EN EL FONDO DE TU CORAZÓN

 

 

Por: Escarlata

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Kagome recién llegaba de hacer unos exámenes en su tiempo, estaba contenta por haber sacado buenas calificaciones y esto se notaba en la enorme mochila con comida que llevaba a su espalda. Cargaba dulces para el pequeño Shippo, el ramen que tanto amaba Inuyasha y un guisado hecho por su mamá para Sango y el monje Miroku.

 

Por si eso fuera poco, las vacaciones ya habían comenzado y podría estar sin preocupaciones con sus amigos por muchos días. Era seguro que sólo regresaría un par de veces por comida para mantener contentos a Inuyasha y a Shippo.

 

Al asomarse por el pozo, lo primero que vio fue a Kirara esperándole. Sonrió de contento y, dejando la pesada mochila en el suelo, se lanzó sobre la mascota de Sango y le abrazó cariñosamente. Kirara lamió de contento la mejilla de Kagome y se transformó en su forma más salvaje para poder llevar a Kagome junto con su pesado equipaje.

 

“Qué raro...” pensó la sacerdotisa, “por lo general, Inuyasha es quien me espera...” por un momento tuvo la idea de que algo malo pudo haber pasado, pero, al no sentir energías malignas en el aire, al menos no alguna peligrosa, dejó esa hipótesis de lado. “Puede que estén ocupados en algo y que hayan mandado a Kirara por mí...” finalizó con una sonrisa y acarició el suave pelaje del demonio. “También traje unos deliciosos dulces para ti, Kirara...” le dijo, a lo que la mascota de Sango contesto con un rugido de contento.

 

Sorprendida, vio que pasaban de largo la aldea de la anciana Kaede y se internaban en un frondoso bosque... era probable que estuviesen viajando durante su ausencia y estaban acampando cerca de ahí. No tardó en localizar una pequeña fila de humo, una fogata. Kirara comenzó a descender y supo que había llegado con sus amigos.

 

Aunque contenta, le pareció curioso que sólo Sango estuviera ahí para recibirla.

 

“¡Kagome, bienvenida!” exclamó la exterminadora, corriendo hasta ella.

 

“¡Sango, qué alegría verte!...” pronto miró a los alrededores, “¿y los muchachos?”

 

“Su Excelencia, Inuyasha y Shippo se adelantaron a seguir el rastro de Naraku que sintieron anoche” explicó Sango con grave gesto. “Pero ellos me pidieron que me quedara a esperarte y después los alcanzáramos” continuó la chica, notando de pronto la preocupación en la cara de Kagome, “se dirigieron al oeste, será fácil encontrarlos, no te preocupes... podemos irnos de inmediato, si quieres...”

 

Kagome se concentró en las presencias que les rodeaban y no sintió la energía de Naraku y mucho menos a algún fragmento de la perla de Shikon. Miró con más tranquilidad a Sango y le sonrió.

 

“Regresarán de un momento a otro, mejor los esperamos, ¿qué dices?” sugirió la sacerdotisa, sonriéndole ampliamente a la exterminadora.

 

Sango pareció más relajada y asintió con la cabeza, regalándole una sonrisa a su amiga.

 

“¡Ah, traje muchas cosas para que coman!” anunció a grandes voces, desempacando todo. Sango se arrodilló a su lado, mientras Kirara montaba en su hombro. Siempre les era asombroso ver todas esas increíbles cosas que Kagome traía de su era.

 

“Ten, Sango, esto es para ti...” dijo, entregándole en las manos un recipiente con comida que aún estaba caliente.

 

“Muchas gracias, Kagome...” respondió la joven exterminadora de manera amable. Se acomodó en el fresco césped y no tardó en comer aquella deliciosa comida.

 

“Esto es para ti, Kirara... espero que te guste...” Kagome puso un pequeño recipiente con carne de pescado preparado especialmente por su mamá. El mononoke saltó del hombro de su dueña y de inmediato comió lo que Kagome le ofrecía.

 

“¿Tú no vas a comer, Kagome?” preguntó Sango aún con un bocado en proceso de engullir.

 

“Ah, no, no te preocupes, comí bien antes de venir...” sonrió la joven.

 

“Oh, bien...”

 

Pasaron en silencio los siguientes minutos, mientras Sango se contentaba con comer y Kagome con acariciar el siempre suave pelaje de Kirara. Estando las dos solas, predominaba el silencio y la tranquilidad de Sango. Era una chica callada, mientras que Kagome gustaba de hablar más, pero en ese momento no quiso romper el pacífico estado de la exterminadora.

 

“¿Ha habido algo nuevo?” preguntó Kagome de pronto, mirando a su compañera.

 

“Además de ese rastro de Naraku, nada importante” contestó Sango con su siempre serio tono. “Peleamos contra algunos demonios e Inuyasha discutió con Koga de nuevo al preguntarle por ti...” agregó con una sonrisa nerviosa.

 

“Ya... veo...” musitó Kagome con una sonrisa similar. De pronto soltó un suspiro. “No entiendo porqué Koga insiste en decir que soy su mujer... él me agrada mucho, pero...”

 

“Eres una chica hermosa, Kagome... no debería sorprenderte tanto...” comentó Sango con su tono normal de voz mientras terminaba su comida. Al no escuchar repuesta, la exterminadora alzó la mirada y vio a una sonrojada Kagome bajar el rostro. “¡Ah, lo siento, no pienses mal!... yo... sólo...” balbuceó con nerviosismo, pues aquello lo dijo de manera natural y casi sin pensarlo.

 

“No, no, discúlpame tú, no debí reaccionar así...” dijo Kagome de inmediato mientras agitaba graciosamente sus manos. Enseguida miró a Sango con una sonrisa. “Tú también eres una chica muy hermosa, Sango...” dijo, provocando un sonrojo en su amiga, y agregó, mirada traviesa incluida, “... el monje Miroku piensa lo mismo que yo...”

 

Aquel comentario hizo que Sango se pusiera más roja aún, a lo que Kagome comenzó a reír. Sin embargo, al ver que Sango no cambiaba su postura y mantenía silencio, Kagome se extrañó bastante... esperaba balbuceos nerviosos de la exterminadora, como siempre, pero no sucedió así. Se sentó al lado de la joven y le tomó por el hombro.

 

“Perdóname si dije algo malo, Sango, lo siento...” se disculpó Kagome de inmediato. Vio a Sango negar con la cabeza.

 

“No fue por eso...” aclaró, aún sin alzar la mirada, “es que... Su Excelencia... bueno... él...”

 

Kagome abrió los ojos como platos y se alarmó.

 

“¡¿Qué fue lo que te hizo ese monje infiel?!” preguntó, furiosa y poniéndose de pie.

 

Sango no pudo decir más y escondió su cara sonrojada entre sus rodillas. Kagome se preocupó en serio y volvió a sentarse al lado de su amiga.

 

“Puedes decirme qué sucedió y tal vez pueda ayudarte...” dijo de manera suave.

 

Sango no respondió nada los primeros segundos, pero no se podía decir si estaba nerviosa o asustada. Kirara se acercó a su dueña y se restregó contra los pies de ésta. Hasta ese momento, Sango reaccionó, primeramente tomando a Kirara en sus brazos.

 

“Bueno... un día después de que te fuiste... Inuyasha estaba afuera entrenando con Colmillo de Acero, Shippo jugaba con Kirara y Su Excelencia y yo nos quedamos dentro de la casa de la anciana Kaede... entonces...”

 

Kagome tuvo que acercarse más a la exterminadora, a manera de escuchar mejor su voz, pues hablaba en voz baja y con tono apenado. Le abrazó por los hombros a manera de relajarla. Aquel gesto pareció tranquilizar a Sango y pronto siguió con su relato.

 

“Pues... platicábamos sobre Naraku y los fragmentos de la perla... y, entonces, Su Excelencia mencionó a Kohaku... y yo, bueno...” su voz se quebró un poco al mencionar el nombre de su hermano. Kagome sintió su corazón encogerse de tristeza y le abrazó un poco más fuerte, buscando reconfortarla otro poco. “Al decir que... si era necesario matarlo para que saliera del control de Naraku... lo haría y... entonces... Su Excelencia me abrazó de pronto... diciéndome que todo estaría bien, que Kohaku estaría bien... y...”

 

Al llegar a ese punto, Kagome sintió calor en el rostro de su amiga y supo que su sonrojo había llegado al límite. Ladeó su cabeza para verle a los ojos, pero no lo logró. A manera de animarla a continuar, Kagome le abrazó con ambos brazos, acunando a la cazadora en su pecho. Kirara se escurrió de entre los brazos de su dueña y se retiró de la escena de forma discreta.

 

Sango sintió el confort en aquel gesto y sonrió de manera escondida. Kagome era su mejor amiga y con ella podía hablar de cualquier cosa. Soltó un suspiro de comodidad y siguió hablando con más soltura, aunque sin perder la pena en su voz.

 

“... y él me tomó del rostro e intentó... be...sar...me...” balbuceó.

 

Kagome sintió que los ojos se le saldrían de las orbitas. De nuevo buscó la mirada de Sango, lográndolo ésta vez, y dejando entrever la tremenda sorpresa y contento de saber eso.

 

“Pero...”

 

Ese “pero” borró la sonrisa de Kagome.

 

“Me... me asusté en ese momento y... yo... yo... huí...” confesó con pequeña voz.

 

Kagome le miró largamente pese a no hacer contacto con los ojos de Sango. Ella era una chica tímida... le pareció curioso que una valiente exterminadora como ella, capaz de pelear contra un ejército de demonios, hubiese sentido miedo ante aquel sencillo, aunque profundo, gesto amoroso.

 

Sango ya no pudo decir más... estaba con la mente en blanco y sin saber qué decir o hacer. Sintió los brazos de Kagome apretarle gentilmente y eso le hizo sentir un poco mejor. Los brazos de Kagome eran muy cálidos.

 

“¿Ese hubiera sido tu primer beso, verdad?” preguntó la sacerdotisa de pronto.

 

Sango se apenó bastante, pero aún así asintió tímidamente con la cabeza.

 

“Creo que... tuve miedo... de... de hacerlo mal...” confesó la exterminadora con aquella pequeña voz.

 

Al escuchar eso, Kagome le miró largamente... hasta estallar en una divertida y sonora carcajada. Sango puso un malhumorado gesto y se soltó del abrazo, mirando a Kagome con unos ojos llenos de reproche.

 

“No te burles, hablo en serio...”

 

Kagome dejó de reír y le miró de manera tierna, volviendo a abrazarla. Aquel movimiento tomó a Sango por sorpresa y no logró oponerse o decir nada más.

 

“No debes preocuparte por eso, Sango... déjate llevar, es todo... la próxima vez que suceda, no pienses si vas a hacerlo mal o bien... sólo hazlo...” dijo Kagome de forma alegre, sin dejar de abrazar a la exterminadora.

 

Sango asintió lentamente con un gracioso sonrojo en sus mejillas. Soltó un suspiro y pareció relajarse un poco. Miraba a Kagome con un gesto de niña pequeña mientras ésta fantaseaba la futura boda entre su amiga Sango y aquel infiel, aunque lindo, monje.

 

“Kagome...” le llamó tímidamente... pero la sacerdotisa seguía perdida en su fantasía. “Kagome...” sin respuesta, “¡Kagome!”

 

“¡Ah!... ¡¿Qué?!... ¡¿Quién?!” la chica salió bruscamente de su ensoñación y pronto fijó su mirada en Sango. “Me asustaste...”

 

“Lo siento...”

 

“Je, tranquila... ¿qué querías decirme?”

 

Al ver que la exterminadora ponía un gesto particularmente nervioso, sonrió otra vez de manera traviesa. Sango, sonrojada, miró a Kagome a los ojos.

 

“¿Cómo se siente besar a alguien?” preguntó de pronto, sosteniendo su sonrojo y la mirada de la sacerdotisa.

 

“¡¿Qué, besar a alguien?!...” Kagome pareció alarmada y bastante nerviosa. Ahora fue Sango la que sonrió de forma un tanto burlona.

 

“¿O es que no has besado a nadie aún?” preguntó enseguida.

 

Kagome se sonrojó tanto que sintió calor hasta en las orejas. La exterminadora seguía expectante a la respuesta de su compañera. La joven sacerdotisa se vio acorralada y bajó la mirada, aún sin lograr borrar el sonrojo de su cara. Sango sonrió, ahora de manera amable.

 

“¿Cómo crees que se sienta?” cuestionó Sango dulcemente, aún un poco roja de la pena.

 

“No tengo idea...” murmuró Kagome con una risilla, dirigiéndole una graciosa mirada a su amiga. “A veces, a mi también me pone un poco nerviosa pensar en eso, pero... creo que, cuando el momento llegue, sólo me dejaré llevar y no lo pensaré tanto...”

 

Sango le sonrió de manera amplia y ahora fue ella quien abrazó a su compañera.

 

“Cuando te llegue a pasar eso primero que a mi, tienes que contármelo...”

 

“Lo mismo te digo, Sango...”

 

Ambas permanecieron abrazadas mientras compartían confidenciales sonrisas y miradas. Pasaron algunos largos segundos y... pronto les fue imposible deshacer aquel amistoso abrazo. Tampoco podían dejar de mirarse a los ojos pese a que las sonrisas habían desaparecido de sus bocas. Parecieron perdidas en la mutua mirada.

 

“San...Sango...” logró musitar la joven sacerdotisa, sin poder escapar de súbito hechizo.

 

“Kagome... yo... lo siento...” murmuró, bajando el rostro.

 

La estudiante sintió que la exterminadora le estrechaba con un poco más de fuerza entre sus brazos. Abrió sus ojos tan grandes como pudo y su sonrojo alcanzó el límite.

 

“Perdóname... eres mi mejor amiga... sé que amas a Inuyasha y lo último que quiero es lastimarte o confundirte, pero...”

 

“Sango...”

 

“Perdóname... de pronto sentí deseos de hacer esto... ya no puedo detenerme, por favor... perdóname...” finalizó Sango, acercando de manera rápida su rostro al de Kagome y uniendo sus labios en un sencillo y dulce beso.

 

La sacerdotisa abrió más aún sus ojos pero, pronto, no tardó en dejarse llevar por aquellos gentiles y fuertes brazos. Cedió a los labios que tocaban los suyos y correspondió aquel beso. Estar en brazos de Sango era una sensación distinta a estar en brazos de Inuyasha, aún amaba al joven mitad demonio pero... los gentiles brazos de Sango, aquella femenina suavidad con que la trataba... era algo demasiado fuerte como para resistirse.

 

Fue la misma exterminadora la que rompió todo contacto, alejándose un par de pasos de Kagome mientras tocaba sus labios con las puntas de sus dedos. La sacerdotisa hizo lo propio y guardaron silencio. Al escuchar un suspiro en la exterminadora, su compañera alzó la mirada.

 

“Perdóname, Kagome...”

 

La aludida negó con la cabeza y se abalanzó sobre Sango, tomándole por sorpresa no sólo con aquel gesto, sino por aquella inesperada sonrisa. Un leve rubor adornaba su cara y no se le veía ningún dejo de enojo o cualquier otro sentimiento similar.

 

“¿Ves cómo sí pudiste hacerlo, amiga?... Sí pudimos” dijo Kagome con tono triunfante y enseguida le tomó de las manos. “Ya no sentirás nervios la próxima vez que el monje Miroku esté contigo” continuó, bastante alegre.

 

“Kagome...” pero Sango aún no salía de la sorpresa.

 

“Somos amigas, Sango, las mejores... sé que te gusta el monje Miroku y sabes que yo amo a Inu...” de pronto se tapó la boca, bastante roja y apenada.

 

Ante aquel gesto, Sango por fin se relajó y soltó una ligera carcajada. Tomó a Kagome por el hombro.

 

“Nada tiene porqué cambiar” murmuró Sango.

 

“No tiene porqué...” agregó Kagome con una sonrisa.

 

“¡Kagome!” escucharon el lejano en infantil grito del pequeño Shippo. Ambas voltearon y vieron llegar a los muchachos. Miroku parecía feliz de ver a Kagome, mientras que Inuyasha tenía una cara de pocos amigos que aún entre la distancia se podía distinguir. “¡Kagome, llegaste!”

 

“Hola, Shippo”

 

“Señorita Kagome, qué alegría verla de regreso” le saludó amablemente el monje, para después dirigirle una curiosa mirada a Sango.

 

“Ese maldito de Naraku volvió a escapárseme” gruñó Inuyasha, sentándose de golpe al lado de la sacerdotisa.

 

“Tranquilízate, Inuyasha” le dijo de manera amable su compañera. “Mira, te traje ramen...”

 

“¡Ah, qué bien!... ¡Muchas gracias!”

 

Mientras los chicos comían su parte de comida, Sango y Kagome permanecían en tranquilo silencio. Inuyasha estaba demasiado ocupado comiendo como para notar algo raro en el ambiente, al igual que Shippo. Miroku miró a ambas chicas de manera curiosa.

 

“Espero que no las hayamos hecho esperar tanto, señorita Kagome” dijo el monje de manera humilde.

 

“Para nada” sonrió la aludida, “Sango y yo la pasamos bien mientras ustedes no estaban...” enseguida miró a la exterminadora, mirada confidencial incluida, “¿verdad?”

 

Sango sencillamente asintió con una sonrisa y la misma mirada.

 

 

 

FIN

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