Makoto tuvo que contener el quejido cuando un par de
llorosas rubias se le echaron encima para abrazarle... no tenía idea de cómo la
lastimaban si estaba protegida por el yeso. Ami y Rei simplemente miraron al
par de rubias con un gesto de resignación.
-
¡Makoto, qué bueno que estás bien! – lloriqueó Usagi con lágrimas cual cascada.
- ¡Nos tenías muy preocupadas, Makoto! – le secundó
la rubia líder de las sailors.
- Estoy... bien... amigas... no... se...
preocupen... – alcanzó a contestar una adolorida y asfixiada Makoto.
- ¡Ustedes dos déjenla respirar!... – les gritó Rei,
sujetándoles de la ropa y quitándoselas de encima a la guerrera de Júpiter.
- Gracias... Rei...
- Si el demonio no la mató, ellas sí lo harán – dijo
Ami para sí misma, sin haberse movido de su lugar y soltando una nerviosa
sonrisa.
Una vez que la calma llegó al cuarto, todas
mantuvieron respetable silencio mientras Ami explicaba los pasos a seguir. El
porqué estaban saliendo demonios sin razón aparente y, con Makoto fuera de
servicio por el momento, cómo iban a organizarse.
- No sé si estés de acuerdo, Minako, pero propongo
que Rei se dedique a cuidar a Makoto mientras
y busque en la flama sagrada el foco de los monstruos – dijo Ami,
hablándole solamente a la líder del grupo – Yo puedo hacer lo mismo con mi
computadora y estar patrullando contigo y con Usagi.
- Mmmm... – la rubia líder se sostuvo el mentón,
pensando todo – Deberemos tener mucho cuidado – dijo por fin, tomando una
actitud seria – Es buen plan, Ami, pero... sin Makoto y sin Rei, perderemos
mucha fuerza de ataque. Y aunque tus estrategias sean las mejores y yo sepa
organizarlas, de todos modos necesitamos la fuerza de ellas dos.
- Tampoco necesitaremos tanta fuerza si sabemos cómo
usar los elementos que tenemos, Mina – dijo Ami con una sonrisa – Además, será
por unos días hasta que Makoto se recupere. Mamá le da un par de semanas
dependiendo de cómo evolucione, pero si usamos nuestros poderes en ella, y
tomando en cuenta lo fuerte que es, podemos acelerar la curación en un 50%...
- Ahora sí me convenciste, Ami – sonrió Minako – De
acuerdo... así será... ¿Ustedes están de acuerdo, chicas?
- ¡Sí! – exclamó Usagi con alegría, aunque, por un
momento temió que la guerrera del amor le siguiera usando como carnada.
- Bien – contestó Makoto, un tanto apenada por
dejarles mucha carga a sus amigas por falta de su fuerza.
- Ya que... – suspiró Rei con desinterés – Solamente
tengan cuidado ustedes tres, yo haré lo posible por encontrar el foco de los
demonios.
- Cuida bien de Makoto también, por favor – le pidió
Minako con una sonrisa suplicante.
Por un momento, Rei se sonrojó ligeramente. La
guerrera del fuego asintió con la cabeza, apenas ocultando su sonrojo. Minako
puso un curioso gesto al verle, Ami no dijo nada y fingió distracción, y Usagi
no entendió nada de lo sucedido. Makoto miró a Rei, pero no distinguió el
sonrojo en ningún momento dada su posición. Pese a eso, le sorprendió el frío
gesto de la guerrera cuando, minutos antes, cuando estuvieron a solas, fue más
sincera y expresiva aún con su gesto serio de siempre.
- Makoto, necesito que me prestes las llaves de tu
casa, debemos ir por ropa para que la lleves al templo – dijo Ami con el fin de
romper el silencio que se había apoderado del cuarto.
- Ah, sí, están en mi chaqueta, en la silla –
contestó de inmediato la aludida, como si le hubieran tomado por sorpresa las
palabras de Ami.
- Mamá no tarda en traer a las enfermeras para
trasladar a Makoto a una ambulancia – continuó la chica genio – debemos
preparar todo en el templo, no creen.
- Entonces iré a casa a prepararle un cuarto – dijo
Rei con cierto desinterés, poniéndose de pie – ¿alguien viene conmigo?
- Yo voy – se ofreció de inmediato la rubia líder.
- ¡Yo me quedo con Makoto! – exclamó Usagi al
momento.
- Lo que quieres es no hacer nada – murmuró Rei con
disgusto mientras salía del cuarto.
- ¡Rei, eres muy mala!
- Yo debo ir a casa de Makoto... Usagi, encárgate de
todo aquí, ¿bien? – preguntó Ami con su serena sonrisa.
- ¡Sí!
Todas hicieron su parte del trabajo.
Minako y Rei iban en el autobús camino al templo,
pero Rei, que estaba sentada del lado de la ventana, miraba de forma ausente
por el transparente cristal con una mano en la mejilla. Desde aquel extraño
gesto en Rei, Minako había permanecido en extraño silencio, haciendo
elucubraciones extrañas... aquel sonrojo fue muy sospechoso, aunque había
tratado de forma algo fría a Makoto hacía algún rato... y, aunque aquel
comportamiento era usual en Rei, Minako claramente sintió la vibración de...
otra cosa.
Por Venus que iba a descubrir de qué se trataba todo
eso o dejaría de llamarse Minako Aino. Por mientras... podía molestar a Rei aún
a riesgo de ganarse el disgusto de la indomable sacerdotisa.
- Las rosas en el mueble... ¿se las regalaste a
Makoto? – preguntó la rubia de repente, haciendo que Rei respingara de la
sorpresa, como si le hubiese sacado abruptamente de un trance.
- Sí... ¿y? – contestó de forma ruda, sin deshacer
su posición.
- Bueno, sólo preguntaba... simple y sencilla
curiosidad, Rei... Lindo detalle, tomando en cuenta que viene de ti... –
comentó con fingido desinterés.
Ante tal comentario, Rei se giró por completo y le
miró de forma extraña.
- ¿Qué quisiste decir con eso, eh?
- ¿Yo?... Nada... sólo me refería a que es raro que
tengas ese tipo de gestos... conociéndote bien...
- ¿Y qué tiene de malo que lo haga? – insistió,
ofendida en cierta forma.
- Solamente... se me hizo raro que le trataras de
manera fría cuando estuvimos juntas allá... es todo... – explicó, aún con su
tono de poco interés.
Rei frunció el ceño ante tales palabras y bajó el
rostro... era cierto... le había tratado de forma fría, pero... lo hizo para
ocultar que...
- ¿Para ocultar qué? – se preguntó mentalmente la
sacerdotisa, bastante confundida.
Ni siquiera sabía porqué la había tratado así,
cuando, estando sola con ella, se comportó de manera distinta. No sabía qué era
eso que, sin ser descubierto, quería ocultar. Tal vez sólo estaba confundida...
era eso... el hecho de que Makoto le salvara la vida arriesgando la suya.
- ¿Qué piensas, Rei? – le preguntó Minako de
repente, sacándola de sus callados pensamientos.
- Tonterías... – contestó, levantándose – Párate,
que bajamos en la calle que sigue.
Una sonriente Minako obedeció a la orden,
dibujándose en sus ojos una chispa picaresca.
- Lindas rosas... – comentó Usagi, oliendo una de
manera casi exagerada, enseguida, miró a Makoto con brillantes ojos - ¿Quién te
las dio? – preguntó, haciendo énfasis en el “quién”.
- Rei... ella me las dio... ¿pues en qué pensabas,
eh? – musitó una nerviosa Makoto ante el desencanto de la princesa.
- Fue muy tierno de su parte... – suspiró Usagi,
recuperando su sincera sonrisa – La tenías muy preocupada, ¿sabes?...
Makoto puso atención a eso, mirando a la rubia
pasearse por el cuarto.
- Nunca la había visto así, créeme... incluso
lloró... – continuó la rubia de las coletas, sin molestarse en mirar a Makoto
aún – Hoy ni siquiera esperó a venir a verte junto con nosotras, vino antes.
- Vaya... – logró musitar Makoto, sin saber
exactamente qué pensar.
- Pero dejará de estar preocupada cuando ya estés en
el templo con ella, ya sabes que Rei puede ser impredecible a veces...
- Sí... lo sé... – contestó Makoto un tanto ausente,
sintiendo un extraño latido en su corazón.
Por fin, Usagi notó algo raro en Makoto.
- ¿Mako?... ¿Qué te...
El súbito abrir de la puerta interrumpió su
pregunta... Se trataba de la doctora Mizuno, dos toscas y fuertes enfermeras y
una camilla.
- Hola, Makoto... ¿cómo me sientes, eh? – preguntó
amablemente la madre de Ami mientras chequeaba a Makoto de pies a cabeza.
- Muy bien, doctora, gracias a usted – contestó
Makoto, ya de mejor humor, pues no le agradaba del todo estar en un hospital.
- Tienes que descansar mucho, tomar los medicamentos
que le di a Ami y comer bien – dijo la doctora, satisfecha de ver tan fuerte a
su paciente – Vendrás a consulta en dos semanas, ¿entendido?
- Sí, doctora.
- Usagi, toma las cosas de Makoto y adelántate a
Emergencias, donde están las ambulancias.
- ¡Sí!
La joven rubia obedeció al instante, llevándose las
rosas también. Enseguida, las dos enfermeras sujetaron a Makoto delicada pero
firmemente, pasándola a la camilla. Makoto bloqueó unos gestos de dolor que
vinieron con el cuidadoso movimiento. Le dolía mucho el abdomen, los costados y
la espalda. Le dolía un poco el simple hecho de respirar.
- Sé que te duele, Makoto – le dijo dulcemente la
experimentada doctora – Si tomas el medicamento, el dolor se quitará en dos
días, tres máximo.
- Entiendo.
- Eres una chica muy fuerte, estoy segura que
sanarás muy pronto.
Makoto se sonrojó ante la maternal sonrisa que le
lanzó la doctora y asintió cuál niña pequeña.
- Ami me comentó que te quedarás en casa de Rei,
dile que, si te llegas a cansar de la espalda, te ayude a sentar con apoyo,
porque estar con ese chaleco de yeso es muy incómodo.
- Se lo diré, doctora. Muchas gracias.
- Eres una gran amiga de mi Ami, es lo mínimo que
puedo hacer.
Apenas se percató, dos enfermeros le subieron a la
ambulancia, donde Usagi ya le esperaba con una gran sonrisa en su rostro. Una
vez todo acomodado, la doctora le entregó una hoja a Usagi. Era una lista de
indicaciones y el horario del medicamento.
- Entrégale eso a Rei en cuanto lleguen. Si algo
llega a complicarse, ya saben el número privado de mi consultorio.
- Sí, doctora.
Pronto, la ambulancia salió en dirección al Templo
Hikawa.
- Fue una buena idea tener a Makoto en tu cuarto –
comentó Mina, ayudando a Rei a limpiar la habitación y despejar el camino de la
camilla en cuanto llegase.
- Me será más fácil estar al pendiente de ella así,
además, mi cuarto es el más fresco de todo el templo. El calor tendrá muy
incómoda a Makoto.
- Cierto – contestó Minako con una risilla al ver el
gesto de aparente desinterés de Rei.
Rei notó la particular risilla y miró de reojo a la
rubia... cabe mencionar que lo hizo con mala cara.
- ¿Qué demonios tienes? – preguntó, visiblemente
malhumorada.
- ¿Yo?... nada... ¿porqué? – contestó con inocente
tono.
- Desde hace rato estás muy rara... ¡No puedes
engañarme!
- Cierto... solamente me alegra que te preocupes
tanto por Makoto, Rei querida.
Ante la respuesta, Rei bajó el rostro y el enojo en
su semblante pareció disminuir, hasta ser reemplazado por un ligero sonrojo.
Minako amplió su sonrisa y palmeó la espalda de Rei en amigable gesto.
- No tiene nada de malo sentir eso, Rei... es normal
que uno se preocupe por sus mejores amigas. Y, aunque trato de entender que te
sientes así porque ella salvó tu vida, debes tratar de relajarte y no sentir
pena de esos sentimientos.
- ¿Uh?
- Ya sabes... Makoto puede malinterpretar que de
pronto te comportes tan fría con ella.
Rei soltó un ligero suspiro y pareció aceptar y
resignarse a las palabras de Minako.
- Tal vez... tengas razón...
- ¡Yo siempre tengo razón!... ¡Por algo soy la grandiosa
Diosa del Amor! – dicho eso, adoptó una pose de triunfo a la vez que reía como
reverenda maniática.
El
gesto de Rei de inmediato se malhumoró ante la escena y terminó de acomodar
unas historietas en el estante. Pero Minako tenía razón en lo que le había
dicho... tratar de relajarse y no sentirse tan mal por aquellos sentimientos.
Tal
vez, sólo hacía una tempestad en un vaso de agua.
Pronto
se escuchó el inconfundible sonido de la sirena de la ambulancia. La joven
sacerdotisa suspiró de forma callada. Tendría muchos días para ponerse en orden
con su mente y con Makoto. No quería que ella le malinterpretara y mucho menos
que, por eso, fuera a ofenderse o molestarse.
-
¡Vamos a recibirlos, Rei!
Continuará...