Llevaba poco
más de diez minutos admirando el paisaje por la ventana. Estaba contenta, el
sol por fin le había saludado con un ‘buenos días’ hecho rayos de luz. Era muy
cálido. Había pocas nubes en el cielo, algunas de ellas formaban curiosas
figuras, por algunos minutos estuvo buscando las figuras que formaban las
nubes. Una parecía un barco de vela, otra un oso de peluche y una tercera
parecía un cachorro recostado. No había viento, parecía que aún no despertaba.
Las hojas en el césped estaban quietas, serenas; también dormían. Podía
escuchar el trino de los pájaros madrugadores como ella, cantando entre las
espesas copas de los árboles cercanos y, con sus revoloteos, sacudiendo las
ramas.
En la planta
baja, podía escucharse a la cocinera preparar el desayuno. Seguramente sus
padres seguían dormidos. Se preguntó si Haruka aún estaría en la comodidad de
su cama. Apenas eran las ocho de la mañana, era probable que sí... o quién
sabe, era tan activa que no podía soportar estar mucho tiempo sin moverse.
Miró a la
casa vecina, el cuidado césped tras la blanca barda de piedra, los grandes
árboles y a algunos pájaros que se perseguían por toda la amplitud del patio.
De pronto, la blanca puerta se abrió. Sonrió enormemente al ver que Haruka y el
Teniente salían de la casa, ambos vestidos con ropa deportiva. Seguramente iban
a correr... ahora entendía el porqué de tanta velocidad en su amiga.
Antes de que
padre e hija comenzaran su carrera, la rubia alzó la mirada y se encontró con
Michiru en la ventana. La pequeña de ojos marinos distinguió una sonrisa en el
rostro de Haruka.
- ¡Buenos
días! – le gritó Haruka, haciendo señas con su mano derecha.
- ¡Buenos
días, Haruka! – contestó una animada Michiru – ¡Buenos días, Teniente!
- ¡Buenos
días, pequeña!
Fue todo lo
que se dijeron. Una señal del Teniente bastó para iniciar la carrera. Haruka
mantuvo su mirada en Michiru hasta que ya no fue posible verla... Michiru quedó
algo sorprendida al sentir que la brisa se levantó en el momento que Haruka
comenzó a correr. Fue una brisa fresca y suave la que entró por la ventana,
volando algunas hojas y alborotando sus cabellos.
Ahora la
brisa le saludaba. Ahora sabía que el viento se movía junto con Haruka. Sintió
un placentero escalofrío en su piel provocado por aquella brisa mañanera. Se
abrazó a sí misma, como queriendo abrazar a la brisa también y mantener esa
sensación en su piel.
- Señorita
Michiru – sonó la voz de la sirvienta que tocaba la puerta – Hora de desayunar.
- Gracias,
ahora bajo.
Entró a su
baño para lavarse la cara y las manos. Por alguna razón encontraba muy hermosa
ese amanecer. Al bajar al comedor, sus padres notaron la radiante sonrisa de su
hija... un gesto que no veían en ella desde hace mucho tiempo. Sabía que era
por su nueva amiga Haruka, la hija del importante teniente.
Tanta era la
felicidad que reinaba en Michiru, que saludó a sus padres con un beso en la
mejilla. Claramente habían escuchado el sonoro saludo que intercambió por los
vecinos.
- Podrás
jugar con Haruka cuando acabes tus clases – dijo su madre un tanto estricta y
un tanto contenta.
- Fue lo que
le dije ayer – contestó la pequeña – Vendrá a las seis. Estaremos en el patio.
- Me parece
bien – sonrió el caballero tras el periódico – Sólo ten cuidado y no vayan a
lastimarse.
Michiru lo
sintió, el Caballero y la Dama también... algo había cambiado en la casa. La
pequeña sintió el oxígeno más liviano que antes y, por primera vez, toda la
familia disfrutó el desayuno como nunca antes... quizás se debía a la nueva
amistad con sus carismáticos vecinos. Haruka y su padre eran atrayentes y
agradables, al Teniente no le costó ningún trabajo ganarse el aprecio de sus
arrogantes vecinos, y a Haruka no le fue difícil hacer sonreír a la pequeña
triste.
Terminaron de
desayunar.
El Caballero
salió a trabajar. Las oficinas le quedaban a media hora de distancia en auto.
Bastante cerca. La Dama se encargaba de organizar fiestas y reuniones entre sus
amistades para obras de caridad.
La maestra de
Michiru llegaba hasta mediodía, entre el término del desayuno y el inicio de
sus clases solía practicar el violín. Aún le faltaba mucho para ser la gran
violinista que aspiraba, pero iba en muy buen camino de la mano de su talento
casi instintivo de fundirse con la música.
Subió a su
habitación.
Las muñecas
parecían seguir durmiendo. El viento había hecho un buen tiradero de hojas de
árbol y de papel en todo el piso, pero no se preocupó por recogerlas. Sacó al
violín de su cama de piel café y brillante. Hizo algunas afinaciones en las
cuerdas y pronto se creó un despliegue de notas y sonidos hermosamente
entrelazados. Aquella era una pieza que desde hacía algún viento estaba
componiendo. Aún no tenía nombre, pues no encontraba uno adecuado que expresara
lo trama de la melodía. Quizás, encontraría cómo bautizar a su creación en
cuanto estuviera terminada.
Y, entre el
ahora alegre sonido del violín, esperó a que dieran inicio sus clases.
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***** ***** *****
Llevaban poco
más de una hora corriendo y aún no se cansaban, sí sudaban como todo ser
humano, pero no había nada que profesara agotamiento o siquiera un desgaste
muscular.
El teniente
le había dicho a Haruka que debía ser fuerte, elástica y ágil para poder
manejar la moto prometida, razón por la cuál compartía con él sus sesiones
matutinas de ejercicios.
Después de
una hora decidieron regresar a casa para desayunar bien. La pequeña rubia no
podía quejarse, su papá era el mejor cocinero que conocía, pero Haruka era tan
mala cocinera que, en broma, el Teniente le decía que era capaz de quemar el
agua.
Al pasar
frente a la casa de los Kaiou, Haruka escuchó aquel dulce violín que cantaba
una hermosa melodía. La voz provenía de la ventana de Michiru.
- Parece que
la pequeña es muy talentosa – comentó el Teniente.
- Si – murmuró
Haruka en una especie de trance – Es como si le hiciera coro a la brisa.
Y eso era
precisamente lo que sonaba en el cielo. El viento haciendo una orquesta de los
árboles y las aves, con aquella voz de cuerdas acompañándole. Haruka ya había
escuchado y disfrutado sólo a la orquesta, y jamás pensó que algo más mejoraría
aquel repertorio. Ahora estaba la voz del violín que encajaba con la brisa como
la pieza faltante de un rompecabezas.
Una suave
pero firme palmada en la espalda le sacó de trance
- Anda,
vayamos a desayunar – dijo el Teniente con una sonrisa – Al rato puedes invitar
a Michiru a que toque contigo.
- ¿Uh?
- Ella que
toque el violín y tú el piano. Sería interesante, ¿no lo crees?
- Um... bueno
– musitó con algo de pena – No creo que sea tan mala idea.
- Entonces
entremos a comer algo, no sé tú, pero yo me estoy muriendo de hambre.
El menú del
día: arroz con rollitos de huevo y algunos camarones. Nada mal para después de
un importante gasto de energía. Al terminar de desayunar, el teniente se dedicó
a arreglar algunas motocicletas que tenía pendientes. Haruka ordenó su
habitación e hizo su tarea, pues su maestra no tardaría en llegar. Igual que
Michiru, y muchos otros niños de ese lujoso sitio, tenía clases privadas a
mediodía. Terminaban a las cuatro o cinco de la tarde, o incluso hasta las
seis. Eso ya dependía del niño o niña. Michiru tomaba clases de pintura, Haruka
de piano y ambas terminaban a la misma hora.
Las cinco
horas siguientes pasaron rápido y sin bostezos.
Haruka ya se
encontraba frente al piano y hacía algunos ejercicios de calentamiento para sus
dedos. La profesora ya le había dado las notas a seguir. Haruka miró de reojo
por el ventanal a su lado, desde donde podía verse un poco la ventana de
Michiru. Esperaba que ella la escuchara tocar, y deseaba causarle el mismo
impacto que ella le había provocado en la mañana.
Pero, para
lograr su cometido, debía tocar bien y en serio. Solía llevarse la clase a modo
de juego y no tomaba muy en serio las indicaciones de su profesora, ahora lo
haría bien para que Michiru la escuchara.
Tronó sus
dedos y tocó con una seriedad que no sabía que tenía. La maestra tenía sus ojos
abiertos como platos... esa no era la Haruka distraída y desinteresada que
conocía. Estaba interpretando aquella pieza de un modo casi perfecto... Casi,
por que no se le podía pedir perfección a una niña de nueve años. Pero lo
estaba haciendo demasiado bien. Incluso el Teniente la escuchó desde el taller
y notó el drástico cambio, de inmediato supo que el motivo de aquel cambio se
llamaba Michiru.
Haruka sólo
deseaba que aquel despliegue de seriedad y concentración cumpliera su cometido
inicial.
***** *****
***** ***** *****
Michiru y su
maestra quedaron en completo silencio al escuchar aquella preciosa melodía de piano.
Venía de la casa de los Tenou. La pequeña de cabellos marinos se asomó por la
ventana y vio a Haruka a través de un ventanal de su casa. Era ella quien
tocaba el piano, a decir verdad no lo esperaba de alguien tan inquieta como
ella.
A pesar de
los rayos solares que chocaban con el vidrio del ventanal, Michiru distinguió
un rostro serio en Haruka, algo difícil de creer.
No podía
negarlo, su nueva amiga tocaba muy bien.
Cuando la
melodía tomó un tono atrevido y alegre, Michiru notó que el aire soplaba con
aquellos mismos sentimientos. El sonido de la brisa y las notas del piano
parecían ser una sola pieza. Era simplemente increíble... y hermoso...
Miró a su
profesora con gesto suplicante, ésta pareció entender el deseo de la pequeña y
asintió con la cabeza. Michiru corrió a despertar a su violín y, después de un
rápido proceso de afinación, se acercó a la ventana para hacerle coro a aquella
melodía.
Haruka notó a
la nueva voz integrante y miró por el ventanal. Era Michiru. Su profesora abrió
el ventanal para evitar que Haruka tuviera que levantarse. Las niñas
intercambiaron una intensa mirada y una sonrisa, antes de desplegar por
completo toda su habilidad musical.
El Teniente,
las profesoras y la Dama que estaba ocupada en el estudio escucharon con
sorpresa el singular concierto.
El Teniente
negó con la cabeza, su cara tenía una enorme sonrisa, y continuó con su labor.
Las
profesoras tenían un gesto de orgullo por sus talentosas alumnas.
La Dama pensó
que ellas serían un buen repertorio en alguna fiesta de las que organizaba.
Siempre supo que su hija era un genio de la música, pero le fue sorprendente
cuando escuchó que ella se integraba de forma instintiva con la hermosa melodía
de piano. Ya presentía que la pianista era Haruka. Se alegró de haberse mudado
ahí.
Aquella pieza
era larga y la tocaron completa.
Terminaron la
hora de clase y ambas salieron corriendo de sus casas, como si tuvieran
urgencia de verse frente a frente. Haruka, más rápida por naturaleza, con un
brinco sorteó la barda de piedra y se encontró con una sonriente Michiru.
Por un
momento no supieron qué decirse, pero bastó con que la pequeña de cabello
marino le aplaudiera a su amiga por aquel concierto.
- No sabía
que tocaras tan bien – comentó Michiru.
- Ni yo. Pero
me gustó mas cómo tocaste tú.
Comenzaron a
reír de forma divertida. Haruka recordó el motivo de su cita y palmeó a Michiru
por el hombro. Ésta le miró de forma rara.
- Cuenta
hasta veinte en aquel en aquel árbol y yo me esconderé – dijo Haruka.
- ¿Porqué
debo buscar yo primero? – alegó Michiru con las manos en la cintura.
- Por que te
toqué.
Michiru puso
mala cara y quiso tomar a Haruka por sorpresa para golpearle el hombro, pero la
rubia fue más rápida y esquivó el golpe.
- ¡Ja, ja!...
¡No puedes, no puedes! – coreó Haruka con tono de burla mientras esquivaba
otros golpes.
- ¡Ya verás
cuando te agarre! – exclamó con
molestia y se lanzó sobre Haruka, ésta vez aprisionándola entre sus
brazos.
Cayeron al
césped, mientras Haruka reía como maniática. Michiru le sujetaba con fuerza.
- ¿Crees
poder retenerme mucho tiempo? – le retó con malicia.
- Probemos.
Haruka
intentó liberarse del abrazo, pero el nudo era firme y fuerte y no pudo. Se
enojó y siguió sus intentos por liberarse, pero tampoco logró nada. Michiru sonreía
con inmensa satisfacción. Haruka nada podría hacer contra sus fuertes brazos
que podían nadar horas enteras.
- ¿Ahora sí
crees que practico natación? – le preguntó a su rubia amiga.
- Sí, sí te
creo – respondió Haruka con un gruñido – ¡Pero suéltame!
- Primero
dime quién contará y buscará a la otra – le murmuró al oído con malicia.
- ¡Yo! –
exclamó – ¡Pero suéltame!
- De acuerdo.
Una vez
libre, Haruka tuvo que ir al árbol y comenzar a contar. Michiru de inmediato se
perdió entre las altas plantas y arbustos del patio... sólo para ser encontrada
a los treinta segundos después de terminado el conteo... Al ser ella la que
tuvo que buscar, tardó un poco en localizar a la veloz rubia que estaba
escondida en un árbol.
Jugaron gran
parte de la tarde y ya casi entrada la noche.
Terminaron
sentadas en la blanca barda de piedra que ahora tenía un tono gris y morado.
Miraban el cielo repleto de estrellas y se conformaban con hacer esporádicos
comentarios sin gracia ni sentido. Esa noche la luna no había salido...
seguramente se había quedado dormida o tuvo que ir a algún mandado... claro,
según la versión de Haruka... La rubia gustaba de decir cosas graciosas o
extrañas para hacer reír a su amiga. A Michiru le gustaba escucharla y hacer
comentarios con el mismo tono, pero el humor de Michiru era más agudo y
sarcástico que el de Haruka y ésta siempre terminaba con una sonrisa...
- Es hora de
dormir – dijo Haruka después de echar un vistazo a su reloj, eran las 8:57 PM –
No tardan en llamarnos de todos modos.
- Cierto...
entonces nos vemos mañana.
- Hasta
mañana.
Michiru le
sonrió a Haruka y saltó de la barda para entrar a su casa, la rubia sólo le
siguió con la mirada, pensaba irse hasta estar segura que ella estuviera dentro
de su casa... Se sonrió cuando la pequeña de ojos marinos le sonrió e hizo una
seña de despedida antes de cerrar la puerta tras de sí.
Camino a su
casa, Haruka pensaba en que sería bueno sacar una pelota y jugar... no quería
jugar a “la comidita” con ella, definitivamente... claro que la situación
cambiaría si ella llevaba comida de verdad... En fin... La pelota estaría bien
para mañana.
- ¿Te
divertiste, Haruka? – preguntó el Teniente al ver que su hija entraba a la
casa.
- Sí, papá.
- Bien...
anda, ve a dormir, pero si tienes hambre, quedó algo de comida.
- No, papá,
gracias. Ya tengo sueño. Buenas noches.
Continuará...
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