Hija de la Luna 1 La buena, la mala... ¿y el bebé?
Una esbelta figura, de larga cabellera negra, caminaba por las calles de una de las ciudades más coloridas y hermosas de la capital de Venus. En sus manos, aquellas manos que antes escupieran fuego y cobraran la vida de decenas de personas, llevaba enormes bolsas con víveres. Era temprano y pensó que sería buena idea ir de compras. Disfrutaba del cálido sol y una deliciosa brisa que le refrescaba el alma. Ya casi llegaba a su casa, que estaba entre la salida de la ciudad y la entrada del bosque. No tardó en divisar a su amiga en el patio, que arreglaba, al aire libre, un extraño aparato.
- ¡Ami! – le gritó a grandes voces – ¡Ya llegué!
La peliazul alzó la mirada y vio a Rei, esbozando una enorme sonrisa mientras le hacía una seña con la mano. Se levantó y corrió hasta ella, ayudándole con algunas de las pesadas bolsas.
- ¿Porqué tardaste tanto? – le preguntó con un pujido al resentir el peso de las bolsas. Rei apenas iba a contestar, pero Ami la interrumpió – Rei, déjame recordarte que sólo somos dos... ¡Esto es para un pelotón completo! – reprochó entre risas forzadas.
- Oye, estaba de oferta y sólo aproveché – alegó Rei – No te preocupes, no compré nada perecedero... todo esto es para nuestra próxima excursión.
Ami volvió a sonreír, recordando que, en un par de días, saldrían nuevamente de viaje. Entraron a la casa y dejaron todo en la cocina.
- ¿Quieres que te ayude a acomodar todo esto? – preguntó Ami, limpiándose sus manos llenas de grasa con una toalla.
- No, mejor acaba lo que estabas haciendo – respondió Rei – Tienes que entregar ese aparato para hoy en la tarde, ¿no?
- Ya casi lo acabo, pero aún me falta el vehículo sin ruedas que me trajeron ayer – explicó – Lo quieren para mañana, así que tendré que trabajar toda la noche... Bueno, mejor me apuro para ayudarte a hacer el desayuno...
Ami regresó al patio y Rei se dedicó a acomodar los víveres.
Llevaban poco más de un año viviendo en aquella ciudad. Antes de establecerse en Venus, ambas pasaron varios meses en Mercurio, rehabilitándose de las lesiones de aquella pelea que dio un giro a sus vidas. La pierna de Rei tardó un buen tiempo en cicatrizar y dejar de doler, mientras que Ami aprendió a acostumbrarse a su nuevo brazo y a su visor; e incluso les sacó provecho. Hizo de su brazo artificial una caja de accesorios, muy útil para su recién descubierto hobby, la mecánica y la electrónica; su visor lo transformó en escáner y le integró una mini – computadora.
Ya no volvieron a hablar de Haruka Tenou y Michiru Kaiou, a pesar de todo, aún les tenían un enorme cariño y respeto. Les tenían en un lugar especial de sus recuerdos. Definitivamente dejaron de pelear, aún entrenaban para no perder la condición; pero, desde aquella batalla, no volvieron a usar sus poderes más que en defensa propia en un par de ocasiones, cuando, recién mudadas en Venus, unos tipos quisieron asaltarlas.
Vivían una existencia normal y feliz en esa ciudad. Su relación seguía siendo muy peculiar... se tenían un amor inmenso, pero no eran una pareja romántica; mucho menos se consideraban hermanas, nunca habían pasado más allá de un abrazo y un beso en la mejilla o en la frente, o esporádicas caricias y algunos sonrojos y coqueteos ocasionales.
Todos en la ciudad les conocían, más a Ami por ser una excelente mecánica. También, los posibles pretendientes conocieron la timidez de Ami y el malhumor y la sobre protección de Rei hacía su compañera, claro, sin contar sus celos explosivos. Afortunadamente, Ami era... muy fiel... gustaba más de la compañía de Rei que de la de cualquier futura amistad.
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Las alarmas de todo el palacio aullaban con fuerza, dejando ensordecida a la gente que se movilizaba de un lado a otro. La reina Serenity lucía un gesto horrorizado que la tenía paralizada, inmóvil; Endymion permanecía serio, tenso, pero lo suficientemente cuerdo como para organizar a su gente, aunque estaba igual de angustiado que su esposa.
El motivo de tanto escándalo: un grupo rebelde había secuestrado a la pequeña princesa. Pedían que su planeta, Némesis, fuera incluido en la alianza. No mucho tiempo antes, Serenity y Endymion se negaron a aceptarlos, pues eran gente demasiado violenta. En respuesta, secuestraron a su hija...
Por otro lado, en la cara oscura de la Luna, tres personas de ese grupo encerraban al bebé en una pequeña cápsula espacial, con destino a una dirección incierta. El infante lloraba con fuerza, tenía hambre y frío, pero eso no parecía ablandar el gesto maligno de sus secuestradores. Le habían quitado sus ropas reales y envuelto en una sábana sucia, esperando que, si acaso llegara a sobrevivir al aterrizaje quién sabe dónde, aquel que la encontrara no la reconociera.
Cerraron la cápsula y la encendieron, sonriendo de forma cruel y despiadada, viendo cómo la cápsula despegaba y, en cuestión de segundos, se perdía en el espacio. Era muy pequeña, por lo que los radares la reconocerían como una roca o un meteoro. Sólo así, Serenity y Endymion aprenderían a no negarle nada a Némesis.
Únicamente en el palacio estaban apurados, pues decidieron mantener el asunto en secreto para no alarmar a la población con el obvio conflicto que habría con Némesis. Ni siquiera la capitana del ejército imperial estaba enterada, pues Serenity le dio unas vacaciones y aprovechó para pasarlas con su discípula y el padre de ésta... no quisieron molestarla, ya había hecho mucho por el reino.
Serenity y Endymion negociaban con los cabecillas del grupo rebelde, ignorantes a lo que estos le habían hecho a su hija...
***** ***** *****
Ami y Rei llevaban un día de viaje por uno de los centenares bosques de Venus. Andaban tranquilas y sin prisa, admirando todo a su alrededor y descansando con frecuencia para evitar que la peliazul se agitara. Como siempre, permanecían calladas, limitándose a hacer una comunicación mental, que dicho sea de paso, también era algo escasa. Aprendieron a decirse muchas cosas con sencillos gestos.
Subían una ladera ligeramente inclinada, bordeada por grandes arboles y todo tipo de flora, cuando Rei notó que la respiración de Ami se hacía más agitada a cada momento. Sonrió con cierta tristeza... su compañera hacía lo posible por seguirle al paso, a pesar de que su corazón se negaba. Iba por delante, así que se detuvo y miró a Ami.
- Descansemos un rato – dijo, acariciándole una mejilla con suavidad.
Ami sonrió y asintió con la cabeza, tomando la mano que antes le acariciara. Se sentaron sobre una roca en el camino y tomaron algo de aire y agua.
- ¿Estás bien? – le preguntó Rei, preocupada, notando que la frente de Ami estaba empapada de sudor.
- Sí, no te apures – respondió, ya menos agitada – es sólo que hace tiempo que no caminábamos por una ladera como ésta. Estaba entretenida admirando el lugar y apenas si me di cuenta de que estaba cansada, lo siento.
- No importa, no hay prisa – dijo Rei con una ligera sonrisa, abrazando a Ami por el cuello para recostarla en su regazo – Dime cuando estés mejor y podremos continuar – agregó, sólo para descubrir un leve sonrojo en el rostro de su amiga.
Sonrió más y volvió su mirada al cielo, sintiendo que su corazón latía a toda prisa por tener a Ami a su lado. Ya casi anochecía. Algunas estrellas se adelantaron a la noche, sin contar que Mercurio y la Tierra brillaban de forma hermosa e hipnotizante. Perdida en aquel espectáculo, le tomó por sorpresa un repentino movimiento que hizo su compañera: abrazarle la cintura con su brazo derecho, aquel que aún conservaba calor, y hundir su rostro en su estómago.
- Ami – murmuró con un suspiro casi mudo.
En respuesta, Ami le abrazó con más fuerza.
Pasaron un buen rato en esa misma posición, hasta que Rei vio la noche se había apoderado del cielo. Se inclinó un poco y descubrió la oreja de Ami.
- Arriba, holgazana, tenemos que levantar el campamento – le susurró al oído, percatándose de que ella estuvo dormida todo ese rato.
- Lo siento – dijo, un poco adormilada. Se levantó el visor y se frotó los ojos, tratando de despertar; volvió a acomodárselo y ajustó la visión nocturna, antes de ponerse de pie y estirarse un poco.
- Supongo que ya estás descansada – comentó Rei, echándose una enorme mochila a la espalda – Desde aquí pude ver un buen sitio para acampar, ¿vamos?
- Si – respondió Ami, cargando su parte del equipaje, que dicho sea de paso, era bastante más ligera que la de Rei.
En cuestión de minutos, el campamento y una fogata estuvieron listos. Prepararon algo de cenar, algo ligero. Después de un rato de "charla" se recostaron una al lado de la otra para seguir contemplando ese increíble cielo, que para nada se parecía al de Marte o Urano... era simplemente más hermoso.
Ami, a pesar de que dependía totalmente de su visor, aún podía apreciar cosas como ese cielo, o la luz del sol desparramándose en el horizonte, o el fuego en los ojos de Rei... Rei... Le miró de reojo y no resistió abrazarse a su torso. Notó un pequeño sobresalto en ella, pero se alegró al ver que no decía nada y rodeaba su espalda con uno de sus brazos. Ese calor, ese calor que despedía Rei era todo para ella... a Rei le debía la vida, su felicidad y ese extraño y placentero sentimiento en su corazón...
- Ami – escuchó que le llamaba con esa profunda voz, la miró, pero ella tenía un gesto que jamas había visto en su rostro moreno. La encaró y se colocó a su altura, sintiendo la mano de Rei en su cintura y la otra en su mejilla. Sonrió automáticamente, pero Rei mantuvo ese gesto extraño.
- Rei...
Se miraron directo a los ojos, sintiendo que sus corazones se aceleraban de forma considerable. Ami, un poco confundida, intentó entrar a la mente de Rei, pero descubrió que la tenía bloqueada... ¿qué tramaba?
- Ami... yo... – murmuró entre labios, sujetándola con más fuerza y atrayéndola hacía ella. No pudo decir más...
Se le acercó, sus alientos se mezclaron tímidamente, sus labios se rozaron, mientras cerraban los ojos. El par de corazones latían con rapidez, haciendo que Ami se agitara un poco, pero trató de controlar su respiración, no quería arruinar ese momento...
... ya sólo eran milímetros los que separaban sus labios rojos...
... un último empuje y se consumaría el acto... sólo un poco más...
De pronto...
... un especie de cometa, que se estrelló a unos cuantos metros de su campamento, las hizo saltar del susto, rompiendo por completo el hechizo del beso. Voltearon hacía el lugar del impacto, que despedía una pequeña luz. Temiendo que fuera algo malo, se pusieron alerta y caminaron a la luz, descubriendo un pequeño cráter... y, en el centro del mismo, una cápsula espacial que brillaba de forma extraña. La cápsula estaba intacta a pesar del tremendo impacto.
- ¿Qué demonios es eso? – murmuró Rei con cierto enojo.
- No lo sé... pero con mi visor podré captar algo – dijo Ami, tecleando la computadora que se sostenía en su oreja, analizando con cuidado la cápsula. Entonces descubrió que algo que la dejó boquiabierta – Rei, hay algo allí dentro.
- ¿Algo?
- Mejor dicho, hay alguien... ¡tenemos que sacar esa cápsula de ahí! – le apresuró, bajando primero.
Entre las dos sacaron el aparato, que pesaba bastante. No podían abrirla. Ami tuvo que hacer uso de su caja de herramientas para descubrir lo que guardaba esa cosa... tardó un poco. Rei parecía impaciente y algo confundida... lo que sea que hubiera dentro de la cápsula, despedía una enorme energía...
Por fin pudo abrirla y, oh, sorpresa...
Las dos abrieron los ojos muy grandes y no podía creer que... algo así estuviera ahí dentro... dos pequeños brazos se alzaban, traviesos; un balbuceo y dos enormes ojos azules miraban a la sorprendida pareja. Eso era algo que no se esperaban. La primera que logró hablar fue Rei...
- ¿Qué diablos es eso? – alcanzó a preguntar, sin poder cerrar los ojos.
- Bueno – dijo Ami, esbozando una sonrisa – en mi planeta le llaman ‘bebé’...