Por:
Escarlata
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“Ami...”
“¿Qué pasa Makoto?”
“Quiero que tomes esto como un
recuerdo mío”
Makoto
le entregó a la chica su presente envuelto en papel brillante y amarrado con un
pequeño listón azul. Ami miró a Makoto, agradecida, y abrió el regalo con
inmenso cuidado. Sus ojos brillaron de felicidad cuando descubrió una pequeña
pulsera; hecha por Makoto, indudablemente. De inmediato se la puso, mientras
Makoto le observaba de forma expectante.
“Está preciosa, Makoto, muchas
gracias” murmuró Ami, tomando a Makoto de las manos y apretándolas contra su
pecho.
“Me alegra que te haya gustado”
respondió la chica, ligeramente sonrojada y enormemente feliz.
“Pero me gustas más tú” agregó
la princesa, haciendo que esas palabras tiñeran de rojo brillante sus mejillas.
“Y tú a mí”
Makoto
se inclinó y depositó un breve beso en los labios de la princesa. Pero Ami se
abrazó al fuerte cuello de la teniente y profundizó el beso a extremos
apasionados. Makoto simplemente correspondió el gesto y abrazó a su ángel por
la cintura.
De
pronto, Makoto escuchó un sollozo y sintió algo húmedo correr por sus
mejillas...
Ami
lloraba.
No
pudo evitar llorar también y abrazar a su chica con todas sus fuerzas,
rompiendo el beso y dejando que el rostro de Ami descansara en su hombro
derecho. Lloraron largo rato, hasta que Makoto logró controlarse y tomar el
rostro de Ami entre sus manos. La princesa trató de contener las lágrimas
también, lo cuál logró perdiéndose en los verdes ojos de Makoto.
“Prométeme que regresarás”
murmuró Ami, abrazándose con desesperación al torso de Makoto, “Prométemelo”
“Lo juro por mi vida” respondió
entre sollozos. “Volveré por ti. Te mostraré todos los reinos que he
visitado... Lo juro, Ami”
Ami
asintió y volvió a rendirse ante el llanto, al igual que Makoto.
“Te amo, Makoto”
“Y yo a ti, Ami”
“Voy a esperarte hasta que
vuelvas... te esperaré en la playa”
“Y yo haré hasta lo imposible
por regresar... Lo juro, Ami, te lo juro”
Volvieron
a besarse y a llorar, abrazándose y estrechándose con fuerza y prometiéndose el
reencuentro. Ninguna podía creer que tendrían que separarse.
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“¿Era de tu madre?”
“Aja”
“Entonces, no creo merecerlo,
Haruka... es demasiado especial y valioso... mejor consérvalo tú”
Michiru
le extendió el anillo para regresárselo, pero Haruka tomó la blanca mano de la
princesa y la cerró, con el anillo dentro de ella.
“Por lo mismo que es especial
para mí, quiero que te lo quedes” alegó la rubia, bastante sonriente. “Por lo
menos dime que te gustó” reprochó, riendo.
Michiru
rió con bastante ligereza, después de un intento de encerrar las lágrimas. Se
puso el anillo, descubriendo con tremenda felicidad que le venía muy bien el
accesorio. Era justo a su medida. Miró a Haruka, agradecida, y le dio un beso
en la mejilla que le hizo sonrojar.
“De acuerdo, lo conservaré” dijo
finalmente.
“Gracias”
“Gracias a ti por dármelo,
prometo cuidarlo siempre”
Se
sonrieron.
Pero
la luna llena iluminando la cara de Michiru fue demasiada tentación para
Haruka. La capitana envolvió el delgado cuerpo de la sirena con sus largos y
fuertes brazos. La princesa sólo se dejó llevar por el abrazo, sintiendo la
increíble calidez que salía de cada poro de Haruka. Pero no sólo calidez,
también una frescura que sentía le despeinaba el alma.
Cada
una se hundió en los ojos de la otra... y sintieron la necesidad de estar más
cerca...
Un
parpadeo y sus labios ya estaban unidos por un tendido y profundo beso. Otro
parpadeo y sus brazos ya estaban en la espalda de la otra. Un suspiro y ya
estaban llorando...
Interrumpiendo
momentáneamente el beso, Haruka tomó a Michiru por las manos y le levantó el
rostro con su nariz. Dedicándole una brillante sonrisa, besó la punta de la
nariz de su princesa y después sus manos. Michiru por fin sonrió, aunque aún
lloraba.
“Regresaré” dijo Haruka después
de tragarse un par de lágrimas para poder hablar.
“Lo sé” respondió la sirena,
sonriendo alegremente.
“¿Entonces porqué lloras?”
“Lo mismo te pregunto a ti...”
Rieron
entre lágrimas y tímidas sonrisas. Se abrazaron fuertemente y reanudaron el
beso un par de segundos. Apenas trataban de sopesar la despedida y el hecho de
que no se verían dentro de quién sabe cuánto tiempo... era duro después de que
apenas comenzaban a conocerse y a quererse más.
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*** *** *** ***
Ya
había amanecido en el reino de Neptuno.
Decenas
de trompetas despedían a la parte del ejército que partiría junto con el
capitán Tenou y la teniente Kino. El resto, tal como lo planeado anteriormente,
partiría con un día de distancia y esperaría en la frontera a manera de
refuerzo. El reino de Urano estaba a cuatro días de camino, por lo que la otra
mitad de soldados partirían al día siguiente. Aún no se escuchaba ninguna
noticia de guerra por allá, por lo que iban con buen tiempo.
Los
reyes se despidieron de la pareja de soldados en el puerto, después de
permitirles subir a la nave que les conduciría por mar hasta sus tierras.
Justo
antes de partir, dejaron que sus hijas se despidieran de la pareja...
Estaban
en el camarote principal.
“Regresaremos” dijo Makoto,
despidiéndose de su querida Ami y después de Michiru.
“De eso estoy segura” murmuró
Michiru, besando la mejilla de Makoto y abrazándola con fuerza. “Cuídense, por
favor”
“Lo haremos, princesa” respondió
Makoto, correspondiendo el abrazo.
“Y usted, ángel, cuide bien a mi
sirena” le dijo Haruka a Ami, rodeándola con sus brazos y cargándola como si de
una niña pequeña se tratase. “¿De acuerdo?”
“Claro” contestó Ami, dándole un
beso a Haruka en la mejilla. “Y usted cuide de Makoto, capitán, no deje que se
meta en problemas”
“Eso tenlo por seguro, pequeña”
Michiru
se alejó un poco de Makoto y abrazó al capitán, antes de besarla. Makoto hizo
lo propio con su princesa y, después, el par de hermanas salió del camarote a
paso rápido para evitar mostrar lágrimas ante sus valientes soldados.
No
querían que se fueran tristes o preocupadas. Debían estar con la mente fría
para poder enfrentar a sus enemigos sin distracción alguna.
Y
estaban seguras de que regresarían a su lado.
“¡Leven anclas!” gritó Haruka a
la tripulación. “¡Suelten las velas!”
Las
velas se extendieron y el viento impulsó al navío, empujándolo mar adentro a
buena velocidad. Las trompetas y la gente despedía a los soldados con gritos de
emoción y exclamaciones de ánimo. Y la pareja extranjera miraba fijamente a sus
princesas, y las princesas a ésta... hasta que se perdieron de vista en el
horizonte.
Haruka
simplemente caminó al camarote con una extraña expresión en el rostro. Makoto
la notó de inmediato y no se atrevió a cruzar palabras con su capitán. Makoto
conocía a Haruka bastante bien y sabía que ahora quería estar a solas. Ella también
necesitaba estar sola un momento para poder digerir lo que acababa de ocurrir.
Despedirse
de su ángel fue muy duro, pero haría lo imposible por regresar a su lado y
llevarla a conocer el mundo, pues Ami jamás había abandonado los límites de su
reino. Quería estar por siempre al lado de esa chica y demostrarle todo el amor
que sentía por ella. Conocerla más y mejor y mostrarle el interior de su ser.
Cerró
los ojos y aspiró el aroma a mar. Dejó que el viento alborotara su cabello
castaño y lo levantara a los cielos... y dejaba que se llevara las lágrimas que
estaba derramando...
“Ami... ángel... regresaré, lo
juro” murmuró entre lágrimas que caían al mar.
Haruka
estaba tumbada en su cama mirando el techo del camarote. A su lado estaban los
mapas con los planes que había tramado con el rey Neptuno.
Pero
ahora no pensaba en la guerra que le esperaba, tampoco en los valientes hombres
que confiaban en su mando o en el rey que le recibió como amigo... su mente
estaba perdida en el recuerdo de un par de ojos turquesa. Navegaba en un cuerpo
de sirena y sus sentidos le engañaban diciéndole que ella aún estaba a su lado.
Sacudió
su cabeza, pero la imagen de Michiru se negaba a abandonar su mente.
Pero,
como capitán de un ejército, ya no podría permitirse debilidades ni
distracciones al llegar a su tierra. Necesitaba su temple de acero y su corazón
de piedra para poder guiar a sus hombres en la batalla y darle más confianza y
seguridad a su teniente.
“Por ti, Michiru, ganaremos ésta
guerra” musitó antes de ponerse de pie y adoptar, después de mucho tiempo, su
gesto frío y decidido, listo para el combate.
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*** *** *** ***
Las
princesas estaban en una pequeña playa, aledaña al puerto donde había zarpado
el barco con los soldados.
“Desde aquí veremos cuando
lleguen” exclamaba Ami con una inmensa sonrisa, admirando el horizonte marino
con sus ojos zafiro.
“Eso será después de mucho
tiempo, Ami-chan” repuso la hermana mayor, seria. “Las invasiones no son cosas
muy sencillas... esas peleas pueden durar meses o incluso años”
“Lo sé, hermana” respondió,
“pero aún así yo esperaré aquí a Makoto”
“¿Vendrás diario o qué?”
preguntó, ahora sonriente.
“Sí... estaré aquí todos los
días por la mañana, esperando a que llegue su barco”
“Entonces esperaré contigo, podrías
aburrirte aquí sola” respondió Michiru, riendo.
Ambas
hermanas comenzaron a reír y, quitándose su calzado, entraron a jugar al mar y
se salpicaban y mojaban entre risas y lágrimas cubiertas por al agua.
Después
de un rato de juegos, se sentaron sobre la arena y, tomadas de las manos,
miraban el radiante horizonte y esperaban a que las olas trajeran de regreso el
barco con sus soldados. Esperarían el tiempo que fuese necesario, pues sabían
que ellas cumplirían su promesa.
“Apenas se fue y ya la extraño”
murmuró Ami, abrazando sus rodillas y bajando su vista al suelo.
“Y yo...”
Permanecieron
calladas unos momentos y Michiru se puso de pie.
“Nos aburriremos mucho si sólo
nos quedamos sentadas” dijo, “iré por nuestros instrumentos y tocaremos”
“Podríamos escribir una melodía
para ellas”
“Por supuesto”
Y
desde ese día, ellas permanecieron ahí la mayor parte del día y de los días
consiguientes. Como era la playa privada del castillo, nadie más a excepción de
ellas dos se encontraba ahí.
Sólo
se dedicaron a esperar...
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