Parte 5

 

 

 

El sol salió por el horizonte, cálido, brillante, cegador...

Rei llevaba varios minutos despierta, contemplando a la figura desnuda que dormía entre sus brazos. Su angelical rostro lucía una completa paz y tranquilidad... también felicidad... Ami estaba feliz, al igual que ella.

Había pasado la mejor noche de su vida, y todo gracias a su genio de agua. Sus manos pudieron recorrer aquel cuerpo esculpido de hielo, sus labios marcaron cada milímetro de esa piel, sus ojos se aprendieron de memoria los detalles y medidas de su joven genio, y su lengua hizo mella en la intimidad virgen de Ami. Aún hacían eco en sus oídos aquellos gritos que sacó a punta de caricias.

Pero... no sólo fue lo que ella hizo... también lo que Ami le hizo a ella...

Sus pequeñas y blancas manos le refrescaron cada palmo de su piel morena, sus suaves y dulces besos le bañaron hasta el alma, y sus ojos, cual dagas de hielo, le penetraron el mismo corazón.

Ahora ya sabía qué era lo que le hacía falta...

- Ami... – susurró tan bajo como pudo, esbozando una involuntaria sonrisa repleta de felicidad.

Pasó otro buen rato antes de que Ami despertara.

- Buenos días, holgazana – le saludó Rei con su profunda voz, antes de sellar su boca con un profundo beso.

- Buenos días – logró responder, en cuanto pudo liberar sus labios y su lengua del insistente beso – Y no me digas holgazana – reprochó, sonrojada.

Rei sonrió malévolamente, propinándole un veloz beso en la nariz.

- Holgazana – repitió en burla – Eres una holgazana...

- No lo soy – contestó con enojo.

- Bésame – ordenó enseguida.

- No.

- Hazlo.

- No quiero.

Pero Rei le obligó a besarla. Al principio, Ami puso una buena resistencia, pero Rei era fuerte y obstinada, por lo que no tardó en ceder a la orden.

A mitad del beso, ambas notaron que el libro emitió un fugaz destello azul. Se separaron y Rei vio que Ami ponía un aterrado gesto en su rostro, mientras se aferrada con más fuerza a su cintura. Se preocupó al ver que ella dejaba escapar algunas lágrimas.

- ¿Qué pasa, Ami? – preguntó con angustia.

- Rei... yo... – fue todo lo que pudo decir, antes de estallar en llanto – Perdóname, Rei, por favor... Perdóname...

- ¿Porqué?

Pero Ami se levantó de la cama y, con un chasquido de dedos, se vistió y vistió a Rei. La sacerdotisa se incorporó enseguida, obligando a Ami a mirarla a la cara.

- ¿Qué diablos pasa? – volvió a preguntarle, ahora asustada.

- Tengo que irme – dijo entre sollozos.

- ¿Irte?... ¿adónde?

- Tengo que dejarte – agregó, abrazándola – Mi superiores me dijeron que era hora de dejarte... que ya te había dado lo que necesitabas... y que ya no tenía nada qué hacer aquí...

Rei no podía creer lo que escuchaba. Lloró sin querer. No quería que se fuera. Correspondió el abrazo con todas sus fuerzas y siguió llorando.

- No te vayas – le suplicó al oído – Quédate conmigo.

- Quiero quedarme, pero no me dejan.

- Te amo.

- Y yo a ti, Rei.

Entonces, el libro brilló de nuevo, pero ahora por más tiempo. De pronto, una extraña y poderosa fuerza las hizo separarse de su cerrado abrazo. Resistirse simplemente fue inútil.

- ¡No, Ami! – gritó Rei, desesperada por no poder hacer nada.

- ¡Rei!

Ami era succionada al libro con una luz azul.

- ¡No te la lleves!... ¡No la separes de mi lado! – rogó... en vano, pues el ser del libro no dio ninguna respuesta.

- Rei... – murmuró con tristeza, ya resignada. Ni todo su poder la ayudaría a desobedecer la orden.

Le sonrió una última vez a su querida Rei, y le mandó un beso, dejando que la luz la regresara al libro. En cuanto entró, las gruesas tapas se cerraron.

- No... – murmuró, aterrada – No, Ami, no te vayas...

Cuando recuperó el control de su cuerpo, ya era tarde, pues el libro desapareció poco a poco ante sus ojos.

- No... ¡No!... ¡No, Ami, no te vayas!... ¡No me dejes!... ¡Ami, lo que necesitaba era a ti!... ¡Era a ti!... – gritó hasta desgarrarse la garganta con lágrimas - ¡Era a ti, Ami!... ¡AMI!...

Se echó a llorar en el suelo, destrozada.

- Ami... eras tú lo que necesitaba... eras tú...

Se arrinconó en una esquina de su habitación, después de aislarse por completo y cerrar su puerta con llave.

- Eran tus besos... tus ojos... tus manos...

Ya ni siquiera tenía fuerza para ponerse de pie. Se sentía destrozada hasta el alma...

- Ami...

Escuchó que alguien tocaba la puerta de su dormitorio, pero no hizo el menor caso al llamado. Era su abuelo.

- ¡Hija, ábreme!

No respondió.

- ¡Rei, hija, tus amigas te buscan!

Otra vez sin respuesta. Escuchó que forzaban la puerta, pero se encargó de atrancarla con un mueble.

-¡Rei! – le llamó la voz de Usagui – ¡Abre, por favor!

- ¡Rei!, ¿qué tienes? – era Mina.

- ¡Por lo menos contéstanos! – le rogó Makoto, que más o menos se daba una idea de qué era lo que pasaba.

La sacerdotisa tuvo que tragarse las lágrimas para poder hablar.

- Déjenme sola – murmuró al principio – ¡Déjenme sola! – gritó – ¡Largo!... ¡FUERA!

Después de eso, ya no dijo más, sino que entró en una especie de letargo. Ya ningún clamo de sus amigas o su abuelo la hizo reaccionar por largas horas.

Al día siguiente, Rei despertó sobre el frío piso de su dormitorio.

- Ami...

Era lunes y tenía que ir a la escuela. Era temprano, así que decidió ir para tratar de despejarse. Se bañó y arregló en silencio, tratando de pensar en qué explicación darle a su abuelo.

Camino a la escuela, extrañaba los frescos brazos de Ami en su cuello y los suaves susurros en su oído que le apaciguaban las llamas de su alma. Se preguntó qué estaría haciendo su genio en esos momentos. Quizá dormía dentro del libro, como una vez ella le comentó.

- ¿Ya me habrá olvidado? – se preguntó con cierta tristeza.

De pronto, el toque de una fuerte mano en su hombro la sobresaltó. Volteó y se encontró con el rostro afable de Makoto.

- Buenos días – le saludó – Disculpa si te asusté.

- Buenos días – respondió, esbozando una nostálgica sonrisa.

Makoto de inmediato captó el mensaje en su sonrisa y puso un gesto similar, para después abrazarla por los hombros en un intento de reconfortarla.

- ¿Se lo dijiste? – le preguntó con extrema delicadeza, sin tratar de indagar más en el caso, ó Rei simplemente no le diría nada.

- Sí.

- ¿Qué respondió?

- Que sentía lo mismo por mi.

Entonces... si su amor fue correspondido, quería decir que su depresión se debía a que...

- Se fue, ¿cierto?

Y su silencio le dijo que sí.

La dejó en su escuela y se fue corriendo a la suya. Mientras, Rei le agradecía con una, apenas perceptible, sonrisa su amistoso gesto de ayuda.

Una leve mirada de Makoto le dijo que ése sería su pequeño secreto, cosa que también le agradeció.

Pasaron algunas semanas, antes de que se repusiera totalmente de su depresión, semanas en las que contó con el apoyo de sus amigas para levantarse una vez más, como el orgulloso fuego que tenía en su alma.

Un día de esos, Rei regresaba de la escuela. Iba a su casa, pues tenía que estudiar con sus amigas para los exámenes semestrales.

- ¡Diablos! – masculló con molestia al echar un vistazo a su reloj – Ya es tarde, mejor corro o no voy a llegar a tiempo.

Con velos trote dobló una esquina... sólo para chocar con alguien y tirarle al suelo.

- ¡Ou... eso dolió! – exclamó, sobándose la nariz – Disculpa, por favor, fue in acciden...

Quedó de una pieza al ver que la persona con la que había chocado era... Ami...

Sus ojos se llenaron de lágrimas, mientras la chica se ponía de pie, algo adolorida por la caída.

- No hay problema – respondió.

La chica alzó el rostro y notó el llanto en el rostro de Rei. Se preocupó...

- Oye... ¿estás bien? – le preguntó.

Pero Rei sólo pudo abrazarla con fuerza. La chica se asustó, incómoda, y, sin embargo, trató de tranquilizarla.

- Ami... qué bueno que regresaste – murmuró Rei.

- ¿Co... Cómo sabes mi nombre?... No te conozco – dijo con pena.

Ante eso, Rei sintió una cubetada de agua helada en su cabeza. ¿Acaso no era Ami? ¡Pero sí era!... Cayó de rodillas y se soltó en un silencioso llanto.

- ¿Cómo te llamas? – le preguntó la chica.

- Rei... Rei Hino...

- Soy Ami Mizuno.

¿Mizuno?, ¿Ami Mizuno?... Era ella, no podía equivocarse.

- Discúlpame – dijo Rei, secándose las lágrimas y poniéndose de pie – Es sólo que me recuerdas a alguien que quise mucho... Lo siento...

- No. Está bien, tú también me recuerdas a alguien – dijo amablemente, extendiéndole un pañuelo para que terminara de limpiarse el rostro de las lágrimas – Tal vez sí nos conozcamos...

Rei, al tomar el pañuelo, tuvo un ligero contacto con la mano de Ami que le descargó una familiar frescura... Ahora sí estaba segura de que esa chica era SU Ami.

- Gracias.

- Quédate con el pañuelo, es un regalo.

Asintió con la cabeza y no supo qué decir. Ami estaba totalmente sonrojada, pero blandía una tímida sonrisa que terminó de tranquilizar a Rei.

- Ami... ¿crees que podamos ser amigas? – le preguntó, ruborizada.

- Claro – respondió, contenta – Acabo de mudarme a Juuban con mi madre, aún no me sé mi número telefónico, pero, ¿podrías darme el tuyo?

- ¡Sí, por supuesto! – dijo, ya más animada – Vivo en el Templo Hikawa, tal vez...

- ¿El Templo Hikawa?

- Sí.

- Mi mamá y yo pasamos ésta mañana a rezar... ¿Eres sacerdotisa?

- Ajá.

- Yo vivo en el Complejo Departamental, cerca del centro. Iré a la escuela Juuban.

- Ahí van unas amigas mías, tal vez llegues a conocerlas.

Le dio su número telefónico en un trozo de papel. Después de eso, se quedaron calladas.

- Bueno... Rei Hino, espero que seamos buenas amigas – dijo extendiéndole la mano.

- Lo mismo digo, Ami Mizuno – contestó, correspondiendo el gesto.

Aún sujetas de la mano, un súbito impulso llevó a Ami a besar la mejilla de Rei. Ambas se sonrojaron al extremo y se soltaron.

- Yo... Rei... disculpa... – tartamudeó – Tengo que irme.

- Yo también.

Se esbozaron una última sonrisa y, cada una, se fue por su lado...

FIN

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