que todo intento de comunicación con ellos era inútil.

Alguien toco la puerta de su cuarto, era la anciana, que le llevaba algo de comer.

- Gracias – dijo, con una sonrisa que pareció ruborizar a la mujer.

- Dime, hijo, ¿cómo te llamas y de dónde vienes?

- Soy Haruka y vengo de Urano.

- Oh, eso está demasiado lejos... ¿qué haces por aquí?

- Me gusta viajar, eso es todo... siempre quise visitar la Luna.

- Espero que te guste, es un buen lugar, a pesar de no tener gobernante como los otros planetas.

Haruka se quedó pensando en ese detalle que también hacía diferente a la Luna... no tenía rey, emperador o alguien que la gobernara. El control del lugar era de los mercaderes y los lugareños, que, hasta entonces, habían sabido arreglárselas solos. No obstante, sin un guía, lo más probable es que acabaría en una guerra por el dominio de tan fértil lugar.

Siguió conversando con la agradable vieja. Haruka trataba de contener la risa, ya que la mujer también la había confundido con un hombre, como toda la vida le había sucedido. Era verdad, parecía un muchacho, y muy apuesto, lo que le había traído una horda de admiradoras y un considerable descuento en la cuota de la habitación. Se divertía de lo lindo engañando a las chicas, coqueteándoles, haciéndolas suspirar y sonrojarse, en verdad le era divertido.

- ¿Sabe de algún lugar donde pueda comprar un terreno? – le preguntó entre bocados.

- ¿Piensas quedarte?

- Sí, es un buen lugar para vivir.

- Bueno, puedes ir al puerto espacial del oeste. Pregunta por la posada de Madis y, cuando la encuentres, busca al dueño, dile que vienes de mi parte y quieres comprar un terreno. Seguro que te venderá uno a buen precio... ah, pero debo decirte que sólo encontraras el terreno en la afueras, en el bosque.

- No se preocupe, eso era precisamente lo que buscaba, un lugar en el bosque.

Le sonrió a la anciana y ésta le palmeó el hombro antes de llevarse la charola de los trastes.

- ¿Está muy lejos el puerto?

- No, caminando, llegaras en una hora.

- Gracias.

Ya era un poco tarde y seguía cansada por el viaje, así que decidió ir al siguiente día. Se dio un baño y se acostó, durmiéndose casi al instante.

Contrario a su mirada traviesa o su cautivadora sonrisa, Haruka era una persona un tanto infeliz. Todo se debía a algo que había ocurrido en su niñez. Sus padres murieron cuando ella tenía diez años, no había ningún otro familiar al cuál recurrir, así que se dedicó a trabajar para sobrevivir. Gracias a su apariencia de niño, no le negaban ningún trabajo, también era fuerte, cosa que le facilitaba los trabajos duros. Pero, cierto día, unos pandilleros la asaltaron y le hirieron de muerte... entonces, ocurrió algo que cambió su vida para siempre... Una luz, que pensó provenía del mundo de los muertos para llevársela, la cubrió; escuchó una dulce voz, sintió una calidez en su cuerpo que le sanó la mortal herida, y vio una silueta de mujer que le acariciaba la frente...

- ¿Quién eres? – le preguntó a la silueta.

- Eso no importa... estás bien y me alegra.

- Gracias por salvar mi vida... si hay algo con que pueda pagarte.

- Lo hay...

- Haré lo que sea...

- Entonces despiértame.

- ¿Qué te despierte?... ¿cómo?

- No preocupes... no es ahora, ni mañana... Primero hazte fuerte, llena tu corazón de bondad y amabilidad, y, cuando lo hayas logrado, ve a la Luna... Ahí sabrás qué hacer.

- Pero...

- Cuídate...

- ¡Espera!

La luz desapareció y todo quedó en silencio. Haruka se puso de pie y, solemnemente, juró cumplir con esa promesa... después de todo sus padres le enseñaron a ser una persona de honor, además, no tenía nada qué perder.

El día llegó, soleado, como la mayoría de los amaneceres en la Luna. Se levantó temprano y se arregló para ir al puerto del oeste, a donde la había mandado la anciana. Mas o menos tenía una idea del precio de los terrenos y, dado que vivía sola y casi no gastaba, el dinero no sería ningún problema. Emprendió el camino cuando terminó de desayunar, claro, la anciana insistió.

- Recuerda, dile que vas de parte de Marta.

- No lo olvidaré... al rato regreso.

- Anda, hijo, con cuidado.

Se escondió una bolsa de dinero entre sus ropas y se dirigió al oeste. Desde el pueblo, podía ver, a lo lejos, las naves comerciales que iban y venían sin darse descanso.

- Dijiste que cuando estuviera en la Luna sabría qué hacer... – dijo Haruka al viento, con la esperanza de que aquel ser de luz la escuchara – Espero tu señal...

 

 

CONTINUARÁ...

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