Por:
Escarlata
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“¡Suélteme, capitán, ya le he
dicho que no hice nada!”
“¡Crees que no sé que hiciste
algo con la princesa Ami!... ¡Confiesa, soldado!... ¡Te pregunté de qué
estuvieron hablando mientras no estábamos y te pusiste roja!... ¡Esa es una
prueba irrefutable en tú contra!”
“¡Capitán, déjeme!”
“¡No hasta que confieses todo!”
Haruka
sonreía maliciosamente, mientras tenía a Makoto bajo una fuerte y dolorosa
llave. La teniente, aunque fuerte, no lograba liberarse de la trampa. Le daba
pena contarle a Haruka lo que había pasado... pero, se dio cuenta de que, sino
lo hacía, Haruka iba a romperle el cuello.
“¡De acuerdo, confesaré, pero
suélteme!”
“Buena elección” murmuró Haruka,
dejándola libre.
Makoto
se sobó el cuello, adolorida, y miró a su capitán con un enorme sonrojo. ¿Cómo
comenzar a contarle todo? No sabía por dónde empezar. Haruka también la
observaba, sonriente... Makoto no sabía mentir, y esa era una cualidad que
siempre la delataba. Sabía lo apenada que estaba Makoto, por eso no la presionó
(más) para hablar sobre el asunto.
“Nos... ella y yo nos...”
balbuceó Makoto, roja a más no poder.
“Ella y tú se...”
“Nos... dimos un beso...”
finalizó casi sin voz.
“¡¿Que hicieron qué?!”
Haruka
se fue de espaldas sobre el suelo. Makoto escondió su rostro ruborizado entre
sus brazos. Haruka ciertamente esperaba algo así, pero creyó que podría
soportar la noticia... creyó... Cuando logró incorporarse, miró fijamente a
Makoto. La teniente seguía escondida en sí misma. Haruka no tardó en
recuperarse de la sorpresa y pronto puso un gesto de contento, antes de abrazar
a Makoto.
“¡Lo hiciste, Makoto, lo
hiciste, te felicito!” le dijo su capitán alegremente. “Tienes muy buen gusto,
la princesa Ami es muy hermosa”
“Capitán...” murmuró Makoto,
tomando un gesto de igual contento. “¿Y cómo le fue con la princesa Michiru?”
Ante
la pregunta, Haruka se sonrojó con fuerza, cosa que Makoto notó de inmediato.
Sonrió con malicia y comenzó a reír con ligereza.
“Supongo que le fue igual de
bien que a mí, capitán” comentó Makoto con tono malvado, lo que le ganó un
golpe en el hombro por parte de Haruka.
Haruka
no quiso decírselo, pero también había besado a Michiru...
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Ami,
si bien estaba nerviosa por lo que había hecho con Makoto, supo disimular
delante de su hermana. Pero, notó que ésta estaba un tanto... distraída... era
raro en ella...
De
pronto, su imaginación comenzó a soltarse... ¿acaso su hermana y el capitán
Tenou...?
“Dioses” pensó con inmensa
sorpresa de sólo imaginar lo que Michiru pudo haber hecho con el superior de
Makoto.
Ya
estaban por acostarse en su dormitorio del palacio, después de que la fiesta
terminara a altas horas de la madrugada. Incluso ya casi amanecía... Pero ser
princesas tenía sus ventajas, podían levantarse a la hora que quisiesen.
Le
dio pena preguntarle qué tal le había ido con el capitán Tenou, pero temió que
después ella le preguntase cómo había pasado el rato con Makoto. Prefirió
guardar silencio y no comentar nada.
Michiru
también estaba bastante extrañada del silencio de Ami, pero no dijo nada sobre
el asunto, no cuando su mente estaba perdida en el recuerdo de un delicioso
beso que le diera el capitán Tenou hacía poco rato...
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“¡Princesa, por favor, perdóneme!” exclamaba Haruka con un gesto
aterrorizado.
Michiru
estaba sonrojada hasta el extremo, más no se atrevió a decir nada por algunos
segundos...
Haruka
se había inclinado sobre ella y propinado un fugaz beso en los labios. La rubia
no tenía ni idea de por qué había hecho tal cosa, sólo sintió el repentino
deseo de hacerlo... Y lo hizo sin siquiera pensarlo...
“¡Por favor, perdóneme!” exclamó de nuevo y dio media vuelta, con la
clara intención de echarse a correr.
Antes
de que Haruka tuviera oportunidad de huir, Michiru le sujetó de la manga de su
uniforme militar con fuerza, amenazando con romper la fina tela oscura. Haruka,
aunque deseaba escapar de ahí, o mínimo que la tierra se la tragara; se detuvo,
mas no se atrevió a voltear.
“Haruka... no se vaya” murmuró la princesa, abrazándose del fuerte y delgado brazo de la chica rubia.
“Lo siento, princesa, no era mi intención ofenderla” dijo en voz baja.
“No me ha ofendido, capitán... al contrario...” respondió con inmensa
timidez y un tono de voz que no sabía que tenía.
Haruka
volteó de golpe y encaró a la princesa. En el rostro de la rubia estaba pegada
la más pura sorpresa... Sorpresa por lo que había hecho, lo que estaba pasando
y lo que iba a suceder a continuación...
“Michiru...”
“Haruka, no me has ofendido” repitió amablemente “eso puedo jurártelo.”
La
rubia sólo pudo mirar los marinos ojos de la joven princesa. Sus manos cobraron
vida propia y tomaron a la sirena por el rostro con un delicado y suave toque.
La princesa simplemente se dejó hacer, mientras observaba con infantil
fascinación los ojos verdes de Haruka.
“Michiru...” logró murmurar con un respiro, antes de colocar sus labios
de nueva cuenta sobre los de la princesa.
Ese
beso era lo mejor que había sentido Michiru en su vida. Era tan suave, tan
dulce, tan sensual... Sin duda alguna eran labios que sabían lo que hacían,
pero no quiso arruinar el momento pensando en el número de chicas que Haruka ya
había besado para llegar a ese grado de experiencia. Sólo se dejó llevar por el
beso unos segundos, antes de devolvérselo.
La
pasaron así hasta que el oxígeno fue necesario, alrededor de cinco minutos
después.
Al
separarse, Michiru podría jurar que las estrellas eran más brillantes que hacía
unos minutos, y Haruka por fin había encontrado otra razón para vivir además
del bienestar de su reino y su querida amiga Makoto. Sólo que, ahora Michiru,
ocupaba gran parte de sus pensamientos. Le hizo olvidar todas sus
preocupaciones y miedos y demás pesadumbres que le aquejaban el corazón.
“Gracias, mi princesa” dijo Haruka en un galante tono que demostraba lo
que feliz que se encontraba en ese momento.
“Gracias a ti, soldado” respondió Michiru, acariciando la suave mejilla
del capitán.
“¿Está bien si regresamos ahora con Makoto y su hermana?”
“No hay prisa...” ronroneó de forma traviesa, abrazando lentamente la
espalda de Haruka.
“Cierto...”
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Los
siguientes días, mientras el ejército se preparaba para partir al reino de
Urano, Haruka y Makoto la pasaban de maravilla con las princesas en un callado
romance que era un secreto a voces entre ellas cuatro.
El
rey Neptuno naturalmente se percató de lo que pasaba entre sus hijas y esos
soldados, mas no dijo nada, no cuando pudo ver en los ojos de ellas lo feliz
que estaban al lado de aquellos forasteros de buen corazón. Pero lamentaba
mucho que tuvieran que irse en unos cuantos días de regreso a su reino.
Tendrían que partir una semana antes de que se cumpliera el plazo de la
invasión enemiga para llegar a tiempo y preparar todo.
Haruka
y Makoto estaban conscientes de ello, pero les dolía mucho tener de despedirse
de su sirena y su ángel. Las princesas también estaban al tanto de la
situación, pero acordaron disfrutar lo más posible el tiempo que les quedara al
lado de ellas.
Sin
embargo, a pesar de que el amor les hacía eternas las tardes compartidas, los
días pasaron demasiado rápido... y, pronto, llegó el momento de que la pareja
de soldados partiera.
Las
cuatro lo sabían.
Era
de noche. Al amanecer iban a partir de regreso a su hogar...
Las
princesas se encontraban en su dormitorio, tratando de sacar algo de fuerza de
voluntad para ir a buscar a sus parejas y despedirse de ellas... Ami estaba
sentada en su cama, intentando contener las lágrimas mientras pensaba en las
palabras adecuadas qué decirle a Makoto al encontrarse con ella. Michiru miraba
por el balcón que daba su vista al mar, igualmente triste y dejando que el aire
salado le evitara el escape a las lágrimas.
“Sino salimos ahora, se hará más
tarde” murmuró Ami, mirando fijamente a su hermana mayor.
Michiru
no contestó, no volteó, no se movió. Ami repitió lo dicho y de nuevo su hermana
no pareció escucharla. Estaba perdida en sus pensamientos.
“Michiru... por favor, vamos”
insistió Ami, levantándose y tomando a Michiru por el brazo.
Pero
la sirena se deshizo del toque de forma violenta. Ami se sorprendió, pero
obligó a su hermana a mirarla a los ojos... sólo para descubrir, con aún más
sorpresa, que Michiru lloraba silenciosamente. El sentimiento también se
apoderó de Ami y lloró, abrazándose con fuerza a su hermana.
“No creo poder hacerlo, Ami”
sollozó Michiru.
“Ni yo, pero no puedo dejar que
se vaya sin decirle lo que en verdad siento” dijo el ángel, tomando a la sirena
por las manos. “Makoto me importa demasiado y no puedo darme el lujo de no
despedirme de ella... y estoy segura de que piensas lo mismo que yo con
respecto al Capitán Tenou”
Michiru sólo pudo murmurar un ‘cierto’, mientras se sonrojaba profundamente. Ami sonrió y apretó con más fuerza las manos de Michiru entre las suyas.
“Vámonos, deben estar
esperándonos en el escondite” dijo Ami de forma dulce.
“Está bien, vamos”
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“¿Es eso lo que le vas a dar a
Ami?”
“Si, capitán... ¿cree que le
guste?”
“Claro”
Makoto
le mostraba a su capitán, con inmenso entusiasmo, una pequeña cadena que había
hecho con una diminuta y brillante concha marina que hacía unos días había
encontrado. Era muy hermosa.
“Yo también pensaba darle algo a
Michiru” murmuró Haruka, enrojeciendo levemente y sacando una pequeña caja de
un bolsillo de su pantalón. “Mira”
Dicho
eso, le mostró un minúsculo y brillante anillo de oro con una diminuta piedra
incrustada.
“Es hermoso” musitó Makoto,
maravillada. “Estoy segura de que le va a encantar, capitán”
“Eso mismo quiero pensar... era
el anillo que me dio mi madre entes de morir. Es mi tesoro y quiero que ella lo
tenga”
La
pareja estaba en el escondite de las princesas, esperando a que éstas llegaran
y despedirse de ellas. Iban a salir en cuanto el sol se asomara por el
horizonte y deseaban pasar esa última noche al lado de las princesas que tanto
amaban.
“Ya no han de tardar en llegar”
murmuró Makoto después de pasar unos minutos en silencio observando el regalo
que le tenía a su ángel.
“Lo sé...”
No
esperaron más de diez minutos, pues sus princesas no tardaron en hacer acto de
aparición en el escondite.
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