- ¡Michiru, corre, que no quiero llegar tarde! –
gritó la ya grave pero inconfundible voz de Haruka.
La susodicha terminaba de arreglar su cabello como
si tuviese todo el tiempo del mundo para contemplarse en el espejo. Le dio unos
últimos retoques al delicado listón que sostenía su cabello y, por fin, tomó su
mochila y salió de su cuarto.
- A Haruka le dará un ataque si no te apresuras,
Michiru – le dijo la Dama en tono de broma en cuanto se topó con ella en la
escalera.
- Lo sé... – sonrió la joven de forma un tanto
traviesa.
- Anda, mejor sal de una vez o vendrá por ti y te
llevará a rastras...
Michiru asintió obedientemente y salió de la casa a
paso más rápido. Haruka le esperaba afuera, recargada en su bicicleta y con los
brazos cruzados. Michiru no logró aprisionar una carcajada al ver a su amiga
así. Haruka arqueó una ceja al verla y escuchar su risa, pero sin cambiar su
posición en lo absoluto.
- ¿Porqué tanta risa, eh? – preguntó la rubia,
suavizando un poco su tono de voz.
- Por nada – dijo, callando la carcajada
delicadamente con su palma – Anda, vamos... ¿no que tenías prisa?
Haruka dejó escapar un suspiro de resignación y
montó la bicicleta. Michiru se subió en la parte trasera y se sostuvo con
fuerza de la cintura de Haruka. Con veloz ritmo, el paisaje se movió y pronto
se vieron avanzando entre la poca transitada calle camino al colegio. Era una
escuela de paga, especialmente hecha para los jóvenes de esa comunidad. Para
nivel preparatoria no eran necesarios maestros privados, así que todos asistían
al mismo colegio. Había un par de becados, hijos de servidumbre, muchachos con
buenas recomendaciones y con un gran futuro.
Ese era el primer día de clases del par y sólo
Michiru estaba ligeramente nerviosa... Haruka, tan fresca como siempre. El
uniforme era de tonalidades verdes muy al estilo militar, la falda era
cuadriculada al igual que el pantalón y, ciertamente, Haruka era la que llevaba
bien puestos los pantalones, pues ni de broma se pondría una falda. Michiru lucía
muy bien en el uniforme, combinaba a la perfección con sus ojos y cabello.
Haruka, sencillamente, lucía apuesto y varonil en esas ropas.
- ¿Y cuándo iremos a la escuela en tu motocicleta,
eh? – preguntó Michiru al oído de Haruka.
- Cuando papá la terminé – sonrió Haruka en
respuesta. Ya sólo eran ajustes los que necesitaba, Ichiro quería que el
vehículo fuera lo suficientemente seguro como para que alguien como Haruka
pudiese andar en él sin preocupaciones. – Será dentro de muy poco...
- Supongo que cuando tengas edad para conducir algo
con motor – bromeó la joven.
Haruka soltó un pequeño gruñido ante la sonriente
mirada de su acompañante.
No pasó mucho para que el imponente y conservador
edificio de roca blanca se levantara ante ellas. Centenares de alumnos de ambos
sexos se congregaban, algunos por primera vez, para seguir con la educación que
desde la tierna edad se les había inculcado. Ahí se enseñaba arte, deportes,
ciencias exactas y naturales, especialidades y todo tipo de actividades. Era
una institución de lo más adecuada para jóvenes que estaban acostumbrados a
trato de reyes.
Al ver semejante monstruo de roca, Michiru no pudo
más que sostenerse de Haruka ante un repentino vértigo. El sitio era
verdaderamente enorme. Haruka se sintió de la misma forma, pero pronto recuperó
su confiada actitud y bajó de la bicicleta.
- Anda, vamos... ya te dije que no me gusta llegar
tarde... – le animó la rubia, estirándole la mano para bajar de la bicicleta.
Michiru miró la blanca y larga mano y pronto sonrió,
sintiéndose más segura. Se sujetó de Haruka, dejando en claro su femenina
delicadeza y bajó del vehículo. Haruka pareció satisfecha y, mientras Michiru
acomodaba su cabello y ropa, acomodó su bicicleta en el lugar destinado para
éstas.
Varias fueron las miradas que les fueron encima
cuando entraron al recinto. A pesar de ser de nuevo ingreso, ambas eran muy
altas, Haruka más que Michiru, pero altas a fin de cuentas. Daban la sensación
de ser de grados superiores. Pronto parecieron apoderarse del pasillo y muchos
de los estudiantes comenzaron a murmurar sobre lo bella que era Michiru o lo
galante que era Haruka.
La rubia rió entre dientes al escuchar a la
perfección los nada discretos comentarios. Michiru sencillamente sonrió con
aquella elegancia natural; ya había recuperado su confianza, sólo era cuestión
de adaptarse al medio.
Fueron al departamento de asistencia y les dieron
sus horarios. Por suerte, compartirían todas las clases. En cuanto a
actividades extracurriculares, Michiru optó por pintura y música, Haruka, por
su lado, entró al club de atletismo a falta de uno que incluyera motores y
cuatro, o por lo menos dos, ruedas para correr. La rubia pensó en hacer la
propuesta de un club de motociclismo, sería el primer miembro,
definitivamente;: además, sabía que muchos alumnos de ahí gustaban de competir
por las tardes en carreras de motos poco legales en la periferia de aquella
comunidad.
- Bien, nuestro salón es por allá – murmuró Michiru,
consultando la hoja de horarios y el mapa de la escuela – Aún tenemos diez
minutos para encontrarlo, si es que no es por esa dirección – sonrió.
- No creo que nos perdamos... ¿o sí? – bromeó
Haruka, echándose su mochila al hombro de tal forma que, las chicas que estaban
cerca, lanzaron al menos un suspiro. Y eso no lo había hecho a propósito.
Caminaron entre laberínticos pasillos hasta que, con
sorpresa, se percataron que estaban en el teatro del instituto. Haruka chequeó
su reloj y tenían treinta segundos para llegar al salón. Tomó la mano de
Michiru y literalmente la llevó volando cual corbata al viento de regreso al
recibidor principal.
- ¡Te dije que era a la izquierda! - le riñó entre apuradas sonrisas.
- ¡Me lo dijiste cuatro esquinas después! – contestó
la joven con similar gesto.
Barriéndose, llegaron por delante del profesor al
salón 1 – D del edificio 3. Michiru aterrizó en una banca junto a la ventana,
cortesía de Haruka, y ésta quedó a su lado. Fue una suerte encontrar dos
lugares vacíos y juntos. Ambas soltaron un suspiro cuando el profesor encaró al
grupo y todos se pusieron de pie para saludarle como, según les inculcaron, era correcto.
En coro autómata sonó un “buenos días” y el profesor
respondió el saludo con tono igual.
- Soy Matsumoto Takeda, su profesor de Historia
Moderna Universal – se presentó como por inercia el hombre de traje gris ante
ellos. – Primero, quiero que todos se presenten ante sus compañeros. Digan su
nombre, edad y qué les gusta hacer, a fin que todos comiencen a conocerse...
Comenzaremos por acá – dijo, señalando a Michiru.
La joven de cabellos marinos asintió educadamente y
se puso de pie. La gracilidad de sus movimientos hicieron que más de un chico
le mirara con más atención, y una que otra chica frunciera el ceño con clara
envidia. Haruka sólo sonrió y permaneció con su verde mirada atenta y
sonriente.
Las palabras fluyeron de la boca de Michiru con gran
seguridad y elegancia que, pese a haber hablado menos de treinta segundos, fue
suficiente para ganarse al menos dos o tres admiradores. Pasaron otros pocos
alumnos hasta que fue el turno de Haruka para hablar... dando una similar
impresión, sólo que con los efectos contrarios: suspiros y admiradoras y ceños
fruncidos por parte de los varones.
La clase transcurrió con la normalidad de cualquier
otra y, al termino de ésta, varios alumnos planeaban tomar por asalto a la
pareja, hasta que Haruka, en graciosa huída, tomó a Michiru del brazo y
lograron salir del salón de forma discreta y natural.
- Fue algo aburrido, ¿no lo crees? – preguntó
Michiru a manera de abrir la conversación.
Haruka hizo más amplia su sonrisa y le miró con
gracioso gesto.
- Pero debemos pasar esa clase, no quiero ver a ese
profesor en los exámenes de recuperación de verano – dijo – Por su voz, debería
dedicarse a la comedia – agregó, bastante sonriente.
Michiru soltó una carcajada al recordar el autómata
y a la vez aburrido tono de voz del profesor de historia. Haruka pareció
satisfecha por aquella risa y pronto estuvieron frente al salón donde sería su
segunda clase de ese lunes.
El rito de presentarse fue necesario pues, aunque
era el mismo grupo, había muchos maestros y ante todos ellos debían
presentarse. Los nombres que todos se grabaron muy bien fueron los de Michiru
Kaiou y Haruka Tenou. Algunos no resistieron la tentación de un nuevo intento
de comunicación con aquella pareja. La primera fue una chica de dorados
cárieles que se acercó sin pena alguna a Haruka. Michiru puso una divertida
sonrisa al ver cómo trataba Haruka a su “nueva amiga”.
- Hola, Haruka... Michiru – agregó con cierto sarcasmo
– Soy Carol, seguramente escucharon mi nombre muchas veces – agregó, hasta que,
tratando de ser discreta, dirigió toda la conversación a Haruka. – Debes vivir
por el sur, nunca te había visto... y vaya que no vivimos en un lugar tan
grande.
Haruka aguantó la risa y, antes de contestar, abrazó
a Michiru por los hombros con un brazo, mientras con el otro sostenía unos
libros. Carol vio eso con la nariz fruncida. Michiru sólo le sonrió
amigablemente.
- Exacto, linda, vivo por el sur, Michiru es mi
vecina, por cierto – comentó con aquella galante sonrisa.
- Sería agradable que algún día fueras a visitarnos
– agregó Michiru con una sonrisa gemela a la de Haruka.
- Uh, sí... a mi también me encantaría... – dijo ya
sin evidente ánimo.
- ¿Nos concederías el honor de tu compañía en el
almuerzo? – preguntó Haruka con el mismo tono galante.
- Ah, muchas gracias, pero... no puedo, estoy con
unas amigas... – dijo y, a manera de apresurada y forzada huída, se despidió
con una sencilla seña.
Ambas se miraron y sonrieron y, soltándole, Haruka
se inclinó cual caballero de armadura ante Michiru.
- ¿Me concedería el honor de su compañía en el
almuerzo? – preguntó Haruka de forma muy graciosa.
Michiru cubrió su boca con una mano de manera
delicada, a manera de acallar una repentina risa. De todos modos siguió el
juego y miró a Haruka con fingido desencanto.
- Muchas gracias, pero... no puedo... estoy con unas
amigas – dijo, imitando el chillón tono de aquella chica de caireles.
Se miraron largamente, una suplicante y la otra
desencantada, hasta que ya no pudieron más y ambas se soltaron en una divertida
carcajada. Michiru sujetó a Haruka de la manga y la sacó al soleado patio del
edificio.
- No tenías porqué ser tan grosera – le riñó,
sentándose primero en el reverdecido césped.
- No fui grosera – reprochó la rubia, sentándose a
su lado y abriendo su caja de almuerzo – Vaya, papá se lució con mi comida –
murmuró en voz baja y descubrió su arroz y camarones fritos. – Además, ella fue
la que se acercó – le dijo a su acompañante, llevándose un bocado de arroz.
- Pero no tenías porqué desilusionarla de esa manera
– agregó Michiru, comenzando con su almuerzo, también.
- ¿Desilusionarla? – preguntó con inocencia fingida.
- No tenías porqué abrazarme...
- ¿Qué?... ¿Acaso no puedo?
Para esos momentos, se miraban con fingida pasión
mezclada con reproche. Haruka fue la primera en romper el momento y soltarse en
una divertida risa. Michiru sólo esbozó una sonrisa y siguió comiendo. En
momentos así, Haruka se parecía tanto al Teniente. La misma risa, los mismos
gestos y la misma actitud de niño pequeño.
- Al menos, no recuerdo haberte dado permiso –
respondió con los palillos recargados en su labio inferior.
- Bueno, bueno... ¿me das permiso? – preguntó,
fingiendo seriedad.
- Deja lo pienso y después te digo – sonrió,
continuando su alimento.
Haruka arqueó una ceja.
- ¿A qué hora me dirás?
- Después...
Michiru siguió comiendo con normalidad. Haruka puso
un gesto de enojo, fingido, por supuesto, y robó con veloz mano uno de los manjares
de la caja de Michiru.
- ¡Hey!... ¿Qué el Teniente no te enseñó buenos
modales?
- No.
Se la pasaron todo el rato así hasta que llegaron
las siguiente clases. La normalidad gobernó hasta las tres de la tarde que
acabó la jornada escolar. El par salía del recinto camino a cualquier lugar
antes de regresar a sus casas.
- Primero, iremos al centro por más libretas, ¿qué
dices? – propuso Michiru, ya sujeta de la fuerte espalda de Haruka.
- Bien, y después veremos a dónde más ir – agregó
Haruka, comenzando el rítmico pedaleo hasta el concurrido centro de la
comunidad.
El viento les dio de frente todo el tiempo. Era ahí
donde Michiru compartía la sensación de velocidad con Haruka. La libertad, la
frescura, el saber que podía ir con ella a cualquier lado. Desde hacía años que
compartían vueltas enteras sobre la bicicleta y compartían la misma sensación,
siendo la rubia el motor de los viajes. Una que otra vez, Michiru era la que
tomaba el control del manubrio, pero no lograba la misma velocidad que Haruka pese
a tener también piernas largas y fuertes.
Compraron las libretas y un par de libros y pronto
se internaron en la privacidad de una cafetería. Michiru pidió té y unas
galletas. Haruka pidió un café, desde hacía tiempo que le estaba tomando gusto
a esa bebida amarga... pero, nada que un par de cucharadas de azúcar no pudiera
solucionar.
- ¿Quieres hacer la tarea en mi casa? – preguntó
Michiru.
- Mejor en el patio... no me gusta sentirme
encerrada.
- Bien, como quieras – sonrió.
Haruka correspondió el agradable gesto y el resto de
su café lo pasó en silencio. Michiru se limitó a imitarle... era agradable
estar así, calladas. Ya había aprendido a decirle muchas cosas con miradas... y
sentía compenetrarse más con ella de esa manera.
Regresaron a casa alrededor de las cinco de la
tarde. Haruka pasó a comer a su casa, ya que, quisiera admitirlo o no, amaba la
comida que preparaba su papá. Michiru hizo lo propio en su casa y esperó a
Haruka en el patio, tal cual lo acordado, para hacer la tarea.
Bajo la luz de una lámpara del patio y, recostadas
en el césped, peleaban porque el viento no cambiara tan seguido las hojas de
los libros.
- Michiru... – le llamó Haruka entre las notas de la
libreta.
- Dime...
Haruka guardó unos segundos de silencio y pronto se
cubrió con su libreta.
- Nada...
Continuará...
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