Con pasos
ligeros, firmes y poco acompasados, la pequeña Haruka jugaba con una pelota en
el amplio patio de su casa. A pesar de que su edad le confería un ánimo
incansable y activo, ella había nacido con la necesidad de correr y moverse más
rápido que los demás niños y niñas. Tendría no más de nueve años, pero parecía
todo menos una niña. Desde pequeña demostró una especie de alergia por aquello
que significara ser una niña buena. No gustaba de faldas o vestidos, moños o
listones, o por lo menos una muñeca que delatara su verdadero género.
Seguido se le
confundía con un niño, pero eso no parecía molestarla, al contrario, lucía un
enorme gesto de alegría cuando eso le pasaba.
Vivía con su
padre, un viejo militar quien, en buena medida, tenía la culpa de que Haruka se
comportara como un niño. Le había criado como tal, así que a él tampoco le
molestaba el peculiar comportamiento de su hija. Una larga y pasiva enfermedad
le había arrebatado a su esposa hacía un par de años, así que Haruka no tenía
un modelo femenino a seguir; mas que una muda fotografía de permanencia eterna
sobre una cómoda de la habitación de su padre.
Haruka había
heredado la fuerza y testarudez de su progenitor, pero también aquella peculiar
y fina belleza, sonrisa y esbeltez de su madre. Sus cabellos eran rubios y
rebeldes, cortos y ligeramente ondulados, dándole un toque travieso a su ya
inquieto ánimo. Sus ojos eran verdes y grandes, como los de su padre, al igual
que su piel clara, pero ligeramente bronceada. De ambos sacó sus manos largas,
delgadas y finas... unas verdaderas manos de pianista... Por cierto, sabía
tocar el piano. Acababa de salir de su clase de piano y aprovechó la soleada
tarde para jugar.
Su padre
tomaba un té mientras leía el periódico en su estudio. Ya estaba pensionado y
se dedicaba a arreglar autos y motocicletas, que era su actividad favorita.
Haruka también comenzaba a desarrollar un gusto por las máquinas, solía
imaginar que su bicicleta era una moto... Su padre prometió regalarle una,
hecha por él mismo, cuando creciera un poco más.
Ya ansiaba
ser grande y poder manejar y poder manejar su propia moto, pues no era lo mismo
a ir abrazada a la fuerte espalda de su padre, o ir delante y fingir que
conducía. Sin embargo, solía disfrutar bastante esos paseos, y más ahora que su
padre tenía mucho tiempo para ella.
Tenía una
hora de haber comenzado su juego de pelota cuando un enorme camión de mudanzas
se estacionó frente a la casa de al lado. Una casa grande y lujosa que tenía
meses vacía, pues sus dueños anteriores se mudaron al norte del país por
cuestiones laborales del jefe de familia. Al menos esa era la versión oficial,
pero, como secreto a voces, sabía que esa familia estaba involucrada con
crímenes y fraudes fiscales... Algo que ciertamente no entendía del todo, pero
su papá le había dicho que era malo.
Agarró su
pelota y fue a ver quienes eran los nuevos vecinos. Trepó sobre una pequeña
barda que dividía ambas casas, pero sólo vio a los cargadores que metían
grandes, pesados y lujosos muebles de todo tipo. No tardó en escuchar que
llegaba otro auto... era uno lujoso del año color negro. De ahí salieron: un
hombre alto de barba negra, una mujer de fino aspecto y una niña de cabellos y
ojos marinos que aparentaba su misma edad. Observó bien a la niña y casi se
voltea de risa... ella sí que era el ejemplo vivo de ‘la niña buena’... parecía
muñeca con ese vestido en tonos verdes lleno de holanes y encajes, unas
graciosas zapatillas de tacón bajo y guantes largos que iban bien con el
vestido... pero lo mejor de todo era el sombrero sujetado con listoncitos.
Hizo un
verdadero esfuerzo para no reír... al imaginarse en unos atuendos similares.
Ella era como una de esas muñecas de porcelana, fina y cuidada hasta el último
detalle... Era muy bonita, ¿para qué negarlo?... Se sonrojó un poco por
verla... Quizás por que nunca antes había visto a una linda tan linda como
ella.
De pronto,
toda la familia volteó a verla, lo que hizo que Haruka se apenara bastante...
Sólo atinó a sonreír como tonta y saludarles con una seña. Para su sorpresa,
sólo la niña le devolvió el saludo; los padres no, únicamente le miraron de
forma extraña.
La familia
entró a la casa y Haruka cayó de espaldas sobre el fresco césped... se quedó
ahí un rato y después decidió regresar a su casa para contarle a su padre lo
sucedido.
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***** ***** *****
Se encontraba
en su cuarto ordenando sus cosas, después de que sus padres le dieran la
respectiva orden. A veces deseaba no tener que obedecerles. Quería a sus
padres, pero siempre tenían una cara de palo y un gesto de ‘soy superior a ti,
híncate’. Eso no le gustaba. Le molestó que no respondieran el saludo del niño
que estaba en la barda, seguramente su vecino; y que después le reprendieran por
que ella sí lo hizo. El pedestal de sus padres era el dinero, sitio que no
quería compartir con ellos. Deseaba que los años pasaran rápido para irse de
ahí. Pero ahora sólo le tocaba arreglar las decenas de muñecas caras y frágiles
con las que no gustaba jugar.
Sus únicos
amigos eran: el agua, el lienzo y su adorado violín.
Esperaba que,
arreglando su cuarto, pudiera tocar algunas piezas y terminar un cuadro que
quedó incompleto desde su casa anterior. Un cuadro repleto de tristeza que
deseaba terminar, pues aquel sentimiento seguía en ella y le daba el humor
necesario para hacerlo.
Suspiró con
nostalgia, mirando el aún brillante sol vespertino por la ventana. Afuera el
clima parecía delicioso, no sólo por el calor, sino por el fresco viento que
jugaba y bailaba con las hojas secas de los árboles. Quería estar afuera y
disfrutar ese sol y que la brisa le invitara a jugar también.
Soltó otro
largo suspiro y decidió terminar la aburrida tarea de ordenar su cuarto. De
reojo miró su fino reloj de pared, que de mala gana le decía la hora. 5:47
PM... En un rato más le llamarían para cenar. De nuevo miró el sol por la
ventana y éste parecía despedirse de la brisa y las hojas secas. Quería que
también se despidiera de ella y le regalara una última caricia de calor, pero,
encerrada ahí, los rayos solares no parecían tener ánimos de acercarse.
Recordó al
niño de la barda. Su piel, aunque clara por naturaleza, estaba tostada por el
sol. Sus cabellos, alborotados por la brisa que ella no pudo sentir en aquel
momento, estaban llenos de hojas secas. Sintió envidia y aún más tristeza.
Entre
lamentos de princesa prisionera y suspiros terminó su cuarto. Las muñecas
también parecían tristes de estar ahí, sus rígidos rostros de porcelana no
tenían grandes deseos de sonreír, o invitarla a jugar un rato para sopesar la
soledad. Se sintió parte del estante de muñecas, solo un adorno para aquel
juego de la familia perfecta. Si las paredes hablaran, bostezarían de desgano;
si los muebles tuvieran vida propia, no dudarían en correr con sus cuatro
patas... y ella detrás de éstos, huyendo. Los únicos que respiraban sin
problemas aquel ambiente eran sus padres... quizás era que se abanicaban con
sus billetes.
Una sirvienta
tocó la puerta de su habitación. Hora de cenar. Suspiró antes de contestar un
sí repleto de desinterés.
El sol se fue
sin despedirse, la brisa aún no le dirigía la palabra y la recién llegada noche
ni siquiera le saludó.
Toda su vida
había sido así de divertida. Desde pequeña, los únicos rostros alterables
fueron los de las cambiantes niñeras que sí tenían oportunidad de huir. Su
padre era una eterna fotografía tras un escritorio de caoba intocable, rodeado
de papeles mustios que, entre tantas palabras, no decían nada relevante. Su
madre era la dama de gesto inalterable, su vista siempre en alto sin muchas
ganas de mirar en otras direcciones, sus labios siempre rectos con un leve
destello de lápiz labial; y sus brazos rígidos poco acostumbrados a abrazar.
Estuvo un par
de años en un internado para señoritas, donde el ambiente parecía ser una
réplica exacta de su casa. Maestras de rostros de palo, compañeras altaneras,
salones fríos y mudos... De milagro aún no se suicidaba, o se volvía una
autómata como los demás. Lo último era lo que menos deseaba... ser una persona
cegada por dinero y falsa superioridad... aunque también deseaba ser como ellos
y no tener que sentirse así de mal por culpa de sus buenos sentimientos. Ser
igual a ellos le ahorraría mucho sufrimiento, pero no pudo serlo a pesar de
múltiples intentos pasados.
Bajó a cenar,
donde sus padres le esperaban con sus rostros estrictos e inalterables. Apenas
iban a empezar a cenar cuando alguien tocó el igualmente mustio timbre. Una
sirvienta fue a abrir, regresando a los pocos instantes a anunciar que los
vecinos venían de visita: el Teniente Coronel Ichiro Tenou y su hijo... Cuando
los papás escucharon ‘vecinos’ pusieron cara de asco; pero al escuchar
‘Teniente Coronel’ sus ojos brillaron cual lamparita en cuarto obscuro.
Se levantaron
corriendo, arrastrando a la hija de paso, para recibir a su importante vecino
como era debido.
La pequeña de
inmediato adivinó que el hijo del Teniente era aquel niño que vieron al llegar.
Se sonrió al pensar que lo conocería.
El viejo
Teniente estaba en la sala con Haruka a su lado vestida como ‘niño bueno’.
Nadie iba a negar que sí era todo un jovencito. Haruka trataba de imaginar la
cara de la familia en cuanto su papá aclarara que era niña y no niño... pensar
en aquello le provocaban unas enormes ganas de reír, pero se aguantaba por
meros modales. La familia apareció: la dama, el caballero y la niña.
El Teniente
se presentó como era debido y, al presentar a Haruka, lo primero que exclamó el
caballero fue “¡Qué muchacho tan fuerte!”... Haruka estaba a punto de estallar
en carcajadas. Con una sonrisa nerviosa, el Teniente aclaró que era su hija y
no su hijo. El caballero se sonrojó de pena, la dama lanzó una sonrisa fingida
y la niña puso cara de sorpresa...
Fue el turno
de la familia para presentarse: el caballero, Izamu Kaiou, empresario; la dama,
Kyoko Kaiou; y la hija, Michiru Kaiou.
“Se llama
Michiru...” pensó Haruka, viendo a aquella linda niña de ojos grandes, marinos
y tristes... Ella ahora parecía sonreír de contento, pero sus ojos reflejaban
una inmensa tristeza. Por alguna razón Haruka podía adivinar aquel
sentimiento... no sólo en Michiru, también en las paredes, los muebles y
sirvientes autómatas. Las plantas parecían prisioneras, al igual que los
pequeños adornos en paredes y muebles. La casa emanaba un aire difícil de
pasarse por la nariz. Un aroma raro flotaba, pero no sabía si era la mezcla de
todas las melancolías o los caros perfumes que impregnaban cada objeto de la
casa.
Los cinco se
sentaron a cenar.
Los padres comenzaron a platicar cosas de adultos, Haruka buscaba miradas en Michiru. Sus ojos le parecían fascinantes. Michiru adivinaba los ojos verdes de Haruka entre la mata de pelo rubio que cubría su cara. Se sonreían al chocar miradas, se decían cosas sin hablar que no lograban descifrar, pero les provocaba risa no entenderse. Llegó un momento en que Haruka le enseñó la lengua a Michiru... la niña le respondió el grosero gesto. Y así comenzaron a pelear.
Sus padres
terminaron corriéndolas de la mesa, pidiéndole a Michiru que le mostrara su
habitación a Haruka. La rubia corrió cual bólido, Michiru se retiró con
delicados pasos; repercusiones de sus clases de buenos modales. Quedaron en la
sala, donde comenzaron a reír sin razón aparente.
- No sé tú,
pero yo estaba aburrida de no entenderte nada en la mesa – dijo Haruka apenas
aplacó su risa.
- Pero no
tenías que ser tan grosera – reprochó con disgusto fingido.
- Hey, sólo
quería divertirme... además, tú también me enseñaste la lengua – replicó con
molestia – ¿Que tus papás no te han enseñado buenos modales?
- ¡Tú fuiste
la que empezó! – le gritó, azotando su pie contra el pulido piso de madera.
Haruka
comenzó a reír con todas sus fuerzas, justo después de volver a enseñarle la
lengua. Michiru se sonrojó con enojo, alzando sus brazos, como queriendo ahorcarla.
La rubia, al ver las malas intenciones de Michiru, echó a correr por las
escaleras camino a la planta de arriba.
De haber
estado en un desierto, Michiru sólo hubiera visto una nube de polvo tras
Haruka... en pocos segundos había subido toda la escalera. Se quedó
boquiabierta unos instantes. Aún podía escuchar las risas de Haruka. Pronto
salió de su asombro y decidió darle alcance.
- ¿Cuál es tu
habitación? – le preguntó Haruka, que estaba protegido por el barandal de la
escalera. Michiru se encontraba a mitad del camino.
- Al fondo
del pasillo derecho, es el de la izquierda – respondió algo agitada... o le
hacía falta condición física o a Haruka le sobraba... no sabía...
- Entonces
voy a adelantarme – rió, echándose de nuevo en veloz carrera – ¡Lenta! – le
gritó.
- ¡No soy
lenta! – replicó – ¡Vas a ver cuando te alcance!
Ya en la
habitación, Michiru detuvo sus ganas de ahorcar a Haruka al ver que ésta
contemplaba sus numerosas muñecas de porcelana con un gesto extraño. Estaban
tan bien hechas que parecían de carne y hueso... Haruka tembló al pensar que
cobrarían vida y se prometió a sí misma no volver a ver películas de terror
norteamericanas... cualquiera de esas muñecas podría ser la protagonista de
una.
- Son muchas
– murmuró Haruka al sentir que Michiru se sentaba en la cama.
- ¿Tú no
tienes?
- Ni de
broma... no me gustan...
Haruka se
sentó en el suelo, sacudiendo su cabeza para quitarse aquella imagen. Miró a
Michiru de forma curiosa, recordando que la había comparado con una muñeca de
porcelana algunas horas antes... pero Michiru no inspiraba miedo, sino
tristeza. Sintió pena por ella y decidió hacerla reír.
- Y yo que
pensé que jamás me darías alcance – murmuró de forma maliciosa – En verdad que
eres lenta.
- ¡No soy
lenta! – reprochó Michiru – Practico natación.
- Pues no lo
parece... – agregó, sujetándose el mentón y poniendo un gesto de incredulidad –
Comenzaré a darte clases de educación física... quizá, algún día me des
alcance...
Michiru puso
mala cara. Haruka estaba sonriente, pero pronto sintió como si todas esas
muñecas tuvieran sus ojos encima de ella. Le dieron escalofríos y volvió su
mirada a la repisa.
- Dan
miedo... – comentó – ¿No te asustas en la noche?
Michiru negó
con la cabeza, se sentó al lado de Haruka y también contempló a las calladas
muñecas, que parecían murmurarse secretos en voz baja. Soltó un suspiro y
abrazó sus rodillas. La rubia sólo miró a Michiru con cierta expectación.
- Las veo y
me siento sola... – respondió – No quieren jugar conmigo y yo no quiero jugar
con ellas. Sólo me miran y se burlan de mi... o, a veces me invitan a estar
entre ellas... dicen que mi lugar es ahí...
Haruka ya no
estaba tan sorprendida, aquella niña estaba muy sola, y al parecer sus padres
no le prodigaban el cariño necesario. Sus ojos gritaban por amigos que no
estuvieran hechos de porcelana. Esperó a que la mirada de Michiru coincidiera
con la suya, lo cuál sucedió después de unos minutos de silencio.
- Tu lugar no
es ahí – le dijo Haruka dulcemente – ahora es conmigo, por que seremos amigas.
Michiru
sonrió con alegría y, en agradecimiento, le dio la mano.
- ¿Amigas
entonces? – preguntó.
- Claro –
respondió la rubia correspondiendo el gesto.
Se sujetaron
con fuerza unos segundos, hasta que Haruka fue la que rompió el contacto.
- Apuesto a
que tienes mejores cosas que mostrarme que esas muñecas – dijo con animado
gesto.
- Puedo
regalarte una para que comiences a perderles el miedo – rió.
- Que eso ni
se te ocurra, que tal si la muñeca se levanta a medianoche y agarra un
cuchillo...
Michiru rió
con todas sus fuerzas... Haruka actuaba como su muñeca asesina imaginaria y se
veía muy graciosa, hacía ademanes de perseguir a alguien y después apuñalarle
sobre la cama.
Haruka
parecía contenta. La risa de Michiru era adorable, se veía mejor riendo que
forzando una sonrisa... eso era definitivo. Siguió su actuación hasta que
Michiru se quejó de un dolor en el abdomen provocado por tanta risa, sólo para
perseguirla por todo el cuarto como si aún tuviera aquel cuchillo en sus manos.
- Por tu culpa
voy a tener pesadillas – le reprochó Michiru.
- ¿Y crees
que yo no? – preguntó con una ceja arqueada. Iba a decir otra cosa, pero una
sirvienta tocó la puerta, anunciando que era hora de que Haruka se fuera.
- Enseguida
bajamos – contestó Michiru, antes de volver su mirada hacia Haruka – ¿Vendrás a
jugar mañana?
- Claro, pero
será en el patio, por que tus muñecas no me gustan... ¿a qué hora?
- Mmm... a
las seis termino mis clases... ¿está bien?
- Es una cita
– le sonrió – Mejor bajemos o papá se va a molestar...
Continuará...
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