Parte 3

 

 

 

Pasaron algunas semanas sin nada sobresaliente o interesante... lo único que había cambiado era que Ami y Rei eran... más cariñosas una con la otra.

Últimamente, a Rei no le importaba que Ami se quedara abrazada de su cuello por largo rato. Cualquier salida o paseo era una buena excusa para aferrarse a su cuello y no soltarla sino hasta llegar a su destino.

Por las noches, se abrazaban bajo las cobijas y se acariciaban las espaldas mutuamente, ajenas a cualquier cosa en esos momentos.

Durante los paseos, a Ami le gustaba morder la oreja de Rei por sorpresa, haciéndola saltar del susto mientras ésta estaba con sus amigas. Rei siempre ponía un gesto de molestia y buscaba una excusa para darle a sus amigas, como que le había picado un mosquito muy molesto o cosas así. Incluso, Usagui, Minako y Makoto habían notado un ligero cambio en la actitud de Rei.

Había veces que Rei se quedaba inmersa en un largo silencio, con los ojos cerrados y lanzando casuales suspiros. Incluso, se molestaba un poco cuando alguna de ellas se atrevía a sacarla de aquella especie de ensueño. Parecía tan relajada en momentos como ese.

Lo que no sabían, y no veían, era que Ami masajeaba los hombros de Rei, y, esos suspiros, eran su respuesta a las numerosas mordidas que le propinaba en una oreja o en el cuello.

Lo cierto, es que sus peleas con Usagui y con Mina era lo único que no habían cambiado en lo absoluto. Su frecuencia e intensidad eran las mismas.

Rei había deseado, inconscientemente, aquellos juegos; y Ami, como todo genio responsable, sólo cumplía con su deber.

Cierto día, Rei salió, pero sola; pues Ami tenía que recargar sus energías descansando un día entero en el libro azul. Sólo llevaba un par de horas sin ella y ya la echaba de menos. Era viernes, Ami se había metido al libro a mediodía, y saldría de nuevo el sábado a la misma hora. Eran las cuatro y se sentía extraña y vacía.

- ¡Rei! – escuchó que le gritaba una familiar voz, era la de Makoto.

- Hola – saludó, deteniéndose un momento para que la alta chica la alcanzara – ¿Qué haces por aquí, eh?

- Sólo tomaba algo de aire fresco, ¿y tú?

- Igual.

- ¿Quieres un helado? – le preguntó, señalando una fuente de sodas cerca de ahí – Yo invito.

Rei lo pensó un poco.

- De acuerdo, pero la próxima vez, yo invito – dijo con una de sus enigmáticas sonrisas – ¿Vamos?

- Vamos.

Pidieron sus helados y se sentaron una de las mesas del establecimiento. Rei pensaba en invitarle un helado a Ami un día de esos, seguramente le gustaría. Mejor sería llevarle alguno, pero se derretiría en el camino; y, si la llevaba, lo más probable es que todo mundo le miraría extraño si estuviera sola en una mesa, con dos helados, y uno de ellos consumido por un ser invisible a sus ojos. Bueno, algo se le ocurriría...

- Rei... – le interrumpió la voz de Makoto – ¿Puedo preguntarte algo?

- Claro – respondió, algo extrañada por el misterioso gesto de su alta amiga.

- ¿Hay algo bueno que te esté pasando y no estemos enteradas?

- ¿Uh?

- Bueno – se encogió de hombros, con una confidente sonrisa en sus labios – últimamente te he visto muy... contenta, eso es todo. Y quiero saber si existe la posibilidad de que me digas a qué se debe.

Rei se sonrojó ligeramente y bajó el rostro, esbozando un aparente gesto de molestia. Makoto recargó sus codos en la mesa y su mentón en sus manos, mirando a Rei con sospecha. Ya conocía ese gesto suyo, uno que decía "no te diré nada".

- ¿Acaso te has enamorado de alguien? – le preguntó sin abandonar su posición.

- ¿Eh?

La sacerdotisa enrojeció a más no poder, y su gesto molesto pareció aumentar. La sonrisa de Makoto se hizo más amplia al descubrir que le había atinado.

- ¿Puedo saber quién es? – preguntó enseguida.

- Yo... yo... no – murmuró con nerviosismo – ¡Yo no estoy enamorada de nadie! – gritó de repente, golpeando la mesa y haciendo que todos en el local voltearan a verla – Uy...

De pronto sintió muchas miradas sobre ella.

- Oye, ¿podemos ir a otro lado? – le suplicó Rei a su alta amiga, visiblemente incómoda por la escena que armó.

- ¿Qué tal a mi casa?

- Me parece bien, vámonos.

- Vamos.

Se retiraron y fueron a casa de Makoto, pero, camino a ésta, Rei guardó el más perfecto silencio; y Makoto no se atrevió a romperlo. Su buena amiga Rei era una chica dura de pelar, por lo que no pensaba echar a perder lo poco que había logrado en ese rato.

Al llegar a su destino, Makoto preparó un postre y lo sirvió, mientras que Rei se sumía en una de sus meditaciones.

- ¿Acaso me he enamorado de ella? – se preguntó mentalmente – ¡Pero no está bien!... ¡Ni siquiera es humana!... Y, un día de estos, puede irse para siempre.

Entristeció de repente y bajó su rostro, sin saber que Makoto le miraba de reojo.

- ¡No quiero! ¡No quiero que se vaya! – gritó en sus pensamientos.

- Rei...

- ¿Uh?

La sacerdotisa volvió sus ojos a su alta amiga, y vio en ella un gesto de genuina preocupación. Se apenó un poco, pero trató de disimular. No le gustaba que la gente, y menos sus amigas, la vieran en ese estado tan deprimente.

- ¿Sabe lo que sientes? – le preguntó Makoto amablemente, tomando sus manos entre las suyas, buscando reconfortarla un poco.

- No sabe, ni tampoco sé lo que siente por mi – respondió en voz baja.

- ¿Has intentado decírselo?

Rei negó con la cabeza, a lo que Makoto respondió abrazándola con fuerza.

- ¿Y qué esperas, eh? – le preguntó con dulzura - ¿Qué no eres la gran Rei Hino?... Eres una chica fantástica, amiga, no creo que te rechace si se lo dices.

- Pero, no tardará en irse – explicó con voz quebrada – y no volveremos a vernos... nunca...

- Con más razón debes decírselo, Rei. Si se va, y no le dices nada, te sentirás muy mal.

- ¿Tú crees?

- Lo aseguro... ¿cuándo verás a ésta persona?

- Mañana.

- Bien, ya sabes qué hacer...

Rei asintió con la cabeza y se liberó gentilmente del abrazo de Makoto, antes de mirarle con agradecimiento. Makoto sólo sonrió, le palmeó el hombro y esperó la siguiente reacción de se amiga; que fue una ligera sonrisa.

- Gracias, Makoto.

- No es nada, para eso estamos las amigas, ¿ó no?

- Cierto.

- ¿Y me dirás quién es?

- Olvídalo, tengo que irme.

Sonrió con malicia, gesto que imitó su alta amiga, bastante divertida. Se despidió de Makoto y abandonó la casa de ésta en completo silencio, bastante tranquila y con mejor humor que hace rato. Decidió dar un paseo antes de regresar al templo.

Fue al parque No. 10, a un pequeño claro desde donde podía apreciarse un precioso ocaso. Ese lugar tenía la mejor vista de todo Juuban, y ya había llevado a Ami ahí a contemplar la graciosa retirada del sol.

Recordaba con claridad el asombrado rostro de su genio al ver el ocaso... lucía maravillada, sorprendida... y después feliz... Cerró los ojos y reprodujo mentalmente el momento en el que ella la abrazó por los hombros y le besó la mejilla en agradecimiento.

- Ami... no tienes idea de lo que me haces sentir – murmuró a la tarde pintada de morado y noche – Deseo saber qué sientes por mí.

Una gentil brisa le acarició el rostro y alzó su cabello al aire, produciéndola una placentera sensación de frescura; muy parecida a la que sentía cada que Ami la tocaba. Relajó su cuerpo y permitió que la brisa casi nocturna sustituyera temporalmente a su genio de agua.

- ¿cómo haces para no salir de mi mente? – se preguntó en silencio.

¿Qué tenía que la hacía sentir completa y feliz?

- ¿Completa? – pensó con sorpresa, abriendo los ojos para descubrir que ya era de noche.

¿Completa?

Junto a ella sentía que nada le faltaba, que esa sensación de vacío, que hacía unas semanas la tenía sumida en una especie de depresión, desaparecía...

Entonces...

¿Ami ya sabía qué era lo que le hacía falta?... porque ya se lo estaba dando.

¿Amor, quizás?

¿Sólo un poco de cariño?

¿O era, simplemente, su dulce y angelical rostro capaz de calmarla?

Eso quería decir una sola cosa: que ella no tardaría en irse.

No...

- No dejaré que te vayas, Ami...

No supo cuánto tiempo estuvo ahí, pero, apenas se dio cuenta, la luna ya estaba en todo lo alto de la bóveda celeste. La contempló por unos minutos...

- Tengo que traerte a ver esto alguna noche, Ami – dijo con una sonrisa apenas perceptible – Mañana, tal vez...

Lanzó un silencioso suspiro, se despidió de la luna y dio media vuelta en dirección al templo. Estaba decidida a decírselo todo a Ami, sin importar qué fuera a pasar después de eso... se había enamorado de esa chica sin querer... pero no sabía lo que sentía ella... Tenía que decírselo en cuanto saliera del libro, antes de que se fuera... antes de que la abandonara...

Caminó sin prisa hasta su casa, a veces miraba al cielo y saludaba con una sonrisa. Nunca se había sentido tan bien como en ese momento... Ami le daba sentido a todo, pensar en ella le arrancaba suspiros e involuntarias sonrisas.

Llegó al templo, saludó a su abuelo y fue directo a su dormitorio. Lo primero que hizo fue presionar el libro sobre su pecho.

Lo abrazó por un buen rato, dejando que esa frescura le llenara el interior de su alma en llamas. Vaya combinación... un espíritu de fuego y un genio de agua y hielo... Bueno, lo había leído y oído en otras partes, los opuestos se atraen, así como los polos de un imán.

Puso el libro bajo su almohada y se acostó.

- No quiero que te vayas – murmuró – ¿Me has oído?... Deseo que te quedes conmigo...

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