Me nace del corazón 1 Decisión
Saturno seguía igual de tranquilo, pacífico y tranquilo como siempre. Pero, a pesar de las bajas temperaturas, Setsuna Meiou disfrutaba sus vacaciones como nunca antes lo había hecho. Estaba hospedada en casa de los Tomoe, después de que Setsuna, en una clara demostración de timidez, pasara sus primeras noches en Saturno en un cuarto de hotel. Los ruegos de Hotaru para que ella se quedara en su casa fueron infructuosos, pero bastó con que Sinichi hablara para que Setsuna no lo pensara dos veces.
Llevaba un par de semanas ahí. Si no entrenaba con Hotaru, cabalgaba un rato con ella, o pescaban en el lago que estaba frente a la casa, ó, simplemente, leían libros frente a la chimenea. La joven Hotaru notaba, de lo más divertido, que su superior se comportaba como una adolescente frente a su padre. Lo único que le molestaba era que, ni Setsuna, ni su padre, se animaban a dar el primer paso.
Todo el Milenio de Plata sabía que ellos se gustaban, ellos mismos sabían que se gustaban, pero no se decidían.
Vaya, vaya... una de las valientes que se atrevió a encarar a Haruka Tenou, no era capaz de ver de frente al amor de su vida. Qué cosas. La pobre Hotaru nada más negaba con la cabeza cuando veía a Setsuna Meiou balbucear cosas ininteligibles frente a él.
Y, en ese preciso momento, Hotaru estaba negando con la cabeza, mientras lanzaba un largo suspiro. Se encontraba en su dormitorio, viendo por la ventana a Setsuna y su padre caminar a la orilla del lago. No sabía si reír o llorar al contemplarlos.
- Un día de éstos voy a tirarme por un barranco – murmuraba entre sonrisas.
Decidió tomar una siesta. Se recostó en su cama y suspiró. Envidiaba a Setsuna, ella tenía a alguien a quien amar. Incluso recordó que Makoto Kino y Minako Aino eran novias, a ellas también les tenía envidia. La primera vez que conoció a Kino, era una chica ruda y apática, pero Aino la había transformado en una persona muy gentil. Tenía ganas de encontrar a alguien que le transformara de una manera similar, ya no importaba que fuera hombre o mujer, se dio cuenta de que eso no tenía la menor importancia.
- Algún día – murmuró para sí y cerró los ojos, cediendo al repentino sueño.
En tanto, afuera, Setsuna escuchaba atentamente una interesante plática de Sinichi sobre los reinos que se encontraban en Centaury, el sistema solar vecino. La capitana no había articulado palabra alguna durante todo ese rato, sólo oía lo que salía de la boca de Hotaru, y bajaba el rostro para evitar cualquier contacto visual.
- Maldición... – pensaba con molestia - ¿Porqué no puedo decir nada delante de él?
Entonces notó que Sinichi había guardado silencio. Alzó su vista y sus ojos de rubí chocaron con los del científico en una larga y callada mirada. Un extraño miedo le paralizó el cuerpo, mientras sentía que esas famosas mariposas revoloteaban en su estómago. Aquellos ojos masculinos se clavaron en su mirada, impidiéndole bajar la vista de nuevo.
- Sr. Tomoe... – alcanzó a balbucear, sintiendo que unos brazos cálidos le rodeaban.
- Ya te he dicho que no me llames así, Setsuna – reprochó él, cerrando el abrazo.
La capitana cerró los ojos, después de ver que él se acercaba a su rostro.