PARTE 1
La mañana era plácida como
siempre solía serlo en el mar, cálida, pacífica, imperturbable... solamente el
choque de las olas contra las rocas y el constante sonido de gaviotas
revoloteando en la superficie del agua era lo único, realmente, lo único, que
rompía un poco con el silencio. Nada parecía apuntar a una tormenta o algo que
le evitara trabajar por ese día, así que alistó su red y sus mejores cañas para
la pesca de ese día.
Haruka disfrutaba mucho esas
mañanas mientras pescaba. Vivía en una escondida costa, cerca de un pequeño
pueblo, también, de pescadores. Si vivía lejos del pueblo, era debido a que
ella no era temerosa de los dioses, como todos los demás. No gustaba de ver a
las demás personas en aquel estado de enajenación total, ella no creía que los
dioses fueran dueños totales de su destino, ella se sentía libre, capaz de ir a
donde quisiera. Muchos de los pobladores no querían estar cerca de una persona
tan extraña como Haruka.
No hacía sacrificios a los
dioses, ni respetaba las leyes que exigían un tributo al altar del Dios del Mar
con el mejor pez del día. Haruka no podía creer en tanta ingenuidad por parte
de los demás, así que prefería mantenerse alejada sin “molestar” a nadie con su
forma de pensar.
Haruka era una persona muy
alta y varonil, de cabello rubio y corto, siempre alborotado, y ojos azules que
parecían pedazos de cielo. Quizá, el único detalle que no saltaba a la vista,
era el femenil cuerpo debajo de toda esa ropa. Era una mujer. Igualmente, desde
pequeña luchó por no ser como las demás niñas de su pueblo, siempre se sintió
diferente de ellas y no tenía que ser igual a ellas ni imitar su
comportamiento. Aquello le trajo la antipatía y el rechazo de su familia, pero
poco pareció importarle, pues a la tierna edad de 16 años ya era libre como
aquel viento que suele llevar a los grandes barcos a donde le plazca.
Estuvo viajando por diversos
lados, sin quedarse mucho tiempo en algún lugar, buscando el sitio adecuado
para poder quedarse a vivir como mejor creía. Nunca molestaba a nadie, ni
siquiera poseía riquezas o algo de demasiado valor que fuera tentador para los
ladrones. Aprendió a defenderse y luchar entre los bosques de amazonas que, al
verle, le confundieron con un hombre y le atacaron. Podía presumir de conocer
más lugares que cualquier anciano de su pueblo natal.
Pasó un largo tiempo antes
de que encontrara la paz de vivir en una playa. Había algo en el mar que le
hacía entrar en un trance profundo y calmado. Por el contrario, el viento le
obligaba a moverse.
Haruka no era incrédula del
todo, pues respetaba, en cierta forma, a los espíritus. Durante sus viajes,
conoció a un sin fin de espíritus, ya fuera de bosque, de montañas, de
viento... Siempre sonreía al recordar que un espíritu femenino de viento se
había enamorado de ella creyendo que era un varón. Sintió mucho romper las
ilusiones de aquel espíritu, pero igualmente correspondió a ese cariño dándole
un beso en la frente. El espíritu, sorprendido por aquel noble corazón, le
recompensó con un poder especial... el de verdaderamente sentir lo que el
viento decía.
Haruka adoraba aquel dote.
Sentía cuando había problemas, porque el viento todo lo veía, cuando iba a haber tormentas, tornados o algo similar.
Ella nunca intervenía en eso, pues eran los espíritus lo que actuaban sin
discriminar a nadie, hacían lo que debían hacer sin ninguna mala voluntad.
Contrario a los dioses, que actuaban por capricho.
Siguió viajando y conociendo
gente y lugares. Cuando encontró un buen lugar para quedarse, se dedicó a
pescar, viendo ese mar que un extraño sentimiento le provocaba en el pecho y
escuchando el viento. Llevaba en aquel sitio alrededor de medio año, viviendo
al día, viviendo como mejor le parecía.
Las chicas normales tampoco
lograron resistirse al varonil encanto de Haruka, ganándose una legión de
seguidoras en cuanto pueblo visitaba.
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Un par de delfines
escoltaban desde atrás a aquella joven sirena que siempre buscaba la manera de
escapar. Siempre quería hacer su voluntad y que su palabra siempre fuese la
primera y la última en tomarse en cuenta. Era caprichosa, mimada y grosera como
toda hija de rey debe de serlo.
Se trataba de Michiru, la
hija predilecta del Dios de los Mares. Sus cabellos y ojos tenían aquel tono del
profundo más, su cola era delgada, fina y lisa cual seda con un color verde
azulado. Desde pequeña se le había acostumbrado a cumplirle caprichos, regalos
y rabietas. Tritones y sirenas de menor rango siempre bajaban la cabeza y
cumplían su voluntad lo más rápido posible, pues tenía fama de dar como juguete
a los demonios de mar a aquellos sirvientes que no obedecían sus órdenes al pie
de la letra.
Muchas veces, ni el propio
Dios del Mar tenía control sobre ella y muchas veces se vio arrepentido de haberle
criado de esa manera, pues ni él mismo lograba escapar de la voluntad de la
sirena.
Muchos años atrás, los
humanos comenzaron a cazar sirenas y tritones con la falsa creencia de que
comer su carne les haría inmortales, otros, por exhibirles y cobrar por verles,
otros, por la mera aventura de enfrentarte a tan míticas criaturas. Pero, la
euforia desapareció poco a poco, ya que sirenas y tritones eran tan vulnerables
como los humanos, aquellos que comieron su carne sufrieron de la más horrible
de las muertes y el Dios de los Mares lanzó maldiciones sobre aquellos que
tuviesen en sus manos rastros de algunos de sus súbditos.
Aquello le hizo
sobreproteger a Michiru, ya que era muy pequeña por aquel entonces y temía por
su vida. Esa fue la razón de cumplirle todo lo que ella deseaba y nunca
causarle un desaire.
Ahora que Michiru tenía
dieciocho años, era realmente incontrolable. Siempre huyendo, siempre
ordenando, siempre menospreciando a los demás... no encontraba la manera de
corregirla y no se le ocurría qué más hacer.
Michiru recorría un arrecife
de coral con aquellos delfines escoltándole, ante el temor del Dios de que ella
fuera a territorios demasiado lejanos, donde vivían demonios de mar que no
temían a su divino poder y que desconocerían a su hija.
La sirena, fastidiada de
aquellos delfines, comenzó a nadar más rápido que estos y logró evitarles y
esconderse. Aterrados, los delfines temían a un castigo de su Dios y comenzaron
a buscarla con cierta desesperación.
Michiru reía por su victoria
en su escondite y pronto logró escabullirse hasta la superficie, admirando con
sus marinos ojos la magnitud del cielo y lo fresco que era el aire que los
humanos respiraban. Pocas veces había logrado ascender tanto por culpa de sus
guardianes, pero ahora era libre de explorar donde quisiese... después de todo,
era la hija del Dios del Mar y nada malo tenía que pasarle. Al menos ella
estaba segura de ello.
Volvió a sumergirse y
comenzó a nadar casi al filo de agua, buscando algo interesante para ver.
No se percató de que un
cuervo, fiel sirviente de la muerte y seña de malos presagios, volaba cerca, le
vigilaba... Los ojos del cuervo brillaron y, de pronto, la sirena sintió su
piel estremecerse. Tenía un mal presentimiento. Fijó su mirada en el horizonte
y vio tierra firme a no mucha distancia. Pensó en regresar a casa pero, apenas
estaba decidiéndose cuando una repentina corriente le arrastró con una fuerza
que no conocía.
Sintió miedo... mucho
miedo... No lograba controlar sus movimientos y se golpeó con una roca ya casi
llegando a una playa. Quedó inconsciente...
El cuervo, al ver eso,
permaneció unos minutos más contemplando el cuerpo de la sirena flotar hacia
una red. Pareció satisfecho con aquello y pronto desapareció en veloz y
discreto vuelo.
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Despertó de pronto al tener
de nuevo aquella horrible sensación en su pecho. Hacía días que sus visiones le
alertaban sobre una gran amenaza. Pero estaba realmente frustrada, no por
aquellas visiones, sino porque no podía hacer nada por ayudar.
Estaba bañada en sudor y aún
con las respiración agitada. Se frotó la cara con ambas manos a manera de
tranquilizarse, pero aún sentía aquella horrible sensación de presión en su
pecho. Soltó un largo suspiro y se levantó de su cama. Sólo conocía una manera
de encontrar la calma. Salió del pequeño templo y dirigió sus pasos a un
pequeño estanque tras la construcción.
Las aguas cristalinas
estaban quietas, inmutables, haciendo del estanque un perfecto espejo para la
luna y las estrellas. Rei contempló su figura en aquel espejo por unos
instantes, antes de meter su mano al agua, causando que ésta resplandeciera y
perdiera su quietud. La mano de la sacerdotisa fue empujada del agua por una
brillante figura en azul que salía del estanque. La figura era femenina y aún
azulada a pesar de haber dejado de brillar. Flotaba sobre el agua y vestía una
túnica clara. Su cabello corto y ojos eran igualmente azulados.
Rei sonrió a aquella figura
y ésta correspondió el gesto, tomando la mano de Rei y saliendo a tierra firme.
- Ami...
La figura sonrió al escuchar
su nombre, pero su sonrisa se borró al notar el cansado gesto de la joven. Puso
un gesto preocupado y abrazó a Rei por el cuello de manera suave. La
sacerdotisa suspiro al sentir la frescura penetrar por su piel. Sintió que la
presión en su cuello disminuía conforme el contacto se prolongaba. Abrazó a Ami
por la cintura y se recargó en ésta, buscando comodidad.
- ¿Tuviste otra vez esa
visión, verdad? – preguntó la figura azulada con suave y melódica voz. Rei
asintió.
- Algo malo va a pasar...
- El Dios del Fuego te
protege... trata de tranquilizarte, Rei... A ésta isla no puede pasarle nada...
- Lo sé... pero... ésta vez
es algo realmente malo, Ami... todo el mundo humano está en peligro... Un Dios
hará caer su furia sobre todos...
Ami sabía de lo peligroso de
aquellas palabras y también suspiró. Nada podían hacer. Rei estaba atada a la
Isla del Fuego, no podía salir, ya que desde hacía muchas generaciones su
familia cuidaba del templo del Dios del Fuego, rindiéndole tributos y
oraciones. Rei tenía la habilidad de ver el futuro, el pasado, sentir a las
almas, espíritus y demonios que se acercaran. Ella era la última descendiente
de su clan... pero era inmortal por gracia del Dios.
Rei estuvo sola desde que su
abuelo, antiguo sacerdote principal, había muerto hacía varios años. Comenzaba
a entristecerse cuando, durante una cruel cacería a los espíritus de agua, la
azulada joven fue empujada a huir a la
Isla del Fuego. Rei sintió la presencia de ésta y de sus perseguidores, dos
magos, y salvó al espíritu de una muerte segura. Lo que los hombres buscaban
era el Medallón Zafiro de Ami, una joya que le permitía a los espíritus de Agua
andar en la superficie y en el fondo del mar por igual... pero que a los
humanos les daba inmunidad a enfermedades y una muy larga vida.
Rei logró sacar a los
invasores y pidió al Dios del Fuego salvar al Espíritu. El Dios concedió el
deseo de su seguidora y creó un lago detrás del templo, ya que no había más agua
disponible en toda la isla, mas que la necesaria para Rei. La joven dejó al
Espíritu reponerse, pero ella temía a los humanos dado los recientes ataques.
Rei logró ganarse la confianza y el cariño de la joven con el tiempo. Le
bautizó como Ami... y Ami quiso quedarse ahí con ella. Ya casi no había
espíritus de Agua, a muchos les dieron muerte y otros fueron a refugiarse con
el Dios de los Mares y el Dios de las Lluvias.
- Déjame... hacer algo...
para ayudarte... – musitó Ami al oído de Rei y pronto buscó un suave beso en
sus labios.
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Un poderoso golpe tiró al
suelo, cual costal de papas, a un fornido guerrero que ya se veía bastante
maltratado. Ante la victoria, su contrincante, una joven guerrera de cabello
castaño, sonrió ampliamente y levantó el brazo en señal de victoria. El público
comenzó a aplaudir, mientras los que habían apostado al recién derrotado
maldecía a éste y a la poderosa chica.
- ¡Makoto, tú eres la mejor!
La aludida sonrió al escuchar
aquella femenina y clara voz y buscó con su mirada verde a ésta. Pronto la vio
sobre una roca, en una vista panorámica del centro de peleas. Sonrió más y le
saludó con ambos brazos, ganándose más gritos de felicitación de aquella.
Makoto cobró lo ganado en
las apuestas y se reunió con aquella joven. Esta le abrazó a manera de
bienvenida.
- Eres la más poderosa,
Makoto, hija del Trueno... mereces un buen premio – dijo la joven entre
sonrisas, antes de darle un ligero beso en los labios.
- Tengo hambre... y apuesto
a que tú también, Minako... – musitó Makoto con una ligera sonrisa en cuanto la
joven dejó libres sus labios.
- Bien, vayamos a comer...
De la mano, se dirigieron a
la posada del templo. Minako era una joven y rubia amazona, su escasa y entallada
ropa revelaba su identidad de inmediato. Su cabello era bastante largo y suave,
sus ojos eran azules en un tono claro, muy hermoso. Makoto, por otro lado, era
más alta que la amazona, con cabello igualmente largo, pero atado en una cola
de caballo, sus ojos eran iguales a dos trozos de zafiro. Makoto vestía una
sencilla armadura en el torso y brazos, pantalones gruesos de piel y botas
pesadas. También tenía una espada, pero sus puños eran suficientes para
derrotar a cualquier adversario. Minako, por su lado, tenía una lanza en la
espalda y dagas en su cintura.
Makoto era la hija bastarda
del Dios del Trueno, de ahí su increíble fuerza y altura prominente. Después de
que muriera su madre, a causa de una enfermedad, Makoto comenzó a viajar,
haciéndose de experiencia en batalla y convirtiéndose en una magnífica
guerrera. Vivía al día de apuestas, cacería y pequeñas misiones encomendadas
por aquellos que se topaban con ella.
Aunque fuerte y con aquel
carácter heredado de su padre, Makoto era, por lo general, una persona muy
amistosa y tranquila. Pero tanta fuerza hacía que muchos se alejaran de ella...
mientras que los que, al enterarse de que ella era hija de un dios, trataban de
aprovecharse de su fuerza, sólo ganaban una lección de respeto de una indignada
Makoto.
Minako, por su parte, vivía
en una aldea amazona, seguidoras de la Diosa de la Belleza y el Amor. La joven
quería ser líder de la aldea, pero para ello requería ganar cien peleas
consecutivas contra cien guerreros... pero de perder una sola pelea, debía
entregarse como esclava a quien la derrotara. Minako había logrado noventa y
nueve batallas ganadas, pero su pelea cien fue con Makoto. Creyendo que podía
ganarle más fácilmente por ser mujer igual que ella, mientras que había vencido
a muchos hombres, le pidió batalla aún contra la voluntad de Makoto.
Makoto la venció con
relativa facilidad. Minako no podía creer la derrota, pero igualmente se
entregó como esclava a la joven. Makoto no quiso tenerla así y le dejó ir, pero
Minako le siguió, argumentando que tenía que derrotarla, entonces, a manera de
recuperar su honor; no podía dejar las cosas así. Lo que al principio le
pareció una molesta compañía, pronto se convirtió en su única compañía. Le
agarró cariño a la amazona y no tardaron mucho en hacerse amigas... y después
amantes...
La guerrera temía que Minako
se alejara de ella cuando le dijo que era la hija de un dios, pero no sucedió
eso... pues Minako pareció más entusiasmada en vencerle. Ya llevaban un par de
años viajando juntas, dado que Minako ya no podía regresar a su aldea.
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Serenity revisaba
detalladamente la lista de invitados a la boda de su hija, también llamada
Serenity, pero a la que ella y sus amistades cercanas llamaban “Usagi” de
manera más cariñosa. Todo parecía estar en orden. La reina estaba demasiado
feliz como para ocultarlo. En primer lugar, su hija se casaba con alguien a
quien en verdad amaba, y en segundo... que ese alguien era nada más y nada
menos que el hijo del Dios del Sol, Mamoru.
Usagi constantemente huía
del castillo en busca de algo con qué distraerse. Vivir ahí podía llegar a ser
muy aburrido. En uno de sus escapes, encontró a otro fugitivo joven, Mamoru,
que gustaba de pasar las tardes en los preciosos jardines que estaban cerca del
Palacio. Al conocerse, Usagi fue la primera en tratar de trabar una amistad.
Mamoru, algo reservado al principio, no pareció muy interesado... pero no tardó
en quedar cautivado con el dulce y alegre carácter de la joven... a la que después
descubrió como la hija de Serenity.
Comenzaron con una sencilla
amistad, pasando largas y agradables tardes platicando, paseando, mostrándose
lugares hermosos. El amor se dio un par de años después, cuando Mamoru dijo a
su padre acerca de su atracción a la joven princesa humana. El Dios del Sol
pareció feliz por eso y dio su aprobación para una relación más seria.
Cuando Serenity se enteró
que Usagi salía a escondidas con un joven, se enfureció... pero al enterarse de
que el joven en cuestión era un dios, y que el amor era plenamente
correspondido, fue la mujer más feliz del mundo.
Se arregló una boda, ya que
incluso la familia real tenía descendencia divina. Usagi tenía poderes que aún
no desarrollaba del todo... un poder que ningún dios tenía de manera tan pura
como ella: la luz. Qué mejor manera de lograr que sus descendientes fueran
poderosos y respetados que con el poder del hijo del Sol y el de la Luz pura de
la princesa de los humanos.
- La princesa debe probarse
el vestido – dijo Serenity a uno de sus sirvientes – Llámala.
- Su Alteza salió a cabalgar
con su Excelencia Mamoru, Alteza... regresará tarde.
- Bien – sonrió – Avísame
cuando regrese.
Los apurados cascos de
corceles sonaban por toda la pradera. Usagi trataba de poner distancia en la
carrera, Mamoru le pisaba los talones. Pero la joven dijo amables palabras al
oído de su montura y el animal comenzó a correr con más bríos, dejando atrás al
caballo del hijo del Sol.
- ¡Sí, gané, gané, te gané!
– gritaba la joven a los cuatro vientos en cuanto cruzó la meta, el espacio
entre dos sauces milenarios – ¡Gracias! – abrazó el fuerte cuello del caballo.
Mamoru llegó tras ella a los
pocos segundos y alcanzó a escuchar a la perfección su celebración.
- No es justo, tú eres más
ligera – se quejó el joven, bajando del corcel.
- Pero tú eres un dios...
debiste hacer más veloz a tu caballo – dijo Usagi de manera juguetona, dejando
que Mamoru le ayudara a bajar del corcel.
- Hubiese sido injusto –
musitó con igual tono, dejando a la princesa en el suelo.
Usagi le sonrió más
ampliamente el príncipe y enseguida se alzó en la punta de sus pies, dándole un
sorpresivo y corto beso.
- Es un pequeño premio de
segundo lugar – sonrió ella, alejándose de él.
Mamoru quedó mudo unos
segundos y pronto sonrió también, tomando las riendas de los caballos para
guiarlos a una sombra. Era hora de un descanso.
CONTINUARÁ...
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